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lunes, 7 de diciembre de 2009

CHICOS Y CINE: LAS TRIBUS URBANAS Y EL CINE (2002)

Silvia Grijalba

http://www.silviagrijalba.com/articulos/gijon.htm



Cuando hablamos de Tribus Urbanas nos vienen a la cabeza las que tuvieron su auge en las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado y ahora, en el siglo XXI, nos parece un término obsoleto. Pensamos en los mods, rockers, hippies, punks… esos grupos socioculturales eminentemente juveniles que configuraron una contracultura pop que, con el tiempo, pasaron a formar parte de la cultura oficial y que fueron rápidamente adoptados por los medios de comunicación y por la burguesía que antes cruzaba de acera cuando se encontraba con un miembro de estas tribus urbanas.

La fuerza estética de todas esas tribus hizo que el cine (antes y más profusamente que otras artes, como la literatura) rápidamente se hiciera eco de esas manifestaciones y durante esas décadas (especialmente durante finales de los setenta y todos los años 80) el cine juvenil dio varios títulos que abordaban la forma de vida de esos grupos sociales. Aquí vamos a analizar algunos de esos títulos clásicos que se refieren a las tribus urbanas clásicas, a las que todos conocemos. Pero también quiero hacer hincapié en la presencia de otras tribus urbanas menos evidentes que han surgido a partir de los 90 y durante lo que llevamos de siglo. Grupos socio-culturales que, en muchos casos, no tienen un apelativo oficial pero que responden a las coordenadas que definen una tribu urbana.

Buenrrollistas (1),
techno-hippies (2),
Bohemios Burgueses (3),
Burgueses Chic (4),
Lalys (5),
Chicos Dickies (6), a los que el cine más actual también ha reflejado aunque la intención del autor de la película (en contraposición a los de décadas anteriores) no fuera esa y pese a que, en muchos casos, ni el propio autor fuera consciente de que en su obra estaba hablando de la forma de vida de una tribu urbana.

Esto nos puede ayudar a confirmar la teoría de que después de los noventa, con la explosión grunge, las tribus urbanas caen en el ostracismo, empiezan a considerarse algo pasado de moda, un término casi peyorativo y que pasan de ser una seña de identidad, un orgullo para sus miembros a algo de lo que no se habla, rechazado por los mismos protagonistas de esas tribus, que se niegan a definirlas, a darles nombre e incluso se ofenden si alguien les identifica como miembros de ese grupo social.

En el cine, como reflejo de la sociedad, también se ha observado esa evolución. Después de los noventa, el presunto cine juvenil ya no vende la película aludiendo a la tribu urbana de la que habla (como ocurrió con Quadrophenia, Hair o, más adelante Singles) sino que, muy al contrario, lo elude, aunque en casos como Goths World sus protagonistas vistan como miembros de una tribu bien definida y la banda sonora sea parte también de los gustos de ese movimiento. La evolución llega a un punto extremo en el que, incluso, se da el caso, como el de OT en el que se presenta a la juventud como un ente disperso, sin cohesión cultural, orgulloso de pertenecer y adorar al sistema establecido y sufriendo el efecto contrario al que se daba años atrás, en el que la moda o la forma de comportamiento más radical de la gente de la calle era asimilada por los artistas más comerciales. Ahora los fans de OT son los que visten según dictan los escaparates de Zara, Berska o Pull and Bear que son las marcas que, a su vez, hacen el estilismo las estrellas de la Academia.

Actualmente esa pulsión juvenil de identificarse por medio de la diferencia con otros miembros de una misma generación, ese deseo de crear una contracultura más o menos organizada con la que enfrentarse al “stablishment” ha quedado diluida, pero sigue existiendo, aunque sean los teóricos los que se preocupan en crear clasificaciones y definir las nuevas tribus.

¿Qué es una tribu urbana?

Para entender mejor de qué estamos hablando, lo primero sería definir en qué consiste una tribu urbana. Los miembros de una tribu urbana , salvo un par de excepciones, suelen ser menores de 20 años. El deseo adolescente de formar parte de un grupo de iguales para diferenciarse del resto, de crear una “pandilla” entre compañeros que comparten una serie de gustos que ayuda a reforzar los propios, a sentirse protegido y a tener la sensación de que alguien nos entiende suele ser una de las motivaciones esenciales para adherirse a una tribu urbana. Por otra parte, un rasgo esencial para diferenciar una pandilla (en la acepción burguesa, tipo los chicos de Verano Azul o en la más underground, como “pandilleros” de barrio, tipo The Warriors) es que los miembros de ese grupo compartan una serie de gustos musicales y estéticos (esencialmente), pero también una forma de ver y enfrentarse a la vida (a los cambios frente a la edad madura) y gustos literarios, cinematográficos y de ocio (o sea, ir a los mismos bares, esencialmente, y también, en algunos casos preferir un tipo de drogas antes que otras).

Todos estos puntos están presentes en las películas que hemos escogido como ejemplo de cómo trata el cine juvenil de ficción esos ejemplos de contracultura. Hago hincapié en el término “cine juvenil de ficción” porque he querido obviar los cientos de documentales que abordan este tema: desde los que se encargaron de filmar encuentros como el de Monterrey o el de Woodstock, hasta las biografías de músicos emblemáticos de algunos de estos movimientos porque esas producciones (igual que películas como El Ansia, para los siniestros o Blow Up para los mods) son crónicas de lo que los miembros de esa tribu urbana admira, pero no hablan de los miembros de esas tribus, no dan una visión sobre ellos sino que narran lo que los componentes de esas tribus imitan, asimilan o les inspira.


Hair y Quadrophenia: dos paradigmas

Entre los títulos clásicos que narran la vida de los miembros de tribus urbanas están, sin duda, Hair y Quadrophenia. Como paradigma de películas que abordan este tema y teniendo en cuenta que se estrenaron el mismo año (en 1979) nos pueden servir de ejemplo de cómo se trataba el tema de las tribus urbanas durante la década de los ochenta, la época en la que tuvieron un mayor esplendor. Una forma de representar a esos miembros de la adolescencia contracultural que poco tiene que ver con el tratamiento que el cine hace de ellos durante las dos décadas siguientes.

Los paralelismos entre Hair y Quadrophenia son muchos. Aunque hablan de tribus urbanas irreconciliables, los hippies, en el caso de la primera y los mods (y los rockers, más de pasada) en el de la segunda, el tono es muy similar. En primer lugar, en ambos filmes se recrea una época pasada, se habla de los comienzos de estas dos tribus urbanas que a finales de los 70 ya se habían constituido como tales pero que en sus comienzos, en los años 60, eran movimientos contraculturales que aún no tenían la categoría de tribu urbana como tal.

Esa labor historicista, ese deseo de profundizar en una época que los directores de ambas vivieron durante su adolescencia y por tanto idealizaron ayuda a que, especialmente en Hair, su director Milos Forman presente de una manera muy atractiva a los componentes de ese movimiento sociocultural, algo que Franc Roddam también hace en Quadrophenia, pero desde un punto de vista más lúdico, menos idealista. Probablemente si ambas se hubieran rodado en los 60 y sus directores hubieran tenido 18 años, el planteamiento hubiera sido el de ¡qué maravilloso es pertenecer a un grupo de jóvenes que compartimos ideología, forma de vivir, de vestir y de divertirnos y a los que nos gusta la misma música!, pero quince años después, observando los comienzos del movimiento desde la perspectiva de la madurez y viendo en qué han desembocado esas tribus mucho más edulcoradas por aquella época, la visión idealista tiene también un tono moralista, que corresponde a la evolución natural de la mayoría de los que en su juventud pertenecieron a una de las tribus urbanas del siglo pasado que, por definición, están relacionadas con la edad adolescente y postadolescente.

El trabajo estable, la pareja estable y la hipoteca suele diluir el tinte llamativo en el pelo, quita horas para poder construir la cresta o peinar el pelo a lo mod, hace pensar en si merece la pena seguir llevando la camiseta de AC/DC al trabajo o si sería mejor claudicar a favor de la camisa para ver si nos dan ese ascenso laboral y termina dando al trastre con el idealismo contracultural que nos llevó a formar parte de una tribu urbana. Por eso no llama demasiado la atención que tanto en Hair como en Quadrophenia se castigue a los que de verdad creen en los postulados de su movimiento, los que convierten la vida hippie o la mod en su leit motiv y los que llevan esa “religión” hasta sus últimas consecuencias.

En Hair el papel de John Savage es claramente el del hippie “dominguero”, un joven que está a punto de alistarse en Vietnam, que se queda deslumbrado por la forma de vida hippie, pero que termina alistándose en el ejército, enamorándose de una chica que pertenece a una de las mejores familias de la ciudad y que es burgués incluso en sus viajes alucinógenos inducidos por el LSD, donde imagina que se casa (de blanco y por la iglesia) con su amada aunque eso sí, el coro de fondo canta el Hare Krishna y la novia está embarazada, como dato transgresor.

Durante toda la película, John Savage simpatiza con la causa pero no se implica del todo, nos están diciendo que aquello es una época de su vida y que aunque seguirá teniendo ideas antimilitaristas, de paz, amor y tal, está claro que el sueño alucinógeno de la boda por la iglesia y la vida burguesa va a cumplirse y que terminará claudicando con el sistema. Es un chico formal y merece seguir viviendo.

En cambio, el personaje del hippie convencido que pasará el resto de su vida defendiendo sus ideales juveniles y que apuesta con todas las consecuencias por los postulados hippies es el que termina muriendo. La película da un giro completamente absurdo para que sea Berger y no John Savage el que termina yendo (por error) a Vietnam y que al final muere. La lección está clara: si vas (de verdad) contra el sistema, Dios te castigará.

En Quadrophenia la lectura es la misma. Phil Daniels, el protagonista, está convencido de ser mod es una forma de vida, no un divertimento de fin de semana. Y todo su mundo empieza a derrumbarse cuando, después de la pelea contra los rockers en Brighton, se da cuenta de que sus compañeros mods no piensan igual que él. El se va de casa, deja el trabajo, se convierte de verdad en un outsider… pero paralelamente al descubrimiento de que la chica de la que se ha enamorado y con la que se ha enrollado en Brighton considera que aquel suceso del callejón es algo sin importancia (para él no porque está enamorado), sus amigos le dicen que no le esperaron a que saliera de la cárcel porque tenían que llegar al trabajo; su amada le dice que lo de Brighton fue una diversión, sin más y, como punto penúltimo, descubre que Sting, encarnación del líder de los mods, no es un tío enrrollado, un marginal, como él creía y quería, sino el botones servil de un hotel de lujo de Brighton. Todo ello y su destino (el convencimiento de que está loco, como su tío suicida y esquizofrénico, con el que no para de compararle su padre) le llevan a tirarse, con scooter y parka puestas, por los acantilados de ese Shangrilá de los mods que es Brighton.

Pero pese a esa lectura moralista, en ambas películas se deja entrever que los realizadores tienen una admiración y una identificación con esas tribus urbanas que expresan, muchas veces, con algunos de los tópicos imprescindibles para entenderlas, especialmente en el cine: indumentaria, conflictos generacionales, drogas y música. El caso de Quadrophenia es especialmente significativo porque los productores, que eran The Who, los cuales habían sido mods durante su primera juventud y son unos de los ídolos de ese movimiento.

La cuestión de la indumentaria y de la música son evidentes y no vamos a profundizar aquí en ellas. Pero sí resulta curioso que ambas películas afronten de una manera casi idéntica el asunto de las drogas y del conflicto generacional.

En la era pre sida y anterior a la demonización gubernamental de las drogas ilegales, se nota que el punto de vista sobre ese tema es liberal, natural. El asunto de las drogas se trata de una forma que actualmente sería inconcebible y que muy probablemente tendría que vérselas con la censura.

En ambos casos, la droga (cannabis y LSD, en el caso de Hair, y anfetaminas, en el de Quadrophenia) es una manera de abrir la puerta a la realidad paralela que nos presenta este movimiento sociocultural que implica otra forma de vida. En los dos filmes, la droga es una especie de pasaporte que aparece muy al principio de la cinta y que ayuda al protagonista y al espectador a traspasar ese espejo que le lleva a una nueva realidad.

En Hair, muy en sintonía de los ideales hippies que consideran a las sustancias enteógenas como una forma de autoconocimiento y de transformación moral, se trata (siguiendo los postulados de las tribus primitivas) de un rito de iniciación al clan.

Algo que vuelve a darse cuando la película avanza, en este caso con LSD en forma de hostia y que da a entender que el novato ya ha entrado en la tribu aunque las alucinaciones que tiene sean tan poco hippies.
En Quadrophenia la película empieza directamente con una imagen en la que el protagonista le compra unas pastillas a su camello habitual (que es una especie de lazarillo que le acompaña a lo largo de todo el filme) para, después de una jornada de trabajo basura, entrar en una discoteca donde se oyen clásicos del soul y más adelante se oiría el “My Generation” de The Who.

Drogas y conflictos generacionales

En ambas películas hay un aspecto lúdico de la droga que tiene mucho que ver con los postulados de otras obras posteriores, relacionadas con la cultura rave, como Acid House o 24 Hour Party People, sobre el sello Factory y la discoteca Hacienda de Manchester. En ellas las drogas de diseño, la evolución de esas anfetaminas que consume Garry Cooper en Quadrophenia, son una especie de catalizador para introducirse en el ambiente de un local (como representación de un mundo) dedicado a vivir durante seis horas una vida distinta que nada tiene que ver con una situación social hostil (esto se ve claramente también en todas las películas que se han hecho sobre el punk; por una parte, la de Alex Cox Sid y Nancy,(1986) protagonizada por la heroína o bruja del grunge Courtney Love y los dos documentales sobre los Sex Pistols, The Filth and The Fury (2001)y El Gran Timo del Rock and Roll (1980)de Julian Temple) y es que no es casualidad que algunas de las tribus urbanas del siglo pasado surgieran en momentos de bache económico y en ciudades (Londres en el caso de los mods y los punks, Manchester, en el del Acid House y Seattle, en el del grunge) donde esa crisis estaba especialmente acentuada.

El conflicto generacional es otro de los elementos que está presente en estas dos películas y en la mayoría de las que abordan el tema de las tribus urbanas. Los enfrentamientos surgen invariablemente entre los miembros de esas tribus que llevan hasta las últimas consecuencias su adhesión al movimiento. Por una parte, porque no disimulan, no llevan una doble vida de disimulo cambio estético según estén delante de sus padres o delante de sus amigos y “porque salen del armario”, intentan explicar (con palabras o con hechos) a sus horrorizados padres que sus ideales son dignos, que aquello no es un capricho juvenil y están convencidos de lo que hacen. Las escenas de interrelación entre rebelde y su familia son casi idénticas en Hair y Quadrophenia.

El aspecto y la forma de vida son esencialmente los reproches que les hacen los padres a los hijos y aquí, ambos directores se ponen de parte del rebelde, incidiendo en lo ridículo de las protestas (ambas tienen un elemento cómico) y reprochando, en el fondo, que los padres no se preocupen de porqué sus hijos han tomado ese camino y que no se paren a reflexionar si quizá pueden estar ellos en lo cierto. Sólo se preocupan de lo externo, de lo que puede resultar escandaloso para el vecindario o el resto de la sociedad.

A partir del punk

Este análisis sobre el tratamiento de las tribus urbanas del siglo XX en el cine nos sirve para observar la evolución que tiene esa visión en épocas posteriores del mismo siglo y para ver cómo cambia radicalmente en los filmes que tratan el tema en este siglo. Sid y Nancy de Alex Cox y Singles (1992) de Cameron Crowe (autor también de Casi Famosos, (2000), en la que también se trata ese fenómeno, centrándolo en una banda de rock con reminiscencias hippies) son dos ejemplos que siguen las bases creadas por las anteriores. El caso de Sid y Nancy no nos es demasiado útil porque aunque no es estrictamente un documental como los trabajos que hizo Julien Temple sobre el punk, se basa tan fielmente en la vida de Sid Vicious (segundo bajista de los Sex Pistols) que no ofrece claramente una visión particular asentada en la ficción.
En ella también aparecen tópicos como el enfrentamiento generacional, la reacción ante una realidad social difícil o la muerte final del héroe/antihéroe que lleva hasta las últimas consecuencias los postulados de su tribu urbana. Hasta ahí todo es similar, pero sí cabría destacar el hincapié que hace (necesario porque la vida de Sid Vicious fue así) sobre el mal uso de las drogas, en este caso de la heroína, que termina llevando a la locura o la destrucción (de sí mismo, el amor y el grupo al que pertenece) al protagonista. En 1986, con el cadáver del punk aún caliente y con miles de jóvenes que aún adoptaban esa estética que empezaba a estar asimilada por los mass media y las grandes cadenas de almacenes, la heroína empezaba a hacer sus primeros estragos sociales y el aire casi naif respecto a la droga de películas como Quadrophenia o Hair era prácticamente impensable y no volvería a repetirse.

Singles es una película de transición. Inaugura, a principios de los 90, una nueva etapa en la que el cine (y la sociedad) dan cada vez menos importancia a la tribu urbana como tal y se centra en la vida de un grupo de jóvenes que, parece que casualmente, visten parecido, oyen el mismo tipo de música y tienen una visión de la vida similar. El grunge puede decirse que fue la última tribu urbana que tuvo una conciencia de clase y, por tanto, un nombre que ellos mismos usaban para definirse. A partir de ahí llega la transformación de la tribu urbana (como hemos apuntado al principio) que se diluye para convertirse en algo casi vergonzoso que sus miembros se niegan a reconocer.

Singles es un producto claramente edulcorado, típicamente hollywodiense, en el que queda claro el mensaje de que esa forma de vestir y esos gustos musicales es una etapa transitoria, una forma de evolucionar hacia la madurez. De hecho, Bridget Fonda, en un momento de la película explica ese sentimiento. Vive su unión con un cantante de un grupo grunge emergente como el momento de locura que tiene que experimentar durante unos años, consciente de que aquello es una locura de juventud. De hecho, el personaje de Matt Dilon, que podría ser el equivalente al de Garry Cooper en Quadrophenia o Berger en Hair, al final hace un alegato a su supuesto carácter contracultural e individualista que él mismo demuestra no creer en absoluto.

A partir de ese momento, salvo excepciones que en su mayoría aluden a tribus urbanas del pasado, como es el caso de 24 Hours Party People (sobre el sonido Manchester y el comienzo de los “ravers”), la visión del cine sobre las tribus urbanas es más bien anecdótica. Se presentan personajes que pueden pertenecer tangencialmente a ellas pero no se profundiza, como en los 80, en las actitudes o forma de vida derivadas de esa adhesión al movimiento contracultural.
En 24 Hours Party People la visión es hasta cierto punto nostálgica y tiene el tono de un documental en el que ya se pueden valorar, desde la distancia y la madurez el porqué ocurrieron las cosas. En ella se hace un recorrido por el Sonido Manchester y por los grupos del sello Factory, desde bandas cercanas al punk, como Joy Division hasta la discoteca Hacienda, la cuna del acid house y del movimiento de bandas como Happy Mondays. El protagonista, desde la distancia de los años, hace un análisis de lo que ocurría en aquel local, donde empezó a forjarse una tribu urbana, la de ravers, que tendría más tarde derivaciones en los makineros y los techno kids. Tribus muy cercanas a una droga, el éxtasis, que en aquella época empezaba a ponerse de moda y de la que en esta película se habla sin ningún tono moralista, desde una perspectiva casi periodística, volviendo a una visión que podría relacionarse con Quadrophenia.

La mayoría de las veces, los guionistas hacen que esos jóvenes vistan y oigan la música propia de una tribu urbana para ayudar a que esos personajes, por una parte, aparezcan como adolescentes rebeldes que van en contra de lo establecido y, por otra, para conectar estéticamente con un público juvenil que es el que puede hacer triunfar en taquilla una película, aunque hay que destacar que jamás aparece como reclamo (como ocurría en décadas anteriores) que la película en cuestión alude a una tribu urbuna. Un reflejo más de esa tendencia al rechazo sobre este tipo de fenómenos.

Algunos ejemplos de ello son Ghost World (cuyas protagonistas estarían encuadradas claramente en el apartado de las “lalys”), Historias del Kronen (en el que hablaríamos de los chicos Dickies), Todo es Mentira (Bohemios Burgueses), La Playa (sobre los techno hippies) o Eduardo Manostijeras (con Johnny Depp, en cierta forma, y claramente en el personaje de Winona Ryder, se nos presenta el prototipo de joven siniestro, una tribu que conoce por experiencia propia su director, Tim Burton). Por eso, a partir de los noventa, en las pocas películas que se habla claramente de estas las tribus urbanas se hace desde el punto de vista documental o de falso documental, como en el caso de Skinheads de Greydon Clark. Ghost World es una de las películas que mejor resume la actitud del cine respecto a las tribus urbanas en el siglo XXI.

Respecto a las tribus urbanas. La protagonista se nos presenta como un “bicho raro”, igual que Steve Buschemi y aunque viste de una manera muy concreta (una especie de laly-neo punk) y sus gustos musicales corresponden con esa tribu, responde a esa tendencia del nuevo siglo del individualismo. En los 80 está claro que nos hubieran contado la historia presentándonos al grupo de amigos punkis con los que se reunía, pero aquí es distinto. Su mejor amiga no conecta con esa parte de su vida y lo cierto es que no importa demasiado y los terribles conflictos generacionales que se plantean en el cine de otras épocas aquí no existen, no hay más que ver la escena en la que se tiñe el pelo de verde y su padre ni se inmuta.

Ese es sólo uno de los múltiples ejemplos que hacen de esta película el máximo exponente de cómo el cine ha tratado a lo largo de este siglo a las tribus urbanas. La asimilación por parte de los mass media y de la sociedad de consumo de determinadas tendencias que antes resultaban transgresoras han hecho que determinadas estéticas ya no resulten del todo chocantes y que elementos como la lucha generacional queden muy matizados. La “gente de bien” ya no cruza de acera cuando ve a alguien con el pelo de colores o con piercings y eso el cine lo refleja en su actitud de indiferencia hacia los movimientos socio culturales juveniles.

APENDICE

(1) Los buenrrollistas, para entendernos, serían una especie de evolución natural de los progres, pero con menos pana y más colorido de inspiración étnica. Ellos son ese ejemplo perfecto para las tertulias televisivas en las que a algún alma optimista le da por decir que la juventud actual no se pasa el día haciendo botellón y consumiendo pastillas de fiesta de bakalao en fiesta de bakalao, si no que tienen ideales por los que luchan y una conciencia socio-política fuerte. Y, efectivamente, el buenrrollista es el hijo que todo progre no asimilado por el sistema desearía. Un chico comprometido, responsable pero con un punto de locura idealista que, además, tiene de qué hablar con su padre enrrollado porque comparten ídolos (Dylan, Ché Guevara) aunque, eso sí, los miembros de esta tribu urbana también han desarrollado nuevos mitos propios a los que siguen en forma de pensar y vestir, además de servirles de guía en sus causas políticas. El gran paradigma del ídolo buenrrollista es Manu Chao. Su simpatía por la causa okupa; su apoyo incondicional al movimiento zapatista (el Subcomandante Marcos es uno de los grandes gurús de esta tribu); esa forma de vestir en plan tienda ayuda al Tercer Mundo; su afición por las sandalias de cuero y su adicción a los gorros andinos y los jerseys de lana casera hacen que los buenrrollistas le vean como uno más, como un colega normal y corriente y agradecen con auténtico fervor esos gestos que denotan esa sencillez intrínseca, ese buen rollo que le es natural, como tocar por sorpresa en la calle o hacer una especie de feria para grandes y pequeños.

(2) En esta época de sincretismo, de heterodoxia, de mestizajes y, sobretodo, de chill outs (ya, hasta los más conservadores tienen un rincón de la casa lleno de cojines, humo de incienso y cds de música relajante con la etiqueta “lo mejor de la música chill out” pegada en la funda), los techno hippies son el ente perfecto. Son la prueba andante (o más bien tumbada, que es la posición en la que se les suele encontrar en los chill outs de cualquier fiesta techno, es decir Rave) de que la técnica más avanzada no está reñida con los valores ecológicos, las teorias de Gaia y demás asuntos de inspiración hippie. Esta tribu ha ido ampliándose poco a poco pero el germen, el lugar donde empezó a gestarse realmente la identidad de los techno hippies como tales, fue en el festival británico Tribal Gathering (hace unos ocho años), un encuentro musical en el que participaron grupos que unían la tecnología y las contundentes bases rítmicas de la música electrónica con percusiones y voces tomadas de músicas étnicas tradicionales (en aquella época, especialmente de Marruecos, La India o Paquistán), como Transglobal Underground, Loop Gurú o Banco de Gaia. Una idea que seguía la tradición de composiciones de la época psicodélica de los Beatles y muy especialmente de George Harrison (su “Chant and Be Happy” es un precedente clarísimo) pero que en esta ocasión llevaba algo más, un trasfondo socio-cultural que daba una seña de identidad propia a los seguidores de ese estilo musical.
Algunos de ellos eran hippies auténticos, de cincuenta años en adelante, de mente curiosa, que seguían convencidos de sus ideales pero también querían estar al día sobre los nuevos sonidos y las tendencias musicales más actuales (de estos, aquí en España hay más bien pocos, pero la mayoría de ellos tienen que ver con la ciber-revista Eonmagazine). Otros eran treintañeros simpatizantes del movimiento hippie, vegetarianos, conscientes de los problemas de su entorno. Personas con un sentido espiritual profundo, afines a todo lo relacionado con las experiencias psiquedélicas que reconocían en el techno su capacidad para llevar al trance, su conexión con sonidos y bailes ancestrales pero que no acaban de coincidir con el espíritu únicamente lúdico y un poco descerebrado de los habituales a las raves.

(3)Término sacado del libro de David Brooks “Bobos in Paradise” (Simon and Shuster, 2001)

(4) A primera vista podían parecer los pijos de toda la vida. Y en realidad lo son, pero con matices. Los pijos de siempre son reproducciones casi de sus padres e incluso sus abuelos exactas (en todos los sentidos porque ya se sabe que en esas clases sociales la gente mantiene la misma piel tenga la edad que tenga), pero los Burgueses Chic tienen un matiz especial que los diferencia de los otros: están al tanto de las nuevas tendencias y las siguen con una fidelidad casi mística. Es decir, un pijo pijo seguirá haciéndose la ropa con el sastre de su padre, comprando las joyas en la joyería de prestigio de “toda la vida” tipo Sanz o Durán o comprará los trajes de cóctel (ella) en la boutique donde ya conocen a mamá. En cambio, los burgueses chic mantienen algunas de esas costumbres propias de su clase social (alta) pero introducen innovaciones dentro del clasicismo que les hace sentirse casi revolucionarios. En esta tribu, que quizá sería más exacto definir como “Nueva Clase Social” (igual que los Bohemios Burgueses), hay diversos subgrupos que irían desde el burgués chic más tradicional al más revolucionario (dentro de un orden, claro).

Los más “modernos” corresponden al estereotipo que tenemos de la mano de, por ejemplo, Gwyneth Paltrow o, en España, Rosario Nadal y familia. Treintañeros de familia bien que, por ejemplo, a la hora de decorar la casa, combinan muebles magníficos heredados de sus padres (de estilo inglés o Imperio) con piezas Art Nouveau o Decó y otras (auténticas) de diseño de los 50 o 60. Todo bueno, nada de imitaciones pero, eso sí, que se note a todas horas su cultura y sus conocimientos en decoración, historia, arte, literatura y últimas tendencias. El arquetipo lo formarían esos personajes famosos que salen en las revistas, pero la gran mayoría de los burgueses chic son seres anónimos que quizá no lleguen a ese nivel adquisitivo pero que, en sus maneras, tienen bastante que ver con la Nadal, la Paltrow o la siempre impecable Ana García Siñeriz. En cualquier caso, esa vertiente más moderna e interesada por el diseño de última hora o de la segunda mitad del siglo pasado se da más en el extranjero donde, entre otras cosas, se han desarrollado de una manera más clara las vanguardias en ese terreno artístico. De hecho los burgueses chic en Bélgica (cuna de grandes diseñadores de ropa carísimos pero muy modernos, que tienen en común sus nombres imposibles de pronunciar), en Holanda (donde los diseños del maestro Ritkveld llenan los salones de los burgueses chic de allí) o en Alemania (cuna de la Bauhaus) los burgueses chic que predominan son los de la vertiente más moderna porque los que se han quedado anclados en las costumbres de sus antepasados más próximos son, directamente, sin matices, burgueses.
Pero ya se sabe que Spain is different (y bastante conservadora, no sólo ideológicamente) y aquí el nivel de exigencia de “modernidad” para engrosar las filas de los burgueses chic y no quedarse en burgués a secas tiene que ser más bajo. Así que la mayoría de los miembros de esta tribu se parecen más a Nuria Roca, Anne Igartiburu, la pareja Ponte-Gómez Acebo o Alvaro de Marichalar (su hermano el Duque de Lugo es demasiado convencional como para entrar en esta tribu, lo sentimos).

(5) Las lalys son fácilmente reconocibles. Después de observarlas durante años, detenidamente, en el festival de Benicássim, en bares como el Maravillas (ahora Nasti) o por las calles de Malasaña (paseando, jamás haciendo botellón) me di cuenta de a quién me recordaban: a Laly Soldevilla. Ese corte de pelo a lo chico; esas faldas que sólo puede ponerse una fashion victim (las lalys lo son), la propia Laly Soldevilla o alguna monja de paisano; esas merceditas… toda laly que se precie es, en sí misma, un homenaje a esta actriz que, además, aparece en la portada de uno de los discos de uno de los grupos favoritos de las lalys: Alpino.

El aspecto general es una especie de revival de los sesenta y principios de los setenta, pero recuperando el lado más tradicional, más burgués de la época (para entendernos, se rescataría el look de Ana Duato en “Cuéntame”, más que el de su hija). Faldas evasé, camisas de nylon con grandes cuellos, nikis lacoste, el pelo (siempre corto o media melena con raya a un lado) recogido con una horquilla de clip. La indumentaria de las chicas “buenas” de aquella época.

Esa sería la estética laly más ortodoxa, quizá la más cercana (con ideología más bien conservadora incluida) a los mods. Pero, como en todas estas nuevas tribus, hay diversas derivaciones que tienen como raíz a las lalys pero mezclan otros estilos. Una a destacar es la vertiente más “fashion”, la que radicaliza hasta el extremo la estética de colegiala (por ejemplo) dejando a un lado las connotaciones pacatas de las lalys más recalcitrantes o las adictas a revistas como A Barna o Punto H que aunque sigan frecuentando los mismos bares de las lalys primigenias y compartan gustos musicales, llevan una imagen más sofisticada, normalmente compuesta por ropa “vintage” de diseños auténticos de los sesenta de los grandes diseñadores de la burguesía de la época (Pucci, Gucci o, el “must”: Balenciaga, llegando a protagonizar escenas tan ridículas como la de llevar unas “mules” de tacón de 14 centímetros para ir al festival de Benicassim y pasearse entre el barrizal de excrementos y el polvo del recinto) o de jóvenes diseñadores que denotan una enfermiza obsesión por la estética de Heidi, como La Casita de Wendy.

Y aunque la estética es esencial para entender a las lalys la música también lo es. Los grupos favoritos de esta tribu graban o al menos comenzaron su carrera grabando en compañías independientes. Los grandes ídolos son artistas que coinciden en tener una actitud de inocencia impostada (normalmente con cantante femenina al frente en plan Lolita un poco pasada de años) que a veces se combina con una supuesta actitud pijo-punk. Los nombres suelen coincidir con esos conceptos y suelen tener que ver con objetos pop de la infancia: Alpino, Meteosat (estos ya disueltos), La casa Azul, La pequeña Suiza, Los Fresones Rebeldes o La Monja Enana.

(6) La mayoría de los miembros de esta nueva tribu urbana (quizá la más heterogénea y menos definible de todas) podrían definirse como “chicos malos de casa bien”, un arquetipo que no es exclusivo de esta época pero que quizá ahora es cuando se ha extendido con más fuerza y cuando ha tomado una identidad estética y cultural que no tenía hace, pongamos, cuarenta años.

El chico dickies prototipo respondería sin fallar ni una a la sarta de tópicos negativos que los mayores de 45 años recitan cada vez que hablan de la juventud de ahora. El nombre les viene dado por la marca de ropa norteamericana (Dickies), una firma que, como las botas Doctor Martens que sirvieron en los 80 de uniforme para punkies y skin heads, se dedicaba en su momento a la ropa de uniformes de trabajo y de ropa para fábricas y que los skaters y los pijos rebeldes han tomado con insignia de su look arreglado pero informal. Camisas de trabajador de gasolinera o de fábrica (incluso con algún parche de la empresa de donde se supone que viene la camisa, tipo Zanussi, Philips…) , cazadoras como las de los operarios de correos norteamericanos, pantalones cargo y zapatos de cordones o deportivas Converse, que aquí las marcas siguen siendo muy importantes.


Bibliografía

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· Feixa, Carlos. De jóvenes, bandas y tribus. Editorial Ariel, Barcelona, España 1998.
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. Grijalba Silvia (2002) Alivio Rápido, Ed. Plaza y Janés, Barcelona.
· Maffesoli, Michel (1990) El tiempo de las tribus. El declinamiento del individualismo en las sociedades de masas. Icaria, Barcelona España.Cultura y Compromiso. Estudio sobre la ruptura generacional.
· Mead, Margaret (1971)  Granica editor, Buenos Aires, Argentina.
· Martin Criado, Enrique (1998) Producir la Juventud. Ediciones Istmo, Madrid, España.

martes, 21 de abril de 2009

Alcanzar la condición de adulto

Límites y fronteras de la madurez

Null


Criterios de la condición adulta

Manuel Cruz - LA VANGUARDIA 19/04/2009

Un rasgo significativo de la condición adulta o madura es que no se obtiene ni se consigue, sino que es atribuida o recibida

¿Cuándo decimos que una persona joven ya ha entrado de lleno en la edad adulta? Antaño ese tránsito estaba claro y unívocamente señalizado a través de determinados ritos de paso. Del servicio militar, por ejemplo, se decía - con un convencimiento que hoy sin duda nos hace sonreír-que los chicos volvían hechos unos hombres. La desaparición - o la devaluación-de tales ritos ha desdibujado las fronteras y emborronado los límites, de manera que plantear hoy la pregunta inicial obliga a una mínima definición previa de lo que queremos decir en cada caso. Si identificamos, como suele hacerse en el lenguaje ordinario, edad adulta con pleno desarrollo de todas las esferas del individuo (física, psicológica, emotiva...), de inmediato comprobamos que no resulta fácil dibujar hoy aquellas líneas de demarcación, de la misma forma que se hace francamente difícil establecer el grado de madurez de una generación en comparación con otra. Así, se suele afirmar que los varones de las generaciones anteriores solían empezar a trabajar a los catorce años, mientras que las mujeres acostumbraban a casarse con veintipocos y empezaban a tener hijos de inmediato. .

La generación actual, en cambio, se incorpora mucho más tarde al mercado de trabajo (no son pocos los que lo hacen cerca ya de la treintena), abandonando el domicilio familiar, contrayendo matrimonio y asumiendo responsabilidades como padres bien entrada esa década. Si se atiende únicamente a estos elementos, se tendría entonces la tentación de concluir que la madurez de la condición adulta se alcanzaba antes mucho más deprisa que ahora. Pero, a poco que uno amplíe los elementos que considerar e introduzca, por decir algo a voleo, datos como el de que muchos mozos no habían visto el mar hasta que habían ido a la mili, o que muchas mujeres no habían conocido varón hasta que se casaban, en seguida se deja ver que el signo de la comparación está lejos de ser inequívoco.

Pero probablemente no baste con concluir, a partir de lo precedente, que lo que consideramos edad adulta es algo que varía a lo largo del tiempo y según las sociedades. Sin duda parece ser así, pero no habríamos avanzado gran cosa con la constatación (a fin de cuentas, ¿qué hay que no varíe a lo largo del tiempo y según las sociedades?) si no fuéramos capaces de mostrar a través de qué mecanismos se produce la variación. Y es al llegar a este punto cuando se nos aparece un rasgo particularmente significativo de la condición adulta o madura, a saber, que ella no se obtiene ni se consigue, sino que es atribuida o recibida. En concreto por las generaciones anteriores, que son las que establecen los procedimientos o, en todo caso, los criterios para la atribución.

Importa subrayar esto porque no siempre están claros tales criterios. Hay algo profundamente inquietante en la forma como las generaciones ya instaladas en la madurez tienden a considerar a las que vienen detrás. Así, llama la atención la reacción - a medio camino entre el estupor y el escándalo-que, con tanta frecuencia, tienen ante los más jóvenes.

Llevo toda mi vida escuchando la frase “los jóvenes de hoy saben muchísimo más que nosotros”, frase que, a menudo, se refuerza con aquella otra, igualmente repetidísima, “yo a su edad era muy inocente”.

La cosa no daría mucho de sí a no ser porque la pronuncian incluso aquellos que no lo eran en absoluto, lo que mueve a pensar en el motivo profundo por el que los individuos, a partir de una cierta edad, necesitan proyectar inocencia con efectos retroactivos sobre su biografía.

Quizá sea una forma indirecta de intentar descargarse de responsabilidades, de protegerse por anticipado de los reproches que precisamente los más jóvenes les podrían lanzar por la trayectoria que han seguido o por la forma en que han vivido. Acaso nada deje más en evidencia el radical artificio de eso que llamamos condición adulta - y ya no digamos madurez-que la confrontación con aquellos que optan por vez primera a ella. Probablemente, la desaparición - o la devaluación-de los ancestrales ritos de paso a la que empezábamos aludiendo haya sumido en una profunda confusión a esos mayores encargados de gestionar el relevo. En todo caso, la confusión nunca es un buen lugar para quedarse a vivir.

Y resulta un poco preocupante que los mismos que con tanta frecuencia son capaces de sobreproteger a los más jóvenes hasta extremos casi ridículos, también lo sean de reaccionar, nerviosos, cuando se sienten amenazados por esa misma franja generacional, exigiendo, pongamos por caso, el más duro de los castigos para ciertos delitos, con independencia de la edad del delincuente. Poca madurez, desde luego, parecen demostrar quienes tienen criterios tan volubles.

M. CRUZ, catedrático de Filosofía de la Universitat de Barcelona (UB)

Un término polisémico

Josefa Pérez Blasco - 19/04/2009

La tendencia continúa: convertirse en adulto es un proceso cada vez más lento, progresivo y fragmentado

El término adultez designa realidades muy diversas incluso dentro de un mismo marco temporal y geográfico. Obviamente, la diversidad se multiplica cuando comparamos distintas generaciones o grupos culturales. Desde la segunda mitad del siglo XX se viene definiendo la adolescencia como un periodo de transición en el desarrollo humano propio de las sociedades occidentales complejas, y por tanto, inexistente en entornos menos sofisticados y evolucionados tecnológicamente, en los que el paso de la infancia a la adultez es más temprano - cercano a la pubertad-, rápido y ritualizado. Esta tendencia continúa: convertirse en adulto es un proceso cada vez más lento, progresivo y fragmentado. Las últimas teorías sobre el desarrollo describen una segunda transición, aproximadamente entre los 18 y los 30 años, denominada adultez emergente, con características específicas que la diferencian de la adolescencia y de la vida adulta propiamente dicha. Así, aun cuando este grupo de edad goza de mayor libertad que grupos más jóvenes, quienes lo integran siguen, total o parcialmente, dependiendo y conviviendo con su familia, mientras continúan explorando en las esferas afectivosexual y vocacional y construyendo su visión del mundo. ...


J. PÉREZ BLASCO, profesora titular de la Universitat de València

(artículo todavía incompleto hasta que pueda consultarse en la hemeroteca de LA VANGUARDIA pasado un mes)


jueves, 26 de febrero de 2009

TESTIMONIOS: Victor Seidler: Identidades, familias y poder

Fuente: L A V E N T A N A , N Ú M . 2 2 / 2 0 0 5
http://publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/laventan/ventana22/91-109.pdf

* La traducción es manifiestamente mejorable pero el texto tiene espacial interés

¿Acaso los jóvenes piensan en ellos mismos como “adolescentes” o
es un nombre que otros les han asignado? ¿De dónde surge este
término? Y, ¿tiene las repercusiones de una etapa fija con las mismas
características de crecimiento físico y emocional y que marca la
transición entre la infancia y la edad adulta? ¿Acaso esto la hace una
etapa de transición, una fase liminal en la que de alguna forma los
jóvenes se encuentran atrapados en su camino hacia la vida adulta?
¿Es esto lo que le permite fácilmente a los adultos decirles a los
jóvenes que por lo que atraviesan es “sólo una fase” y que pasará
antes de que se den por enterados? Esto nos indica que puede tra-
tarse de un periodo que puede ser complicado y lleno de dudas,
especialmente para los adultos, quienes pueden encontrar muy di-
fícil relacionarlo con sus hijos “adolescentes”. Los adultos creen con
frecuencia que la gente joven está “fuera de control” y sienten que
han perdido el contacto con la persona que ellos conocían, quien
podría haberse vuelto asertiva, exigente y que no se comunica.
En la Gran Bretaña, hay una comedia en particular escrita por
Harry Enfield, que ha llegado a simbolizar esta fase de la vida a
través de los personajes Kevin y su compañero Perry. Ellos existen
en un espacio propio completamente ajenos a las responsabilidades
y expectativas de la edad adulta.

Los primeros años de la adolescencia pueden ser difíciles de
superar, ya que los jóvenes atraviesan por cambios físicos y emocio-
nales. Llega el momento en el que ya no se experimentan en sí
mismos en relación con sus padres, sino como “individuos” en su
propio derecho. Ya no son el hijo o la hija que se sienten felices al
definirse a sí mismos en relación con la familia. Se resienten al ser
tratados como niños, porque como adolescentes saben que ya no son
niños. Quieren que se les den responsabilidades, pero, al mismo
tiempo, pueden estar tan absortos en sus propios procesos interiores,
que se retirarán del mundo social y de la familia contra el cual están
aprendiendo a definirse. Quieren saber “quiénes son”, lo cual puede
significar el rechazo a la forma en la que los demás los definen dentro
de la familia y un periodo de intensa experimentación por medio del
cual ellos exploran lo que necesitan y quieren para sí mismos. A
cierto nivel saben que no son adultos y que en realidad no quieren
formar parte del mundo adulto. Más bien están interesados en de-
finir sus propios valores y creencias por sí mismos.

Éste puede ser un periodo de emociones y deseos intensos, debi-
do tanto a los cambios hormonales como de sus cuerpos. A veces
puede ser difícil vivir con estos altibajos de humor. Aún puedo re-
cordar la emoción tan intensa que sentía cuando tenía alguna rela-
ción y lo aplastante que era cuando esta relación terminaba. Creía
que el mundo se había acabado y que nunca me volvería a enamo-
rar. Probablemente tenía catorce años en ese tiempo, pero el futuro
no contaba, ya que yo vivía inmerso en las intensidades del presen-
te. Los apegos y las relaciones emocionales eran absorbentes, ya
que rara vez las compartía con mis padres que vivían en un mundo
diferente. Nunca pensé que fuera posible compartir mis emociones
con ellos y más tarde me escandalicé al descubrir que algunos pa-
dres de hecho hablaban con sus hijos. Mis padres que habían llega-
do a la Gran Bretaña como refugiados, huyendo de la Europa
controlada por los nazis, habían crecido en un mundo muy diferen-
te al mío. Aunque mi madre podía ser comprensiva y estaba abierta
a que vinieran amigos a visitarnos, no me imaginé que podía com-
partir con ellos lo que me estaba pasando.

Fue a través de la familia que encontré un orden de género muy
particular, ya que mi madre trabajaba e insistía en conservar el
poder dentro de la familia, aunque difería de una manera ritual
con la forma de pensar de mi padrastro, y esto tenía una compleji-
dad muy particular. Mi madre había experimentado pérdidas con-
siderables en su vida y tras la muerte de mi padre ella no quería
arriesgarse de nuevo. Estaba preocupada por darles a sus hijos un
padre, debido a que en la década de los cincuenta había un fuerte
estigma hacia los niños que crecían sin padre. Pero ella quería ha-
cer esto de una manera en que no tuviera que ceder su propio
poder. Más bien se preocupaba por proteger a sus hijos y algunas de
las riñas que experimentamos sucedieron cuando sentía, alguna
vez de manera irracional, que los intereses de sus hijos estaban
siendo atacados de alguna forma. Pelearía como una fiera para de-
fendernos y su ira podría estar fuera de control con frecuencia.
Como niños, a menudo estábamos aterrorizados al presenciar estas
horribles escenas de ira. Todo lo que queríamos era que dejaran de
pelear y sentíamos la terrible injusticia de las humillaciones de su
marido. Ella echaría mano de cualquier poder que tuviera y fre-
cuentemente en total desproporción con la situación, mas cuando
queríamos intervenir bañados en lágrimas, nos decía: “no es de su
incumbencia”.

Desde entonces supimos cuán destructivas pueden ser las emo-
ciones cuando están fuera de control; creo que de adolescentes
éramos más controlados con nuestras emociones. Sé que con la
complejidad de las relaciones en el seno familiar, aprendí a distin-
guir las diferentes corrientes de la vida emocional.

De alguna manera, me era más fácil interpretar lo que les esta-
ba pasando a mis amigos emocionalmente, que decir de una forma
más directa lo que me estaba pasando emocionalmente. Al reflexio-
nar en el pasado, había en mis relaciones de tipo emocional una
profundidad e intensidad tal, que también me daban un mundo
diferente al que podía escapar. Éste era el mundo en el que yo
quería vivir, mientras que en diferentes formas me sentía ausente
en mi familia. Desde que mi mamá se casó y Leo se fue a vivir con
nosotros, sentí que me colocaba en una posición al margen de la
familia. En verdad, no sentía que podía pertenecer a este nuevo
arreglo ni tampoco compartir la necesidad de tener un nuevo padre
que mi hermano mayor sentía. Respondíamos a la nueva situación
familiar de diferentes maneras, y esto nos muestra una complejidad
que establece diferentes condiciones para nuestra experiencia como
muchachos adolescentes. Aunque pertenecíamos a la misma fami-
lia, teníamos necesidades y aspiraciones diferentes.

Mientras nos movíamos entre la familia y la escuela, le dábamos
forma a nuestras identidades de diferente manera. Yo era más so-
ciable, por lo menos en la superficie, y también me iba mejor aca-
démicamente en la escuela. Pero para Johnny, mi hermano mayor,
parecía que las cosas estaban en contra. Cuando fuimos a escuelas
diferentes, tuvimos que lidiar con realidades diferentes. Yo acepta-
ba las disciplinas de la escuela y usaba mi intelecto como una for-
ma de establecer una identidad en la escuela. Ya que existía una
inquietud hacia el judaísmo, en el sentido de que si se comprome-
tían las identidades de los hombres, había una presión para probar
que éramos “lo suficientemente hombres” al observar a otros mu-
chachos e imitando lo que se esperaba que se imitara. En la escuela
había un equilibrio incómodo entre los deportes masculinos, que
afirmaban de una manera más fácil, y la precaria masculinidad de
los que rendían bien académicamente. Algunos muchachos po-
dían probarse a sí mismos en ambas esferas y con frecuencia se les
otorgaron prioridades. Sin embargo, no había una masculinidad
dominante en particular o una “hegemonía”, ya que se encontra-
ban separados por relaciones de clase, “raza” y grupo étnico al que
pertenecían. Algunos eran más estigmatizados que otros.
Si bien había espacios diferentes en los que se podía afirmar la
masculinidad, también había una tensión entre la experiencia in-
terior como joven y las masculinidades a través de las cuales sen-
tíamos que teníamos que probárnoslo a nosotros mismos. En la dé-
cada de los cincuenta, con las imágenes de Charles Atlas en los
periódicos, había un sentido de que los “verdaderos hombres” no
tenían un cuerpo “raquítico” ni había lloriqueos que pudieran
mostrar su vulnerabilidad y sus emociones a los demás. Como mu-
chachos hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para mejorar
nuestros cuerpos; mientras que leíamos acerca de masculinidades
heroicas en las historietas de moda, de aventuras, como “los famo-
sos cinco”, la que tenía y trataba de extender la promesa de pro-
veer formas de masculinidades imaginarias. Éstas eran fantasías con
las que nos podíamos identificar, aun cuando tuvieran muy poca
relación con las realidades de la vida diaria. De alguna manera,
estas fantasías establecieron estándares con los que nosotros mis-
mos nos juzgábamos y nos encontramos deseosos de ser como ellos.
Si no hubiéramos querido “ser como” los personajes que leíamos,
ellos establecieron los estándares que no fueron seriamente cues-
tionados hasta la llegada del feminismo.

Familias

La idealización del núcleo familiar, con el padre trabajando y la
mamá dedicada al cuidado del hogar y de los hijos, todavía tenía
un poderoso estatus mítico en los años cincuenta. Si tu familia no
encajaba con esta imagen, como nuestra familia sin padre, enton-
ces aprendías a “guardar silencio” sobre este asunto en particular.
Algunas veces fingías que había un padre en casa. Querías que tu
familia fuera normal y había un fuerte discurso acerca de la norma-
lidad, que estuvo mucho tiempo en boga hasta que en los años
sesenta se le empezó a cuestionar. Si tu familia no era “normal”,
querías que lo fuera y de forma inconsciente podías culpar a tus
padres por ello. El divorcio y la separación que se volvieron tan
comunes en 1980 y 1990 en muchos continentes, todavía era estig-
matizado cuando yo crecí en el noroeste de Londres en los años
cincuenta. Era muy difícil para las mujeres educar a sus hijos ellas
solas. A veces, las parejas las veían como amenazas y por este moti-
vo no las invitaban a las reuniones sociales. Con frecuencia se veían
forzadas a vivir en relativo aislamiento. En diferentes comunidades
étnicas, la pareja tenía que continuar unida, y si no encajaba con
el patrón de relaciones previamente establecido, podías sentirte
excluido.

Sin embargo, ha habido una transformación radical en el signi-
ficado de “la familia” en donde la normalización de una particular
forma de relaciones familiares se ha cuestionado ampliamente a
través de diferentes culturas. En parte, esto está relacionado con el
incremento del divorcio y la separación, pero se tiene que enten-
der también en el contexto de que las personas piensan diferente
acerca de los asuntos de género, sexualidad y poder. Esto está rela-
cionado con el cuestionamiento del movimiento de las mujeres de
los años setenta y de las formas en que se le vinculó a patrones de
cambio más extensos dentro del mercado laboral. Las mujeres jóve-
nes ya no estaban dispuestas a someterse a los hombres y no acepta-
ron que tenían una responsabilidad biológica determinada para el
cuidado de los niños y el trabajo doméstico. Al aprender sobre el
cuestionamiento del feminismo, aun sin identificarse con los movi-
mientos mismos, sentían que si trabajaban y aportaban dinero den-
tro del seno familiar, tenían que compartir la responsabilidad para
el cuidado de los niños y del trabajo doméstico. Pero para ellas
estaba claro también que si sus compañeros no estaban preparados
para entrar a una forma diferente y equitativa de contrato de gé-
nero, entonces ellas estaban listas para abandonar la relación y
vivir solas.

Las mujeres habían aprendido que la relación tenía que funcio-
nar para ellas o, de no ser así, no permanecerían en ella. Ya no acep-
taban que tenían que continuar una relación con tal de que
pudieran decir que tenían una. Reconocieron que tenían deseos
sexuales y necesidades emocionales propios y si sus parejas no los
conocían, ya no podían ver una razón para quedarse. En lo que
concierne a los hijos, las decisiones eran más complejas, pero las
personas ya no sentían que tenían que permanecer unidas para
siempre por el bien de los niños. Si ya no había amor en la relación
y si había enojo y hostilidad constante, entonces podría ser mejor
separarse. Ésta no es una decisión fácil de tomar, pero también es-
taban conscientes de cómo sufrían los hijos en donde no hay amor
ni comunicación.

Al entrevistar a hombres jóvenes que crecieron en los años cin-
cuenta en la Gran Bretaña, queda claro que sentían con frecuen-
cia que su futuro estaba trazado para ellos. Si tenían más sentido
de sí mismos como adolescentes del que tuvieron sus padres, por
haber tenido más dinero propio para gastar y más tiempo para sí
mismos, tenían la idea de que se casarían si eran heterosexuales y
poco después podrían tener hijos. Como las identidades masculinas
estaban ligadas a un trabajo asalariado, el llevar a casa el primer
pago se marcaba como signo de hombría en las familias dentro de la
clase trabajadora; también estaba relacionado con ser padre. Como
padre un hombre dejaba afirmada su masculinidad. A menudo, esto
venía después de un periodo del servicio militar nacional o con el
ejército que era otra forma en la que los jóvenes afirmaban su iden-
tidad masculina. Esto les producía un nivel de seguridad en rela-
ción con la identidad masculina que una generación que creció
después de una guerra no iba a experimentar de la misma manera.
Al nunca haber luchado por su país podían sentir que todavía te-
nían que probar su identidad masculina que nunca había sido pro-
bada de manera apropiada por medio de la guerra.

Así que cuando pensamos en los jóvenes, estamos pensando acer-
ca de condiciones en particular, que se comprometen de manera
histórica con el mundo social. Pueden llevar consigo diferentes
expectativas de sus padres y distintas ambiciones propias, depen-
diendo de las culturas y sociedades en que crecieron. Si de joven
viviste en el Chile de Pinochet, en los años después del sangriento
golpe de Estado en contra del gobierno de Unidad Popular de Allen-
de, las sombras del pasado ensombrecen tu vida. Hubo preguntas
que aprendiste a no hacer y silencios que te sentiste obligado a
respetar. Hombres jóvenes compartieron cómo al cerrarse el espa-
cio público se produjo una intensificación de su vida emocional
interior y del significado de la pornografía como una forma de ex-
plorar sus identidades sexuales. Ver vídeos con los amigos creó un
espacio privado de exploración que enseñó acerca de los deseos,
de los que no se puede hablar en público. Al ver los videos en secre-
to había un reconocimiento de los deseos, de los que de otro modo
no se les podía nombrar. Al mirar atrás, los jóvenes insisten en su
significado, a pesar de las degradantes imágenes de las mujeres.

Escuchar

¿Es difícil para los padres escuchar a sus hijos adolescentes porque
a los adolescentes no les interesa compartir sus ideas y creencias
con ellos? ¿Hay un abismo que divide a las generaciones, por lo
menos por un lapso, porque no hay un lenguaje común que permita
expresar las diferencias? Si reconocemos que los jóvenes encuen-
tran el mundo de los adultos dentro de contextos especiales histó-
ricos y culturales, también tenemos que reconocer que durante un
tiempo por lo menos a ellos no les interesaba comunicarse con el
mundo adulto, al que en gran parte rechazaban. A diferencia de
una generación anterior de muchachos y muchachas, no se sienten
tan seguros de lo que el futuro les depara. Podrían tener una vaga
idea de lo que ellos esperan de una relación de pareja, pero un
matrimonio en el futuro o la idea de ser padres ya no tiene el mismo
interés en sus vidas. Reconocen que el futuro está abierto para
ellos, incluso si la economía globalizada y el declive de las indus-
trias tradicionales ya no es el trabajo seguro que sus padres podían
haber dado por hecho. El futuro más bien se presenta a sí mismo
como un tiempo de riesgo e incertidumbres.
Como jóvenes, con frecuencia empiezan a explorar con sus pro-
pios deseos e identidades. Están en la búsqueda de un tipo diferen-
te de intimidad que les permita sentirse vulnerables y en intimidad.

A menudo, a diferencia de la política sexual de los años setenta,
los jóvenes no quieren que se les defina o se les catalogue como
heterosexuales o gays o bisexuales, en relación con su sexualidad. Ya no
creen que sea un problema que de alguna manera tenga que ver
con su experiencia dentro de las categorías preexistentes. De ma-
nera similar, los jóvenes ya no tienen el mismo tipo de creencia
segura de que hay formas de familia preexistente y que sólo es cosa
de escoger la forma que te acomode. Más bien hay un reconoci-
miento extendido dentro de las culturas urbanas posmodernas de
que el individuo tiene que explorar su propio cuerpo, deseos y sexua-
lidades. Es a través de esta autoexploración con la que ellos po-
drían negociar una relación de pareja para satisfacer sus deseos y
sus necesidades. Aprecian que esta negociación implicará un com-
promiso y respeto de las necesidades de los demás como ellos los
definen.

Dentro de estos cambios en el mundo, ha habido una pérdida
de comunicación entre las generaciones. Con frecuencia los adul-
tos piensan en la “adolescencia” desde el punto de vista de una
experiencia de adulto, así que a los jóvenes se les define a través
de lo que a ellos les falta, concretamente las responsabilidades de
adulto. Hay una conciencia extendida de que las nuevas tecnolo-
gías y el internet significan que los jóvenes se comunican entre sí
por medio de diferentes tipos de realidades virtuales. Hablan y se
escuchan uno al otro más allá de los límites del estado. Compar-
ten sus propios medios de información y a menudo son escépticos
acerca de lo que los adultos tienen que decir, a sabiendas de que
están creciendo en un mundo radicalmente diferente en el que la
experiencia del pasado parece tener menor peso. Con las incerti-
dumbres del mundo globalizado, los jóvenes pueden sentir que sus
padres tienen poco que enseñarles. Podrían sentirse más abiertos
acerca de las diferencias raciales, étnicas y homosexuales, aun-
que en cuanto a esto también pueden reproducir intolerancias
como en generaciones pasadas. Esto es especialmente cierto de los
jóvenes que todavía pueden definir su identidad masculina a tra-
vés del rechazo a la vulnerabilidad y a las emociones consideradas
como “femeninas” y tan relacionadas con un callado miedo a la
homosexualidad.

El discurso homofóbico con frecuencia es una forma de auto-
protección, dado que la identidad heterosexual se establece con
frecuencia a través de un rechazo interior del deseo homosexual.
Es a través del rechazo a la “suavidad” que los jóvenes todavía
afirman su identidad masculina heterosexual. Así, podemos reco-
nocer que la homosexualidad no es sólo una opción sexual más
para agregarse a otros espacios, sino que es parte integral en la
construcción de la dominante heterosexualidad. Sin embargo, dentro
de los entornos urbanos parece ser que existe una gran disposición
para escuchar más allá de los géneros y sexualidades. Pero esto no
puede decirse tan confidencialmente en relación con las diferen-
cias étnicas y raciales. Más bien, se enfocan sobre los problemas de
diferencias de género que pueden funcionar para acallar una con-
ciencia de etnias y razas diferentes. En Chile esto es evidente en
relación con el dominante grupo indígena mapuche. Mientras que
existe un reconocimiento de una identidad chilena y una amplia
cultura mestiza, existe el rechazo a la herencia indígena en el pre-
sente. Esto es muy diferente a México, en donde la población ge-
neralmente clama que todo el mundo es mestizo y existe una
glorificación de la cultura azteca en el pasado, también existe el
rechazo a las diferencias étnicas y raciales en el presente. A las
personas no les gusta que se les recuerde que la mayoría de quienes
sirven en los restaurantes tienen la piel más oscura.

Con frecuencia las personas crecen dando estas diferencias por
hecho, ya que reflejan relaciones dentro de sí, por ejemplo, la fami-
lia de clase media, en donde las sirvientas que provienen de ex-
tracción indígena cocinan, hacen la limpieza y cuidan a los niños.
A menudo existen relaciones emocionales ambivalentes, ya que los
jóvenes con frecuencia rechazan su relación con las mujeres que
los cuidaron. Así que necesitamos ser cuidadosos para especificar a
quién se le escucha y en qué circunstancias culturales se le escu-
cha. Algunas veces los jóvenes sienten que ellos “lo saben todo” y
que no tienen que escuchar a nadie. Años más tarde podrían la-
mentar el no haber escuchado más.

El poder y la autoridad

Con frecuencia, los jóvenes se resienten cuando se les dice qué
pensar. También quieren ser escuchados y quieren pensar por sí
mismos. Insisten sobre la libertad que el mundo adulto por tradi-
ción no les ha brindado. Quieren un espacio y tiempo para sí mis-
mos para poder explorar sus necesidades y deseos individuales y
colectivos. Esto ya constituye un reto para las formas tradicionales
y patriarcales de la autoridad familiar. Los jóvenes ya no están dis-
puestos a respetar a sus padres sólo por la posición que ocupan. Más
bien insisten en que el respeto se debe a que las personas se com-
portan de determinada manera. Han cuestionado la forma
paternalista británica en donde los hombres decían: “Haz lo que
digo, pero no lo que hago”. Ésta es una forma de obediencia que ya
no tiene vigencia, ya que los jóvenes detectan la hipocresía que se
niegan a tolerar. Todavía quieren estar cerca de sus padres y con
frecuencia están preparados para pagar el precio, pero también
quieren que cambien sus padres para acercarse a ellos.
Una cultura posmoderna reconoce la crisis en las formas jerár-
quicas de respeto. Los jóvenes ya no están preparados para aceptar
las culturas de deferencia que sus padres daban por hecho. Se ha
extendido una ética igualitaria dentro de la amplia cultura del con-
sumismo que alienta a los jóvenes a reconocerse a sí mismos como
ciudadanos iguales, como portadores de derechos y obligaciones.
No es que no quieran creer en las autoridades, sino que han cues-
tionado a las autoridades tradicionales que esperan ser obedecidas
sin cuestionar.

Quieren saber quién habla y con qué autoridad. Cómo se gana-
ron su posición de autoridad y con qué autoridad hablan en rela-
ción con sus propias experiencias. Tienen dudas del tipo de autoridad
que se consolidó a través de la relación especial entre la dominan-
te masculinidad blanca de Europa y el proyecto de modernidad
como progreso. Esto le permitió a la masculinidad dominante ha-
blar con la objetiva e imparcial voz de la razón. Ésta era una voz
impersonal que hablaba de ningún lado en especial, pero que asu-
mía una enorme autoridad en relación con la otra colonizada que
era considerada incivilizada o primitiva.

Un discurso de masculinidades hegemónicas no ha cuestiona-
do a esta voz, impersonal e imparcial, pero la ha hecho propia den-
tro de la teoría de la masculinidad como una práctica social en
medio de otras prácticas sociales.

En el documento de consulta sobre la masculinidad de Bob
Connell, tenemos una identificación implícita entre los hombres y
la masculinidad que hace difícil para ambos explorar cómo han
crecido los hombres en relación con las masculinidades especiales
y también la tensión y la inquietud que los hombres sienten en
relación con las masculinidades ya existentes. Connell todavía piensa en
las masculinidades como encerradas dentro de relaciones de poder
con los otros. Más que hablar desde una posición en
particular, Connell adopta la voz impersonal del racionalismo objetivo.
Si hay espacio para los cuerpos y la vida emocional dentro del marco teórico,
éste es tan subjetivo como las consecuencias de las estructuras objeti-
vas. Esto lo hace particularmente difícil para explorar las contra-
dicciones en su experiencia de hombre y las transiciones que pasan
durante sus años de adolescencia. Está encerrado más bien en un
pensamiento acerca de las confrontaciones diversas que los jóve-
nes tienen en relación con el mundo adulto.

La teoría estructural de Connell permanece dentro de los tér-
minos de una modernidad que por sí misma clasifica dentro de los
términos de una masculinidad blanca dominante. Al exponer los tér-
minos de un marco teórico que se establece sólo a través de la
razón, hay poco espacio para escuchar las voces de los jóvenes mis-
mos. Más que una diferencia que establece entre la vida emocio-
nal como “terapéutica” para contrastarla con la “política” que se
considera exclusivamente en términos estructurales, asume una
posición de autoridad que fácilmente funciona para desairar las
voces de los jóvenes que de otra forma también quisiera escuchar.
En forma más precisa, no hay espacio para un diálogo en el que los
jóvenes puedan explorar sus relaciones complejas con las masculi-
nidades complejas. Ni tampoco hay espacio para que ellos puedan
desafiar a las relaciones tradicionales de autoridad dentro de la
familia, en donde se espera que escuchen y obedezcan más que
oírse y respetarse a sí mismos.

Dentro de la visión jerárquica de respeto, se le debía obedien-
cia a aquellos que estaban en una posición de poder. Dentro de las
relaciones más democráticas de familia, el respeto se gana a través
de la experiencia y el comportamiento. A los jóvenes les preocupa
la cuestión de las jerarquías, incluyendo las jerarquías de las mas-
culinidades, las cuales cierran el diálogo y la comunicación. Ellos
no quieren que se les diga lo que tienen que hacer, lo que tienen
que creer, sino que insisten en la libertad para obtener sus propios
resultados en cuanto a sus creencias y valores.

Quieren espacio para sus propias relaciones y quieren que sus
padres los apoyen sin esperar demasiado a cambio. Esto puede resultar
difícil de aceptar por los adultos. Sin embargo, si queremos cuestio-
nar a las grandes narrativas de la modernidad, incluyendo a aquellas
enmarcadas en términos de las masculinidades, tenemos que abrir-
nos para escuchar lo que los jóvenes tienen que decir. Tenemos que
reconocer que no son necesariamente desafiantes todas las formas
de autoridad o la autoridad establecida en contraste con la libertad.
Más bien lo que quieren son “buenas” autoridades que no se basen
en la obediencia de aquellos que han sido obligados a guardar silencio.
De manera similar, pueden reconocer la necesidad de disciplina
en sus propias vidas, pero cuestionan las formas de obediencia que
se espera que sean automáticas. Quieren tomar parte en la forma-
ción de los nuevos estilos de las relaciones íntimas y familiares.
Reconocen que los modelos que heredamos del pasado ya no le
dicen nada al presente que vivimos. Quieren el respeto y la con-
fianza de sus familias, sabiendo que necesitan tiempo y espacio para
explorar sus propios valores y creencias. Si éste es un tiempo en el
que los jóvenes toman riesgos, también es un tiempo en el que exi-
gen honestidad y rectitud de aquellas personas que podrían traba-
jar con ellos.

Los jóvenes quieren ser capaces de ejercer el poder sobre sus
propias vidas. Han crecido con relaciones de género más equitati-
vas tanto en el hogar como en la escuela, y están menos preocupa-
dos con los problemas de igualdad de género que la generación
pasada. Como las mujeres jóvenes son escépticas al identificarse a
sí mismas con el feminismo, en parte porque no quieren limitar las
oportunidades abiertas a ellas; así los hombres jóvenes están menos
preocupados con la relación entre los hombres y el feminismo de lo
que están acerca de cómo vivir unas vidas significativas y abiertas
como hombres.
Quieren explorar “en dónde están” sin el moralismo
que todavía persigue mucho al feminismo, así como las visiones de
Connell sobre las “masculinidades hegemónicas”. Al mismo tiempo
esto tendrá una especial atracción en América Latina, por ejem-
plo, en donde hay tanta distancia social entre los intelectuales ra-
dicales y los movimientos sociales con que también se relacionan.

En este contexto es más fácil desairar a los grupos de hombres que
se preocupan exclusivamente de mejorar las vidas personales de los
hombres, mientras que la única preocupación del feminismo es
“cambiar al mundo”. Encontramos ecos de un marxismo sin rees-
tructurar, que todavía se tiene que replantear de manera lo suficien-
temente profunda, sobre su relación con un proyecto de modernidad
masculina.

Como jóvenes, no quieren ser identificados con el poder que
tienen en relación con las mujeres, porque saben que en muchas
áreas de sus vidas se experimentan por sí mismos alejados del po-
der. No quieren vivir las masculinidades de una generación ante-
rior, sino que quieren explorar “lo que significa ser hombres” en sus
propios mundos. No quieren tener que negar su amor, calor y ternura
para vivir una visión de masculinidad que ya no parece verdade-
ra para su propia experiencia y sus posibilidades.

sábado, 17 de enero de 2009

Chicos y cine: Gomorra

Fuente: http://www.20minutos.es/cine/cartelera/pelicula/29794/gomorra/

Gomorra - Cartel

Gomorra

Título V.O.: Gomorra
Año de producción: 2008
Distribuidora: Alta Films
Género: Drama
Clasificación: Pendiente por calificar
Estreno: 14 de noviembre de 2008
Director: Matteo Garrone
Guión: Ugo Chiti, Matteo Garrone, Maurizio Braucci, Gianni Di Gregorio, Massimo Gaudioso, Roberto Saviano
Fotografía: Marco Onorato
Intérpretes: Toni Servillo (Franco), Gianfelice Imparato (don Ciro), Maria Nazionale (Maria), Salvatore Cantalupo (Pasquale), Gigio Morra (Iavarone), Salvatore Abruzzese (Totó), Marco Macor (Marco), Ciro Petrone (Ciro), Carmine Paternoster (Roberto), Zhang Ronghua (Xian), Simone Sacchettino (Simone)

Trailer



Fotogramas de la película

Sinopsis

Los habitantes de Nápoles y Caserta viven amenazados bajo el yugo del Sistema, es decir, de la Camorra. Don Ciro es el patriarca de un poderoso clan que debe plantearse su supervivencia. Algo similar le ocurre a Pasquale, un sastre que trabaja para los chinos aún a riesgo de jugarse la vida. Roberto tiene que decidir si acepta el trabajo de una empresa tóxica y el pequeño Totò también tendrá que elegir un camino sin vuelta a atrás. Mientras, Marco y Ciro se convierten en dos incómodos estorbos.

Con su primera novela, llamada "Gomorra", el escritor italiano Roberto Saviano se ha convertido en uno de los más prestigiosos del momento, pero también ha sido objeto de numerosas amenazas de muerte por su retrato de la Camorra. El éxito del libro no ha tardado en llegar a la gran pantalla, con guión del propio Saviano y dirección de Matteo Garrone (El taxidermista). "Gomorra" cruza cinco historias muy personales relacionadas con la mafia italiana, para, poco a poco,ir descubriendo todos los hilos que maneja. Su excesivo realismo y la violencia que muestra hacen de ella un drama oscuro que ya ha conseguido importantes logros, como ganar el Gran Premio del Jurado en Cannes 2008 o ser la candidata italiana para los Oscar.

En un elenco de actores muy coral destacan los nombres de Gianfelice Imparato (L'ora di religione), Salvatore Cantalupo (Teatro di guerra), Tony Servillo (La ragazza del lago) y la cantante y actriz teatral Maria Nazionale. Junto a ellos, los prácticamente debutantes Carmine Paternoster, Marco Macor y Ciro Petrone. Finalmente, sorprende la excelente labor del jovencísimo Salvatore Abruzzese.

Crítica

Los bajos fondos napolitanos y sus satélites casertanos son el sumidero de Italia, la alcantarilla por la que descargan la inmundicia y las vergüenzas de un país que se desangra por el sur a chorros. "Gomorra" no es el cuadro ni el dibujo de una isla desierta. Dice Matteo Garrone que no ha querido hacer una película sobre el emperador, sino sobre sus súbditos y lacayos. Por eso sus imágenes borbotan con semejante fuerza. No es éste el tapiz que inmortaliza a los hijos de mala madre que manejan los hilos desde las insondables alturas, sino el contra plano, el de los infelices que se manchan las manos y se ahogan en una rutina de miseria, crimen y castigo: los proletarios del sistema, la Camorra a ras de suelo. "Gomorra" es un relieve mastodóntico de un estado dentro del estado, un grito en el cielo por el hedor irrespirable que despide una cultura ancestral del dinero sucio y la indignidad como medio de vida. La grandeza del filme de Garrone es que es un chequeo cultural y social, que denuncia hasta que punto la subcultura feudal del crimen organizado del Sur de Italia está arraigada en los mismos cimientos de una estructura social, educacional y económica construida alrededor de distritos comanche que no entiende otra ley que la del más fuerte dictada a golpe de pistola.

Viendo "Gomorra" se extravía uno, a ratos la Scampia napolitana parece una extensión diabólica de las favelas brasileñas. Las cloacas de una economía emergente como la carioca se confunden aquí con las de otra históricamente boyante como la italiana. Se antoja demencial el brutal paralelismo y no hay duda de que Garrone, por cortesía de Roberto Saviano, consigue su propósito principal: que nos llevemos las manos a la cabeza alucinando en colores con el panorama de una honorable nación del G-8 sometida, por impotencia o cosas peores, al imperio infame y demencial de los salvajes que no sólo campan a sus anchas por la economía no sumergida (ésa es la película que Garrone no cuenta), sino que lo hacen secuestrando para sus fines a un sector indeseablemente numeroso de la sociedad, en este caso, napolitana.

"Gomorra" no luce adornos de montaje ni trucos de posproducción, no manipula la trayectoria mortuoria de sus personajes porque la inercia del hundimiento habla por sí sola. Nada de ceder al irresistible encanto de la erótica de la moralidad inmoral del poder criminal, sus mafiosos son nauseabundos en lo ético, claro, y en lo estético, entre camisas de tirantes, cadenas doradas al cuello, chanclas de piscina y calcetines blancos. Aquí no hay corleones ni el Luca Brassi de turno de punta en blanco. El cuadro es brutal y desolador, sobrecogedor y tremebundo sin matices ni ambigüedades. Presume además "Gomorra" de adaptación ejemplar, de lección magistral e intensiva de como articular una narrativa multiangular, de vidas y puntos de vista cruzados, de tal modo que el ensamblaje de las piezas obre el milagro del efecto simbólico y, más aún, representativo.

Eso es "Gomorra" una despiadada sinfonía del caos (sombreros fuera para el recital colectivo del elenco semi-amateur), un apasionante primer plano de un tumor inextirpable que acongoja el sur de Italia desde hace décadas para beneficio de cuatro alimañas indeseables que hacen y deshacen asu deleznable antojo en Campania, Sicilia, Clabria o Apulia, cruz y vergüenza de la Italia del siglos XXI. Una película grandiosa que llega donde no llega el cine salvo en selectas ocasiones: al corazón mismo de la tragedia constituyéndose así en un alarde in crescendo de bestial contundencia narrativa dando a luz una de las mejores películas de temática mafiosa vistas nunca en la oscuridad de una sala de cine. En tres palabras bien explícitas: una obra maestra.

sábado, 15 de marzo de 2008

Chicos, chicas y sexo. El estereotipo que obliga y el rito que identifica

FUENTE: INJUVE

Jóvenes y sexo: el estereotipo que obliga y el rito que identifica (FAD)
Ignacio Megías Quirós, Elena Rodríguez San Julián, Susana Méndez Gago, Joan Pallarés Gómez (2005).Edición electrónica
  • Portada Estudio: Jóvenes y sexo
    Ampliar Imagen
En la actualidad contamos con un exhaustivo mapa comportamental en materia de sexualidad de los adolescentes y jóvenes pero desconocemos profundamente el significado y el valor que ellos dan al sexo y a la sexualidad. Profundizar sobre ello permite analizar la función simbólica e identitaria que la sexualidad tiene para los jóvenes, alcanzando un mejor conocimiento de la función del comportamiento sexual y, por ende, obteniendo mejores posibilidades de orientarlo.
Si nos acercamos a la significación del comportamiento erótico-sexual, trascendiendo los meros datos descriptivos de dichas conductas, es muy probable que consigamos acercarnos a la realidad de los jóvenes desde una nueva perspectiva, y podamos así abrir un campo de significaciones que quizá arrojen más información, e información más relevante, sobre la permanencia de conductas de riesgo.







5. Decálogo de conclusiones

PRIMERO: LA LOSA DEL ESTEREOTIPO

Lo más llamativo, poderosamente llamativo, en una primera aproximación al discurso
grupal de jóvenes y adolescentes sobre el sexo, es la escenificación de
dicho discurso. Chicas más o menos circunspectas, hablando sobre lo que les
inquieta o sobre lo que les atrae, pretendiendo un análisis crítico y esclarecedor,
por momentos dubitativas y cuestionadoras de sus propias posturas, tendentes a
caer con facilidad en un silencio diríase que reflexivo. Chicos exultantes, con un
verbo avasallador, que interrumpe, solapa, cabalga sobre la palabra de los otros,
que expresan sus ideas de una forma atropellada, como quien lo tiene muy pensado,
que puntúan sus expresiones con bromas y risas, que parecen estar de acuerdo
en cada cosa que dicen, y que celebran ese acuerdo en una ceremonia de
identidad triunfante.

Esta formalización llamativamente diferenciada del discurso expresa con claridad
hasta qué punto persiste un estereotipo que genera un abismo de distancia entre
hombres y mujeres, entre chicos y chicas, a la hora de enfrentar las cuestiones
relativas al sexo. Después de décadas de lucha por la igualdad de género, después
de haber intentado, y aparentemente conseguido, múltiples avances en esa igualdad,
por debajo de manifestaciones formales que aseguran que la equiparación
estaría a punto de conseguirse, por debajo incluso de las explicaciones que los
propios jóvenes dan abundando en el sentido de que “todos somos iguales”, lo
cierto es que parece que seguimos en una situación en la que la inmensa losa del
estereotipo está muy lejos de haber sido removida.

No se trata de que unos y otras tengan discursos diferenciados y confrontados. No
es válida una interpretación unidireccional que explique que un género explota al
otro imponiéndole una determinada manera de pensar, que hace que ese otro
género se rebele y se atrinchere en un discurso contrario. Las cosas parecen más
complejas. Da la impresión de que estamos en presencia de una construcción dialéctica
del discurso, montado desde las dos partes y que las dos partes alimentan y
tienden a mantener. Los chicos y las chicas cuentan cosas diferentes, pero ratificando
la visión que cada colectivo tiene sobre sí mismo y sobre el género contrario.
Ellos dicen que son de una determinada manera y ellas, en su discurso, ratifican
que efectivamente ellos son así. Ellas se describen en un modelo que los compañeros
reconocen y autentifican.

Al tiempo, esas dos visiones no sólo se complementan sino que en cierta medida
se explican la una a la otra. Los chicos no serían como son, al menos no serían
tan como son, si ellas fueran de diferente manera; y las chicas no tendrían
que comportarse, no sentirían que tienen que comportarse, como lo hacen, si
ellos no condicionaran esa reacción desde sus propias visiones y desde sus
propias conductas. En definitiva, si el estereotipo funciona, y funciona por
encima de cualquier consideración o cambio, es porque ambos géneros comparten
una perspectiva común, se mueven en una unidad imaginaria que les
condiciona a todos.

Obviamente estas consideraciones descriptivas no eliminan la posible mayor responsabilidad
que, de cara al mantenimiento del estereotipo, puedan tener uno u
otro género, unas u otras instituciones sociales. Es cierto que el contexto marca a
todos y dificulta tener una perspectiva diferencial y avanzar en una reflexión crítica.
Es cierto también que, aun cuando un estereotipo sea mantenido por dos partes
dialécticamente confrontadas, una de ellas bogará a favor del viento del constructo
social previo (y en ese sentido tendrá mayor responsabilidad en el mantenimiento
de la construcción final), y la otra tendrá que navegar contracorriente del
constructo sociológico, de la representación social. No es menos verdad que los
cambios que, en los últimos tiempos, pueden haberse producido en el estatus de
desigualdad de género han sido protagonizados por el colectivo femenino, que ha
luchado en inferioridad manifiesta de condiciones y en contra de lo dominante.
Lo único que añadimos es que, hoy por hoy, el estereotipo subsiste y que, como
no puede ser de otra manera, es un estereotipo alimentado por las corrientes dialécticas
que, por una parte están confrontadas pero por otra parte se retroalimentan
y justifican la una a la otra.

Por debajo de la afirmación de igualdad formal en el discurso, los chicos y las chicas
cuentan cosas diferentes, se dirigen a interlocutores diferentes cuando las
cuentan, refieren distintas expectativas, también temen cosas distintas, y dicen
que efectivamente se comportan de una manera diferente los unos de las otras.
El discurso masculino es una celebración del propio comportamiento sexual y,
más aún, del deseo que, supuestamente todo lo invade. De lo que hablan los chicos
es de sus conquistas o de su deseo de conquistar, y lo hacen en el convencimiento
de que todos ellos van a hablar de lo mismo, todos van a ser comprendidos
y, por tanto, la propia experiencia y lo que de ella se cuente caerá en el terre-
no abonado de lo compartido, que elevará el discurso a la categoría de incuestionable.
Las chicas hablan mucho menos del deseo y menos aún de la traducción
comportamental de ese deseo. Hablan más de emociones, del sentido de estas
emociones y de los miedos que, inevitablemente, las acompaña. Y hablan de estas
cosas desde una postura no tan convencida de que lo que digan va a ser bien acogido
por las compañeras. Aparecen muchas más dubitaciones, aparecen elementos
de autocuestionamiento y, más que un tono autoafirmativo, lo que se da es un
planteamiento de búsqueda, que espera la confirmación en otros discursos; ocasionalmente
se puede observar un tono provocador, aparentemente reactivo,
cuando se plantean cuestiones que rozan el límite admisible del estereotipo. No
es extraño, por tanto, que estas diferencias aparezcan con claridad cuando los
grupos están constituidos sólo por chicos o sólo por chicas, y que en cambio en
los grupos mixtos el diálogo se haga difícil, lleno de interrupciones, preñado de
reticencias, de dudas y de, aparentemente, medias palabras.

Siendo así las cosas, se comprende perfectamente que el horizonte de interlocución
de los jóvenes y de los adolescentes sea prácticamente todo el universo de
sus congéneres. Cuando hay que contar, se cuenta a todos; no hay ningún tipo de
reticencia ni de restricción al respecto; lo que hay que comunicar puede, incluso
debe, ser oído por todos. No sólo no aparecería una tendencia de autorrestricción
en el discurso verbal de los chicos sino que, de señalarse algún tipo de tendencia,
debería ser hacia la manifestación incoercible de todo lo que se piensa, de todo
lo que se actúa. Por el contrario, las chicas tienden a vivir con muchas más dificultades
la exigencia de encontrar un interlocutor válido para lo que tengan que
contar. Como lo que hay que decir, en el caso de las mujeres, pone mucho más
de manifiesto las emociones y los temores, los deseos y las insatisfacciones, no
vale cualquier interlocutor; no vale cualquier conocida, puesto que el simple
hecho de que también sea mujer no anula completamente las posibilidades de
discrepancia (ya veremos, que incluso desde algunos elementos del estereotipo,
estas tensiones pueden aumentar en relación con otras mujeres). Tampoco en
muchas ocasiones vale la propia pareja, que al fin y al cabo es del otro sexo y
quizás no participa de la propia visión de las cosas. Con quien hay que hablar,
con quien se puede hablar con más tranquilidad, es con las amigas y con las amigas
más íntimas, de las que cabe esperar una cierta complicidad en los planteamientos,
una comprensión de lo que se va a contar y una tolerancia hacia las propias
insuficiencias.

En el diálogo sobre el sexo, lo que los chicos dicen esperar es básicamente la
satisfacción del propio deseo y, sobre todo, ya lo decíamos, el reconocimiento y
la institucionalización, casi la celebración, de ese deseo. Las chicas por contra,
esperan encontrar algo muy diferente: la pareja. Pero no la pareja en el sentido
clásico del estereotipo, como elemento de sostenibilidad operativa, de seguridad
en la vida, de tutela o de protección; la pareja que se espera sería la que ofrece la
posibilidad de culminación de las propias necesidades emocionales, afectivas y,
finalmente, sexuales. No es la realización del sexo como pura traducción comportamental
del deseo lo que domina, según el discurso de las adolescentes y de las
jóvenes; lo que primaría sería esa necesidad de encontrar realizadas las propias
expectativas en relación con una vinculación emocional y sexual a alguien. Bien
es cierto que, luego lo veremos, esa expectativa lleva en sí misma un germen de
inseguridad, que hace que se plantee como una expectativa ideal que muy probablemente
no va a poder ser realizada. Y ahí, en ese segundo momento post-ideal,
aparecería un comportamiento más parecido al de los compañeros varones. Si la
pareja falla, cuando la pareja falle, cuando la pareja se desmitifique, cuando se
hayan calmado las expectativas primarias e ideales, entonces, lo que las chicas
supuestamente esperarán será tener una vida más parecida a la vida que traduce
el deseo de los chicos: una vida más llena de sexualidad, de sensualidad cambiante,
con menos sentimientos de fidelidad o de culpa por la infidelidad, también
con menos visión de trascendencia de las relaciones, con un mayor nivel si se
quiere de frivolización. Es una expectativa secundaria, más libre que la primera,
pero que no puede negar un cierto punto de frustración; no por casualidad es una
expectativa vicaria, que aparece cuando, aunque sea por un fatalismo sospechado,
se cree que va a fracasar lo que de entrada se solicita.

En función de lo anterior, los chicos sólo exigen en su conducta sexual suficientes
atractivos para ponerla en marcha. Y además, siendo ese deseo presuntamente
invasor, las expectativas ni siquiera son muy elevadas. Ciertamente, el que se
pueda establecer contacto con una chica con cualidades físicas por encima de la
media supone un valor sobreañadido, que permitirá una satisfacción suplementaria;
pero es un valor añadido, no una condición de partida innegociable. Por el
contrario, las chicas van a esperar, de cara a sus posibles relaciones sexuales,
que exista una complicidad emocional en la conexión; van a esperar sentirse
entendidas, sentirse estimuladas afectivamente, sentir que se establece una cierta
camaradería y una cierta capacidad de atracción, que finalmente culminará en el
acto sexual.

De ahí que los temores fundamentales de los varones tengan que ver con el quedar
mal, con el no “dar la talla”, bien porque no se consiga realizar el comportamiento
sexual, porque no se consiga el encuentro, bien porque no se logre expresar
ostentosamente el deseo, bien porque no se esté a la altura de las exigencias
que ese deseo y ese encuentro sexual suponen y plantean. Los temores de las chicas
tendrían más que ver con no ser suficientemente atractivas para entrar en el
juego del horizonte sexual de los varones y, sobre todo, con el verse frustradas en
su expectativa de relación emocional. El temor de las adolescentes y de las jóvenes
está mucho más referido a la inestabilidad o a la infidelidad del varón. Secundariamente,
habría un temor importante en las chicas, que tendría que ver con la
vivencia de competición que puedan sentir con sus propias compañeras.
Todo esto hace que el comportamiento de ellos y ellas sea radicalmente distinto.
Ellos tienen que estar, se supone que la propia naturaleza se lo impone, siempre
“al ataque”. Tienen que buscar, unas tras otras, aventuras sexuales que demuestren
esta inevitabilidad del deseo. Tienen que cubrir las exigencias de los otros y
tienen que calmar los propios miedos en una huída contrafóbica, realizando o
aproximándose a la realización de esa conducta sexual que se autoimponen como
obligación. Ellas, en cambio, deben mantenerse en una postura intermedia, en un
equilibrio inestable, entre no participar en el juego sexual (lo que viene obligado
por la necesidad de controlar que no jueguen demasiado con ellas: “si me muestro
‘fácil’, casi inevitablemente van a jugar conmigo”), y la otra posición de tener
que participar en el juego para no quedar eliminada de la competición (“si soy
excesivamente rígida, por ‘estrecha’, no tendré ninguna oportunidad de establecer
una relación”). Es un equilibrio difícil de encontrar, que pone en juego toda una
teoría y una praxis de “tira y afloja” y que somete a la chica a un perpetuo autocuestionamiento
y que, también hay que decirlo, la pone de continuo en el escaparate
del juicio grupal. Además esto se complica desde el momento en que,
según el discurso femenino, también abonado por el de sus compañeros, la chica
no busca tanto la relación sexual como dar rienda suelta a una tendencia natural
al flirteo. La chica debe moverse en el plano de la seducción, sin que eso implique
necesariamente que quiera encuentro sexual; los chicos, que no distinguen
entre flirteo y sexualidad, se mostrarán por una parte perplejos y por otra censuradores
de este comportamiento, tendiendo a estigmatizar a aquéllas que no flirtean
(por “poco mujeres”) y a las que, flirteando, no acceden al acto sexual (por “falsas”).
Tampoco se libran las que finalmente acceden al sexo, porque serán señaladas
como frívolas y como mujeres que merecen escasa fiabilidad.
Todas estas diferenciaciones por género, abonan de forma clara la pervivencia del
estereotipo. Tendremos oportunidad de analizarlas más en profundidad en
siguientes apartados de las conclusiones.

SEGUNDO: “EPPUR SI MUOVE”

A pesar de la contundencia del estereotipo, parece claro que hay determinadas
posturas que están cambiando, o que han cambiado, a veces de una forma llamativamente
perceptible. Estamos hablando de los cambios en el comportamiento
sexual, y de las actitudes que sustentan esos cambios, tanto como del discurso
que se establece sobre conductas y posturas actitudinales.
No parece que se pueda negar, de hecho forma parte de lo que por todos lados se
señala, no pocas veces con cierto miedo o aprensión, que, sobre todo las mujeres,
han modificado sustancialmente su comportamiento sexual a lo largo de las últimas
décadas. Tal como se decía en la introducción, toda una serie de cambios
sociológicos, económicos, culturales, incluso políticos, han favorecido que el
comportamiento tradicional de la mujer en España, en lo que se refiere a la
dimensión sexual, haya experimentado o esté experimentando notables transformaciones.
Una mayor libertad sexual, una posibilidad de que esta mayor libertad
se ejercite en el escenario de lo social, una drástica modificación de las condicio-
nes del ejercicio del rol femenino en muchos aspectos de la convivencia (laborales,
familiares, económicos, etc.), todo ello ha propiciado que se estén dando unas
significativas modificaciones en la forma de conducta sexual de la mujer. Ni que
decir tiene que estos cambios afectan muy principalmente a la forma de comportarse
de las mujeres jóvenes y adolescentes; casi podría decirse que es sobre todo
en ellas donde se da la experiencia de la transformación.

Analizando el discurso de los grupos que conforman el horizonte de esta investigación,
cabría la interpretación de que esos cambios en el comportamiento y esos
cambios en las actitudes de las mujeres, en cierta medida, se han producido a
pesar del mantenimiento de la postura masculina. En el discurso verbal de los chicos
no parecen existir muchos elementos que abonen la necesidad del cambio, y
mucho menos que lo expliquen. El estereotipo masculino, el rol del joven, parece
tan firme y tan asentado que no facilita el imaginarse cómo a partir de él, a partir
de la falta de fisuras de ese discurso monolítico, puede haberse producido la
transformación. Cosa distinta es la que se deriva del análisis del discurso de las
adolescentes, que si bien confirma, ya lo decíamos, gran parte de los postulados
que preconiza el estereotipo de género, si lo mantiene y alimenta, también presenta
algunos elementos reflexivos, de cuestionamiento del propio papel, críticos
respecto a la propia postura, que sí que podrían ser soportes válidos para un cambio
actitudinal y comportamental. Por otra parte se entiende fácilmente que se
pueda producir una dinámica de evolución a partir de posturas más reflexivas y
más dubitativas, como son las posturas femeninas, mejor que a partir de posiciones
tan monolíticas como parecen ser las de los varones. Bien cierto es que esta
posibilidad de cambio no se hará sin grandes dificultades, sin oposiciones,
muchas veces oposiciones de las propias protagonistas del discurso, que se ven en
gran medida lastradas por el peso de la posición estereotipada.

Es más fácil analizar los indicios que explican la posibilidad de ir cambiando, en
las entrevistas individuales. Aunque éstas confirman en líneas genéricas las posturas
grupales, también dan una mejor oportunidad de hablar desde la propia experiencia,
desde la propia inquietud y desde las propias contradicciones. Por eso, en
lo que se extrae de esas entrevistas personales, sí aparecen algunos elementos más
de modificación de los roles de género, sobre todo en las entrevistas con chicas.
En cualquier caso, en la evolución de los roles, sobre todo del rol femenino, los
chicos parecen irse adaptando sólo a regañadientes, en el afán de no perder la
dialéctica de complementación que viene exigida por la construcción social. La
que parecería querer cambiar es la mujer; el hombre acepta que tiene que hacerlo,
un poco al rebufo de sus compañeras, viéndose obligado a dicha aceptación
(que en el imaginario colectivo de muchos de ellos puede vivirse como una claudicación)
por la necesidad de mantener un rol complementario, necesario para
seguir manteniendo la interacción con las mujeres.

Daría la impresión de que en ese proceso de cambio del rol femenino, las modificaciones
se han visto influidas por una pauta identificatoria con lo que ha sido
históricamente el rol masculino. Es como si las mujeres tuvieran que cambiar no
tanto para ser “más mujeres” sino, sobre todo, para ser “más como los hombres”.
Este fenómeno, que podría ser criticado desde algunas perspectivas, no deja de ser
explicable dado el patente desequilibrio de los roles de género que se ha vivido
históricamente; un desequilibrio tan manifiesto, que conlleva casi como primera
necesidad la obligación de reequilibrar las fuerzas; y en ese reequilibrio de las
fuerzas, lo lógico es que el rol más desfavorecido se haya visto influido por las
características de aquello que le faltaba, a lo que quería acceder.
La fantasía o el proyecto de ser una mujer más libre, más como pueden ser los
hombres, es un proyecto que las chicas casi siempre refieren al futuro. Son las
jóvenes más “maduras”, más “cuajadas”, las que pueden mantener ese comportamiento
en el que el sexo aparece más desmitificado, pero también más suelto en
la medida en que está libre de todas esas connotaciones de carga emocional, de
compromiso, de relación estrecha, que supone la pareja, y que es el constructo
que durante toda una serie de etapas mueve el comportamiento sexual de las adolescentes
(algunas conductas exageradas en sentido contrario, muchas veces no
son sino un comportamiento reactivo, más provocador que otra cosa). Estas adolescentes
piensan que, cuando sean mayores, ya podrán tener un sexo de esas
características, al que todavía no pueden acceder por sus condicionamientos
emocionales, y que ese poder hacerlo las convertirá en más libres.
Pero también hay que señalar que en esa fantasía de futuro, el proyecto de libertad
aparece teñido de un cierto tinte de frustración. Efectivamente, el estereotipo
actual es el que lo dice, se podrá ser más libre para el comportamiento sexual
cuando ya no sea tan prioritario el cumplimiento de las exigencias de una relación
emocional de pareja; dicho de otra manera, cuando la pareja haya fracasado.
O cuando se haya desmitificado, otra forma de fracaso, la ilusión de una pareja tal
cual la adolescente la concibe. Si la joven que se inicia en el sexo consigue hacerlo
en el marco de una relación de pareja que la satisfaga emocionalmente, para la
que el sexo sea la culminación de la intimidad, si se consigue mantener ese clima
a lo largo del tiempo y la pareja cuaja, eso dará acceso a una forma de vida claramente
diferenciada, y mejor, en la que el sexo podrá investigarse y que permitirá
que se profundice en él de una manera a la que nunca se accede desde las relaciones
esporádicas, pero en la que el sexo también será algo cotidiano que perderá
una parte de su atractivo, aunque sólo sea el atractivo que añade el flirteo, exigido
por la dinámica grupal para la relación entre sexos. Lo que pasa es que, si
ese proyecto de relación completa, emocionalmente completa, no se realiza, si se
frustra, entonces se producirá un cierto desbordamiento emocional, que quizás no
tanto deje ganas de reintentar la experiencia de pareja cuanto abra a la mujer la
posibilidad de, renunciando a ese ideal, moverse en un plano de relaciones esporádicas
que permita un mayor equilibrio con el varón. Paradójicamente, este estadío
de evolución de la mujer la convierte en una mujer más libre pero, daría la
impresión, intimimamente más frustrada. Es a la vez un triunfo y un fracaso, un
progreso en la libertad y una cierta frustración de las expectativas emocionales
que el estereotipo obliga inicialmente a sentir.

TERCERO: EL SEXO QUE NOS IDENTIFICA
(O LA INEVITABLE NATURALEZA DE LAS PASIONES)

La almendra de la representación de adolescentes y jóvenes, chicos y chicas,
sobre su sexualidad y su comportamiento sexual, está situada en el convencimiento
compartido de que son distintos desde la perspectiva de su “naturaleza sexual”.
Ellos son así, inevitablemente “sexuales”; ellas, independientemente de cómo
sean, deben mostrarse mucho más comedidas. Ni siquiera se trata de una convicción
montada sobre una visión diferencial de la intensidad de las pulsiones sexuales.
Hasta ahí no se llega. Más bien se trata del convencimiento compartido de
que, por mucho que las chicas también puedan tener un deseo sexual, que en
muchas ocasiones, eso sí, no se presupone tan intenso como el de sus compañeros,
por mucho que también ellas puedan reconocer ese deseo, tienen que matizarlo,
vedando sus expresiones más manifiestas. Es claro que la otra cara de esta
convicción se monta sobre la idea de que las chicas, de forma contraria a los chicos,
sí pueden controlar y controlarse.

Ya decíamos que el adolescente varón escenifica su deseo sexual, casi podría
decirse que dramatiza la celebración del mismo, y lo hace de manera grupal, utilizando
al grupo como escenario, como público y como altavoz de esa celebración.
Como la mujer del César no podía limitarse a ser honesta sino que debía
hacer ostentación de esa honestidad, el adolescente no puede permitirse sólo
tener deseos sexuales sino que debe sobreactuar la representación de los mismos.

Las chicas también sienten tener que expresar sus necesidades en ese sentido,
pero asumiendo de entrada que es en ellas donde recae la capacidad de controlar
y de racionalizar las pulsiones; serían ellas las encargadas de introducir un rasgo
de sentido común, de sensatez, en esa tormenta pulsional ante las que sus colegas
masculinos estarían indefensos. El hombre sería un títere de las pasiones; la
mujer, por muy pasional que sea, tiene el poder y el mandato, de navegar en
medio de ese huracán.

Obviamente esta posición de partida modula de forma clara las expectativas y el
comportamiento al respecto de unos y otras. Lo que hay que hacer y lo que no se
debe hacer vienen claramente orientados por esa base de partida, consensuada
por el imaginario de todos. Los chicos deben, antes que nada y sobre todo, actuar
su deseo. Y hacerlo, bien tratando de llevarlo a la práctica, que eso es lo que
determina el propio “deber ser” y lo que los colegas esperan, bien, al menos,
explicitando claramente que están a toda costa intentando hacerlo. Lo que define
al adolescente varón no es tanto su actividad sexual como el clima comportamental
determinado, cuando no monopolizado, por la intención explícita de realizar
esa actividad.

La chica, enfrentada a esa tormenta de supuestos deseos de sus compañeros, aun
no pudiendo no reconocer en ella misma algún rastro de los mismos sentimientos,
siente tener que situarse de una forma que no traicione las expectativas que la
representación compartida asigna a su género: para ella, el encuentro sexual no
puede desligarse totalmente de otras necesidades, de otros compromisos. Con más
o menos claridad siente que se le pide que en la relación incluya la amistad, una
cierta dosis de confianza (dentro de lo que cabe confiar en los entes hormonados
con los que tiene que lidiar), y que el encuentro sexual suponga una cierta culminación
de unas formas de encuentro más completas. Todas estas demandas,
supuestas y emanadas de su rol de género, la llevan a mostrarse más retraída, más
a la expectativa, más reticente respecto a las concesiones, todo ello sin llegar a los
extremos que supondría su inclusión en la también anormal categoría de “la que
no entra en el juego”. Como se ve, un discurso actitudinal mucho más complejo
que ese otro, directo y plano, de los varones. Un discurso que no permite la celebración
colectiva, en el espacio del grupo de amigos, sino que más bien lleva a la
reflexión, a los circunloquios de preocupación, a la espiral de un discurso sin
soluciones claras, eternamente repetido, que las amigas (aquéllas a las que se
puede llamar amigas, que luego veremos que no todas las compañeras son fiables)
escucharán, enfatizarán y retroalimentarán con sus propias dudas.

El paso al acto, la realización práctica del encuentro sexual, cambiará las cosas.
En ellos, porque ya no convertirá en tan necesarias la ostentación de lo que se
quiere ni las maniobras para conseguirlo; en ellas, porque les permitirá acceder a
un estatus diferente en el que nuevos miedos enturbiarán su horizonte, pero también
el reconocimiento de nuevos recursos abrirán otras posibilidades. Pero eso es
materia de otro capítulo de conclusiones.

CUARTO: ENTRE UN FUTURO IDEAL
Y LAS CLAUDICACIONES Y MIEDOS DEL PRESENTE

Las posturas adolescenciales ante el sexo, con lo que identifican y también con la
ansiedad que crean, son vividas como un tiempo a superar. A veces de manera
explícita y otras de forma soterrada, en el discurso de chicos y chicas aparece
siempre un elemento de perspectiva longitudinal que supone que más tarde, a
partir de un cierto momento, las cosas serán distintas: se accederá a un estadío de
mayor madurez en el que las premisas cambiarán y, por tanto, el resultado comportamental,
también podrá ser diferente. Esa proyección hacia una supuesta
madurez tiene su equivalente en la atribución de inmadurez que se maneja cuando
el análisis de la representación adquiere un carácter retrospectivo. Igual que se
cree que, tanto chicos como chicas, cuando crezcan podrán ser más maduros,
también se siente, tanto lo hacen ellos como ellas, que los compañeros de menor
edad se comportan con una evidente inmadurez.

Esa presunta maduración, que se imagina desde las fantasías adolescenciales y de
los primeros años de juventud, se monta básicamente sobre la intención proyectada
de “haberlo hecho, haber cumplido y saber de qué se trata”. En los varones, la
experiencia realizada permite relajarse en la necesidad de “celebrar y ostentar el
deseo”, de la que hablábamos. Ya no será preciso demostrar que todo lo que se
hace está determinado por la necesidad de “ligar”; incluso cuando efectivamente,
todo lo que se haga siga estando encaminado a lo mismo, esta postura se lleva, y
se muestra, con la “naturalidad” de quien no tiene nada que demostrar (“soy así,
es natural que me comporte así, pero no lo hago para que los demás se enteren”),
bien es cierto que sin olvidar que, aunque sea descuidadamente, no está mal
seguir con una demostración que se sabe que los demás admirarán. En otros
casos, esos chicos ya “maduros”, podrán incluir en sus expectativas otra serie de
requisitos más exigentes que los determinados por el afán del puro “ligue” y se
permitirán enfocar una relación más compleja, más próxima a la que sus compañeras
se supone que buscan desde el principio, más completa en algunos aspectos
pero que, dentro de un orden, implica algunas mayores limitaciones en las posibilidades
de actuar.

La expectativa de futuro de las jóvenes respecto a su rol sexual está teñida por un
punto de ambigüedad. Por un lado se ven a sí mismas menos atormentadas, más
libres respecto a su comportamiento sexual, menos sujetas por los condicionantes
que su vigente representación de género implica; en definitiva, aunque sea una
cierta simplificación, se ven más capaces de funcionar con un estatus similar al de
sus compañeros varones, y eso sin las dudas y las ansiedades que en su momento
presente le impiden esa equiparación. Pero, al tiempo, si esa expectativa de futuro
es posible es porque, hasta cierto punto, se monta sobre la convicción de que las
aspiraciones actuales estarían condenadas a la quiebra. Porque desde su presente
aspiran, tienen que aspirar, a una relación más “de pareja”, que supere el simple
encuentro sexual y que trascienda en una comunicación más completa, y porque
temen que, casi inevitablemente, se verán traicionadas en esa aspiración (o porque
los compañeros no son fiables o porque la propia aspiración se vive como
sospechosamente frágil), entrando con ello en una etapa de frustración, por todas
estas razones, las chicas deberán evolucionar y esperan poder hacerlo. El discurso
de estas jóvenes apunta frecuentemente una tendencia, mitad temida mitad deseada:
“querría una relación completa y compleja, en la que el sexo sea la culminación
de otros afectos, tengo que buscarla, cuando la encuentre es muy posible
que me frustre o que se me agote, entonces aprenderé de la experiencia y desmitificaré
algunas exigencias, y por fin maduraré y podré, si quiero, llevar una vida
sexual con menos compromiso y mucho más libre.”

Evidentemente, estamos hablando de un discurso ideal que, pese a su carácter
dominante en el contexto grupal, admite todo tipo de matizaciones personales,
tanto en ellos como en ellas, pero que ejemplifica dos estilos de curso vital que
parecen ser asumidos, de forma diferencial, por hombres y mujeres (por hombres
y mujeres adolescentes y jóvenes, claro). Ellos irían de la exaltación formal de un
presente potencialmente pleno aunque, como luego veremos, lleno de miedos,
hasta un futuro que imaginan acaso más gris pero más tranquilo; ellas partirían de
una situación llena de inseguridades, que no niega la conciencia de determinados
recursos, y fantasean una situación ulterior más desencantada pero aparentemente
más libre. En la expectativa de los chicos está liberarse de “tener que demostrar”,
en la de las chicas el acceso al “poder hacer”.

QUINTO: TOTEM Y TABÚ DE LA VIRGINIDAD (O DE SU PÉRDIDA)

El momento de la iniciación sexual se presenta como algo absolutamente significativo,
y en esto coinciden chicos y chicas aunque sea por diferentes razones.
Como también coinciden en que precisamente por la importancia que tiene y que
se le concede, el cómo y, sobre todo, el cuándo vivirlo, debe ser algo exclusivamente
decidido por cada uno y por cada una. Sin embargo, a poco que se profundice
en el discurso, quedará patente que esa libertad de decidir está seriamente
comprometida por el “deber ser”, por lo que se supone que es “normal”, por lo
que los demás esperan, en definitiva, por el grupo. Y cuando decimos “por el
grupo” nos estamos refiriendo obviamente al grupo de pares. Si en algo están de
acuerdo los y las adolescentes es que, en lo referente al sexo, quien marca, y
finalmente dictamina, lo que hay que hacer es el conjunto de compañeros y compañeras
que componen el escenario, el guión y el público en el que el propio
comportamiento se representa. Los adultos y los padres, ya se sabe, tienen una
opinión preformada, que sirve poco como directriz, que más bien se contempla
como un elemento de diferenciación identitaria, y que no es más un telón de
fondo al que hay que hurtar la representación. La opinión y los criterios “técnicos”,
de maestros, médicos y otros componentes de la tribu de expertos, no están
mal, pero no son más que elementos fríos, descontextualizados, que no tienen en
cuenta la realidad, y que por tanto no valen para ordenarla.

Y lo que ese grupo de pares determina es que, más allá de un cierto límite (que
aunque no está claro y puede variar sensiblemente en función de contextos, en
ningún caso debería traspasar, estirando mucho, la barrera teórica de los 18 años),
no es “normal” no haber cumplido la expectativa de realizar el sexo. Éste sería un
mandato, que no por implícito deja de ser imperativo, y que limita severamente la
postulación inicial de que cada cual decide las circunstancias de su iniciación.

Esta iniciación se convierte, más allá de esa categoría de hecho trascendente que
individualmente se le otorga, en algo todavía más importante: un elemento que
modifica el estatus personal ante el grupo, un elemento que no sólo te convierte
en alguien diferente ante ti mismo o ante ti misma, sino que supone la asunción
de esa transformación por los demás.

Esta categorización del rito iniciático no puede no implicar un subrayado especial
de las expectativas y de los miedos que lo acompañan. Para ellas, sobre todo si,
tal como la expectativa plantea, la iniciación sexual resulta ser la culminación de
una relación satisfactoria, esa iniciación significará el cumplimiento del ideal:
serán maduras, podrán sentir y hablar desde un horizonte de tranquilidad liberado
de muchos miedos; incluso podrán profundizar en una investigación del deseo
sexual, que hasta entonces no han podido hacer porque el sexo aparecía como un
elemento secundario de otras aspiraciones; ya será el momento de ocuparse de
una satisfacción sexual que antes ha estado supeditada a otras prioridades. Evidentemente,
la intensidad de estas expectativas se acompaña de los inevitables y
correspondientes temores. En cabeza de estos temores, no ser suficientemente
atractiva como para ser candidata a la iniciación. Después, que por la naturaleza
inestable e incoercible del deseo de sus compañeros, la relación falle y con ello se
frustre la instalación en esa situación de madurez y tranquilidad de la que se
hablaba (la conocida fantasía temida, por ellas, de “una vez conseguido lo que
quiere, me dejará por otra”).

Para ellos, la iniciación es, ante todo y sobre todo, la materialización de su propio
“destino pulsional”, el acto final de esa representación del deseo que durante
tanto tiempo les ocupa. Por eso, la experiencia sexual concreta es algo que tienen
que buscar (por lo menos, que tienen que demostrar que buscan) en todo
momento, aunque esa prioridad en la búsqueda suponga dejar por el camino
muchas exigencias, incluso exigencias de las que el grupo considera importantes.
La autoestima y la aprobación de los pares se verán tanto más estimuladas cuanto,
por ejemplo, más valiosas sean las características de atractivo físico de la
chica con la que se plantea una relación; pero estas exigencias pueden pasar a
segundo término si, a partir de un cierto momento, la realización de la práctica
del sexo se entiende que no puede ser aplazada. Esta actitud positiva de búsqueda,
en muchas ocasiones sobreactuada, se ve tácitamente frenada por el miedo al
fracaso. Los adolescentes temen “no saber hacer” y que esa ignorancia condicione
un cierto fracaso ante la compañera de relación y ante el grupo; en última instancia,
temen “no dar la talla”.

Si, con todas estas consideraciones, la iniciación sexual se realiza, la reacción
espontánea en ellos será contarlo; es la maniobra obligada para cumplir con el
mandato grupal que el imaginario supone. Y contarlo enfáticamente, sin ningunas
restricciones, que no vienen al caso desde el momento en que la iniciación sexual
para el varón se convierte en casi una ceremonia pública. Las chicas también
deberán contarlo, pero de una forma y a unos interlocutores forzosamente más restrictivos;
las adolescentes y jóvenes vivirán su iniciación con cierto orgullo, pero
las más complejas circunstancias de esta iniciación las llevarán a comunicarla, no
sólo con más matices sino a unas personas, quizás pocas y señaladas, que estén en
condiciones de entender la riqueza de esos matices, y de acompañar y alentar las
expectativas que implícitamente están contenidas en la maniobra de iniciación.
La “pérdida de la virginidad” de las jóvenes ha dejado de tener el significado
estigmatizador que durante mucho tiempo la acompañó cuando no se daba en un
ámbito de circunstancias ortodoxas, pero está muy lejos de haber perdido la categoría
de rito iniciático, teñido de cierta trascendencia. Sigue siendo un momento,
entre ansiado y temido, lleno de expectativas y de miedo a la frustración de esas
expectativas, que supone la posibilidad de un cambio de estatus y la posibilidad
de una modificación de la propia manera de verse, y que precisa ser compartido y
apoyado desde miradas protectoras (miradas de amigas en las que se confía). Para
los chicos no está exento de temores, también supone la iniciación de una etapa
de maduración y diferenciación, pero su trascendencia viene en alguna medida
atenuada por el hecho de que finalmente sólo se trata de cumplir un requisito,
obligatorio e importante, pero que la representación grupal no señala más que
como un mandato hasta cierto punto rutinario.

SEXTO: LOS MIEDOS, O EL LADO OSCURO DE LA FUERZA

Todo el discurso del sexo, tanto en chicos como en chicas, se presenta trufado de
miedos. Miedos que se explicitan o que hay que adivinar, miedos muy definidos o
de perfiles difusos, miedos que se comparten o que crecen en la intimidad de
cada cual y sólo afloran cuando la ocasión se convierte en propicia o cuando
rompen los límites de la contención, miedos que tienen su origen en la fantasía de
los otros y miedos que se sustentan sobre la vacilante idea de uno mismo.
Las adolescentes, instaladas en el juego de la seducción, en el juego de mostrarse
dispuestas pero no siempre disponibles, moviéndose entre las expectativas exigentes
de la fantasía ideal y la necesidad de rebajar esas exigencias para cumplir las
demandas del imaginario grupal, temen antes que nada no estar a la altura de la
situación; no ser suficientemente atractivas, deseables y deseadas; o no ser suficientemente
contenidas para preservar la imagen que se exige. El sentimiento
posiblemente dominante en una adolescente enfrentada a tener que iniciarse en el
sexo, y a hacerlo en unas condiciones que no degraden su posición, es el sentimiento
de inseguridad; el temor dominante es el temor a la incapacidad de gustar.
Posteriormente se instala el miedo a que unos compañeros siempre formalmente
sedientos de sexo sean incapaces de, llegado el inicio de ese sexo, estar a la altura
de las expectativas de pareja que el imaginario impone que tengan las adolescentes
que comienzan su vida sexual. Se supone que los chicos eligen por el físico,
que en alguna medida frivolizan la elección. También se supone que las chicas
deben elegir a partir de una comunidad de intereses y de atractivos que, trascendiendo
lo físico, conviertan en realizables (al menos, que no conviertan en un disparate)
un proyecto de relación que, por mucho que se tema potencialmente frustrada,
debe aparecer como viable y satisfactoria. Este desequilibrio de niveles condiciona
una situación de fragilidad en la propuesta de relación, en el planteamiento
de la iniciación sexual, que grava básicamente sobre las chicas. Ellas tienen
miedo de “que se juegue con ellas”, de dejarse engañar por los propios deseos y
por las propias expectativas, en definitiva, de ser manipuladas.
A esto hay que añadir otros dos temores; el primero, el miedo al daño si no se
cuida con delicadeza el primer acto físico; el segundo, emanado de la convicción
de la representación femenina, que apunta a que en unas primeras relaciones
sexuales los chicos, por mucho que digan lo contrario, aunque se crean eso
que dicen, en el fondo “van a ir a lo suyo”, van a buscar primariamente su pura
satisfacción sexual, con cierta despreocupación de lo que sienta la pareja. Ésta,
por contra, como un correlato inevitablemente derivado de sus expectativas de
relación, tendrá que estar muy atenta a la satisfacción del otro, aun con el riesgo
de violentar sus propios deseos o con la amenaza de dejar en segundo plano
sus necesidades.
Si la relación se establece, aparecerá la espada de Damocles de la infidelidad. Los
adolescentes varones, “infieles por naturaleza”, incapaces de resistirse a su propio
deseo, casi de forma fatalista se conducirán de manera promiscua. Con el agra-
vante de que, adornados por el halo triunfador que otorga el éxito en las maniobras
de seducción múltiple, ese joven infiel termine por resultar paradójicamente
atractivo para otras chicas, que contribuirán a alimentar el miedo al abandono de
la potencialmente engañada.

Y lo que es más, en la necesidad de maniobrar para defender la propia posición y
la propia pareja, o para mantener el estatus de seductora, la chica se sitúe en una
tendencia de comportamiento que la lleve a tomar iniciativas, a mostrarse activa
en la búsqueda de la pareja sexual o en el mantenimiento de la que ya tiene, y
toda esta conducta termine por darle una imagen que, para toda la percepción del
colectivo juvenil pero sobre todo para la de los chicos, la catalogue como una
mujer fácil, con lo que eso supone de significación descalificadora.
El miedo de los varones discurre por cauces diferentes, al menos matizadamente
diferentes. En el comienzo, sintiendo que “tiene que hacer “ y temiendo “no saber
hacerlo”, las fantasías iniciales se sitúan básicamente en la amenaza de “no dar la
talla”. Esta amenaza se apuntala sobre la idea de que existe una cierta norma
sobre lo que se debe hacer y cómo hay que hacerlo, y sobre el temor de no
corresponder a esa exigencia. Mucho más, si la chica tiene experiencia y “puede
comparar”. La exigencia también se plantea en relación con ser capaz de traspasar
una frontera, que se supone que el chico tiene que tratar continuamente de
trasponer, pero en la que la llave última está en poder de la chica. Ellos no pueden
no querer, tienen que intentar continuamente la operativización de ese deseo,
pero son ellas las que deciden en última instancia si la culminación se produce o
no; y todo esto, por razones que no siempre quedan claras y que, en su propia
indefinición, contribuyen aún a enturbiar el horizonte y a oscurecer las estrategias
de actuación. Cuando la pareja, pareja sexual, queda establecida, puede ya producirse
una cierta tranquilización de las exigencias emanadas de lo que se supone
que se espera del joven. Al menos, éste ya habrá demostrado, y se habrá demostrado
a sí mismo, que puede acceder al estatus de joven varón maduro, capaz de
superar la barrera de la iniciación sexual; con ello podrá producirse una cierta disminución
de la ansiedad de la conquista y se posibilitará la incorporación a un
nivel existencial en el que ya no es tan necesario ni ostentar la necesidad de sexo
ni traducir esa necesidad en un comportamiento compulsivo de búsqueda explícita
y en exposición. El peligro estará en deslizarse más allá del límite de lo razonable
y pasar a representar la imagen de “varón domado”, excesivamente domesticado,
probablemente maduro pero también inquietantemente cercano a una postura
de pasividad que no es la que mejor consuena con las demandas del grupo.
Si, en un intento de evitación de ese último riesgo, los jóvenes varones pretenden
mantener una actitud de conquista, aparece otra amenaza: que la pareja se
rompa, que sea la chica la que, no queriendo asumir la situación, decida cortar la
relación. Para la fantasía masculina el riesgo de abandono se presenta como una
amenaza importante, no sólo por lo que objetivamente pueda suponer de pérdida
sino por la quiebra de imagen que, ante sí mismo y ante los compañeros, eso
pueda significar. De ahí que, si esa situación llega a materializarse, no sea extraño
que se den reacciones de derrumbe emocional, ni que estas reacciones traten de
evitarse en una especie de negación contrafóbica que lleva a la adopción de posturas
presuntamente autosuficientes y frivolizadoras de la ruptura; maniobras
defensivas que, no infrecuentemente, comportan el deseo de una huída hacia
delante, con exacerbación del intento de conseguir un comportamiento multiseductor
y promiscuo.

En definitiva, los miedos sexuales, superando con mucho lo que históricamente se
ha señalado (miedo a la estigmatización, al posible “daño” de la iniciación, etc.),
más allá de los miedos a los fracasos concretos y, desde luego, muy por delante
del sentimiento de amenaza de riesgos específicos (posibles embarazos, enfermedades
de transmisión sexual…), son temores referidos al juego de moverse entre el
tener que ser y el no estar a la altura. Son miedos que ambos sexos comparten
aunque las razones sean muy diferentes en cada caso y las formas de defenderse
no lo sean menos.

SÉPTIMO: EL INSOPORTABLE PESO DEL GRUPO

Por empezar con una afirmación que, con todas las limitaciones forzosas de la
simplificación, explique con rotundidad lo esencial que queremos transmitir en
este epígrafe, se puede decir que la sexualidad adolescente se ejercita en grupo y
que el proceso de maduración pasa por otro proceso de individuación, que va
haciendo al o a la protagonista independiente de ese grupo.
En efecto, no se puede entender la sexualidad de esos primeros años de su ejercicio
sin la presencia continua y decisiva del grupo de pares. Tan es así que este
axioma comienza por tener una influencia determinante, incluso para la construcción
de los propios resultados de la presente investigación. El discurso grupal
resulta mucho más contundente que los relatos individuales; no es que éstos últimos
lleguen a contradecir, ni a separarse radicalmente, del constructo teórico
que explicitan los grupos de discusión; pero es evidente que en estos últimos las
elaboraciones aparecen mucho más subrayadas, ocasionalmente hasta la caricatura,
y que es en ellos donde aparece en todo su esplendor el estereotipo. Es
como si en los grupos de análisis se recreara y se presentizara esa vivencia grupal
de la sexualidad que parece ser la norma, o eso cuentan, en los espacios de la
relación cotidiana. Incluso la ceremonia de festejar el diálogo (chistes, gritos,
interrupciones, aprobaciones entusiastas, etc.), parece remedar esa dinámica grupal
que, sobre todo los varones, cuentan que es la que reproduce su forma de
vivir la sexualidad.
Es el grupo el que, en tanto que depositario y emisario de los mandatos del estereotipo
de género, determina por dónde tienen que irse definiendo los roles de
cada cual. Es el que espera que el chico se muestre desinhibido, activo, depredador
y siempre supuestamente sediento de sexo. Es quien determina que la chica,
aun con reconocimiento de sus necesidades sexuales, se muestre más contenida,
más controladora y siempre a la defensiva. En el grupo se ejercitan los roles, el
grupo concede la aprobación o sanciona, en su caso, las desviaciones a las normas
implícitas que fijan los comportamientos de género. Por eso, más allá de la
quiebra de la identidad y de la autoestima que puede producirse cuando alguien
siente que no se ajusta satisfactoriamente a lo que se espera de su papel, es en el
escenario y en el horizonte grupal donde estas heterodoxias adquieren su auténtico
papel de desviación: la chica con un comportamiento excesivamente parecido
al de los chicos, los chicos que se conducen de una forma impropia para su condición,
aproximándose con ello a lo que se espera de las mujeres, los chicos y las
chicas que se separan del juego tribal, etc.
Por otro lado, ya decíamos que frente a la iniciación práctica de la sexualidad, el
papel del grupo resulta determinante. La sanción del colectivo determina cuándo
es el momento de hacerlo y arbitra y legitima las posibles excepcionalidades.
Incluso es el grupo el que, en buena medida, plantea las exigencias para esa iniciación,
llegando a determinar los criterios de elegibilidad de las parejas de los
miembros del grupo. El que la relación grupal sea mixta, chicos y chicas, no
implica en modo alguno que los roles se barajen y se confundan. A estos efectos,
la práctica grupal es la de disociar el colectivo en dos partes, el subgrupo de chicos
y el subgrupo de chicas, cada uno de ellos con su propia dinámica, y cada
uno de ellos observado por el otro desde una mezcla de curiosidad escandalizada
y desprecio benevolente.

También es pertinente la observación de que el grupo, como corresponde en una
actividad que tiene esta tan subrayada dimensión colectiva, no sólo asume el
papel normativo, lo que hay y lo que no hay que hacer, sino que también se
emplea a fondo en el impulso y en la defensa de las prácticas que esa norma
implica. El grupo funciona como auxiliar de la actividad sexual de sus integrantes,
dando soporte emocional, animando, estimulando y proporcionando apoyo instrumental
(desde el favorecimiento del anonimato, hasta el ejercicio de tareas de
intermediación).
No resulta extraño escuchar que, cuando la actividad sexual de alguien corre el
riesgo de derivar en una relación de pareja estable, esto suscite en el grupo determinadas
reacciones defensivas y algunas vivencias de rivalidad. Por supuesto,
sobre todo en el caso de las chicas, el grupo debe aprobar la elección de pareja.
Pero es que, además, también en el caso de las chicas, las amigas van a vivir que,
cuanto más firme es la pareja tanto más riesgo habrá de que se provoque una disgregación
del colectivo; circunstancia que se da menos entre los varones, que una
vez que los amigos han aprobado a la pareja, tienden a integrar a ésta en el grupo.
Este ejercicio de rivalidad pareja/grupo llega en ocasiones, más frecuentemente en
los varones, a relegar el momento de la elección de la pareja para que no ponga
en riesgo el sentido de pertenencia y la dinámica de integración grupal.
Ni que decir tiene que todo lo anterior implica que lo sexual, al menos en el
plano del relato verbal, debe ser compartido grupalmente; a través de un discurso
estentóreo, exagerado, lleno de detalles concretos, en muchas ocasiones escatológicos,
en el caso de los varones; a través de un relato con menos detalles pero con
muchos más matices emocionales, también más lleno de dudas y cuestionamientos,
en el caso de las chicas.

Una cuestión de especial importancia, que en esta investigación ha quedado sin
resolver en la medida en que ha permanecido oculta, es cómo se cumple con las
expectativas del grupo en el caso de las expresiones homosexuales. En estas primeras
etapas parece que el estereotipo grava con excesivo peso sobre esas opciones,
bloqueando en alguna manera su expresión; de ahí que tengan dificultades
para manifestarse en el discurso colectivo.
Todos están de acuerdo en que el proceso de madurar conllevará inevitablemente
una cierta separación del colectivo, no contar, no compartir; y moverse por criterios
más autónomos, menos dictados por la mayoría. Hasta que ese momento llegue,
hasta que hayan finalizado los “días de vino y rosas” de la adolescencia,
todos se dedican con entusiasmo a la celebración del rito sexual compartido.

OCTAVO: MOMENTOS PARA “DESFASAR”

Desde el constructo del imaginario social de los jóvenes, lo que caracterizaría al
sexo adolescente, junto con sus rasgos de explosividad formal y con la dimensión
grupal que ya hemos comentado, sería su consideración, en muchas ocasiones
categorizada como frívola, de comportamiento ocasional. El adolescente, más que
la adolescente, busca continuamente ocasiones (más bien está instalado en una
apariencia de búsqueda constante), sin que esas ocasiones, por mucho que puedan
traducirse en realizaciones concretas, tengan el carácter de compromiso que
él mismo supone que debe tener el sexo más maduro.
Desde la perspectiva de los más jóvenes habría una diferencia básica entre esa
forma de comportamiento sexual en la que, en el caso de los chicos, prima la
celebración del propio papel y la búsqueda de lo lúdico en el ejercicio de la
sexualidad, y el sexo de pareja con pretensiones de continuidad, que inevitablemente
está connotado por un matiz de compromiso. Es el compromiso el que
supone un ejercicio de madurez, como también es el compromiso el que, si se da
extemporáneamente, puede arruinar los placeres de la celebración. Por eso, las
jóvenes, incluso las adolescentes, que presionadas por su rol de género deben
incluir en su proyecto sexual un elemento de emocionalidad comprometida, son
vistas (y ellas mismas se ven) como en cierta medida ajenas a la fantasía de la
sexualidad como ejercicio orgiástico de libertad.
En la representación de los jóvenes, el sexo que corresponde a su edad y a sus circunstancias
es básicamente el sexo ocasional, el que aparece como fin en sí
mismo y el que, lejos de agotar el deseo, parece retroalimentarlo en una espiral
continua de búsqueda. Obviamente, esa es la fantasía que prioriza el discurso gru-
pal; que, luego, los miedos y las limitaciones de la realidad conviertan la cosa en
algo frecuentemente mucho más prosaico, donde el deseo insatisfecho termina
por ocupar más espacio que el realizado. Entre los varones, el discurso aparece
nítido, en la medida en que es sintónico con su imaginario grupal. En las mujeres,
la formulación es mucho más vacilante porque, sin llegar a negarse del todo, la
deseada ocasionalidad del momento viene matizada por sus autoexigencias de
componentes emocionales, y por las exigencias grupales de que se adapten a sus
propias limitaciones de género, salvo que quieran verse estigmatizadas por el
señalamiento de los otros.

Es evidente que este énfasis en el sexo ocasional no niega las limitaciones del
mismo, que se reconocen pero que se entienden como un precio razonable. Es
como si, en cuestión de sexo, los adolescentes varones prefirieran la cantidad a la
calidad, y se conformaran pensando que más tarde llegará el momento en que la
propia pareja, una vez estabilizada, y habiendo ellos madurado, proporcionará
ese descubrimiento de la calidad que ahora se mantiene en un segundo plano. Por
su parte, las chicas, en un tono resignado, terminan por reconocer formalmente
que esa exigencia de calidad en sus relaciones sexuales se ve severamente amenazada
por el hecho de que el “egoísmo” y la “naturaleza sexual” de sus compañeros
harán poco por procurarles satisfacción, y porque el volcar su interés en buscar
la satisfacción del otro limitará sus propias posibilidades.

En cualquier caso, todos ellos, chicos y chicas, reconocerán al espacio de ocio
como el momento y la oportunidad ideales para la búsqueda y para la materialización
del sexo ocasional. No es sólo que, evidentemente, los objetivos que se
buscan con ese sexo ocasional sean más fácilmente alcanzables en los momentos
y en las circunstancias de esparcimiento; más allá de eso se trata de que, entre
todos, chicos y chicas, jóvenes y adultos, se ha contribuido a construir una dimensión
para el ocio en la representación social, que cada vez ocupa una mayor proporción
del proyecto existencial de la persona y que cada vez presenta menos
límites en sus expectativas de diversión y de explotación de las posibilidades y
límites del presente. El ocio, sobre todo el ocio juvenil, se fantasea pleno de estímulos
y sin unos límites normativos precisos; estaría construido por momentos y
situaciones en los que lo que prima es la búsqueda de lo placentero, de una cierta
fantasía de plenitud, y a ello se supedita todo, aun a costa de una abolición transitoria
de las reglas sociales.

Los chicos y las chicas que quieran integrarse en esos espacios de diversión deberán
ir predispuestos para ello, tendrán que prepararse convenientemente (ropa,
imagen, estilos...), tendrán que situarse en las actitudes necesarias, y deberán estar
dispuestos a utilizar, explotar y aprovechar todos los elementos complementarios
de la situación. La música, los itinerarios, los ritos, los consumos, los estímulos...,
no menos que la actividad sexual, forman parte de esa construcción del ocio en la
que la ocasionalidad y la transitoriedad del comportamiento dejan de ser una consecuencia
de la situación para llegar a constituirse en un elemento esencial, en
una condición de posibilidad, del disfrute.

NOVENO: EL PODER Y LA CULPA

Hablar de relaciones de poder, cuando se trata de la interacción sexual en adolescentes
y jóvenes, sin que de forma alguna se esté hablando de relaciones patológicas,
de tufo sadomasoquista, sino de las relaciones supuestamente normales y plenamente
integradas en la representación social, quizás parezca exagerado. Sin
embargo, tampoco parece claro de qué otra forma denominar una dinámica de
relación en la que se pone en juego la seducción pero también el sometimiento,
la comunicación pero también el sentido de posesión, el placer y la frustración,
los miedos y la vulnerabilidad. Quizás cabría hablar de dominio, de sentido de
pertenencia, de pulso de voluntades, de dinámica tensional entre individuos y de
estos individuos con el grupo, etc. En cualquier caso, aunque sea una cierta licencia
literaria, de poder.

Y el poder, en las relaciones sexuales tal como las vive el imaginario del estereotipo
adolescente, gira alrededor de una convicción nuclear: “los chicos siempre
quieren, y las chicas siempre pueden”. A partir de ahí, en una primera aproximación,
podría decirse que la clave de acceso a la realización del deseo, el poder en
definitiva, lo tienen ellas. Las chicas serían las administradoras de los procesos
que convierten en realidad esa fantasía desiderativa que supuestamente invade el
todo del adolescente.

No obstante, esta primera aproximación queda matizada por otro elemento, sin el
cual no puede entenderse en este caso el ejercicio del poder, y que tendría que
ver con la responsabilidad del ejercicio del mismo. Es lógico pensar que, precisamente
quien detenta la posibilidad de ordenar, el depositario del poder, es quien
tiene inevitablemente que vivir las dudas sobre el correcto ejercicio de ese poder,
quien debe sentir la responsabilidad. A su vez, de esta responsabilidad que implica
el ejercicio del poder, podrían derivarse tanto algunos sentimientos de inseguridad
como las correspondientes vivencias culposas derivadas de los errores del
ejercicio. En un equilibrio de emociones, en una situación existencial paritaria,
sería lógico entender que quien detenta el “poder hacer”, precisamente porque
puede, sienta determinadas dudas sobre la dirección correcta de sus decisiones, y
se vea expuesto a las sensaciones de fracaso y culpa derivadas de posibles errores
en esas decisiones, pero que compense ambas tendencias de forma armónica.
Evidentemente estamos hablando de una situación teórica de equilibrio, de una
dinámica razonable en el ejercicio del poder y de la responsabilidad. En los casos
concretos, el resultado de esa dinámica tensional, que domine la vivencia placentera
de la capacidad de obrar o que dominen las sensaciones ansiógenas emanadas
de la inseguridad en las propias capacidades y de la culpa por los propios
errores, va a depender del punto de equilibrio que se establezca entre lo que
siente que se puede y lo que se teme no poder. En definitiva, que se ponga en primer
plano el poder o que se sitúen ahí los sentimientos de inseguridad, dependerá
de las circunstancias de vulnerabilidad de quien tiene que ejercer el comportamiento
positivo.

En el ejercicio de poder determinar el tipo de relación sexual, el momento y la
categoría de esta relación, las chicas “que tienen que controlar y tienen que decidir”
se ven lastradas por una triple circunstancia de vulnerabilidad: ante sí mismas,
ante sus parejas sexuales y ante el grupo de referencia, que es quien enjuicia
el ajuste o no a lo que la representación dicta.

Ante sí misma, la chica adolescente se siente enormemente vulnerable. Más allá
de la vivencia de su propio desconocimiento sobre la experiencia del sexo (con lo
que eso supone: siempre se enfatiza y se exagera lo que se desconoce), ya hemos
señalado suficientemente entre qué ambivalencias se mueve la postulación femenina:
entre la necesidad de atender el deseo perentorio del compañero y el miedo
a que si lo atiende éste perderá interés por la relación; entre la necesidad de participar
en el juego de la sexualidad y la contención que se exige a su propio rol de
género; entre el conocimiento de que es ella la que puede decir sí o no, puesto
que él siempre quiere, y el saber simultáneamente que no se espera que tome la
iniciativa; entre la primacía de los objetivos marcados por los afectos y la necesidad
de atender demandas articuladas desde el puro deseo sexual.

Ante sus parejas, las adolescentes también se viven muy vulnerables, con una
vulnerabilidad edificada sobre el temor íntimo de defraudar o de ser defraudadas.
Un miedo a defraudar que, cuando se monta sobre el temor de no cubrir las
expectativas sexuales del otro, se entiende fácilmente, pero que también obliga a
incluir un elemento complementario integrado por la ansiedad de que si se sienten
defraudadas, sobre todo si la pareja lo nota, la relación corre riesgo severo de
arruinarse. Además, la fragilidad de la adolescente ante una posible pareja se
intensifica con la visualización de esa pareja como un ser sexuado, que ni tiene
posibilidad de controlar ni tiene posibilidad de reprimirse; el temor a la infidelidad
parece una amenaza permanente, mucho más desde el momento en que el
imaginario colectivo no sanciona la infidelidad del varón sino que, en muchas
ocasiones, paradójicamente, la emplea para adornarlo con “virtudes” complementarias:
el promiscuo es el “campeón”. Si a esto se añade la figura de la compañera
depredadora, amenaza perpetua de rivalidad, que no sólo puede suponer
una tentación para el compañero sino que potencialmente va a desarrollar un
comportamiento activo de competencia (se supone que a las otras chicas, más
“ligeras”, les atraen especialmente los jóvenes con pareja, que se ven como más
“triunfadores sexuales”), el resultado es que las adolescentes viven desde una
enorme fragilidad todo el desarrollo de una relación, ya de por sí suficientemente
ambigua e inestable.

Finalmente, el grupo termina por constituirse en ese tribunal severo que despierta
todos los miedos, los miedos a que se sentencie que se ha fallado y los miedos a
ser sancionada. Es el grupo, depositario básico de la representación colectiva
(aunque ésta, obviamente, también se infiltra en lo personal), el que exige a la
adolescente actuaciones que, muy frecuentemente pueden aparecer como contradictorias,
como nudos de conflictos irresolubles; a la adolescente se la exige que
juegue el juego sexual y a la vez que lo controle. Y, al enjuiciarlas, el grupo se
muestra con ellas infinitamente más severo, por no decir agresivo, que con ellos.
Independientemente de la categorización moral que pueda merecer una conducta,
la ejerza quien la ejerza, en el ámbito de lo sexual la condición femenina
supone casi siempre un agravante. La infidelidad de ellas merece calificativos y
actitudes sancionadoras más severas, el comportamiento de búsqueda activa
merece catalogaciones menos permisivas, etc.

Esta compleja situación de vulnerabilidad del rol de género de la mujer, que carga
muy especialmente en las mujeres adolescentes y jóvenes, podría sintetizarse, en
un resumen un tanto forzado, en una consideración: ante la irresponsabilidad de
los varones (que no es culpa de ellos sino de su naturaleza, y que por lo tanto no
merece ningún reproche), son ellas quienes tienen que decidir (y por tanto son las
que pueden ser señaladas como culpables si algo sale mal). El poder se convierte
en carga, y lo que en principio podía verse como una situación de privilegio termina
por transformarse en una condena. La carga es responsabilidad, y la responsabilidad
implica culpa y, con ello, sufrimiento.
Si la relación sexual entre los adolescentes sale mal por algo atribuible a las chicas,
se señala unánimemente a la responsable: ella falla y siente que falla. Si en
esa relación sexual lo que falla es algo atribuible primariamente al varón, la chica
también sentirá que es ella la que ha fallado, porque debería haberlo previsto y
porque debería haber sido capaz de corregirlo. Buscando una aseveración rotunda,
que no por simplificada deja de ser cierta, podría decirse que ellas tienen que
ocuparse de la satisfacción sexual de ellos, que tienen que mostrar que no renuncian
a la propia satisfacción personal, que tienen que mantener esa satisfacción en
los límites que marca el imaginario, e incluso que, aun desde la perspectiva de
mayor interés personal, si tienen que disfrutar es, también y a veces sobre todo,
para que él disfrute.

DÉCIMO: UNAS NOTAS PARA “PREVENTÓLOGOS”

Desde numerosas voces, fundamentalmente de expertos e instituciones, se viene
avisando de cómo, pese a los esfuerzos que en el campo de la información y de la
facilitación de medidas protectoras se han venido articulando, las situaciones conflictivas
derivadas de disfunciones o desajustes en el comportamiento sexual de
los jóvenes no han dejado de aumentar. Embarazos no deseados, también en adolescentes,
enfermedades de transmisión sexual, violencia de género en jóvenes,
etc., parecen no estar siendo evitados con eficacia.

Quizás la relectura atenta de algunas de las conclusiones de ese informe, trascendiendo
el mero enfrentamiento mecánico con los datos descriptivos, dé
algunas pistas, si no de qué está fallando, sí al menos de qué cosas no se están
abordando en toda su complejidad. Por poner un solo ejemplo de lo que queremos
decir, la cuestión quizás no sea tanto seguir insistiendo en el acceso facilitador
a los condones (cosa, cuya necesidad, por otra parte, no se pone en duda)
cuanto tratar de abordar aquellos elementos que impiden que el colectivo juvenil
los use de manera integrada y cómoda.

En la pervivencia del estereotipo, en algunos de sus rasgos más extremos, podemos
encontrar pistas para explicar, aunque sea parcialmente, esa pervivencia
monstruosa de la violencia de género. Este fallo evidente del proceso socializador,
del proceso de civilización en suma, probablemente tiene sus raíces más profundas
en la atribución de unos roles de género que propician que, afortunadamente
en una minoría condicionada por otras variables, aparezca y crezca una dinámica
que hace más posible esa agresividad, sobre todo dirigida a mujeres. Acaso, mientras
no entendamos que esos episodios de violencia trágica tienen su origen remoto
en un constructo social que entre todos mantenemos y que, en muchos casos,
parece que celebramos frívolamente, mientras los interpretemos como epifenómenos
derivados de personalidades anormales, que poco tienen que ver con una
supuesta sociedad sana, difícilmente estaremos en condiciones de abordar con
eficacia la globalizad de esos problemas.

Por otro lado, en una perspectiva más específica, ciñéndonos a aquellas cuestiones
que más prototípicamente representan los llamados riesgos del comportamiento
sexual (los embarazos indeseados y las enfermedades de transmisión
sexual), creemos que es preciso plantear algunas consideraciones previas a la
implementación de estrategias preventivas, y probablemente necesarias para la
eficacia de éstas.
Lo primero que hay que decir es que el problema no parece estar en que adolescentes
y jóvenes no conozcan los riesgos de determinadas formas de relación. Tienen
información sobrada al respecto. La cuestión estriba más bien en que esa
dimensión de riesgo no es vivida en esos momentos con idéntica preocupación a
la que viven los mayores. Dicho de otra manera, para muchos jóvenes y adolescentes,
los riesgos están ahí pero “no son para tanto”. La posibilidad de quedarse
embarazadas es vivida por las chicas desde una perspectiva que, en alguna medida,
minimiza la dimensión emocional de la amenaza. Primero, porque se entiende
como un accidente que, por mucho que sea de consecuencias desagradables,
como cualquier accidente, no merece que toda la vida se modifique en la previsión
del mismo: “si tiene que pasar que pase, pero no me voy a arruinar la vida
pensando que puede pasar”. Después porque, pese a lo que el discurso políticamente
correcto preconiza, el peso de la influencia de los estereotipos en los roles
de género hace que, todavía, haya una cierta forma de expresión del “sentido
maternal” en muchas adolescentes y jóvenes; un sentido que en modo alguno se
manifiesta en un deseo explícito de tener hijos en ese momento, pero que sí desarrolla
una actitud, en cierto modo fatalista, de “si vienen, ya sabré sacarlos adelante”.
Esto, unido a esa dimensión de accidentabilidad del embarazo (como si
dependiera de circunstancias ajenas a la propia voluntad) relativiza enormemente
la preocupación o el cuidado con que las chicas plantean la evitación del embarazo.
Y nos referimos básicamente a las chicas porque, pese a todo, incluso pese a
la irracionalidad del planteamiento, es a ellas a las que se atribuye el compromiso
preventivo. Serían ellas las que, eso dice el imaginario, sufren las consecuencias y
son ellas básicamente las que tienen que preocuparse en prevenirlas. Una vez
más, esa ambigua atribución, que por una parte considera al rol femenino como
algo frágil, que despierta todo tipo de preocupaciones, y como algo fuerte, que es
capaz y responsable de todas las maniobras decisivas.

También en el mismo sentido conviene recordar que, como ya hemos dicho, el
conocimiento del riesgo no implica en modo alguno que ese riesgo se viva con la
misma dimensión de peligrosidad por todos, que se “cuantifique” de manera
idéntica. Así hay que señalar que, en este momento, la vivencia que muchos adolescentes
y jóvenes tienen sobre las enfermedades de transmisión sexual dista
mucho de ser la que se supone que debe corresponder a los niveles de información.
En el fondo, para esos muchos chicos y chicas, el sida y la infección por
VIH son una amenaza en cierta medida superada, que no despierta los fantasmas
amenazadores del pasado; y otras infecciones, sencillamente no preocupan. No
se trata sólo de esa ignorancia del riesgo, sobre todo del que se traduce en enfermedades
y amenazas físicas, que es característica de la adolescencia; más allá, se
trata de que estos adolescentes parecen haberse instalado en una representación
colectiva, sin duda vicaria de la representación social global, que ha eliminado
en buena parte la amenaza aterradora de esas enfermedades, o que sencillamente
las da por superadas.

Además, frecuentemente olvidamos que la imagen de determinadas maniobras de
prevención es fundamental para su posibilitación o para imposibilitar su puesta en
vigor. Por ejemplo, sigue siendo obvio que el condón no gusta a adolescentes y
jóvenes; a los chicos, porque lo viven como una barrera supuesta para su placer; a
las chicas porque temen, si lo imponen, generar una brecha en la relación, que
ellas creen que debe ser plenamente gratificadora, con su pareja. Además, a lo
anterior se añaden los prejuicios emanados de la peculiar interacción entre géneros
que determina la representación colectiva. Así, el varón presentará reticencias
a llevar, y mostrar que lleva, un preservativo cuando va a participar en situaciones
festivas en las que todo el mundo imagina que se propicia el “ligue”, por miedo a,
si esta fantasía de seducción no se realiza, quedar como fantasioso, ingenuo o
ridículo; expresado de otra forma, muchos chicos se resisten a llevar condón porque,
si no se produce una situación en la que tengan oportunidad de usarlo, eso
supondría una quiebra de su imagen grupal. Por su parte, las chicas también
muestran reticencias a llevar condones porque temen que eso se interprete como
una disposición excesivamente activa de cara a la relación sexual, disposición
que hasta cierto punto se aparta de ese papel de sujeto pasivo de la seducción;
ella, la chica, es quien decidirá en última instancia si se da o no la relación
sexual, pero se supone que toda la iniciativa para ésta debe partir del varón. Que
sea la mujer la que lleve los profilácticos puede ser interpretado como una desviación
a la norma que dicta el estereotipo.

Una actitud totalmente contraria se da con la “píldora”, que los chicos ven, más
allá de un instrumento de prevención del embarazo, como la señal inequívoca
de que han establecido una relación garantizada (¿de sometimiento?) con su
chica; por otra parte, las jóvenes, asumiendo en cierta medida el constructo de
los varones, también subrayan la estabilidad en la relación que parece que se
atribuye a esta forma de prevención del embarazo, y además parecen valorar de
manera especial la categoría simbólica de “entrega” que frecuentemente se asocia
a la “píldora”.

En otro orden de cosas, acaso con un carácter más general, es preciso recordar en
qué contexto se dan con más frecuencia las relaciones sexuales en los chicos y
chicas más jóvenes, incluso en qué contexto se dan casi exclusivamente. Señalábamos
que, en estas edades, parece preferirse el sexo ocasional, en la medida en
que se le considera más propicio para las intencionalidades implícitas, para la
agenda oculta, que hemos descrito ampliamente. Los jóvenes reconocen que,
desde el punto de vista emocional, incluso desde la perspectiva de la intensidad
de la vivencia sexual, ese sexo de ocasión deja mucho que desear; improvisado,
atropellado, un tanto mecánico, “por cumplir”, no conforma las relaciones idealmente
deseables. La intensidad y la calidad del sexo se sitúan más bien en el
ámbito de la pareja fija, de la relación estable, que permite completar y complicar
la relación, que permite explorar y ser explorado. Pero esas relaciones más estables
quedan para el futuro; son un proyecto que, en el momento de la adolescencia
y de la primera juventud, resulta intempestivo y extemporáneo.

Pues bien, el sexo ocasional se da básicamente en el contexto de los momentos
de ocio; en muchas ocasiones, es ese sexo ocasional el que define la intencionalidad
básica del ocio: “se sale para pillar”. Y esos momentos de ocio constituyen el
espacio para “desfasar” que ya hemos descrito. Es un espacio/tiempo que se concibe
para la diversión, donde las reglas sociales más ortodoxas quedan abolidas,
siquiera sea temporalmente, y donde se admite que cualquier ruptura de la norma
tiene su momento de legitimidad. Es un contexto en el que todo se configura y se
confabula para la desinhibición dirigida a lo lúdico, donde no cabe la norma
reguladora y donde se sobreentiende un paréntesis de irracionalidad que, en alguna
medida, lo legitima todo. La música estimulante, el alcohol, los ritos de acercamiento,
la confusión y el ruido, por mucho que puedan prefigurar un cuadro tópico,
tienen un asiento de realidad en estos espacios y, todos ellos, son elementos
destinados a la misma intención. La relación sexual es no sólo un objetivo finalista
sino también un elemento constituyente de todo este marco. Una relación sexual
estable y contenida choca frontalmente con este imaginario; en él encajan infinitamente
mejor los encuentros esporádicos, más o menos estimulados artificialmente,
relativamente acríticos y, a eso vamos, huérfanos de cualquier estrategia
dictada por la prudencia.

En ese contexto, la utilización de medidas preventivas, una vez más el socorrido
ejemplo de los condones, está un tanto fuera de lugar. Nada en la situación favorece
la adopción de estrategias dictadas por la prevención, por mucho que éstas
sean sobradamente conocidas, sino todo lo contrario. Por decirlo simplemente, el
contexto de ocio no facilita sino que se opone a las posiciones prudentes. En esa
situación, la utilización de medidas preventivas se convierte en un acto de voluntad
personal, con ribetes casi heroicos. Es obvio que estas consideraciones no
pueden generalizarse y pueden parecer un tanto exageradas, pero no lo es menos
que son muy pertinentes en muchos casos, y que contemplarlas quizás ayudaría a
explicar algo mejor el porqué de esa falta de utilización de recursos cuya utilidad
teórica nadie pone en duda.
Finalmente, una última consideración para todos aquellos, expertos e instituciones,
que se preocupan por la prevención de riesgos. Como todas las consideraciones
anteriores, ni es un fenómeno universal ni supone una situación inevitable.
También como todas las reflexiones anteriores, si se trae a colación en este
momento es porque parecería útil tenerla en cuenta, no plegarse a ella pero sí
tenerla en cuenta, a la hora de diseñar programas de evitación de riesgos. Esta
última consideración atañe a algo que también hemos adelantado: en lo que se
refiere a la sexualidad, a la hora de otorgar legitimidad a alguien para opinar,
orientar y aconsejar, los adolescentes no sitúan precisamente en lo alto de su
jerarquía ni a los padres, ni a los maestros, ni a los expertos sanitarios. A los
padres porque los viven lejanos a sus intereses (no sólo los ven sino que quieren
verlos lejanos, como una forma de reforzamiento de la propia identidad diferencial)
y básicamente controladores y reprobadores; a los expertos porque “saben
pero son excesivamente teóricos”, con unos conocimientos exactos pero alejados
de los intereses primarios de los jóvenes, autores de unas orientaciones que son
igualmente poco cuestionables y poco útiles. Evidentemente, padres y expertos no
pueden legítimamente renunciar a su obligación educativa y socializadora. Sólo
que tendrán que enfrentarla sabiendo exactamente cuáles son las dificultades para
la misma y qué barreras deben superar para conseguir la atención, y la credibilidad,
de los adolescentes.