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jueves, 26 de febrero de 2009

TESTIMONIOS: Victor Seidler: Identidades, familias y poder

Fuente: L A V E N T A N A , N Ú M . 2 2 / 2 0 0 5
http://publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/laventan/ventana22/91-109.pdf

* La traducción es manifiestamente mejorable pero el texto tiene espacial interés

¿Acaso los jóvenes piensan en ellos mismos como “adolescentes” o
es un nombre que otros les han asignado? ¿De dónde surge este
término? Y, ¿tiene las repercusiones de una etapa fija con las mismas
características de crecimiento físico y emocional y que marca la
transición entre la infancia y la edad adulta? ¿Acaso esto la hace una
etapa de transición, una fase liminal en la que de alguna forma los
jóvenes se encuentran atrapados en su camino hacia la vida adulta?
¿Es esto lo que le permite fácilmente a los adultos decirles a los
jóvenes que por lo que atraviesan es “sólo una fase” y que pasará
antes de que se den por enterados? Esto nos indica que puede tra-
tarse de un periodo que puede ser complicado y lleno de dudas,
especialmente para los adultos, quienes pueden encontrar muy di-
fícil relacionarlo con sus hijos “adolescentes”. Los adultos creen con
frecuencia que la gente joven está “fuera de control” y sienten que
han perdido el contacto con la persona que ellos conocían, quien
podría haberse vuelto asertiva, exigente y que no se comunica.
En la Gran Bretaña, hay una comedia en particular escrita por
Harry Enfield, que ha llegado a simbolizar esta fase de la vida a
través de los personajes Kevin y su compañero Perry. Ellos existen
en un espacio propio completamente ajenos a las responsabilidades
y expectativas de la edad adulta.

Los primeros años de la adolescencia pueden ser difíciles de
superar, ya que los jóvenes atraviesan por cambios físicos y emocio-
nales. Llega el momento en el que ya no se experimentan en sí
mismos en relación con sus padres, sino como “individuos” en su
propio derecho. Ya no son el hijo o la hija que se sienten felices al
definirse a sí mismos en relación con la familia. Se resienten al ser
tratados como niños, porque como adolescentes saben que ya no son
niños. Quieren que se les den responsabilidades, pero, al mismo
tiempo, pueden estar tan absortos en sus propios procesos interiores,
que se retirarán del mundo social y de la familia contra el cual están
aprendiendo a definirse. Quieren saber “quiénes son”, lo cual puede
significar el rechazo a la forma en la que los demás los definen dentro
de la familia y un periodo de intensa experimentación por medio del
cual ellos exploran lo que necesitan y quieren para sí mismos. A
cierto nivel saben que no son adultos y que en realidad no quieren
formar parte del mundo adulto. Más bien están interesados en de-
finir sus propios valores y creencias por sí mismos.

Éste puede ser un periodo de emociones y deseos intensos, debi-
do tanto a los cambios hormonales como de sus cuerpos. A veces
puede ser difícil vivir con estos altibajos de humor. Aún puedo re-
cordar la emoción tan intensa que sentía cuando tenía alguna rela-
ción y lo aplastante que era cuando esta relación terminaba. Creía
que el mundo se había acabado y que nunca me volvería a enamo-
rar. Probablemente tenía catorce años en ese tiempo, pero el futuro
no contaba, ya que yo vivía inmerso en las intensidades del presen-
te. Los apegos y las relaciones emocionales eran absorbentes, ya
que rara vez las compartía con mis padres que vivían en un mundo
diferente. Nunca pensé que fuera posible compartir mis emociones
con ellos y más tarde me escandalicé al descubrir que algunos pa-
dres de hecho hablaban con sus hijos. Mis padres que habían llega-
do a la Gran Bretaña como refugiados, huyendo de la Europa
controlada por los nazis, habían crecido en un mundo muy diferen-
te al mío. Aunque mi madre podía ser comprensiva y estaba abierta
a que vinieran amigos a visitarnos, no me imaginé que podía com-
partir con ellos lo que me estaba pasando.

Fue a través de la familia que encontré un orden de género muy
particular, ya que mi madre trabajaba e insistía en conservar el
poder dentro de la familia, aunque difería de una manera ritual
con la forma de pensar de mi padrastro, y esto tenía una compleji-
dad muy particular. Mi madre había experimentado pérdidas con-
siderables en su vida y tras la muerte de mi padre ella no quería
arriesgarse de nuevo. Estaba preocupada por darles a sus hijos un
padre, debido a que en la década de los cincuenta había un fuerte
estigma hacia los niños que crecían sin padre. Pero ella quería ha-
cer esto de una manera en que no tuviera que ceder su propio
poder. Más bien se preocupaba por proteger a sus hijos y algunas de
las riñas que experimentamos sucedieron cuando sentía, alguna
vez de manera irracional, que los intereses de sus hijos estaban
siendo atacados de alguna forma. Pelearía como una fiera para de-
fendernos y su ira podría estar fuera de control con frecuencia.
Como niños, a menudo estábamos aterrorizados al presenciar estas
horribles escenas de ira. Todo lo que queríamos era que dejaran de
pelear y sentíamos la terrible injusticia de las humillaciones de su
marido. Ella echaría mano de cualquier poder que tuviera y fre-
cuentemente en total desproporción con la situación, mas cuando
queríamos intervenir bañados en lágrimas, nos decía: “no es de su
incumbencia”.

Desde entonces supimos cuán destructivas pueden ser las emo-
ciones cuando están fuera de control; creo que de adolescentes
éramos más controlados con nuestras emociones. Sé que con la
complejidad de las relaciones en el seno familiar, aprendí a distin-
guir las diferentes corrientes de la vida emocional.

De alguna manera, me era más fácil interpretar lo que les esta-
ba pasando a mis amigos emocionalmente, que decir de una forma
más directa lo que me estaba pasando emocionalmente. Al reflexio-
nar en el pasado, había en mis relaciones de tipo emocional una
profundidad e intensidad tal, que también me daban un mundo
diferente al que podía escapar. Éste era el mundo en el que yo
quería vivir, mientras que en diferentes formas me sentía ausente
en mi familia. Desde que mi mamá se casó y Leo se fue a vivir con
nosotros, sentí que me colocaba en una posición al margen de la
familia. En verdad, no sentía que podía pertenecer a este nuevo
arreglo ni tampoco compartir la necesidad de tener un nuevo padre
que mi hermano mayor sentía. Respondíamos a la nueva situación
familiar de diferentes maneras, y esto nos muestra una complejidad
que establece diferentes condiciones para nuestra experiencia como
muchachos adolescentes. Aunque pertenecíamos a la misma fami-
lia, teníamos necesidades y aspiraciones diferentes.

Mientras nos movíamos entre la familia y la escuela, le dábamos
forma a nuestras identidades de diferente manera. Yo era más so-
ciable, por lo menos en la superficie, y también me iba mejor aca-
démicamente en la escuela. Pero para Johnny, mi hermano mayor,
parecía que las cosas estaban en contra. Cuando fuimos a escuelas
diferentes, tuvimos que lidiar con realidades diferentes. Yo acepta-
ba las disciplinas de la escuela y usaba mi intelecto como una for-
ma de establecer una identidad en la escuela. Ya que existía una
inquietud hacia el judaísmo, en el sentido de que si se comprome-
tían las identidades de los hombres, había una presión para probar
que éramos “lo suficientemente hombres” al observar a otros mu-
chachos e imitando lo que se esperaba que se imitara. En la escuela
había un equilibrio incómodo entre los deportes masculinos, que
afirmaban de una manera más fácil, y la precaria masculinidad de
los que rendían bien académicamente. Algunos muchachos po-
dían probarse a sí mismos en ambas esferas y con frecuencia se les
otorgaron prioridades. Sin embargo, no había una masculinidad
dominante en particular o una “hegemonía”, ya que se encontra-
ban separados por relaciones de clase, “raza” y grupo étnico al que
pertenecían. Algunos eran más estigmatizados que otros.
Si bien había espacios diferentes en los que se podía afirmar la
masculinidad, también había una tensión entre la experiencia in-
terior como joven y las masculinidades a través de las cuales sen-
tíamos que teníamos que probárnoslo a nosotros mismos. En la dé-
cada de los cincuenta, con las imágenes de Charles Atlas en los
periódicos, había un sentido de que los “verdaderos hombres” no
tenían un cuerpo “raquítico” ni había lloriqueos que pudieran
mostrar su vulnerabilidad y sus emociones a los demás. Como mu-
chachos hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para mejorar
nuestros cuerpos; mientras que leíamos acerca de masculinidades
heroicas en las historietas de moda, de aventuras, como “los famo-
sos cinco”, la que tenía y trataba de extender la promesa de pro-
veer formas de masculinidades imaginarias. Éstas eran fantasías con
las que nos podíamos identificar, aun cuando tuvieran muy poca
relación con las realidades de la vida diaria. De alguna manera,
estas fantasías establecieron estándares con los que nosotros mis-
mos nos juzgábamos y nos encontramos deseosos de ser como ellos.
Si no hubiéramos querido “ser como” los personajes que leíamos,
ellos establecieron los estándares que no fueron seriamente cues-
tionados hasta la llegada del feminismo.

Familias

La idealización del núcleo familiar, con el padre trabajando y la
mamá dedicada al cuidado del hogar y de los hijos, todavía tenía
un poderoso estatus mítico en los años cincuenta. Si tu familia no
encajaba con esta imagen, como nuestra familia sin padre, enton-
ces aprendías a “guardar silencio” sobre este asunto en particular.
Algunas veces fingías que había un padre en casa. Querías que tu
familia fuera normal y había un fuerte discurso acerca de la norma-
lidad, que estuvo mucho tiempo en boga hasta que en los años
sesenta se le empezó a cuestionar. Si tu familia no era “normal”,
querías que lo fuera y de forma inconsciente podías culpar a tus
padres por ello. El divorcio y la separación que se volvieron tan
comunes en 1980 y 1990 en muchos continentes, todavía era estig-
matizado cuando yo crecí en el noroeste de Londres en los años
cincuenta. Era muy difícil para las mujeres educar a sus hijos ellas
solas. A veces, las parejas las veían como amenazas y por este moti-
vo no las invitaban a las reuniones sociales. Con frecuencia se veían
forzadas a vivir en relativo aislamiento. En diferentes comunidades
étnicas, la pareja tenía que continuar unida, y si no encajaba con
el patrón de relaciones previamente establecido, podías sentirte
excluido.

Sin embargo, ha habido una transformación radical en el signi-
ficado de “la familia” en donde la normalización de una particular
forma de relaciones familiares se ha cuestionado ampliamente a
través de diferentes culturas. En parte, esto está relacionado con el
incremento del divorcio y la separación, pero se tiene que enten-
der también en el contexto de que las personas piensan diferente
acerca de los asuntos de género, sexualidad y poder. Esto está rela-
cionado con el cuestionamiento del movimiento de las mujeres de
los años setenta y de las formas en que se le vinculó a patrones de
cambio más extensos dentro del mercado laboral. Las mujeres jóve-
nes ya no estaban dispuestas a someterse a los hombres y no acepta-
ron que tenían una responsabilidad biológica determinada para el
cuidado de los niños y el trabajo doméstico. Al aprender sobre el
cuestionamiento del feminismo, aun sin identificarse con los movi-
mientos mismos, sentían que si trabajaban y aportaban dinero den-
tro del seno familiar, tenían que compartir la responsabilidad para
el cuidado de los niños y del trabajo doméstico. Pero para ellas
estaba claro también que si sus compañeros no estaban preparados
para entrar a una forma diferente y equitativa de contrato de gé-
nero, entonces ellas estaban listas para abandonar la relación y
vivir solas.

Las mujeres habían aprendido que la relación tenía que funcio-
nar para ellas o, de no ser así, no permanecerían en ella. Ya no acep-
taban que tenían que continuar una relación con tal de que
pudieran decir que tenían una. Reconocieron que tenían deseos
sexuales y necesidades emocionales propios y si sus parejas no los
conocían, ya no podían ver una razón para quedarse. En lo que
concierne a los hijos, las decisiones eran más complejas, pero las
personas ya no sentían que tenían que permanecer unidas para
siempre por el bien de los niños. Si ya no había amor en la relación
y si había enojo y hostilidad constante, entonces podría ser mejor
separarse. Ésta no es una decisión fácil de tomar, pero también es-
taban conscientes de cómo sufrían los hijos en donde no hay amor
ni comunicación.

Al entrevistar a hombres jóvenes que crecieron en los años cin-
cuenta en la Gran Bretaña, queda claro que sentían con frecuen-
cia que su futuro estaba trazado para ellos. Si tenían más sentido
de sí mismos como adolescentes del que tuvieron sus padres, por
haber tenido más dinero propio para gastar y más tiempo para sí
mismos, tenían la idea de que se casarían si eran heterosexuales y
poco después podrían tener hijos. Como las identidades masculinas
estaban ligadas a un trabajo asalariado, el llevar a casa el primer
pago se marcaba como signo de hombría en las familias dentro de la
clase trabajadora; también estaba relacionado con ser padre. Como
padre un hombre dejaba afirmada su masculinidad. A menudo, esto
venía después de un periodo del servicio militar nacional o con el
ejército que era otra forma en la que los jóvenes afirmaban su iden-
tidad masculina. Esto les producía un nivel de seguridad en rela-
ción con la identidad masculina que una generación que creció
después de una guerra no iba a experimentar de la misma manera.
Al nunca haber luchado por su país podían sentir que todavía te-
nían que probar su identidad masculina que nunca había sido pro-
bada de manera apropiada por medio de la guerra.

Así que cuando pensamos en los jóvenes, estamos pensando acer-
ca de condiciones en particular, que se comprometen de manera
histórica con el mundo social. Pueden llevar consigo diferentes
expectativas de sus padres y distintas ambiciones propias, depen-
diendo de las culturas y sociedades en que crecieron. Si de joven
viviste en el Chile de Pinochet, en los años después del sangriento
golpe de Estado en contra del gobierno de Unidad Popular de Allen-
de, las sombras del pasado ensombrecen tu vida. Hubo preguntas
que aprendiste a no hacer y silencios que te sentiste obligado a
respetar. Hombres jóvenes compartieron cómo al cerrarse el espa-
cio público se produjo una intensificación de su vida emocional
interior y del significado de la pornografía como una forma de ex-
plorar sus identidades sexuales. Ver vídeos con los amigos creó un
espacio privado de exploración que enseñó acerca de los deseos,
de los que no se puede hablar en público. Al ver los videos en secre-
to había un reconocimiento de los deseos, de los que de otro modo
no se les podía nombrar. Al mirar atrás, los jóvenes insisten en su
significado, a pesar de las degradantes imágenes de las mujeres.

Escuchar

¿Es difícil para los padres escuchar a sus hijos adolescentes porque
a los adolescentes no les interesa compartir sus ideas y creencias
con ellos? ¿Hay un abismo que divide a las generaciones, por lo
menos por un lapso, porque no hay un lenguaje común que permita
expresar las diferencias? Si reconocemos que los jóvenes encuen-
tran el mundo de los adultos dentro de contextos especiales histó-
ricos y culturales, también tenemos que reconocer que durante un
tiempo por lo menos a ellos no les interesaba comunicarse con el
mundo adulto, al que en gran parte rechazaban. A diferencia de
una generación anterior de muchachos y muchachas, no se sienten
tan seguros de lo que el futuro les depara. Podrían tener una vaga
idea de lo que ellos esperan de una relación de pareja, pero un
matrimonio en el futuro o la idea de ser padres ya no tiene el mismo
interés en sus vidas. Reconocen que el futuro está abierto para
ellos, incluso si la economía globalizada y el declive de las indus-
trias tradicionales ya no es el trabajo seguro que sus padres podían
haber dado por hecho. El futuro más bien se presenta a sí mismo
como un tiempo de riesgo e incertidumbres.
Como jóvenes, con frecuencia empiezan a explorar con sus pro-
pios deseos e identidades. Están en la búsqueda de un tipo diferen-
te de intimidad que les permita sentirse vulnerables y en intimidad.

A menudo, a diferencia de la política sexual de los años setenta,
los jóvenes no quieren que se les defina o se les catalogue como
heterosexuales o gays o bisexuales, en relación con su sexualidad. Ya no
creen que sea un problema que de alguna manera tenga que ver
con su experiencia dentro de las categorías preexistentes. De ma-
nera similar, los jóvenes ya no tienen el mismo tipo de creencia
segura de que hay formas de familia preexistente y que sólo es cosa
de escoger la forma que te acomode. Más bien hay un reconoci-
miento extendido dentro de las culturas urbanas posmodernas de
que el individuo tiene que explorar su propio cuerpo, deseos y sexua-
lidades. Es a través de esta autoexploración con la que ellos po-
drían negociar una relación de pareja para satisfacer sus deseos y
sus necesidades. Aprecian que esta negociación implicará un com-
promiso y respeto de las necesidades de los demás como ellos los
definen.

Dentro de estos cambios en el mundo, ha habido una pérdida
de comunicación entre las generaciones. Con frecuencia los adul-
tos piensan en la “adolescencia” desde el punto de vista de una
experiencia de adulto, así que a los jóvenes se les define a través
de lo que a ellos les falta, concretamente las responsabilidades de
adulto. Hay una conciencia extendida de que las nuevas tecnolo-
gías y el internet significan que los jóvenes se comunican entre sí
por medio de diferentes tipos de realidades virtuales. Hablan y se
escuchan uno al otro más allá de los límites del estado. Compar-
ten sus propios medios de información y a menudo son escépticos
acerca de lo que los adultos tienen que decir, a sabiendas de que
están creciendo en un mundo radicalmente diferente en el que la
experiencia del pasado parece tener menor peso. Con las incerti-
dumbres del mundo globalizado, los jóvenes pueden sentir que sus
padres tienen poco que enseñarles. Podrían sentirse más abiertos
acerca de las diferencias raciales, étnicas y homosexuales, aun-
que en cuanto a esto también pueden reproducir intolerancias
como en generaciones pasadas. Esto es especialmente cierto de los
jóvenes que todavía pueden definir su identidad masculina a tra-
vés del rechazo a la vulnerabilidad y a las emociones consideradas
como “femeninas” y tan relacionadas con un callado miedo a la
homosexualidad.

El discurso homofóbico con frecuencia es una forma de auto-
protección, dado que la identidad heterosexual se establece con
frecuencia a través de un rechazo interior del deseo homosexual.
Es a través del rechazo a la “suavidad” que los jóvenes todavía
afirman su identidad masculina heterosexual. Así, podemos reco-
nocer que la homosexualidad no es sólo una opción sexual más
para agregarse a otros espacios, sino que es parte integral en la
construcción de la dominante heterosexualidad. Sin embargo, dentro
de los entornos urbanos parece ser que existe una gran disposición
para escuchar más allá de los géneros y sexualidades. Pero esto no
puede decirse tan confidencialmente en relación con las diferen-
cias étnicas y raciales. Más bien, se enfocan sobre los problemas de
diferencias de género que pueden funcionar para acallar una con-
ciencia de etnias y razas diferentes. En Chile esto es evidente en
relación con el dominante grupo indígena mapuche. Mientras que
existe un reconocimiento de una identidad chilena y una amplia
cultura mestiza, existe el rechazo a la herencia indígena en el pre-
sente. Esto es muy diferente a México, en donde la población ge-
neralmente clama que todo el mundo es mestizo y existe una
glorificación de la cultura azteca en el pasado, también existe el
rechazo a las diferencias étnicas y raciales en el presente. A las
personas no les gusta que se les recuerde que la mayoría de quienes
sirven en los restaurantes tienen la piel más oscura.

Con frecuencia las personas crecen dando estas diferencias por
hecho, ya que reflejan relaciones dentro de sí, por ejemplo, la fami-
lia de clase media, en donde las sirvientas que provienen de ex-
tracción indígena cocinan, hacen la limpieza y cuidan a los niños.
A menudo existen relaciones emocionales ambivalentes, ya que los
jóvenes con frecuencia rechazan su relación con las mujeres que
los cuidaron. Así que necesitamos ser cuidadosos para especificar a
quién se le escucha y en qué circunstancias culturales se le escu-
cha. Algunas veces los jóvenes sienten que ellos “lo saben todo” y
que no tienen que escuchar a nadie. Años más tarde podrían la-
mentar el no haber escuchado más.

El poder y la autoridad

Con frecuencia, los jóvenes se resienten cuando se les dice qué
pensar. También quieren ser escuchados y quieren pensar por sí
mismos. Insisten sobre la libertad que el mundo adulto por tradi-
ción no les ha brindado. Quieren un espacio y tiempo para sí mis-
mos para poder explorar sus necesidades y deseos individuales y
colectivos. Esto ya constituye un reto para las formas tradicionales
y patriarcales de la autoridad familiar. Los jóvenes ya no están dis-
puestos a respetar a sus padres sólo por la posición que ocupan. Más
bien insisten en que el respeto se debe a que las personas se com-
portan de determinada manera. Han cuestionado la forma
paternalista británica en donde los hombres decían: “Haz lo que
digo, pero no lo que hago”. Ésta es una forma de obediencia que ya
no tiene vigencia, ya que los jóvenes detectan la hipocresía que se
niegan a tolerar. Todavía quieren estar cerca de sus padres y con
frecuencia están preparados para pagar el precio, pero también
quieren que cambien sus padres para acercarse a ellos.
Una cultura posmoderna reconoce la crisis en las formas jerár-
quicas de respeto. Los jóvenes ya no están preparados para aceptar
las culturas de deferencia que sus padres daban por hecho. Se ha
extendido una ética igualitaria dentro de la amplia cultura del con-
sumismo que alienta a los jóvenes a reconocerse a sí mismos como
ciudadanos iguales, como portadores de derechos y obligaciones.
No es que no quieran creer en las autoridades, sino que han cues-
tionado a las autoridades tradicionales que esperan ser obedecidas
sin cuestionar.

Quieren saber quién habla y con qué autoridad. Cómo se gana-
ron su posición de autoridad y con qué autoridad hablan en rela-
ción con sus propias experiencias. Tienen dudas del tipo de autoridad
que se consolidó a través de la relación especial entre la dominan-
te masculinidad blanca de Europa y el proyecto de modernidad
como progreso. Esto le permitió a la masculinidad dominante ha-
blar con la objetiva e imparcial voz de la razón. Ésta era una voz
impersonal que hablaba de ningún lado en especial, pero que asu-
mía una enorme autoridad en relación con la otra colonizada que
era considerada incivilizada o primitiva.

Un discurso de masculinidades hegemónicas no ha cuestiona-
do a esta voz, impersonal e imparcial, pero la ha hecho propia den-
tro de la teoría de la masculinidad como una práctica social en
medio de otras prácticas sociales.

En el documento de consulta sobre la masculinidad de Bob
Connell, tenemos una identificación implícita entre los hombres y
la masculinidad que hace difícil para ambos explorar cómo han
crecido los hombres en relación con las masculinidades especiales
y también la tensión y la inquietud que los hombres sienten en
relación con las masculinidades ya existentes. Connell todavía piensa en
las masculinidades como encerradas dentro de relaciones de poder
con los otros. Más que hablar desde una posición en
particular, Connell adopta la voz impersonal del racionalismo objetivo.
Si hay espacio para los cuerpos y la vida emocional dentro del marco teórico,
éste es tan subjetivo como las consecuencias de las estructuras objeti-
vas. Esto lo hace particularmente difícil para explorar las contra-
dicciones en su experiencia de hombre y las transiciones que pasan
durante sus años de adolescencia. Está encerrado más bien en un
pensamiento acerca de las confrontaciones diversas que los jóve-
nes tienen en relación con el mundo adulto.

La teoría estructural de Connell permanece dentro de los tér-
minos de una modernidad que por sí misma clasifica dentro de los
términos de una masculinidad blanca dominante. Al exponer los tér-
minos de un marco teórico que se establece sólo a través de la
razón, hay poco espacio para escuchar las voces de los jóvenes mis-
mos. Más que una diferencia que establece entre la vida emocio-
nal como “terapéutica” para contrastarla con la “política” que se
considera exclusivamente en términos estructurales, asume una
posición de autoridad que fácilmente funciona para desairar las
voces de los jóvenes que de otra forma también quisiera escuchar.
En forma más precisa, no hay espacio para un diálogo en el que los
jóvenes puedan explorar sus relaciones complejas con las masculi-
nidades complejas. Ni tampoco hay espacio para que ellos puedan
desafiar a las relaciones tradicionales de autoridad dentro de la
familia, en donde se espera que escuchen y obedezcan más que
oírse y respetarse a sí mismos.

Dentro de la visión jerárquica de respeto, se le debía obedien-
cia a aquellos que estaban en una posición de poder. Dentro de las
relaciones más democráticas de familia, el respeto se gana a través
de la experiencia y el comportamiento. A los jóvenes les preocupa
la cuestión de las jerarquías, incluyendo las jerarquías de las mas-
culinidades, las cuales cierran el diálogo y la comunicación. Ellos
no quieren que se les diga lo que tienen que hacer, lo que tienen
que creer, sino que insisten en la libertad para obtener sus propios
resultados en cuanto a sus creencias y valores.

Quieren espacio para sus propias relaciones y quieren que sus
padres los apoyen sin esperar demasiado a cambio. Esto puede resultar
difícil de aceptar por los adultos. Sin embargo, si queremos cuestio-
nar a las grandes narrativas de la modernidad, incluyendo a aquellas
enmarcadas en términos de las masculinidades, tenemos que abrir-
nos para escuchar lo que los jóvenes tienen que decir. Tenemos que
reconocer que no son necesariamente desafiantes todas las formas
de autoridad o la autoridad establecida en contraste con la libertad.
Más bien lo que quieren son “buenas” autoridades que no se basen
en la obediencia de aquellos que han sido obligados a guardar silencio.
De manera similar, pueden reconocer la necesidad de disciplina
en sus propias vidas, pero cuestionan las formas de obediencia que
se espera que sean automáticas. Quieren tomar parte en la forma-
ción de los nuevos estilos de las relaciones íntimas y familiares.
Reconocen que los modelos que heredamos del pasado ya no le
dicen nada al presente que vivimos. Quieren el respeto y la con-
fianza de sus familias, sabiendo que necesitan tiempo y espacio para
explorar sus propios valores y creencias. Si éste es un tiempo en el
que los jóvenes toman riesgos, también es un tiempo en el que exi-
gen honestidad y rectitud de aquellas personas que podrían traba-
jar con ellos.

Los jóvenes quieren ser capaces de ejercer el poder sobre sus
propias vidas. Han crecido con relaciones de género más equitati-
vas tanto en el hogar como en la escuela, y están menos preocupa-
dos con los problemas de igualdad de género que la generación
pasada. Como las mujeres jóvenes son escépticas al identificarse a
sí mismas con el feminismo, en parte porque no quieren limitar las
oportunidades abiertas a ellas; así los hombres jóvenes están menos
preocupados con la relación entre los hombres y el feminismo de lo
que están acerca de cómo vivir unas vidas significativas y abiertas
como hombres.
Quieren explorar “en dónde están” sin el moralismo
que todavía persigue mucho al feminismo, así como las visiones de
Connell sobre las “masculinidades hegemónicas”. Al mismo tiempo
esto tendrá una especial atracción en América Latina, por ejem-
plo, en donde hay tanta distancia social entre los intelectuales ra-
dicales y los movimientos sociales con que también se relacionan.

En este contexto es más fácil desairar a los grupos de hombres que
se preocupan exclusivamente de mejorar las vidas personales de los
hombres, mientras que la única preocupación del feminismo es
“cambiar al mundo”. Encontramos ecos de un marxismo sin rees-
tructurar, que todavía se tiene que replantear de manera lo suficien-
temente profunda, sobre su relación con un proyecto de modernidad
masculina.

Como jóvenes, no quieren ser identificados con el poder que
tienen en relación con las mujeres, porque saben que en muchas
áreas de sus vidas se experimentan por sí mismos alejados del po-
der. No quieren vivir las masculinidades de una generación ante-
rior, sino que quieren explorar “lo que significa ser hombres” en sus
propios mundos. No quieren tener que negar su amor, calor y ternura
para vivir una visión de masculinidad que ya no parece verdade-
ra para su propia experiencia y sus posibilidades.

lunes, 19 de enero de 2009

TEORÍAS SOBRE LA MASCULINIDAD: Victor Seidler y la identificación de la masculinidad con la razón

http://www.lsf.com.ar/tapas/9688534544.jpg


Masculinidades - Seidler, Víctor J.






http://www.masada2000.org/Seidler-Feller20.jpg

El filósofo británico Victor Seidler, profesor de Teoría Social de la Universidad de Londres, en sus obras Reason, desire and male sexuality (1987) La sinrazón masculina (1994; en castellano 2000) Transforming masculinities (2005) y Young Men and Masculinities (2006; traducido al castellano: Masculinidades, Culturas globales y vidas íntimas, Montesinos, 2006 ) sostiene que modernidad y masculinidad se han tendido a identificar, exaltando el valor de la razón. Según la tradición filosófica occidental, la cualidad qué permite a los hombres destacar sobre todos los seres vivos y ejercer justificadamente su dominio es la razón, una cualidad que los hombres poseen de modo natural en un grado eminente, a diferencia de las mujeres, a las que se considera dominadas por su cuerpo y por las emociones.


Para Seidler, este sobredimensionamento de la condición racional masculina no ha sido sólo fuente de ventajosos privilegios en detrimento de las mujeres, sino también de graves perjuicios para los propios hombres, porque de este modo se han negado a sí mismos el reconocimiento de su dimensión corporal y emocional, que ahora no saben integrar de manera constructiva. La violencia dirigida hacia los otros o hacia a sí mismos es una manera errónea pero frecuente de dar salida a su tensión interna.


Es preciso que los hombres redescubran su cuerpo y su emotividad; que aprendan a tener cuidado de sí mismos; y también a manejar sus sentimientos, sin delegar esta tarea en las mujeres próximas.


A medida que los hombres consigan cuidarse de sí mismos emocionalmente, comenzarán a entender mejor qué significa tener cuidado de los otros.


Escrito por Enrique Jimeno




Reproduzco a continuación el resumen de sus argumentaciones que hace Mabel Burin a Varones, Género y subjetividad masculina de Mabel Burin y Irene Meler, Paidós, Barcelona, 2000, pàgs. 139-142. El subrayado es mío.


Pero si ya no podemos asumir que la masculinidad es algo natural, ¿qué significa que las masculinidades estén social e históricamente construidas? En primer lugar, ayuda a pensar que no hay un solo modelo al que los hombres se tengan que ajustar. Pero esto puede ser aterrador si es que se abren dema­siadas opciones a la vez. ¿Con qué bases se supone que diferentes varones tomarán sus propias decisiones? Un filósofo británico estudioso de las problemáticas de la masculinidad, Victor Seidler (1995), hace un análisis interesante a partir del estudio de lo que implica la heterosexualidad normatizada para los varones en la cultura occidental, en particular a partir de la modernidad.


Sostiene que, tradicionalmente, ha habido una fuerte identifica­ción entre la masculinidad dominante y la modernidad, que se ha organizado alrededor de una identificación entre masculinidad y razón. Esto permitió dar por sentado que los hombres eran seres racionales y les ha permitido legislar para otros, en lugar de percibirse y hablar de sí mismos de una manera íntima y personal, logrando con esto despersonalizar la experiencia que los varones tienen de sí mismos.


La racionalidad de los hombres ha sido definida de manera que los coloca en una categoría aparte de la naturaleza.


Como seres racionales, quedarían fuera de las cuestiones atribuibles a la naturaleza, por ejemplo, cues­tiones como la sexualidad. Más bien se sienten amenazados por sentimientos sexuales que potencialmente les recuerdan su "naturaleza animal".


La sexualidad ha sido concebida, desde esta perspectiva, como una fuerza o "necesidad irresistible" que viene del cuerpo.


La idea es que una vez que los hombres han sido sexualmente excitados ya no pueden ser responsabilizados por lo que origina o es causa de su excitación, así como las consecuen­cias irrefrenables resultantes de sentirse excitados.


Según este principio, se ha responsabilizado a las mujeres de ser la causa de la excitación sexual masculina ("seguro que ella lo provocó", se afirma) y son ellas las que cargan con la responsabilidad por lo que acontece a continuación. Sostiene este autor que los varones han tardado mucho tiempo en colocar en su sitio a su propia responsabilidad por su sexualidad y en aprender a plantear sus experiencias en diferentes términos.


Del mismo modo, entre las masculinidades blancas dominan­tes, se ha tendido a pensar el cuerpo en términos mecanicistas como algo que necesita ser entrenado y disciplinado, pero no

como una parte de sí constitutiva de su subjetividad y con la cual los hombres pueden entablar otro tipo de conexión.


La idea es que el cuerpo tiene sus propias necesidades, que éstas son "animales" y que deben ser reguladas y controladas desde cierta racionalidad.


El supuesto es que el cuerpo sólo merece ser tomado en cuenta cuando falla de alguna manera, de lo contrario es algo que debería estar ahí, disponible como parte del fondo en el que aprenden a vivir sus vidas como varones. La desestimación de otro cuerpo que no sea en términos mecánicos como una máquina, como un vehículo, etc. lleva a que los afectos predomi­nantes que despiertan sus claudicaciones sean el enojo o el miedo por lo que falla.


Según Seidler, los hombres van al médico "no para entendernos a nosotros mismos, sino para deshacernos de los síntomas corporales".


Esto coincide con una perspectiva médica occidental dominante que se ha apropiado del cuerpo como si fuera un objeto, una cosa, y no como parte de la construcción subjetiva de cada ser humano. Este autor se pre­gunta "cómo habrán sido construidas a través del tiempo nuestras relaciones con nuestro cuerpo, no para comprenderlo y conocerlo más sino para controlarlo y dominarlo.


Esto proven­dría de una concepción dicotómica acerca del cuerpo y de la mente como entidades separadas, así como de la dupla razón-emoción"


Según la tradición filosófica occidental, los hombres adquirirán su subjetividad sobre la base de la razón, sin permitir las "distracciones" de la emocionalidad, lo cl.lallos lleva a tratar de luchar desconectados de esa parte de la experiencia humana.


Para Seidler, la identificación entre masculinidad dominante y razón desempeña un papel decisivo en el sostenimiento de las nociones de superioridad masculina"


Este autor cita los desarrollos psicoanalíticos de Freud, quien reconoció que dentro de la cultura racionalista de la modernidad los varones tienen el poder de imponer los términos de acuerdo con los cuales los demás tienen que probarse a sí mismos.


En la lectura que hace sobre los textos freudianos, destaca que a Freud lo que le interesaba era ilustrar el daño que se le había infligido tanto a los hombres como a las mujeres mediante la represión de la sexualidad en Occidente y que tal represión de la sexualidad iba acompañada de diversas formas de supresión de la emocionalidad.


Una idea interesante que sugiere Seidler es que si última­mente los varones han aprendido a pensar un poco más acerca del cuerpo, ha sido frecuentemente como un lugar con significados culturales.


Para ello propone dejar de asumir que "son los demás" (mujeres, niños) quienes tienen necesidades emocionales y que "nosotros no las tenemos", porque eso los lleva a suponer que ellos no necesitan nada, que quienes reclaman afecto son las/los otros. Si tuvieran un acercamiento subjetivo más íntimo con su cuerpo aprenderían a reconocer algo más de su emocionalidad. Sus cuerpos y sus emociones dejarán de resultarles algo amenazante, por lo cual habría que estar prontos para la huida sin compromiso, "un cuando aparezcan otros temores acerca de su vulnerabilidad, del riesgo de ser rechazados, de no encontrar el resguardo necesario que contenga sus nuevos sentimientos.


Según este autor, los varones suelen depender de que las mujeres interpreten por ellos sus emociones y sentimientos, sin agradecer ni valorar los esfuerzos que tienen que hacer las mujeres para lograr esa interpretación, porque la suponen "natural" en el género femenino, y se sienten sorprendidos cuando las mujeres se niegan a poner en primer lugar sus vínculos con ellos.


Al aprender a replantear sus propias vidas, los hombres han tenido que aprender también a identificar sus necesidades.


Sin embargo, persiste una corriente cultural patriarcal que hace que los varones tengan una idea muy vaga del tiempo y la energía que cuesta sostener una relación emocional, general­mente a cargo de las mujeres.


Si bien en los años ochenta y noventa se ha avanzado notablemente en el sentido del igualitarismo en la responsabilidad por los cuidados afectivos entre los miembros de la pareja, y de ambos con los hijos, persiste cierta "naturalidad" en la creencia de que las mujeres se compro­meterán más con la actitud de cuidado.


No basta con disposicio­nes igualitarias formales, sino que son necesarias profundas transformaciones también a nivel subjetivo para que estos términos de la igualdad entre los géneros sea más viable. Según Seidler, conforme los varones aprendan a cuidar de sí mismos emocionalmente, empezarán a entender mejor qué significa cuidar de otros.


Para él, es decisivo empezar a replantear las masculinidades de manera que los varones puedan empezar a desarrollar visiones diferentes de sí mismos. En lugar de consi­derar que sus masculinidades están dadas, podría delinearse un sentido crítico de la cultura patriarcal que les ha ofrecido el poder en el ámbito público, al costo de aspectos centrales de la intimi­dad consigo mismos. Hasta ahora el centramiento en el trabajo, en ganar dinero y en obtener éxito los ha alejado de los vínculos emocionales significativos. La crisis respecto de las nuevas condiciones de su trabajo puede llevar a que muchos hombres se replanteen su posición subjetiva de esos vínculos, con ideas y prácticas diferentes respecto de los cuidados hacia los otros y la igualdad. No es una tarea fácil, pero sigue siendo vital para el replanteamiento de las masculinidades. Es algo que los hombres apenas están comenzando a hacer.



Entrevista con Víctor Seidler, Manuel Zozaya y Carlos Bonfil



Fuente: http://www.laneta.apc.org/cgi-bin/ modemmujer - Dec 4, 2000


6 de Abril de 2000


Víctor Seidler, es uno de los pioneros en el estudio de la masculinidad. Desde los años setenta, a partir de un diálogo con las feministas y de la reflexión sobre sí mismo y su entorno, inició un cuestionamiento sobre las maneras de ser (y de hacerse) hombre, que ha abierto brecha en este nuevo campo del conocimiento.


El autor de Unreasonable Men: Masculinity and Social Theory y Man Enough: Embodying Masculinities, considerados pilares en esta área, estuvo en México para participar en el seminario Aproximaciones Teóricas a la Masculinidad, organizado por la UAM-Xochimilco y El Colegio de México, ocasión que aprovechamos para entrevistarlo. Estas son algunas de sus reflexiones.


MANUEL ZOZAYA Y CARLOS BONFIL


Es importante ver cómo se construyen las masculinidades en diferentes culturas, pero también lo es tener una idea de las masculinidades que predominan en Occidente, y de las formas en que han sido normalizadas. Una vez que éstas fueron normalizadas, a otras formas de masculinidades se les consideró perversas, desviadas o anormales. Es eso lo que he tratado de investigar: un tipo particular de masculinidad dominante y también de paso mi propia masculinidad. En el mundo occidental, y en especial en Inglaterra, se dio en los años cincuenta, cuando yo era niño, la normalización muy fuerte de la masculinidad, y siempre sentía uno que la propia tenía que ser probada. La inseguridad nos obligaba a ver cómo se comportaban otros chicos y ver así cómo debíamos hacerlo nosotros.


Crecí en el seno de una familia de refugiados que llegó a Inglaterra huyendo del nazismo, y mi sensación de seguridad reposaba en ser como los demás chicos. Mi propia condición de judío hacía de mí alguien diferente, y yo quería ser como los demás. La experiencia escolar fue en sí una práctica normalizadora muy importante. A través del aprendizaje intentaba imitar la manera de ser de los demás chicos. Aprender a ser un hombre inglés, madurar hacia la hombría. Eso me dio una conciencia aguda de la dinámica como se construye la masculinidad. Sentí que estaba a la vez dentro y fuera, que podía ser parte de ella y al mismo tiempo reflexionar a la distancia por estar de algún modo en las márgenes.

El grupo al que pertenecí en los años setenta --un grupo activista--, era un proyecto organizativo y tenia como propósito comprender la importancia de explorar la sexualidad. Había un aspecto terapéutico. Al desarrollarse ese grupo se dio una suerte de división entre hombres y mujeres que formaban parte del mismo: mujeres feministas, y hombres que se sentían profundamente afectados por el feminismo. Al separarse ese grupo, los varones nos quedamos juntos en un cuarto que las mujeres habían abandonado, incapaces de hablar entre nosotros, y fue un momento interesante ver cómo nuestras relaciones como hombres estaban mediadas por las mujeres y ver las dificultades que teníamos para estar entre nosotros como hombres. A partir de esa experiencia decidimos publicar una revista llamada Achilles Heel (Talón de Aquiles), que fue una de las primeras publicaciones sobre política sexual. En Achilles Heel se combatió la sensación de que la masculinidad podía verse sólo como una relación de poder, como si fuera siempre parte de un problema, esencialmente negativa y tuviera que ser abolida.


La imagen era que los hombres necesitaban feminizarse. Esta idea siempre me incomodó. Siento que es importante que los hombres mantengan un contacto con sus emociones, con su vulnerabilidad, con su fuerza. Es importante tener visiones positivas de la diversidad, de las diversas versiones de masculinidad que ofrece la cultura, tener espacios de exploración en las escuelas para discutir estas cuestiones.


El vínculo entre la violencia y la masculinidad institucionalizada


Entre más aprenden los hombres a comprimir sus propios cuerpos --una estrechez que ellos mismos sienten irrespirable-- más piensan que deben comportarse de un modo determinado. Hay a menudo una tensión entre lo que experimentan interiormente y la manera en que se comportan hacia el exterior. Existe un código muy fuerte de comportamiento masculino, eso quiere decir que cuando un hombre expresa sentimientos naturales como vulnerabilidad, tristeza o miedo, esos sentimientos no pueden realmente conectarse a él. Porque si un hombre siente miedo, eso se interpreta como un signo de debilidad, y en una sociedad homofóbica, como un signo de homosexualidad.Así que cuando surge esa emoción no puede quedar registrada en la conciencia, por lo que se le transforma automáticamente en cólera o violencia. Cuando la vulnerabilidad masculina comienza a emerger, los hombres desean liberarse de ella y la descargan sobre los gays y las mujeres.


Y en parte lo hacen por miedo a su propia experiencia. Por esto creo que es absolutamente vital pensar de nuevo los programas escolares a nivel nacional, en torno a un programa de lo que en Inglaterra llamamos alfabetismo emocional, en el que se les da la oportunidad a los jóvenes de identificar diferentes estados emocionales y reconocer que los aspectos de violencia revisten una importancia capital. No se trata únicamente de frenar la violencia, lo cual es importante, sino de reconocer sus fuentes más profundas, y que a menudo son sentimientos ambivalentes con respecto a su propia vulnerabilidad.


¿Cómo podemos estudiar la masculinidad?


No podemos simplemente crear la masculinidad como un objeto nuevo para la investigación científica, como si pudieras aislar a los hombres del contexto en que la viven. En México y en Latinoamérica la masculinidad se ha vuelto un tema nuevo investigación. Los hombres heterosexuales no se encuentran en la misma posición que las mujeres o los hombres gay, quienes han atravesado por un largo proceso de reflexión sobre su propia condición. Lo importante es reconocer que los hombres tienen una dificultad extrema (y esto incluye a gays y a heterosexuales) para identificar esas experiencias de masculinidad. En parte porque dichas experiencias han sido universalizadas y a los hombres se les ha enseñado, que sólo ellos son racionales, por lo que dan por sentado la racionalidad. De esa manera, los hombres aprenden a hablar por los demás. Hablan de modo más impersonal y legislan lo que creen es bueno para los otros, antes de poder realmente negociar. Conocemos las consecuencias desastrosas de cierta forma de masculinidad dominante que cree poseer el conocimiento y saber qué es lo mejor para los demás.


Los hombres no están acostumbrados a negociar.


El índice de divorcios, en aumento en la clase media, se da en parte por las dificultades de negociación masculina. En México es particularmente fuerte la noción de ligar la masculinidad con la idea de ser activo. Hay un sentido muy fuerte de la actividad. Los hombres aprenden a hablar, pero les cuesta mucho trabajo escuchar. Escuchar te coloca en una situación de pasividad: tienes que recibir. Y si eres pasivo eso te hace sentirte vulnerable, y si te sientes vulnerable percibes también que tu identidad masculina está amenazada. Por ello se vuelve difícil que los hombres comiencen a cambiar sus relaciones con las mujeres, pero también, de modo distinto, con sus hijos. Los hombres desean a menudo ser diferentes con sus hijos, y hay cierto reconocimiento de formas nuevas de paternidad, pero en ocasiones sucede que estos hombres no han podido resolver las relaciones con sus propios padres. No han hecho ese trabajo emocional. Por eso es difícil relacionarse con los hijos.


Les dicen a los hijos lo que tienen que hacer, y les resulta difícil no sentir que tienen que estar en posiciones de autoridad. En este contexto, no sorprende la violencia que emplean los padres contra sus hijos, pero te preguntas por qué se permite esta situación.


¿Por qué no hay un movimiento que reconozca que esa violencia dirigida contra niñas y niños es parte de la misma violencia que más tarde se ejercerá contra las mujeres, o la violencia homofóbica contra gays?


El fenómeno es complejo y es importante no simplificar. Se trata de pensar dentro del contexto de la realidad mexicana acerca de las imágenes heroicas que los hombres han interiorizado, de la autoridad que creen tener el deber de ejercer.

Cuando los hombres golpean a sus niños o niñas es porque piensan que es eso lo que deben hacer como buenos padres. Esta es una violencia cultural que se vuelve cada vez más destructiva en una época en la que los apoyos sociales se relacionan con el hecho de ser un jefe de hogar, lo cual en México y en muchas otras partes es una buena fuente de identidad masculina. Todo eso se ve socavado con la globalización, con la dificultad de encontrar un empleo regular.


La base de la masculinidad se ve así amenazada, los hombres se sienten inseguros, sobre todo en las clases más desfavorecidas, por la necesidad de que sus esposas trabajen y aún más por la posibilidad de que pudieran depender de los salarios de sus esposas, cuando preferirían tenerlas en casa. Se sienten un tanto atrapados en esa contradicción. Y esto a menudo alimenta un tipo de cultura en la que los hombres que se sienten amenazados recurren a la violencia. En esa cultura de la violencia, los hombres que no tienen trabajo deben afirmar su masculinidad de otras maneras. Y en Latinoamérica no queda claro de qué maneras puede la masculinidad validarse fuera del contexto laboral.

Si anhelamos una sociedad democrática, debemos pensar en formas democráticas de familia y de enseñanza.

Es importante ver a la educación sexual no sólo como una proveedora de mensajes de salud o información, sino también como un espacio en el que la gente pueda explorar sus propias vidas emocionales y sus relaciones. En mi opinión, este es un espacio muy vigoroso e importante que debemos construir tanto en Inglaterra como en México.







TRANSFORMANDO LAS MASCULINIDADES.


Texto de Victor J. J. Seidler *


Fuente: http://www.hombresigualdad.com/transfor-mascu-seidler.htm



DEFINICIONES.


¿Pueden cambiar los hombres? ¿Por qué les ha llevado tanto tiempo responder a los retos planteados por el feminismo en lo que se refiere a relaciones en las que la igualdad y el afecto estén más presentes?


Tradicionalmente el feminismo iba unido a la proclamación de igualdad de derechos, a la igualdad de oportunidades para competir por carreras, empleos y profesiones, así como por representaciones en la esfera política, de la cual las mujeres habían sido excluidas. Todo esto no lograría retar los términos masculinistas en los que estaba enmarcada la esfera pública, y que habían sido presentados dentro de la modernidad como un campo de la razón, que solamente una masculinidad dominante podía dar por sentado. La situación a la que quedaron relegadas las mujeres las obliga a tener que demostrar constantemente ser seres racionales, ya que están destinadas a estar más cerca de la naturaleza y, por lo tanto, ser más influenciables debido a sus emociones, sentimientos y deseos. El feminismo liberal aseguraba que las mujeres eran iguales en su racionalidad a los hombres y por lo tanto, deberían tener las mismas condiciones a la hora de competir.


Pero con la Segunda oleada de feminismo en el mundo anglófono se extendió una segunda premisa que decía así: “ lo personal era político”. Ello significaba que el poder debió ser reconocido dentro de la esfera personal de las relaciones íntimas, al igual que dentro de la esfera pública de la política. La esfera pública no se puede considerar pues, desde entonces como un espacio racional y de poder. Mientras tanto la esfera privada era un espacio de amor, emociones e intimidad. Esto significaba que si las mujeres iban a ser libres para competir por empleos y carreras, entonces, los hombres tendrían que reconsiderar los términos masculinistas que se dieron por sentado en la organización tradicional de los procedimientos de muchos lugares de trabajo. Las mujeres querían ser capaces de competir en las mismas condiciones sin sentirse forzadas a dejar de lado sus continuas responsabilidades, como por ejemplo el cuidado de sus hijos y el trabajo doméstico.


Ello conllevaba que el apoyo de los hombres al feminismo no podía limitarse simplemente a apoyar a las mujeres en su propia lucha a favor de la igualdad, sino que también implicaba aprender a denominar su experiencia como masculina. Eso era algo que los hombres tenían que aprender a hacer por sí solos, aunque no fuese una tarea fácil dentro de una cultura homofóbica en general, en la que las identidades masculinas se definían generalmente en términos negativos –en términos de “no” ser “blando”, “emocional”, “dependiente”, que en otras palabras significaba “no ser mujer”. Eso podía dificultar a los hombres apoyarse unos a otros de una manera consciente –creando grupos, ya que se daban cuenta de que como varones necesitaban ser “independientes” y “autosuficientes”– no podían mostrar “debilidades” derivadas del miedo delante de otros, ya que “éstas” podían ser utilizadas contra ellos por otros hombres que a su vez competían con ellos en masculinidad. A menudo los hombres sólo pueden sentirse bien con ellos mismos sabiendo que “lo están haciendo mejor que otros”.


Estos modelos comienzan a una edad temprana y, por tanto, es de vital importancia reflexionar sobre el modo en el que los chicos adquieren sus masculinidades en la escuela y en la familia. A menudo, sienten que tienen que sobrevivir por cuenta propia y que por ejemplo si sus padres se están separando o uno de ellos ha fallecido, ellos no pueden hablar con nadie sobre el tema y buscar ayuda. Frecuentemente se sienten avergonzados y aprenden a simular que todo va bien. Han aprendido a sobrellevar su propia agitación y confusión emocional. También pueden “desahogarse” intimidando a otros niños como modo de reafirmar una identidad masculina que se ve amenazada. Recientemente la importancia del tema del acoso en los centros escolares ha crecido dentro del debate sobre “el fracaso escolar”, el cual subraya que las chicas obtienen mejores resultados. Esto se debe posiblemente al tipo de apoyo que han recibido entorno a su propia valía como mujeres jóvenes.


De alguna manera debemos reflejar también el tipo de ayuda que los chicos necesitan durante el periodo de transición hasta llegar a ser hombres. Durante este espacio de tiempo surgen numerosas dudas acerca de lo que significa ser un hombre en el mundo actual. Este es en parte un tema cultural, y está relacionado con el diálogo existente entre las diferentes generaciones. Pero con el declive de tantas industrias tradicionales, los padres no se encuentran en una situación cómoda para dejar un puesto de trabajo en manos de sus hijos. A medida que los aprendizajes tradicionales han ido disminuyendo, también ha decrecido el diálogo entre hombres adultos y jóvenes en el contexto de transmisión de habilidades, y los hombres jóvenes de la clase trabajadora pueden sentirse más dependientes de la educación formal, de la cual sus padres se sienten alejados. Los hombres jóvenes pueden sentirse más solos, incapaces de llegar a otros. Junto con el declive del trabajo tradicional, es más duro para los padres sostener el sentido de sus identidades masculinas como proveedores y fuente de sustento familiar. Esto puede dar lugar a una depresión que se puede transmitir a la siguiente generación. Los varones pueden sentirse inseguros sobre su condición de hombres jóvenes. A veces, pueden llegar a sentir hostilidad para con el feminismo, que insiste en que el hombre sólo se denomina a sí mismo como una figura de poder. Una figura que de alguna manera es responsable de la subordinación y opresión que padecen las mujeres. Por eso, y como los hombres jóvenes no se ven a sí mismos de esa manera, a menudo se sienten intranquilos y confusos.


EL PODER.


Si los hombres jóvenes a menudo se sienten rodeados de mujeres jóvenes más seguras de sí mismas, que parecen tener más claro la dirección que quieren dar a sus vidas, éstos pueden encerrarse en un triste silencio. A menudo, la teoría feminista temprana insistió en identificar la masculinidad como una relación exclusivamente de poder, como si no hubiera manera de “redescubrir” la masculinidad, un título que escogí anteriormente, ya que el fin era deconstruir la masculinidad. Era como si los hombres no tuviesen ninguna oportunidad para el cambio, o ningún modo que permitiera la redención de la masculinidad. Por el contrario, ellos tenían que aceptar que la masculinidad era el problema y por lo tanto, no podían ser parte de la solución. Esto aún sigue siendo una debilidad de ciertas formas de política anti-sexista de los hombres. Ese tipo de política que puede asumir que los hombres denominen su experiencia a través del reconocimiento del poder que ejercen en la subordinación de la mujer.


Impulsados por el compromiso adquirido contra la terrible violencia que los hombres tan a menudo dirigen contra las mujeres, este tipo de política masculina deja más claro qué es lo que no aprueba. Insiste en la responsabilidad de los hombres en cuanto a lo que durante tanto tiempo ha sido negado. Pero sigue centrándose en el sufrimiento de las mujeres. Es decir, no dice demasiado sobre la experiencia de los hombres. Como ya he explorado en MAN ENOUGH (Lo suficientemente hombre), necesitamos atraer la atención sobre el abuso cometido por los hombres mediante la violencia empleada hacia las mujeres. Tenemos que acabar con la violencia doméstica y con el acoso sexual en el trabajo. Frecuentemente trivializamos esas experiencias e involuntariamente actuamos en colusión con ellas. O bien insistimos en que es un asunto personal que solamente concierne al individuo. Sé por mi experiencia profesional en México, que las “buenas maneras” que se muestran en la esfera pública, en muchas ocasiones esconden la violencia ejercida de puertas para adentro. Muchas veces las mujeres están demasiado aterrorizadas para hablar sobre el tema, e incluso aprenden a culpabilizarse a sí mismas.


Pero debemos ser capaces de reconocer tanto el poder social que los hombres continúan asumiendo dentro de la sociedad patriarcal, principalmente estructurada de acuerdo con su propia imagen, y los sentimientos de confusión e impotencia que siente también cada hombre. Ambos son aspectos de una realidad social compleja. Significa asimismo que debemos recapacitar sobre las relaciones entre el poder y la vida emocional y las diferentes esferas en las que también se ejerce ese poder. En parte esto replantea temas de diferencias sobre género y maneras, por ejemplo, en las que las mujeres pueden ejercer el poder en áreas específicas de la vida y los hombres en otras. Las mujeres muchas veces se quejan de que sus compañeros se comportan en casa como niños, con inseguridades sobre lo que sienten emocionalmente.


Tradicionalmente la fuente divina de la autoridad ha sido siempre el padre. Su palabra ha sido la ley y siempre se ha esperado obediencia para con él. Frecuentemente los padres han sentido que comprometen su autoridad si se dejan involucrar en los temas emocionales de sus hijos. Se espera de ellos que legislen para lograr “lo mejor” para sus hijos, sin que sea necesario comunicarse con ellos. Era su tarea castigarlos si éstos no obedecían. Ello convertía la figura del padre patriarcal en un ser extrañamente distanciado en la familia, la cual se organizaba alrededor de madres e hijos. Si el padre se sentía solo y excluido, contaba únicamente con la compañía de otros hombres en el trabajo o bien se involucraba en “aventuras” donde el secreto devolvía la intensidad perdida en su vida. Pero a menudo era difícil para los hijos identificar el contacto perdido en sus relaciones con sus padres, aunque últimamente los padres están diciendo que quieren más contacto emocional con sus propios hijos.


En Gran Bretaña lo que realmente supuso una transformación, fue la creciente presencia de los padres apoyando a sus parejas durante el embarazo y el parto. Los padres querían involucrarse más, y se sentían molestos al tener que volver al trabajo después de una limitada baja por paternidad. A menudo esto resultó ser nefasto para las mujeres que fueron abandonadas literalmente “cuando aún tenían en brazos al bebé” y habían vivido anteriormente unas relaciones entre géneros más igualitarias. En esas relaciones los dos miembros de la pareja trabajaban y se sentían responsables del mantenimiento del hogar. De alguna manera, las visiones de igualdad entre los géneros que parecían funcionar cuando ambos miembros de la pareja trabajaban, no pueden ser modificados para permitirse tener hijos. Muchas veces la solución era pagar a mujeres más pobres para cuidar a sus hijos, y de ese modo delegar sobre ellas la carga que conlleva dicha responsabilidad. De todas maneras muchas madres no se sienten a gusto con esa decisión. Los primeros meses son a menudo un periodo de supervivencia en el que la pareja tiene dificultades para hacer frente los problemas que van surgiendo, y desafortunadamente, tras los primeros 16 meses, cuando las cosas comienzan a ser más fáciles con el bebé, todo acaba en divorcio. A medida que el trabajo se intensifica, suele ser difícil para los padres pasar el tiempo que los niños quieren con ellos. A veces, las mujeres son tan libres como los hombres para acudir al trabajo, para huir de las infinitas demandas y del caos de la vida íntima. Podemos decir que en el mundo anglófono, las mujeres se sentían bastante presionadas para formar una identidad de género neutro, la cual en realidad se definía en función de pautas masculinas. Una vez aceptadas en su entorno laboral, se esperaba de ellas que “aguantasen la presión” “como todo el mundo”. Las últimas investigaciones delatan que algunas mujeres se sienten molestas con las mujeres que tienen hijos por “defraudarlas” y demandar cosas para ellas mismas cuando no deberían hacerlo.


DIFERENCIAS.


Como ya hemos señalado sobre la experiencia de los hombres, podemos apreciar las tensiones que también los hombres sienten entre la vida íntima y laboral. No se trata simplemente de tener “un tiempo de calidad” con sus hijos durante el fin de semana. También se trata de escuchar los deseos y necesidades de los niños y revisar la igualdad de los géneros para incluir a los niños. Esto significa reconocer cuán importante es para los niños y para los padres involucrarse los unos con los otros en el día a día. Asimismo significa que tenemos que reconocer la necesidad de reconsiderar la naturaleza del trabajo postindustrial y equilibrar para los hombres y las mujeres el tiempo que pasamos trabajando y el que pasamos en la intimidad. Esto conlleva en parte que los hombres deban reconocer cuánto ayuda el “esfuerzo emocional” en mantener una relación sexual a largo plazo.


Con demasiada frecuencia, los hombres deben aprender a considerar sus relaciones como fondo, eso podría ayudarles a valorar muchas cosas. Aunque a menudo digan que ellos trabajan “para su familia”, las identidades masculinas aún están organizadas alrededor del trabajo y eso hace que los hombres raramente aprenden cuánto tiempo, atención y esfuerzo supone una relación seria. Frecuentemente ésta es la tarea que se les encomienda a las mujeres dentro de una pareja heterosexual, una especie de labor invisible a la que las mujeres son más reacias, y la demanda emocional de éstas es mayor que en la generación de sus padres. Por supuesto no se debe generalizar y se tienen que enfocar estos temas dentro de un contexto cultural e histórico en particular. Las antiguas leyes del territorio vasco han permitido la herencia femenina y por lo tanto han ayudado a mantener el poder de las mujeres dentro de la comunidad. Una vez más sólo podemos aprender de la experiencia de los demás reflejando estos temas dentro de un contexto cultural específico.


Cuando pensamos sobre el poder y la diferencia, no sólo estamos considerando las relaciones entre hombres y mujeres, sino también las diferentes sexualidades y las complejas relaciones que separan las diversas masculinidades. No podemos dejar de lado los temas relacionados con las clases, culturas, razas y etnias que establecen relaciones de poder y de derechos entre diferentes masculinidades. En un debate reciente de un grupo de hombres, quedó bastante claro cómo algunos de los hombres de la clase trabajadora no podían imaginarse a ellos mismos yendo a la universidad. Esto no era posible dentro de la realidad social que ellos vivían, sino que más bien se trataba de un asunto de comercio.


En la medida que hemos aprendido a reflexionar sobre las diferencias entre las mujeres, también hemos aprendido a considerar diversas masculinidades. Pero del mismo modo que las mujeres han descubierto la libertad para explorar sus deseos y necesidades propios, separándose de los juicios y evaluaciones de una masculinidad dominante, los hombres también necesitan tomarse su tiempo y su espacio para explorar las formas de masculinidad que han heredado. Esa es la tarea de los hombres, definir las masculinidades particulares que han desarrollado para tenerlas en cuenta. Ésta puede ser una tarea difícil de llevar a cabo en un periodo de incertidumbre, cuando los prototipos tradicionales de la masculinidad estructurados en términos que describen a los hombres como “los que se ganan el pan” y “proveedores” se han venido abajo. Frecuentemente los hombres sienten que deberían “controlar” su propia experiencia, ya que si admiten su incertidumbre, ello puede amenazar su identidad masculina. Los hombres aprenden a reservarse sus propias ansiedades y miedos al proyectar una cierta imagen pública de ellos mismos. A veces, esa aflicción interior puede crecer en la medida que a los hombres les persigue un miedo que, de mostrarlo, el varón sería seguramente marginado. La rabia puede volverse contra uno mismo y ello se refleja en el alto número de suicidios de hombres jóvenes, como un fenómeno casi global. Resulta mas fácil acabar con la vida de uno mismo que mostrar tu desesperación a los demás.


TECNOLOGÍAS.


Junto con la globalización y las nuevas tecnologías el abismo generacional es aún mayor y es cuando los jóvenes empiezan a sentir que están creciendo en un mundo diferente que sus padres son incapaces de entender. Gracias a los nuevos softwares y a la tecnología de la telecomunicación, el tiempo se comprime y al mismo tiempo los jóvenes están sobreestimulados y ansiosos por estar “en contacto” en una red con nexos cada vez más veloces. Vivimos en una cultura en la que los segundos son los que redefinen las relaciones entre las zonas urbanas y rurales y en la que la ubicación pierde importancia. En una cultura en la que las 24 horas del día y durante los 7 días de la semana están ocupadas, aunque hayamos creado todo tipo de recursos para ahorrar trabajo y tiempo, es fácil sentir que disponemos de menos tiempo para nosotros y para las relaciones, en comparación a los demás individuos en la historia de la humanidad. El correo electrónico puede resultarnos muy útil hasta encontrarnos a nosotros mismos respondiendo de una manera frenética a un flujo incesante. El teléfono móvil sirve para ahorrar tiempo, salvo cuando se da una situación como la actual, en la que constantemente estamos potencialmente al alcance de cualquiera que requiera nuestra atención. Apagamos el ordenador y desconectamos el teléfono móvil para encontrar un hueco para nosotros mismos, sólo para lograr sentirnos ansiosos por lo que nos podamos estar perdiendo.


Las nuevas tecnologías han ayudado a poner en circulación de las masculinidades en general, esas masculinidades que presentan imágenes con las que los jóvenes aprenden a identificarse. Adoptan un look particular pero al mismo tiempo tienen dificultades para expresar lo que les está sucediendo, ya que esto puede comprometer la imagen que transmiten de ellos mismos.


No debería sorprendernos que las enfermedades relacionadas con el stress estén proliferando de manera alarmante por todo lo largo y ancho del mundo. En parte es muy atribuible a la sobrecarga de información y agotamiento según la gente se ve a sí misma capaz de sobrellevar el ritmo, flujo y densidad de las actividades humanas. En el Reino Unido, tres de cada diez empleados cada año sufre de problemas mentales debido a comportamientos relacionados con el stress. Tal y como Jeremy Rifkin, autor de THE AGE OF ACCESS ha escrito recientemente... “Si un niño crece rodeado de vídeo-juegos y ordenadores, y espera una gratificación instantánea, ¿resulta de verdad increíble que desarrolle una escasa capacidad de atención? Aceleramos el ritmo y corremos el riesgo de aumentar la impaciencia de una generación.” (The Guardian, sábado 26 de mayo de 2001, pág. 22) Rifkin pregunta si la cultura de la hiper-velocidad no nos está haciendo cada vez menos pacientes y si estos nuevos casos de stress que surgen como “furia” o “violencia doméstica” demuestran que la gente libera su stress con ataques violentos.


Rifkin plantea una pregunta muy significativa al decir que “Si esta nueva revolución tecnológica se basa solamente en la velocidad y en la hipereficiencia, entonces puede que perdamos algo más preciado que el tiempo – el sentido de ser seres humanos afectuosos” (pág. 22) Esta cuestión incumbe no sólo a los hombres, sino también a las mujeres en la medida que nos ayuda a cuestionar el que nos culpemos tan fácilmente a nosotros mismos por no ser capaces de “sobrellevar” estas nuevas pautas. Por ejemplo, tendemos a reducir el tiempo que necesitamos para dormir. Pero antes de juzgarnos a nosotros mismos de acuerdo con las normas externas, debemos reconocer que hay algo más que la cuestión de cómo integrar nuestras vidas de la mejor manera dentro de la revolución de las nuevas tecnologías o ajustarlas a la globalización que tan a menudo e inevitablemente tratan los políticos en la medida que rechazan cuestionar el interés del poder corporativo de una economía globalizada. Debemos hacernos preguntas más profundas sobre el modo en que creamos una visión social que hace uso de las tecnologías, y no permitirles que dominen nuestras vidas.


Frecuentemente la única situación en la que los hombres paran y preguntan este tipo de preguntas profundas es cuando enferman. Entonces, se sienten furiosos con aquello que les ha llevado a ponerse enfermos. A menudo, el stress que provoca el mantener las masculinidades tradicionales han hecho enfermar a los hombres, ya que ha sido difícil para ellos escuchar a sus cuerpos, que se han convertido dentro de la modernidad en máquinas a disposición del hombre. Muchas veces, los hombres tienen dificultades a la hora de buscar apoyo, cuando por ejemplo sufren de cáncer de próstata.


Preferirán no hablar del tema, y guardaran la esperanza de que si el cáncer ha surgido de la nada, tal vez desaparezca como si nada. No quieren pensar en cómo las tensiones y el stress de guardárselo todo para uno mismo han contribuido a que surja esa enfermedad. Quieren que los profesionales de la medicina reparen su situación para que ellos puedan volver al trabajo y por lo tanto a la “vida normal”. No quieren escuchar las dudas de los médicos sobre los tratamientos apropiados para cada caso. Frecuentemente eso significa que no se ha prestado la atención necesaria a la salud del hombre. Por el contrario, los hombres se han juzgado a ellos mismos y han vivido según las normas externas, y se han sentido mal si no han logrado estar a la altura. Puede no ser una tarea fácil expresar los miedos de cada uno al médico o a la enfermera que te está atendiendo, aunque eso tal vez facilite el trabajo de éstos, ya que es fácil sentir que estas siendo “débil” y por lo tanto no “lo suficientemente hombre” (Man Enough).


Las diferentes generaciones de hombres han aprendido a guardar silencio a la vuelta de una guerra o de un conflicto. A menudo no cuentan ni a sus hijos ni a sus parejas las experiencias por las que ha pasado, los miedos y los terrores causados por la guerra. Han querido proteger a la siguiente generación, pero durante dicho proceso no han recibido el apoyo que podían haber utilizado a su favor. El dolor de una guerra civil se sigue sintiendo y estas memorias históricas necesitan ser compartidas, para que los nietos sepan por lo que han pasado sus abuelos. Esta memoria ayuda a la nueva generación a explorar su propio campo y les da un sentido diferente de lo que realmente importa en la vida. El valor y la determinación deben ser revisados según comenzamos una conversación, demasiado a menudo bloqueada, entre padres e hijos. De todas maneras a veces son los hijos los que llevan los conflictos sin resolver de los padres. Por ello es crucial para los hombres y las mujeres aprender a hablarse entre ellos sin pasar el límite de las diferencias del poder y la vulnerabilidad.


En la medida que los hombres aprendan a mostrar más abiertamente su vulnerabilidad, aprenderán a reconocer que no es un signo de debilidad, sino una muestra de valor. Cuando los hombres jóvenes aprendan a ser responsables íntimos en sus relaciones con cualquiera de los dos sexos, aprenderán a saber qué es lo que les importa en la vida. Aprenderán a apreciar el amor mientras luchan por una mayor justicia en las relaciones entre los géneros dentro de una sociedad más democrática y a favor de la igualdad.


20 de mayo de 2001.


*Victor J. J. Seidler

Profesor de Teoría Social,
Goldsmiths College, University of London.

Las construcciones culturales de la masculinidad (artículo que resume las argumentaciones de Seidler)

Ana Amuchástegui y Marta Rivas

http://www.equidad.org.mx/ddeser/seminario/internas/lecturas/lect-genero/construccioneculturales.pdf

La masculinidad es un tema de interés reciente para académicos, activistas e investigadores empeñados en comprender la compleja vinculación entre los cuerpos, las identidades de género y las prácticas sexuales. Hasta hace poco, en nuestro país las discusiones sobre el género se limitaban a los asuntos relacionados con las mujeres, es decir, al cuestionamiento de las definiciones fijas y restrictivas de la femineidad. Pero la balanza que favorece a los hombres en el ejercicio del poder oscureció, por mucho tiempo, el hecho de que en efecto existen malestares y sufrimientos en el universo de la masculinidad.

Víctor Seidler, sociólogo inglés especialista en el tema,1 comparte con muchos otros la idea de que no existe una sola masculinidad, sino formas y significados de ser hombre que dependen de un periodo y una cultura determinados, es decir, que las masculinidades están construidas históricamente. Seidler centra su reflexión en la masculinidad dominante que nació en Europa durante la Ilustración, y que está marcada por la moral protestante y el colonialismo.

Los signos de la masculinidad y la tradición cultural de occidente

En este modelo, definido por los hombres de las clases y razas hegemónicas de tal época, la masculinidad se construyó íntimamente ligada a la razón y la instrumentalidad, en oposición a la naturaleza y la emoción. De hecho, lo Uno, el Hombre, se consideró esencialmente como lo contrario de lo Otro, la naturaleza, a la que se relacionó estrechamente con la supuesta esencia femenina, la sexualidad, y el cuerpo. De este modo, la masculinidad se construyó como lo no-Otro, en una permanente incertidumbre y necesidad de probarse a sí misma a través del dominio de la naturaleza y sus representantes.

Durante la colonia, nuestro país heredó algunas de estas concepciones, pero es probable que muchos de estos componentes simbólicos de la masculinidad sean diferentes por la influencia del catolicismo y por su encuentro con las culturas indígenas.

En este espacio quisiéramos reseñar algunas de las ideas de Seidler y ofrecerlas para que se discuta su posible relevancia para la realidad de nuestro país:

1. ¿Son el cuerpo y la sexualidad de los hombres una parte de su identidad, o más bien se viven como expresiones de una animalidad que deben controlar? En la tradición católica, el cuerpo es visto como el sitio de la inmundicia, el pecado y la tentación, de modo que las personas --y particularmente los hombres-- mantienen una relación de exterioridad con él, es decir, como si éste les fuera ajeno.

2. En el pensamiento occidental, que considera a la razón como el estado más elevado del hombre, obviamente no es deseable ser identificado con el cuerpo, sus secreciones y sensaciones. En consecuencia, el cuidado de la propia salud se ve dificultado pues requiere que la persona escuche y esté en contacto con su cuerpo pero, como este contexto lo define como pecaminoso, esta tarea resulta sumamente difícil para los hombres. Por eso ellos aprenden a enajenar sus cuerpos, lo cual los lleva también a negar sus dolencias y enfermedades, y a separar su experiencia emocional para intentar controlarla.

3. La masculinidad dominante está muy ligada a la actividad, la cual se expresaría principalmente en la sexualidad y el trabajo compulsivos. Por ello, los hombres encuentran difícil tomarse el tiempo para detectar o reconocer sus malestares y sus experiencias, pues ello requiere silenciar su mundo activo y atender a sus cuerpos. Los hombres se defienden de sus sentimientos porque éstos se consideran un reflejo de homosexualidad: los sentimientos se encuentran sexualizados, pues a la suavidad, la ternura y la vulnerabilidad se les considera como signos de tendencias homosexuales.

Una de las formas más eficaces de defenderse de este temor es la conversión inmediata de todos estos sentimientos en enojo o ira. Si un hombre siente una tristeza profunda, la violencia contra su pareja, por ejemplo, le permite aquietar esa emoción. La agresión no es solamente una manera de controlar a las mujeres, sino también de controlar la propia vida emocional. Por eso es imprescindible trabajar con las emociones y sentimientos de los hombres.

4. Los hombres están a la defensiva pues supuestamente no deben confiar en otros hombres, lo cual está fundado en relaciones altamente competitivas. El miedo a ser vulnerable marca las posibilidades de acercarse entre sí, en especial porque la intimidad se encuentra sexualizada: los hombres sienten que si se acercan emocionalmente a otros hombres, acabarán por tener relaciones sexuales con ellos. De este modo, la homofobia se encuentra en la base misma de la heterosexualidad, y no es posible trabajar con los hombres sin tomar en cuenta este temor.

5. En los discursos sobre salud reproductiva se asume que los hombres son irresponsable; la literatura se encuentra plagada de concepciones negativas de la masculinidad, una de ellas es que la sexualidad de los hombres es esencialmente compulsiva. Una de las consecuencias de esta concepción es que los hombres, y en particular los jóvenes, frecuentemente se niegan a recibir la información que los describe de manera tan negativa, pues los culpabiliza. Quienes trabajamos en estos temas no hemos estado muy dispuestos a hablar sobre el placer sexual de los hombres porque, en virtud de que lo consideramos irrefrenable e inclusive peligroso, se vuelve necesario controlarlo y no reconocerlo. Sin embargo, es importante promover la idea de que los hombres pueden sentir el deseo sexual sin que éste sea compulsivo, reconociendo otros ritmos de relación que los codificados para ellos y la riqueza del contacto emocional. Para ello es necesario des-sexualizar los afectos.

6. En sociedades en las cuales existe un dominio masculino no autoritario, la paternidad se convierte en un signo de masculinidad, situación que no ha sido suficientemente tomada en cuenta en los mensajes de salud. Se ha trabajado la paternidad en su sentido negativo, como poder y autoridad. Ahora es necesario abordar la paternidad como una relación: ¿cómo se sienten los hombres frente al embarazo?, ¿qué tipo de relaciones establecen los padres con sus hijos y sus hijas, y cómo cambian en el tiempo? Por ejemplo, a cierta edad, los padres dejan de tocar y acariciar a sus hijos por miedo a promover en ellos tendencias homosexuales --o volverlos "maricones", que no es lo mismo. Súbitamente los pequeños dejan de tener un contacto emocional y corporal cercano con sus padres sin mediar explicación alguna. Lo mismo sucede con las hijas porque, como hemos dicho antes, la intimidad se encuentra sexualizada y no concebimos la posibilidad de tener cercanía afectiva y corporal con una persona sin que supuestamente experimentemos excitación sexual.

La ternura viril: forma de ruptura antisexista

Todas estas ideas han contribuido, a decir de Seidler, a construir una masculinidad dominante en el mundo occidental y que, con transformaciones y particularidades, se ha exportado a otras latitudes, incluido nuestro país. Caben, sin embargo, algunas preguntas.

Por ejemplo, la masculinidad de los hombres blancos europeos se encuentra marcada por un acentuado individualismo que en México no tiene la misma magnitud debido a la antiquísima tradición de identidad comunitaria tanto de las culturas indígenas como de la Contra-Reforma española. ¿Hasta dónde, se pregunta Seidler, la posibilidad de los hombres de entrar en contacto con su cuerpo, y por lo tanto con sus emociones, se encuentra dificultada por este ser-con-el-otro y con el grupo social? ¿Qué matices introduce la etnicidad en las masculinidades de nuestro país? ¿Cuál es el impacto de la modernidad en las concepciones tradicionales y religiosas acerca de ser hombre?

Lo que queda claro es que la sexualidad de los hombres ha sido construida como algo ajeno a ellos que requiere satisfacción inmediata o control férreo, cuando en realidad está ligada a una vivencia amenazante de su cuerpo y de sus emociones, los cuales están sexualizados de antemano, sin atender a las infinitas posibilidades de la experiencia humana.

Seidler propone los grupos de reflexión de hombres como una poderosa herramienta para la lucha contra la desigualdad de género, pues el trabajo sobre los malestares de la masculinidad llevaría necesariamente a una revisión de la relación de los hombres con las mujeres desde sus propias inquietudes y dificultades. Muchos hombres desean aceptar y enriquecer su vida emocional, pero para ello requieren el apoyo de otros hombres a fin de no sentirse aislados dentro de una cultura que juzga duramente el afecto y la cercanía viril.

Seidler, Víctor, 1987. Reason, desire and male sexuality. En: Caplan, Pat (Ed.).

The cultural construction of sexuality. Routledge, London/New York.

----, 1995. Los hombres heterosexuales y su vida emocional. En: Debate feminista. Año 6, Vol. 11, Abril.

----, 1997. Man enough. Embodying masculinities. Sage, Thousand Oaks.

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Las autoras son profesoras investigadoras del Departamento de Educación y Comunicación de la UAM-Xochimilco, México.

Ana Amuchástegui

Marta Rivas

Fuente: Letra S (México), 6 de noviembre de 1997