martes, 20 de enero de 2009

Cuidado con jugar al estereotipo

ELENA VALENCIANO EL PAÍS 20/01/2009

La presencia de mujeres en la vida política empieza -afortunadamente- a generalizarse, pero todavía estamos lejos de que sea considerado un hecho normal.

En 2004 fue una gran novedad que el Gobierno de la Nación estuviera compuesto por el mismo número de mujeres que de hombres, y que la Vicepresidencia Primera la ocupara una mujer. En 2008, la designación de Carme Chacón como ministra de Defensa, estando embarazada, abrió informativos y fue portada de periódicos y revistas de todo el mundo. La apuesta del presidente Zapatero por "normalizar" la política, incorporando en pie de igualdad a las mujeres y superando, así, la senda de la "excepción", ha convertido a España en un país pionero en el avance de la democracia paritaria. Pionero y excepcional. Sin embargo, tanto en España como en el resto de las democracias más avanzadas permanece anclada, en lo más profundo de la sensibilidad social, la raíz de una cultura patriarcal y, a veces misógina, de la que todavía tardaremos en liberarnos. La carga de la historia -con la ausencia de las mujeres en espacios públicos- pesa como una losa sobre casi todos nosotros y nosotras.

Todo ello explica las últimas polémicas surgidas a raíz de distintas fotos protagonizadas por mujeres políticas.

Cuando se analiza o juzga la imagen de una mujer, nuestra impresión y opinión están condicionadas por el cúmulo de prejuicios y estereotipos con los que hemos sido socializados/as. Muchos de estos estereotipos no encajan con las mujeres actuales y, aún menos, con las que ejercen una función pública, pero están presentes y nos perturban. Y, por eso, en mi opinión, las mujeres que estamos en política debemos ser especialmente cuidadosas con el "juego de los estereotipos".

Pondré un ejemplo: si un ministro habla de su vida amorosa suscitará, en general, una opinión positiva. Comentar su vida privada lo humaniza, le hace más cercano, porque lo aleja de su estereotipo de hombre político. Si una ministra hace lo mismo, probablemente será tachada de frívola, o aún peor, recaerá sobre ella la presunción de incapacidad.

Pero son los propios medios los que en ocasiones demandan lo que ellos mismos luego reprochan. Por eso las fotos, los comentarios y la utilización para la política de los estereotipos femeninos por parte de las mujeres que ejercen una función pública son un arma de doble filo y es fácil acabar herida. La tentación y los errores son fáciles de cometer, pero nos hacen demasiado daño a todas.

Comprendo que para muchas mujeres usar "armas de mujer" sea un impulso legítimo. La pelea profesional es muy dura y desequilibrada y algunos hombres -cada vez menos- son más sensibles al juego de la seducción femenina que al verdadero talento y al esfuerzo. Pero la trampa del encanto erótico es, posiblemente, la más peligrosa, además de efímera y excluyente. Por otra parte, en esta dictadura totalitaria de la imagen, resulta mucho más sencillo ganar popularidad con una foto llamativa o escandalosa que deslumbrar con un buen discurso, pero éste dirá siempre mucho más de nosotras.

No conviene ignorar la importancia de la imagen y tampoco permitir que ésta pervierta nuestro verdadero valor como dirigentes o representantes de la soberanía popular, en cualquiera de sus niveles. Explotar las debilidades de los elementos culturales que han conformado el ideal femenino es, hoy por hoy, una estrategia de alto riesgo para las mujeres en general y para las que hacen política y están expuestas al foco mediático, en particular.

Tampoco se trata de que hagamos mimetismo con los hombres políticos y copiemos su comportamiento y su uniforme. Somos diferentes a ellos y somos distintas, también, entre nosotras. No hay una manera única de comportarse en la política, para las mujeres tampoco. Pero sí creo que tenemos un mandato colectivo que cumplir. Uno de ellos debería ser erradicar los estereotipos que nos debilitan a todas y corregir una opinión pública y publicada que sigue dando más valor al aspecto físico que a la inteligencia de las mujeres.

No mordamos el atractivo anzuelo de la popularidad y la fama a cambio de traicionar, aunque sólo sea de forma intermitente, nuestros mejores valores y los principios que, mayoritariamente, compartimos.

Elena Valenciano es secretaria de Política Internacional y Cooperación del PSOE.