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domingo, 21 de febrero de 2010

NATURALEZA Y CULTURA: Cerebros plásticos. "Yes, we can!"


CÓMO APRENDER CAMBIA LA ESTRUCTURA CEREBRAL

A diferencia del cerebro de los animales, que viene con conocimientos de fábrica, el del ser humano nace vacío, pero con una fascinante y única propiedad: la plasticidad. Nuestro cerebro está hecho para cambiar, para reconfigurarse a cada instante y adaptarse al entorno. Y es nuestra herramienta secreta para aprender toda la vida

Cristina Sáez | 20/02/2010 SUPLEMENTO ES, La Vanguardia

María no para. Antes de las siete de la mañana hoy ya estaba en pie. A primera hora le toca taichi y luego tiene clase de informática; dice que les están enseñando a crear una presentación en Power Point con fotos y música, y ya piensa que ordenará las fotos de Navidad así para enseñárselas al resto de la familia. Además, se ha apuntado a un curso de inglés y también va a teatro, que siempre le ha gustado. Y, por si fuera poco, desde hace algunos meses dirige un centro de gente mayor en el barrio de Gràcia, en Barcelona. A sus 81 años, es incansable. Tiene energía y vitalidad para dar y tomar. "Dicen que somos de la tercera edad y a veces nos preguntan que para qué hacemos esto o aquello. Nos miran incrédulos cuando les decimos que estamos estudiando. Se creen que no podemos aprender. Pero, ¡ja!, eso se lo han creído ellos!", afirma desafiante. Ahora María sabe que la neurociencia les da la razón. 

El mito de las sopas de letras

A pesar de lo que muchos creen, hacer sopas de letras no ayuda mucho mantener el cerebro en forma ni tampoco prevenir ciertas enfermedades, como por ejemplo el alzheimer. Pero lo cierto es que esta creencia no está sustentada por ninguna evidencia científica. Si bien las investigaciones en neurociencia que se han realizado sugieren que las sopas de letras pueden aportar dentro de un programa de entrenamiento del cerebro, por sí solas no funcionan. Las sopas de letras ayudan a mejorar nuestra fluidez verbal, que es un tipo de proceso basado en los centros del cerebro del discurso y el lenguaje. Pero sólo aquellos pasatiempos complicados, que te suponen un reto, mejoran la función cerebral. Los que son demasiado fáciles no sirven de mucho. Es importante desafiar al cerebro para que mejore y se produzcan cambios. Y si bien la fluidez es una función importante, es una entre muchas. Lo mejor para mantener nuestro cerebro en buena forma es ejercitarlo en más de un campo.

Las neuronas espejo y el deporte

Las neuronas espejo, situadas en la parte frontal del cerebro, son las responsables de que aprendamos. Cuando vemos a otros realizar una acción, esas neuronas captan la información, la analizan y la almacenan, para que después podamos repetir esa acción. Se ha descubierto que cuando nos imaginamos haciendo algo, se activan las mismas neuronas que cuando realmente lo hacemos; eso quiere decir que el cerebro sigue aprendiendo, por lo que la práctica mental puede resultar eficaz e influir –sutilmente, claro– en nuestra respuesta a la hora de jugar al tenis o al fútbol o de patinar o de cualquier deporte. En este sentido, además, se han llevado a cabo experimentos con ratones y ratas y se ha visto que su hipocampo, encargado de la memoria y el aprendizaje, está influenciado por el deporte. Cuando los roedores hacían ejercicio, tendían a crearse neuronas nuevas en su hipocampo, algo que no ocurría en aquellos animales que apenas semovían.

Mecanismos de compensación

La plasticidad cerebral también sirve para compensar deficiencias, como la sordera, o la pérdida de alguna función, como ocurre en ocasiones tras un infarto cerebral o un accidente. En estos casos, los científicos han visto que el cerebro tiene la capacidad de reajustarse a las nuevas necesidades. Así, en las personas sordas, el córtex auditivo, en lugar de activarse y responder a las señales sonoras, como ocurre en los oyentes, se concentra en la lectura labial. Richard Haier, profesor emérito de la Universidad de California y neurocientífico, estudia esta plasticidad cerebral en hombres y mujeres. Este experto ha hallado que no todos los cerebros funcionan de la misma manera y que el cerebro masculino y femenino tienen formas distintas de llegar al mismo punto. Para Haier, "conocer estos caminos diferentes será importante para la rehabilitación de pacientes con lesiones cerebrales o con daños causados por impactos frontales, así como de ancianos cuyo deterioro podamos frenar con una reestructuración del cerebro". Así, conociendo cómo funciona cada cerebro, los neurólogos podrían aprovechar su capacidad de adaptación para estimular esas conexiones y restituir funciones.


Hasta hace apenas 30 años, se creía que los seres humanos nacíamos con un número determinado de neuronas, que se estimaba alrededor de los cien mil millones; que durante la infancia nuestro cerebro se formaba, maduraba y que a partir de los 40 años de edad, empezaba a deteriorarse irremediablemente, lo que nos imposibilitaba aprender nada nuevo. Sin embargo, durante la última década, el desarrollo de nuevas técnicas de imagen de resonancia magnética, que permiten escanear la actividad cerebral de una persona a lo largo del tiempo, ha permitido ver que, al contrario de lo que se pensaba, el cerebro sigue desarrollándose toda la vida. Y que sí, nos hacemos mayores, nos salen las primeras canas, las primeras arrugas; puede que nos cansemos mucho más al subir las escaleras, que durmamos menos, pero podemos seguir aprendiendo, porque nuestro cerebro viene preparado de serie para ser educado durante toda la vida. ¿No es fantástico?

Cerebros cambiantes  

Es cierto que nacemos con un número determinado de neuronas y que se van muriendo a medida que nos hacemos mayores –se especula que a razón de 1.000 al día–. Sin embargo, la ciencia no sabe si es bueno o malo. Que las células se autoliquiden es, en muchos casos, una garantía de supervivencia; por ejemplo, un buen número de células tiene que suicidarse durante la formación del feto para que este se forme correctamente, como las que unen todos los dedos de la mano; de no ser así, tendríamos membranas, como los patos, y no podríamos ni tocar el piano ni coger un bolígrafo ni teclear en un ordenador.

En algunas regiones, como el hipocampo, se ha visto que incluso pueden crearse nuevas neuronas.Y los neurocientíficos también han descubierto que no es tan importante la cantidad de células cerebrales como las conexiones que se establecen entre ellas, las sinapsis. Y estas sí se crean, se renuevan y se densifican, por lo que aunque tengamos 60, 80 o 100 años, podemos aprender a tocar el piano, un nuevo idioma o lo que nos echen.

"Esta máquina que tenemos todos dentro de nuestra cabeza está diseñada para cambiar. Nos confiere la capacidad de hacer cosas mañana que no podíamos hacer hoy y cosas hoy que ayer no podíamos hacer", explica Michael M. Merzenich, un prestigioso neurocientífico, profesor emérito de la Universidad de California, en San Francisco, experto en aprendizaje. Nuestros cerebros tienen la fascinante capacidad de modificarse físicamente; de reconfigurarse para adaptarse al entorno y las circunstancias cambiantes. Eso es la plasticidad cerebral, una cualidad fascinante y única del cebrero humano.

De forma instintiva y sin esfuerzo, a cada instante, aprendemos cosas nuevas. Con sólo estar aquí sentados, leyendo esta revista, nuestro cerebro está escaneando y registrando todo lo que nos rodea, obteniendo información que almacenará para después, en caso necesario, recuperarla y usarla. "No es estático, sino que responde a los cambios y a nuevos aprendizajes durante toda la vida", indica la neurocientífica Sarah Blakemore, del Instituto de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Londres. Aunque cómo ocurre eso y por qué es una cuestión mucho más profunda y complicada, y es lo que estudia la neurociencia actual; saberlo abriría las puertas a hallar soluciones para personas con alguna deficiencia, como sordera o ceguera, o que han sufrido daños tras un accidente o un infarto cerebral y han perdido funciones.

Cerebros sociales "Si cogiéramos a un niño actual y lo pusiéramos en la edad de piedra no aprendería nada. Ni Einstein hubiera sido Einstein así", asegura Javier de Felipe, neurobiólogo del Instituto Ramón y Cajal, del CSIC, que estudia con su equipo la neocorteza, la estructura que recubre el cerebro y que es la parte del sistema nervioso más propiamente humana. "Nuestro cerebro no ha evolucionado durante miles de años, sigue siendo el mismo que el de nuestros antepasados. Lo que hace que avance es la evolución cultural, no la biológica. Vemos, aprendemos, copiamos y avanzamos".

Para Michael Merzenich, "cada uno tenemos un set de habilidades y capacidades adquiridas que se derivan de nuestra plasticidad, la adaptabilidad de esta increíble máquina de cambios que tenemos en la cabeza. Pero esas habilidades y capacidades individuales están muy influidas por nuestro entorno y eso tiene que ver con la cultura contemporánea".

Y es que, a diferencia de los animales, que nacen con conocimientos de fábrica, nosotros lo hacemos vacíos, pero con la capacidad de aprender. Sin embargo, no podemos hacerlo solos, sino que necesitamos vivir en sociedad. En 1996 se descubrió que teníamos unas neuronas situadas en la parte frontal del cerebro encargadas de registrar las acciones de los otros y de repetirlas; se activan al observar acciones, emociones y sentimientos en los demás, por lo que son esenciales para interactuar con otras personas, entenderlas y, sobre todo, para aprender. "Somos cerebros sociales, necesitamos estar en contacto con otros cerebros para desarrollarnos", –asegura Sarah Blakemore, de la Universidad de Londres–. Si miramos a los bebés, veremos que pueden hacer pocas cosas, pero su cerebro es como una esponja, que retiene información y empieza a llenarse y a aprender; pero para eso necesita que otras personas le enseñen. Estudios realizados con bebés demuestran que aprenden mucho más si ven a personas de carne y hueso que si se les ponen grabaciones de audio o vídeos".

"Yes, we can!" En el laboratorio, los científicos tratan de ver qué pasa con el cerebro cuando se adquiere un conocimiento nuevo. Cada cosa nueva que aprendemos, ya sea una canción, un pase de baile, una palabra o una ecuación matemática, comporta cambios físicos constatables en nuestro cerebro. Es lo mismo que ocurre cuando practicamos un deporte. Basta pensar en el brazo derecho del tenista Rafa Nadal. La materia gris se puede encoger, si no la usamos demasiado, o todo lo contrario, densificarse, crecer. Los cambios físicos explican cada conocimiento adquirido pero también los despistes: que nos olvidemos del nombre de una persona o de cómo se llega a tal sitio puede reflejar que hay algún cable dañado, degradado.

Investigaciones recientes demuestran que, con las circunstancias adecuadas, el cerebro adulto también puede aprender, aunque la maquinaria se deteriore con la edad y sea menos maleable que la de un niño, por lo que cueste más asimilar cosas nuevas, tal y como señala Merzenich. "Hay cosas que podemos hacer para dar cuerda de nuevo a la maquinaria y que no se pare", afirma este neurocientífico, que ha fundado una empresa, Posit Science, en la que un equipo de expertos parte de los últimos avances en ciencia para crear software de formación cognitiva, programas de ejercicios mentales, para activar la mente (www.positscience.com). "Podemos aprender sin importar la edad. Toda la vida. En contra de lo que se creía. Eso sí, tenemos que esforzarnos, porque ya no somos tan ágiles como cuando teníamos 20 años", asegura Maria, la protagonista del inicio de este reportaje.

"Querer es poder. Úsalo o piérdelo –sentencia Merzenich–. El cerebro no es como los ordenadores, a los que les introduces información y ya está, y esa información se mantiene para siempre almacenada en el cerebro sin usarse. Nuestra mente es como un músculo: hay que ejercitarla cada día, estimularla para que se produzcan conexiones nuevas". Y en eso, quizás, las emociones tengan mucho que ver. Hasta hace poco, la ciencia se basaba únicamente en la genética para acercarse al cerebro. No obstante, ahora la neurología se ha aliado con la psicología para ver de qué manera nos afectan otros factores, como por ejemplo, nuestro estado emocional, y han descubierto que desempeñan un papel esencial. Que existe una relación muy intensa entre los sentidos, la memoria y la cognición. Por ejemplo, a medida que nos hacemos mayores, nos volvemos más olvidadizos, distraídos. En gran parte esto es así porque nuestro cerebro no procesa con tanta intensidad lo que oye o lo que ve como antes, lo que lleva a que no almacene las imágenes de nuestras experiencias tan vívida y claramente, y por tanto, nos cueste recordarlas.

Los avances en neurobiología, que se suceden a gran velocidad, gracias en buena medida al desarrollo tecnológico, están conduciendo a una mayor comprensión de la plasticidad cerebral. Y eso, coinciden en señalar los que saben, está empezando a revolucionar la ciencia e incluso la propia salud del cerebro, puesto que se están comenzando a buscar terapias basadas en la plasticidad del cerebro para tratar muchos problemas cognitivos. Esta increíble capacidad del cerebro de adaptarse a las circunstancias cambiantes puede ser de gran ayuda para estimular a las personas mayores con problemas de pérdida de habilidades cognitivas o en los primeros estadios del alzheimer para detener la progresión de su enfermedad. A los esquizofrénicos les puede ayudar a mejorar sus síntomas y a llevar vidas normales. Los músicos afectados por distonía focal –una enfermedad conocida popularmente como el "cáncer del músico" y que se trata de un repentino y misterioso trastorno por el que el cerebro incorpora un error en un movimiento automatizado y bloquea la movilidad de una parte del cuerpo– pueden aprender a tocar de nuevo un instrumento sin dolor. Aquellas personas que han sufrido un infarto cerebral y han perdido habilidades pueden reaprenderlas, trazar nuevas conexiones neuronales, y volver a recuperarlas.Y esta lista podría seguir hasta el infinito. "Yes, we can!"

Cuando aprendemos

Dime cómo es tu cerebro y te diré de qué trabajas. Nuestra materia gris nos delata, es capaz de ofrecer muchísima información sobre las cosas a las que dedicamos nuestro tiempo. Y es que, de la misma forma que cuando comenzamos a practicar un nuevo deporte, como por ejemplo, tenis, se nos desarrollan los músculos del brazo, en el cerebro pasa algo similar. Cada vez que aprendemos algo, ya sea una lengua, un paso de baile, una palabra o una cara, se modifica; se establecen nuevas conexiones entre neuronas y cambia la intensidad entre otras.

 De hecho, es posible ver cambios físicos en nuestra materia gris con tan sólo cinco días practicando piano, por ejemplo. En Londres, un equipo de neurocientíficos realizó un experimento con los taxistas para ver y analizar esos cambios que se producen en el cerebro. En la capital inglesa, los taxistas deben aprenderse cerca de 25.000 rutas distintas para aprobar el examen para obtener la licencia de taxi. Además, cada día tienen que recordar miles de nombres de calles, qué vías están cortadas, a qué hora hay más tráfico en cada zona de la ciudad. En definitiva, ¡tienen una memoria prodigiosa!

 Con técnicas de imagen cerebral, los científicos vieron que este colectivo tenía en hipocampo mucho más desarrollado que un conductor cualquiera. Esta región del cerebro es la encargada de ayudarnos a recordar dónde hemos dejado las llaves del coche o cómo llegar a tal plaza. Su tarea es almacenar coordenadas. Además, los neurocientíficos se percataron de que el tamaño del hipocampo tenía también que ver con el tiempo que cada persona llevara dedicada al taxi.

 Llevaron a cabo un estudio similar con músicos. Descubrieron que, por ejemplo los violinistas, tenían más desarrollada la parte de su cerebro que controla el movimiento de los dedos de la mano. Es más, el córtex auditivo –la región que procesa la música, situada muy cerca de la superficie del cerebro, a ambos lados de la cabeza, junto a las orejas– es casi un 25% más grande en los músicos profesionales que en el resto.

sábado, 13 de febrero de 2010

Cultura (secretillos de tíos)

Firma invitada En el número 350 de este suplemento nos preguntábamos en el dossier ´El sexo de la cultura´ acerca de la especificidad femenina en el ámbito creativo. Eloy Fernández Porta replica y propone un cambio de perspectiva

ELOY FERNÁNDEZ PORTA  - 06/05/2009

Si es usted mujer, tómese este ejercicio como el sueño feminista de un gañán heteronormativo; si es hombre, tómelo como una pequeña excursión a la peculiaridad; en ambos casos, relájese y disfrute
La producción cultural española suele presentarse como una modalidad mas de la dominación masculina, en lo económico, en lo estadístico, en lo simbólico. En este contexto la masculinidad heterosexual funciona como identidad neutra, fuente primordial de los temas y preocupaciones universales. Por contraste, la feminidad es codificada como una perspectiva peculiar, centrada en si; misma, que debe rendir cuentas de su propia sexuación antes que de sus valores creativos, y por encima de ellos. Esta tesis se ve reforzada si acudimos a las Historias de las distintas manifestaciones creativas. En todas ellas el concepto de tradición se define implícitamente como "complicidad masculina apta para mujeres", es decir, como una serie de maestrazgos, enseñanzas y herencias en la cual algunos hombres y mujeres "son influenciados" por antecesores masculinos, pero las mujeres no tienen por costumbre "influenciar" a los hombres. De este modo la complicidad viril adquiere legitimidad absoluta y transversal, mientras que la complicidad entre féminas - "la tradición femenina"-es sólo eso, cosas de tías. ...

Eloy Fernández Porta Escritor (Barcelona, 1974), su último libro publicado es Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop (Anagrama, 2008)

¿Tiene sexo la creatividad?

El sexo de la cultura

¿Tiene sexo la creatividad? O más concretamente: a las mujeres, en el arte y en la cultura, ¿se las reconoce por sus méritos o hay algún tipo de discriminación, de prejuicio…?

Laura Freixas | LA VANGUARDIA  04/03/2009  Cultura/S 359
 
¿Qué significa que "el cine es de las mujeres" o "los libros son cosa de mujeres"? Curiosamente, esos y otros titulares se publican sin ir acompañados de una sola cifra. Cuando la hay, como en "el 80% de los lectores son lectoras", no cita fuente… y hace bien, porque los datos lo desmienten. Lo cierto, según la última Encuesta de hábitos de consumo cultural del Ministerio de Cultura, es que el consumo cultural está bastante equilibrado: leen regularmente el 57% de las españolas frente al 48% de los hombres, van al teatro el 21% de ellas y el 17% de ellos, al cine el 50% de ellas y el 54% de los varones…
La portada del número 350 del suplemento Cultura|s
La portada del número 350 del suplemento Cultura|s /   La Vanguardia
MÁS INFORMACIÓN
Nada parecido entre los gestores. Cierto que hay muchas mujeres entre galeristas de arte y agentes literarios (en este caso –y es un ejemplo que todos citan–, ellas son casi el 100%), tal vez por tratarse de profesiones relativamente nuevas. También abundan las jefas de prensa, subdirectoras, coordinadoras…, algo que Victoria Combalía (historiadora y crítica de arte) atribuye a que se trata de tareas "más fatigosas y menos pagadas". En cambio, las empresas de envergadura (dirección de cine y de teatro, museos, orquestas…) están, casi sin excepción, en manos masculinas.

Pasemos ahora a las creadoras. ¿Hay tantas como creadores? La novelista Belén Gopegui contesta con sarcasmo: "Desde luego, basta con ver los catálogos de las –si quedan– editoriales de prestigio, las listas de los premios no comerciales, las nóminas de los suplementos culturales". Y otra escritora, Cristina Peri Rossi, concreta: "De los libros que se publican en España, sólo un 20% o 25% están escritos por mujeres." En artes plásticas, "hay muchas menos mujeres que hombres", asegura Combalía, y lo corrobora un estudio de la Associació d'Artistes Visuals: de los 1.500 residentes en Catalunya, son mujeres el 29%. En música, salvo solistas de algunos instrumentos (piano, flauta), los varones predominan, sobre todo en composición (12% de mujeres) y dirección orquestal (6%). En artes escénicas, tres cuartos de lo mismo: "Lo que hay es mucha secretaria", ironiza la actriz Imma Colomer. Según datos recopilados por el Projecte Vaca que ella dirige, hay más varones en todas las profesiones de ese campo –actores, dramaturgos, directores, escenógrafos– con la única excepción de los bailarines. En cine, "somos muy pocas y siempre las mismas", se queja la directora Inés París, y un estudio dirigido por Fátima Arranz, de la Universidad Complutense, concreta cifras: de las películas españolas estrenadas entre el 2000 y el 2006, sólo un 7% han sido dirigidas por mujeres…

En síntesis, parece que las mujeres son la mitad o poco más de los consumidores de cultura, mucho menos de la mitad de los artistas (10% de cineastas, 20% de escritores, 30% de artistas plásticos, en números redondos), y casi inexistentes en aquellos puestos, creativos o de gestión, que conllevan más poder, visibilidad y presupuesto: directores de cine, de orquesta, de festivales, de productoras de cine, de cadenas de televisión… Pero esta regla, según la cual las mujeres se abren hueco en actividades autónomas, baratas y solitarias, como escribir o pintar, se incumple en muchos casos… en detrimento de ellas: así, contra pronóstico, hay mayoría masculina entre compositores y dramaturgos (quizá porque ambas profesiones, aunque se ejerzan en privado, desembocan en el espacio público, el abultado presupuesto y el trabajo de equipo), y cosa a primera vista más sorprendente: son varones la inmensa mayoría de críticos de casi cualquier área (excepto, quizá, artes plásticas).

Inercia y prejuicios

Cuál sea la causa de la desigualdad es algo que no suscita demasiadas controversias. "La inercia machista" (Margarita Borja). "La norma no escrita por la que se reconoce siempre lo masculino y los varones como de mayor valor" (Fátima Arranz). "El prejuicio inconsciente de que las mujeres no piensan igual que los varones y por tanto piensan mal", corrobora Marisa Manchado. Inercia, machismo, prejuicios… pero ¿operan igual en uno y otro sexo? "Los espacios de poder siguen reservándose para los hombres y cuesta dejar el mando", sugiere Imma Colomer. "Todo el mundo pretende estar libre de prejuicios, pero una cosa es lo que decimos públicamente y otra lo que pensamos o incluso lo que decimos entre hombres", confiesa el crítico literario de este periódico Juan Antonio Masoliver. Y Belén Gopegui apunta con ironía: "Siempre que un grupo social conquista el poder procura inmediatamente compartirlo, los banqueros ceden el control de sus bancos a obreros y parados, etcétera, y esto es lo que ha ocurrido con el patriarcado". ¿Y las mujeres? "Llevo años en la universidad –explica el crítico de arte Fernando Castro Flórez–, y veo pasar generaciones enteras en las que las mujeres suelen tener mejores expedientes y demuestran una vocación y capacidad de trabajo extraordinaria. Luego, hombres de manifiesta mediocridad se encaraman a los puestos de máximo poder y muchas de aquellas mujeres, supongo que decepcionadas hasta límites innombrables, abandonan la especialización en que tantas esperanzas habían depositado."

Todo ello se confabula para hacer que el techo de cristal sea "como mínimo de duralex", ironiza Fátima Arranz. La cuestión, claro, es saber si las cosas están cambiando. Algunos ven el vaso medio vacío, otros medio lleno: "Se percibe una evolución pero a un ritmo claramente más lento del que sería lógico esperar", opina el compositor José Luis Turina. "Las cosas evolucionan. No muy deprisa pero ostensiblemente", dice el crítico musical Arturo Reverter. "Estamos en el buen camino", afirma Colomer… No es esta la opinión de Fernando Castro: "Las cosas están evolucionando… a peor. La impresión que tengo es que estamos en un momento regresivo. El feminismo está, popularmente, caricaturizado. Incluso entre las generaciones más jóvenes se advierte un repunte de la mentalidad retrógrada."

No es sólo cuestión de cifras. "Se pone demasiado énfasis en el acceso y el número en detrimento de la visibilidad", opina la musicóloga Susan Campos, fundadora del Portal de Compositoras. "No creo que en el mundo del arte se pueda hablar de igualdad o desigualdad en términos cuantitativos. Sí podemos hablar de oportunidades, de prestigio, de reconocimiento", explica Anna Caballé. "La cotización de las artistas es inferior, a las mujeres no se les reconoce casi ningún mérito hasta que están muy mayores", dice Combalía; y la escritora Carme Riera: "Tenemos que estar demostrando continuamente que no somos floreros ni cuota". ¿Ejemplos concretos? Todas tienen su anécdota, como la que cuenta Peri Rossi: "Una vez, en Berlín, el bueno de Juan Rulfo, en un congreso, fue a escucharnos a Elena Poniatowska y a mí diciendo, afablemente: "Ahora vamos a escuchar a las nenas"". Anécdotas aparte, lo más preocupante es que el futuro lo construyen, imperceptiblemente, unas academias, una crítica literaria, unos espaldarazos institucionales (como el premio Cervantes o los Nacionales), libros de texto y programas universitarios, de los que están ausentes las mujeres y el afán de igualdad. "Para las escritoras es más difícil entrar a formar parte del canon y de las academias, como la RAE, con una sola escritora –Matute–, o el Institut d'Estudis Catalans", observa Riera. "Me asombra, me pasma y me azora que la crítica literaria sea un reducto casi exclusivo de los hombres", dice Peri Rossi, y añade: "Mientras el canon esté en manos de críticos varones, dudo mucho que se reconozca con inteligencia y generosidad la obra de algunas escritoras." Todo lo cual se refleja, y eso es seguramente lo peor, en los manuales escolares. "Mi hijo de 14 años estudia literatura en la ESO y en el libro de lecturas que manejan no figura una sola escritora. Sólo varones. ¿Cómo pueden formarse las niñas de su curso que quieran ser escritoras? Están aprendiendo en un modelo que no las incluye, ni se interesa por ellas formativamente, ni por considerar otra mirada sobre el mundo que la masculina. ¿Qué ejemplo es ese?" Pues sí que vamos bien…


Positivar la crisis

La solución a la actual crisis económica no puede ser sólo económica. La situación responde a un complejo entramado que nos remite, en el fondo, a una crisis de percepción. Y no podemos seguir obviando su dimensión ecológica y psicológica. Estamos ante un rito de paso, que quizás nos conduzca a una sociedad más sana, sabia y ecológica
Jordi Pigem | 11/03/2009 | Actualizada a las 03:31h | Cultura
Imaginemos que en este año internacional de la Astronomía se produjera en pleno día un eclipse de sol que nadie hubiera previsto. No bastaría con dar un tirón de orejas a los profesionales de la astronomía. Sería evidente que la teoría astronómica requiere un cambio de paradigma, como el que en su día introdujeron Copérnico, Kepler y Galileo en la cosmología medieval. En vez de remendar la vieja teoría astronómica con más epiciclos, deferentes y excéntricas, habría que transformarla por completo.

En 1989 se dijo que todos los politólogos tendrían que dimitir por no haber previsto ninguno la inminente caída del muro de Berlín. También se ha dicho ahora que los grandes profesionales de la economía deberían dimitir por no haber previsto la magnitud de la crisis global en la que hemos entrado. Aparte de Nouriel Roubini (tachado de excéntrico y apocalíptico) ningún economista convencional la vio venir a tiempo. Lo reconoce incluso Paul Krugman, el reciente Nobel de Economía. No menos grave que la crisis del sistema económico es el colapso de las teorías económicas convencionales, que se han visto completamente desbordadas por la realidad. Las caras largas del último encuentro de Davos no sólo tienen que ver con el deterioro de la economía. Tienen mucho que ver con el hecho de que los mapas que usábamos ya no sirven. Los dioses que adorábamos resultaron ser falsos. Aunque nos empeñemos, por inercia, en seguir dando crédito a los mismos métodos y a los mismos expertos.

Un periodista del Corriere della Sera, Federico Fubini, hizo este año en Davos una encuesta a directores de bancos centrales y otras figuras clave del sistema financiero global. Les preguntó si creen que han hecho algo a lo largo de su vida "que pueda haber contribuido, aunque sea mínimamente, a la crisis financiera". No, respondió sin titubeos el 63,5 por ciento. David Rubinstein, cofundador y director ejecutivo del Carlyle Group, comentó irónicamente: "Creí que el cien por cien diría que no tiene nada que ver". Al fin y al cabo, es habitual que quienes se aferran a un paradigma obsoleto no se den cuenta de su propia responsabilidad o de lo que hay ante sus ojos. Tampoco los teólogos de hace cuatro siglos veían nada cuando miraban a través del telescopio de Galileo. Hay una burbuja mucho más antigua y mucho mayor que la burbuja bursátil y la burbuja inmobiliaria. Es la burbuja epistemológica: la burbuja en la que flota la visión economicista del mundo, la creencia en la economía como un sistema puramente cuantificable, abstracto y autosuficiente, independiente tanto de la biosfera que la alberga como de las inquietudes humanas que la nutren. En este sentido, la crisis del sistema económico tiene su origen en una crisis de percepción. La economía ecológica de Joan Martínez Alier y la psiconomía de Àlex Rovira son lentes correctoras de ambos tipos de miopía. La solución a la crisis económica no puede ser sólo económica.

Hoy se habla de volver a Keynes. Pero hace setenta años Keynes ya criticaba que todo se reduzca a valores económicos: "Destrozamos la belleza de los campos porque los esplendores no explotados de la naturaleza no tienen valor económico. Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no nos dan dividendos". En sus últimos años Keynes señaló a un joven economista alemán como el más indicado para continuar su legado. Se trataba de E.F. Schumacher, que en los años setenta publicaría un libro de referencia de la economía ecológica, Lo pequeño es hermoso, en el que criticaba la obsesión moderna por el gigantismo y la aceleración y proponía algo insólito: "Una economía como si la gente tuviera importancia". Schumacher sabía que las teorías económicas se basan en una determinada visión del mundo y de la naturaleza humana. Y todavía hoy, en el siglo XXI, pese a la física cuántica y la psicología transpersonal, la economía imperante se basa en una ontología decimonónica: ve el mundo como una suma aleatoria de objetos inertes y cuantificables, es reduccionista y fragmentadora y tiende a oponer a los seres humanos entre sí y contra la naturaleza. Schumacher ya diagnosticó en 1973 que "la economía moderna se mueve por una locura de ambición insaciable y se recrea en una orgía de envidia, y ello da lugar precisamente a su éxito expansionista". Y añadió que hoy la humanidad "es demasiado inteligente para ser capaz de sobrevivir sin sabiduría".

No pocos bioeconomistas y economistas ecológicos, conscientes de que el crecimiento económico se había convertido en una carrera contra la geología, contra la biosfera y contra el sentido común, veían venir esta crisis desde que se aceleró la globalización. Otros parecen haberla intuido mucho antes. El economista suizo Hans Christoph Biswanger analizó en Dinero y magia la segunda parte del Fausto de Goethe como una crítica premonitoria de la fáustica economía moderna. El dinero (nuestro símbolo favorito de inmortalidad) se vuelve adictivo y el individuo entrega su alma por él. En el cuarto acto Fausto define así su deseo más profundo: "¡Obtendré posesiones y riquezas!" (y anticipando nuestra sociedad hiperactiva añade: "La acción lo es todo"). La alquimia ha sido sustituida por la especulación financiera: se trata de crear oro artificial que a partir de la nada pueda multiplicarse sin límites.

Goethe aparte, hoy sabemos que nuestro rumbo no es sostenible a escala económica, energética, ecológica o psicológica. Mientras la economía crecía creíamos poder ignorar el incremento de las desigualdades y el deterioro ecológico, o soñar que serían resueltos por la bonanza económica. Ahora ya no. La burbuja epistemológica empieza a desvanecerse: el mundo real existe y llama con fuerza a nuestras puertas, por ejemplo en forma de imprevisibles cambios climáticos y de escasez de materias primas. Las crisis interrelacionadas del mundo de hoy nos sitúan, a escala planetaria y a escala personal, ante un rito de paso sin precedentes. Nuestra sociedad tiene mucho de rebelión e hiperactividad adolescentes: rebelión contra la biosfera que nos sustenta y contra un cosmos en el que nos sentimos como extraños, hiperactividad en el consumismo y en la aceleración que nos lleva a posponer la plenitud a un futuro que nunca llega. La crisis como rito de paso nos desafía a alcanzar una madurez sostenible y serena que redescubra el regalo de la existencia en el aquí y ahora.

Realidad, ilusión
Hace ahora cuatro siglos, en el año 9 del siglo XVII, Kepler publicó su Astronomia nova y Galileo empezó a explorar los cielos con su telescopio. Ambos sentaron las bases de una astronomía que sabe predecir con precisión los movimientos planetarios. Pero el método se llevó a un extremo, identificando el mundo con un libro escrito en lenguaje matemático y reduciendo la realidad a lo que es cuantificable. De modo que los colores, olores, sabores, toda apreciación de sentido o de belleza y todo lo que constituye nuestra experiencia inmediata del mundo serían sólo ilusiones. La geometrización del mundo nos ha brindado un enorme poder, sin duda. Pero hemos acabado reduciéndolo todo a códigos de barras, cifras, estadísticas y redes de abstracciones. Como las que rigen la economía, cada vez más ajenas a la experiencia concreta de tierras y gentes. Ajenas, incluso, a sus propias crisis.

La palabra crisis viene del griego krinein (decidir, distinguir, escoger), raíz también de crítica y criterio. Durante las crisis resulta decisivo saber usar nuestro mejor criterio. Uno de los significados de krisis en griego era el momento decisivo en el curso de una enfermedad, cuando la situación súbitamente mejora o empeora. Este sentido médico es el sentido principal que crisis tuvo en latín y en la mayoría de lenguas europeas hasta el siglo XVII, y sigue siendo el primero que da el Diccionario de la Real Academia (hay que esperar al siglo XVIII para que surja en francés el sentido político de crisis, aplicando metafóricamente al cuerpo social lo que era propio del cuerpo humano). Durante siglos se ha hablado con toda naturalidad de la buena crisis que conduce a la curación del enfermo. Joan Coromines recoge algún ejemplo del siglo XVII: "Lo malalt ha tingut una bona crisa". En este sentido, una crisis es una oportunidad. O una especie de viaje por los espacios que analiza la teoría del caos, en los que una pequeña fluctuación puede dar lugar a desarrollos sorprendentes y duraderos. Lo único que está claro en un momento de crisis es que las cosas no seguirán igual.

Los años venideros están llamados a ser un rito de paso para la humanidad y la Tierra, un tiempo crucial en el largo caminar de la evolución humana. Podemos imaginar que participaremos en transformaciones radicales y muy diversas, en amaneceres sorprendentes y crepúsculos intensos, y que el colapso de las estructuras materiales e ideológicas con las que habíamos intentado dominar el mundo abrirá espacios para la aparición de nuevas formas de plenitud.

En este rito de paso del final de la modernidad una mala crisis nos conduciría a extender la sed de control, la colonización de la naturaleza y de los demás y nuestro propio desarraigo. Una buena crisis, en cambio, nos conducirá a una cultura transmoderna, en la que una economía reintegrada en los ciclos naturales esté al servicio de las personas y de la sociedad, en la que la existencia gire en torno al crear y celebrar en vez del competir y consumir, y en la que la conciencia humana no se vea como un epifenómeno de un mundo inerte, sino como un atributo esencial de una realidad viva e inteligente en la que participamos a fondo. Si en nuestro rito de paso conseguimos avanzar hacia una sociedad más sana, sabia y ecológica y hacia un mundo más lleno de sentido, habremos vivido una buena crisis.

Buena crisis y buena suerte.