viernes, 19 de octubre de 2007

4. TEORÍAS SOBRE LA MASCULINIDAD: Esencialistas, Monick y el falus

Para otros esencialistas, el sustrato básico de la identidad masculina no deriva tanto de la genética o los espermatozoides como del falo. Esa es la posición que defiende Eugene Monick, para quien “los hombres son falo –identificado con erección y nunca con un pene flácido-. (...)El falo es concebido como fuerza originadora y (...) como elemento primordial de la psique”, entendida ésta al modo jungiano.

Carl Jung había concebido la psique “en el sentido original griego de alma, esa parte de la experiencia humana que llega a uno desde adentro”, que interactúa con el “mundo exterior, pero en ningún caso como un epifenómeno de éste”

La masculinidad sería, entonces, un mundo interior esencial y no un producto externo o social. Un mundo sin historia, que es común a todos los hombres pero que les trasciende. En este mundo transpersonal es donde se encuentra la fuente de la cual emana la identidad masculina. Para Monick, aunque este mundo no le era completamente desconocido antes de contemplar el falo paterno, tuvo que producirse este episdio para tener la revelación de qué seignificaba la masculinidad.

“Era un mundo que de alguna manera yo sabía que existía, pero hasta esa revelación no tenía ninguna imagen tangible que encarnara mi incipiente sentido interior (...) Él y yo estábamos unidos dentro de una identidad masculina que tenía sus raíces más allá de ambos”.

Monick ha atribuido al falo una “naturaleza sagrada” pues para un varón “el falo porta la imagen divina interior de lo masculino”. De aquí que, según este autor, se pueda explicar que la disminución de nuestra masculinidad se iguale a la pérdida del órgano sexual masculino, mientras que el logro de la virilidad se iguale a su uso activo. Convertido en un “símbolo religioso y sicológico”, el falo “decide por su propia cuenta –independientemente de las decisiones del ego de su dueño- cuándo y con quién entrar en acción”.

Presentado como un “arquetipo en su esencia”, los “hombres no pueden –por más que deseen lo contrario- hacer que el falo obedezca al ego. El falo tiene su propia mente”. Así, este ente divinizado y autónomo, “gobernado por su propia ley o naturaleza interior” coloca el tema del origen de la identidad masculina afuera de cualquier explicación de origen cultural y lo ubica en este mundo-interior-transpersonal.

No obstante, si la cultura juega un papel, en la perspectiva de Monick se trata de uno represivo y no genético: la cultura inhibe la “conducta fálica”. Basado en su propia experiencia señala que antes de su “revelación” en el lecho paterno:

“El falo estaba reprimido en las estructuras culturales de mi socialización: educación, civismo, profesión. En ese mundo no hay lugar para el falo como imagen divina; no le permite participar en la vida cotidiana”.

Según él, de la misma manera en que se evade culturalmente al falo “como imagen divina”, los hombres estarían ocultando “su fuete de autoridad y poder no exponiendo su sexualidad, sus genitales”.

Aún así, existiría un “deseo masculino de participar en la cofradía –veneración masculina del dios-”. Esto se concretaría en rituales de pasaje como los existentes en Uganda, donde: “...la circuncisión masculina era motivo de una gran celebración tribal. La circuncisión ritual era la forma en que un niño se convertía en hombre, y era necesario que el joven pasara la severa prueba sin retroceder ni acobardarse”.

De manera consecuente con su postura esencialista, Monick pareciera encontrar en tales rituales no uno de los factores sociales que intervienen en la construcción de la masculinidad sino, más bien, la muestra de que el mundo interno tiene que ser sacado de su letargo. Otras autores, también de inspiración jungüeana, comparten la idea de que existen “estructuras profundas de la psique masculina” que deben ser desbloqueadas por rituales tribales homosocializadores.

En este caso serían el “patriarcado” y el “feminismo”, quienes habría contribuido a generar este bloqueo o, en otros términos, a impedir una “conexión adecuada con las energías masculinas profundas e instintivas, con los potenciales de la masculinidad madura”, tal y como hemos reseñado en otro lado