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sábado, 11 de septiembre de 2010

EROS: amor, emociones e identidades de diseño en el capitalismo contemporáneo








Eloy Fernández Porta: Desmenuzando el €®O$ 

Fuente: http://www.revistadeletras.net/eloy-fernandez-porta-desmenuzando-el-e%C2%AEo/

Por Iván Humanes | Entrevistas | 7.07.10
Eloy Fernández Porta durante la sesión de spoken word "€®O$ Session" en la FNAC de Sevilla (Foto: Rubén G. Herrera)

€®O$. La superproducción de los afectos, del autor barcelonés Eloy Fernández Porta (1974) ha sido galardonado con el último Premio Anagrama de Ensayo. En el mismo el autor desarrolla a través de diez teletextos un discurso creativo sobre el amor que se desarrolla en el Mercado Afectivo, donde las corporaciones lo producen, los terceristas obtienen su beneficio y los medios lo transfieren. La sociología de las relaciones personales encuentra en su camino a Ovidio, Shakespeare, Chuck Palahniuk, Paris Hilton, los hermanos Coen, las series de la Fox, Los Planetas y Astrud o los Magnetic Fields. Una actualísima visión sobre la sociología de las emociones para una nueva concepción del término eros.
Comencemos con el título de tu ensayo. Indicas en las primeras páginas que las siglas que conforman €®O$ son una secuencia conceptual, discursiva y material de las relaciones contemporáneas. ¿Qué son cada uno de estos símbolos? ¿Cuál es la diferencia que estableces con el eros clásico?

Mientras iba preparando el libro, que me ha llevado años, de hecho tenía una primera versión preparada antes de Homo Sampler, el anterior ensayo, iba manejando distintos títulos de trabajo. Quería un título que conjugara los dos ámbitos: el materialismo y el afecto. Uno de ellos era MastercArteDeAmar. Durante una temporada el libro se titulaba así pero me di cuenta que eso podía funcionar como título de sección pero no como título de libro, era un poco trabalenguas, así que lo dejé para una sección. Otro título era Emociónese y así, que al final lo dejé para el libro el siguiente, y me quedé con €®O$. El libro gira alrededor de la sociología de las emociones y dentro de esta corriente hay toda una línea, en el capítulo de Hoy me siento Fox lo comento, de títulos que le dan vueltas a estos temas: la comercialización de la vida íntima, la venta de la intimidad, las intimidades congeladas. Yo quería un título que estuviera en esa línea, que transmitiera esos dos mundos, pero que fuera más gráfico, más juguetón, más logo. Y ahí fue cuando di con el título de €®O$, que me permitía conjugar los dos sentidos de lo económico, lo registrado, lo corporativo. Y si al principio me parecía que no cuadraba porque la O no se puede hacer en forma de logo, luego me di cuenta, precisamente, porque la O es una letra, que es el resto humano, alfabético, no comercializado, que sigue existiendo en el amor aunque no lo parezca. Así que la O rodeada de esos tres otros símbolos parece más humana, más verdadera, y ahí una de las tesis del libro: el economicismo no expulsa de las relaciones la moralidad ni la autenticidad del sentimiento, sino que hace que la moralidad se vuelva más importante y más llamativa.
De hecho, en algún momento indicas que esa O puede ser un cero, reducto de la intimidad de la persona… En el ensayo abres con un cartel de Cash Converters que incita a vender los regalos del novio o de la novia por venganza: “Tu novi@ te ha puesto los cuernos? Véngate vendiéndonos los regalitos que te hizo.” En este sentido, háblanos sobre la separación. Dices que la separación es el momento económico por antonomasia, donde el hombre se reformula, se reconstruye, una renovación del sujeto como producto tras la separación.

Yo lo plantearía así: con la separación se acaba el amor pero empieza el discurso sobre la autenticidad el amor, que no es preexistente a la ruptura. Este punto se ve especialmente en el acervo que utilizo como base, que es la elegía amorosa latina, una poesía de amor infortunado donde no existe el amor realizado y el poeta siempre se expresa abandonado, despechado, y ésa es la situación que lo hace poeta y es el momento que permite articular el discurso ético del querer. Antes de la separación la relación ocurría en piloto automático y sin mayores consideraciones morales. Después de la ruptura emerge el discurso moral sobre la sentimentalidad; se podría decir que emerge la masculinidad, porque el hombre se manifiesta como ser herido que se sobrepone al sufrimiento. En cierto modo, tal y como lo plantea esa tradición, la ruptura es el momento de constitución del sujeto -un amante afortunado no tendría nada que decir en el terreno de la poesía, al menos para los poetas latinos-. Me parece especialmente interesante porque cuando se habla de Ovidio y otros autores clásicos se suele hacer una lectura humanista: el amor y la muerte, etc. Creo que habría que leerlo de otra forma, pensar más bien en amor y dinero, entendidos no como dos temas contrapuestos, sino como un tema único que funciona por contraste y por tensión interna. Todo esto se puede trasladar, en algunos casos muy literalmente, a la época capitalismo tardío: la ruptura representa para nosotros el momento de renovación, de socialización máxima, y también la reentrada en la sociedad; quiero decir que la relación amorosa se plantea en algún momento como un “espacio aparte del mundo” y la ruptura es el episodio que permite objetivar, socializar, compartir, volver al buen sentido.
Imagen: Phatom DJ

Esta revisión contable tras la separación, el “cuánto me has costado”, no es un tema que haya sido desarrollado de una manera amplia por la literatura. Da la sensación que en el campo de la música se manifiesta con más frecuencia. Parece como si el capitalismo cueste que penetre en la literatura.

Sin duda, y ocurre por varias razones. Primero porque a una realidad cada vez más materialista le corresponde un discurso público y artístico cada vez más idealista. Aún más que en las épocas anteriores. No somos más irónicos, más descreídos, ni tan siquiera más cínicos que nuestros antecesores -aunque los especialistas en estética posmoderna así lo crean-, sino que precisamente porque vivimos en ese medio le damos más importancia a esos valores. Aquí surge la cuestión de qué ámbitos artísticos han asumido de manera más explícita la economicidad de las relaciones. Por eso en el capítulo de Hoy me siento Fox he propuesto una jerarquía de géneros que se diferencian por el tratamiento que dan al tema de la economicidad del amor: poesía, comedia romántica, cabaret y cómic satírico. Y ahí se ve que cuanto más arriba está un género en el escalafón cultural, más sorprendente resulta el tema del amor interesado y cuanto más vamos bajando en el escalafón más naturalizado, incluso previsible, es ese tema. Y ese análisis me interesaba no sólo para marcar la diferencia entre niveles culturales sino porque cada uno de esos géneros lo veo como una representación de nuestra actitud, de las distintas actitudes que vamos alternando, a la largo del día, en relación con este tema. De tal modo que en un momento determinado nos ponemos poéticos, en otro momento nos relajamos un poco más y nos ponemos en plan comedia romántica, en otro nos ponemos cabareteros y aceptamos la parte de canallada hasta que llegamos al nivel del cómic satírico: el ejemplo que pongo son tiras sobre putas del fanzine TMEO, donde la economicidad de las relaciones es un tema que se da por sentado.
¿Qué ha sido de la pasión romántica? ¿La auténtica inmoralidad consiste en decir que el amor siempre ha existido? ¿Podemos separar el amor romántico y el funcional?

El argumento clásico de la sociología de las relaciones personales, el que sostiene Ulrich Beck, es que el amor-pasión se ha democratizado. Nació como un lujo que sólo podía permitirse el sector más ilustrado de la aristocracia y por medio de un proceso que ha durado dos siglos ha quedado al alcance de todos. Lo prueban metamedios de internet 2.0 que objetivan y convierten en objeto financiero el amor romántico, por ejemplo páginas como Craiglist que permiten que el pálpito amoroso se convierta en un catálogo, en una costumbre y en un código relacional que incorporamos a nuestro saber afectivo. Ahí tengo una diferencia con Beck. La mayor parte de los sociólogos tienden a decir que ese proceso de democratización es “bueno” en la medida en que pone en manos de todos lo que antes era de lujo, y es “malo” porque lo trivializa. Estoy en desacuerdo con esas dos cuestiones. El pensamiento de la trivialización del amor es casi frívolo, es un pensamiento clasista que da por sentado que las cosas molaban más cuando sólo un 0,5 % de la población las podía hacer. El problema con el amor romántico, a mi entender, no es su banalización sino su social-democratización. Creo que las cualidades que se le piden al amante 2.0. puesto al día son las propias de la agenda socialdemócrata. ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir socialdemocracia? Esta es una de las preguntas del libro. Inteligencia emocional, coaching sensitivo, negociación, diplomacia, autoayuda, psicología social aplicada, consejeros sentimentales: todo esto es el traslado del ethos socialdemócrata al mundo de las relaciones personales. En la tratadística amorosa estas cualidades políticas siempre habían aparecido como recursos necesarios en un momento de crisis. Es un momento menor del Ars amandi tradicional. En nuestra época ese momento menor se ha convertido en un momento principal, de tal forma que el ethos diplomático se ha ido imponiendo sobre el ethos romántico. El Ars amandi contemporáneo en ese aspecto en particular es más burgués que romántico.

Has nombrado la red de comunidades, los anuncios clasificados de Craiglist, coméntanos cómo se da esa instrumentalización de la mediación afectiva a través del Ministerio del Afecto y qué es el Imperio de la Mediación Afectiva.

El Imperio de la Mediación Afectiva es el conjunto de terceristas y mediadores que obtienen algún beneficio de la relación, con la particularidad de que la Alcahueta o el Cyrano ya no se quedan esperando a que aparezca un Pánfilo sino que producen de manera técnica y estratégica la falta, producen el panfilismo y nos dicen que faltan ciertas cosas para cumplir con la agenda socialdemócrata. En cierto modo ese papel se ha vuelto mucho más activo que lo que señalaba la tratadística amorosa tradicional. El término “Ministerio de los Afectos” ya tiene que ver con la dimensión literaria del libro. Me parecía necesario darle un giro más cómico y literario, dado que este mundo se entiende mejor si se le echa un poco de teoría conspiratoria y se presenta como una disputa entre corporaciones que aspiran a dominar un terreno de la vida afectiva, bien sea el pálpito, el preacuerdo de divorcio, la confidencia o la trama de la amistad en Facebook, así que nuestras amistades, relaciones, etc. cobrarán uno u otro signo en función de qué corporación gane la partida.
Imagen: Fox TV
En uno de los capítulos de tu ensayo, titulado Queen Lear, realizas la comparación entre el reality donde Paris Hilton debía elegir a su mejor amiga con el drama clásico del Rey Lear. ¿Todos, de alguna forma, buscamos el reconocimiento mediático? ¿Son los reality shows laboratorios sociales?

El discurso público sobre los reality shows, tanto el periodístico como el de la alta cultura, siempre viene de personas que tienen garantizada la vida social y afectiva. Cuando se le pregunta a la gente qué opina de los reality o si usa Facebook se le pregunta a un famoso y suelen aparecer comentarios humanistas y moralistas sobre ese asunto. Pregunta a una lesbiana de Murcia que piensa sobre Facebook. Yo le diría a los periodistas: habla con alguien que no tenga la vida afectiva, social y amorosa garantizada y viva en un mundo hostil. En efecto, los reality son la puerta de servicio, desde el punto de vista de la teoría de género, por la que acceden al espacio público algunos sujetos no normativos que no han sido aceptados ni por la cultura general ni por la alta cultura. La alta cultura que no es menos sexista que la cultura popular, que no es menos homófoba que la cultura popular, y que es aún más reglamentadora y homogeneizadora que la cultura popular. En este capítulo quería arrojar el reality show como gran escenografía de las relaciones personales. Hay una parte en la que el reality como casting no es otra cosa que objetivación de los procesos sociales de objetivación y riña. Hay otra parte, quizás más interesante, en la que los reality inventan nuevas lógicas sociales, inventan que una actriz porno se convierta en el personaje más interesante de un concurso y, en efecto, la cuestión es si pones por encima la legitimidad estética, artística, o pones por encima la cuestión del reconocimiento. Y por ahí hay que empezar por la cuestión del reconocimiento en los sujetos que no han sido aceptados.
Slavoj Žižek (Foto: Andy Miah)

Ello enlaza con el capítulo del ensayo Hoy me siento Fox, con los modelos de beneficiencia y escoria que contienen algunas series. Viendo los noticiarios como, en cierto modo, lanzaderas publicitarias y la ficción como un espacio donde la realidad se cuela de forma irónica, ¿estás con el filósofo y psicoanalista Slavoj Žižek cuando dice que los perversos no son subversivos? ¿Sigue siendo legítima la distinción entre información y ficción?

“Los perversos son subversivos” es la primero que dijo Žižek la primera vez que le oí hablar en público, fue en Harvard en el 98 en un seminario que llevaba este mismo título, y que era una crítica a la antipsiquiatría y al heroísmo del perverso tal como se desarrolló en los años 70. No estoy de acuerdo con ese punto de vista. El discurso de antipsiquiatría, como otros discursos de izquierda o de izquierda radical en esa época, se puede caricaturizar o se puede incluso refutar desde el punto de vista científico. Esa época cundió la tesis de que el esquizofrénico era un artista, un héroe, su enfermedad era causada por la institución y a día de hoy sabemos que no es cierto. Queda como un texto literario muy interesante, pero desde el punto de vista científico ya no tiene valor. La perversión es producida rutinariamente por las instituciones que crean la normalidad, las reglas del juego, etc. La definición de perversión es generada por los normalizadores. La idea de que los perversos ya no son subversivos porque están integrados en el capitalismo me parece frívola porque es un pensar de la esencia perdida; presupone que en algún momento hubo una autenticidad pura, una radicalidad pura llámese amor, pasión, vanguardia, punk o perversidad que existía como un diamante debajo de la tierra y luego alguien lo compró, lo manipuló, y le añadió no se qué impurezas. Ese pensar de la esencia perdida es la manera de pensar de un sector de la teoría crítica mayormente del siglo XX. Y no estoy de acuerdo con eso porque creo que entre normalidad y perversidad se da una imbricación mucho más directa. No existe, el perverso en estado puro. Lo que sí existe es la segregación y la jerarquía. Creo que en este libro es donde he hecho más patente esta jerarquía, como una principal preocupación. No sólo entre novelas y cómics, entre alto y bajo, sino principalmente entre sujetos. Ojalá que los perversos no fuesen subversivos, ojalá que la representación pública de las llamadas perversiones sexuales no supusieran una tipificación de los sujetos, pero me temo que se sigue produciendo.
Imagen de "Videodrome" (The Criterion Collection)

¿Y entonces consideras legítima la distinción entre información y ficción?

Considero que los telediarios y el cine se han intercambiado los papeles… Los telediarios dejan de dar noticias y se limitan a colgar videos de Youtube, de violencia extrema siguiendo el modelo que Arthur Kroker llamó televisión de choque, que antes era sólo tele nocturna sobre accidentes de coche y gente que se quema viva, y que David Cronenberg llamó Videodrome. Y, a su vez, el cine –y vuelvo a la comedia romántica- deja de contar historias propiamente dichas y pasa a ofrecer las últimas novedades en materia afectiva, la renovación del sujeto, el último grito en moda íntima. Para mí hay esa imbricación, el telediario Videodrome del que esperamos información en realidad excita la líbido y esa líbido fluye y discurre amaestrada por los cauces que nos da la educación sentimental que nos ofrece el cine, no sólo la comedia romántica, sino el periodismo, el consejismo sentimental, qué tienes que hacer con tu corazón, con tu sexo…
¿A qué denominas en tu ensayo “sentimiento Fox”?

El “sentimiento Fox” es una estructura, un orden con variantes que nos permite articular el materialismo y el idealismo, el mundo del dinero y el de la pasión, en alguna manera el bien y el mal. Evidentemente son temas muy amplios. Para explicarlo recurro a la emoción de estructura del sentimiento de Williams que dice que un modelo narrativo es un problema social solucionado. Es decir, en nuestra vida cotidiana percibimos que falla algo, en este libro lo empezamos a percibir con el título mismo, que Eros está recorrido por el dinero, etc. pero como experimentamos todos esos cambios de puntos de vista a lo largo del día eso nos genera cierta inquietud y ciertas preguntas. Fox las resuelve con secuencias narrativas que permiten modelizar y armonizar todos esos sentimientos. Suelen llevarnos a una conclusión objetivable. House, la misantropía es sólo el disfraz de la abnegación hipocrática. Dirt, la prensa amarilla, la institución mediadora que sonsaca informaciones, roba vida íntima y crea un archivo de vida íntima que tiene un valor objetivo. Ese espacio, que es una representación extrema, caricaturesca del interés en la vida íntima se revelaba en la serie como el único espacio posible para la realización de actos de buena fe y beneficencia: el malvado que cuando comete un acto de bondad esa es la bondad suprema, es mejor que la bondad del santo. En este aspecto creo mucho en la relevancia del melodrama como fuente de muchos géneros de nuestra época, cinematográficos, televisivos, también literarios, porque el melodrama modeliza sentimientos extremos, incluidos sentimientos morales extremos. En ese sentido las distintas variantes de las cuatro maneras de ver el amor y el interés que te comentaba anteriormente Fox las ha captado como ningún otro medio.

Quizás, ya en otro nivel, desarrollas el film Crueldad intolerable de los hermanos Coen, con un final que no es perfecto según comentas, ¿es probable que el final de este film debiera de ser infinito, como tantos otros?

Debería ser infinito como lo son las series televisivas, donde percibimos el cierre como una convención. No creo mucho en el valor significativo del final de la narración. Hay toda una línea de la teoría literaria y cinematográfica que concibe el final como la verdad del relato. En buena parte de los casos el final es percibido por el espectador como una convención y lo más distintivo del acto de contemplación es el proceso y todas esas modelaciones, todos esos distintos tipos de sentimientos. Y esta es una de las razones por las que el formato serial y las series de televisión están en auge, y es que relativizan el final y nos dan a entender que la narración es una serie de variaciones y permutaciones sobre situaciones dadas.
Camille Paglia (Foto: Misa Martin)

¿Estás con la crítica Camille Paglia cuando afirma que “en el circo no hay reglas”?

En el circo hay más reglas que nunca. Paglia trabaja en la historia de las sexualidades y la teoría pagana; yo trabajo en sociología de las relaciones personales. En esos dos ámbitos funcionan premisas completamente distintas. Como comento en el capítulo de Ovidiodrome la teoría crítica pagana, tanto la de Paglia como la de Onfray, los mejores escritores, como estilistas, de todos aquellos que hablan del mercado afectivo, desde mi punto de vista, conceptualmente, es insostenible: hay más reglas que nunca. Mi argumento es más bien que las tesis paganas son tan insostenibles como análisis político o biopolítico como necesarias desde el punto de vista de la sociología de la acción. Es decir, para funcionar el mercado efectivo tenemos que actuar y en cierto sentido razonar como hace Paglia, aunque, a toro pasado, después de la ruptura si tú quieres, sepamos que más bien tengan razón las tesis sociológicas que hablan del orden y el control. Es por eso que no he querido dejar fuera del libro estos discursos, sino darles la razón en los momentos que la tienen. Porque la tienen cuando hablan del impulso que hace falta para ligar, que no es sociológico ni analítico, en la creencia en el valor de nuestros instintos, etc.
Parece que el Imperio Afectivo haya construido una forma de relacionarse que haya trasladado el ámbito íntimo a lo íntimo, ¿cómo ves ahora esta publicidad total de nuestros actos y cómo la ves en el futuro?

La dirección en la que va todo este proceso, lo que lo llamo mercado afectivo, es la publicitación, pero sobre todo la objetivación de lo que hasta ahora era privado. En esto, autoras como Paula Sibilia dice que lo fundamental es la puesta en escena, la publicidad. Hay toda una línea de crítica a internet 2.0. que lo plantea en términos de ego y de individualidad. Yo no lo plantearía así, sobre todo porque esta interpretación parte del mal uso del mal ego. El término ego tal y como lo plantea Freud es que no es otra cosa la fuente de la que mana el deseo. Y en ese sentido no tienen ni una estructura ni una articulación, es una perfecta representación de la dinámica económica y relacional de los metamedios, de los blogs, que se definen principalmente no por redactar textos sino por trazar hipervínculos que son fuentes de relación y de deseo. Por tanto podemos, es la fuente donde mana la información, no entendida como dato puro, sino como dato sensibilizado, privado e íntimo, en algunos momentos más íntimos de lo que presentamos como vida privada. Por lo tanto, para mí el término principal es objetivación, y no creo que se esté generando una cultura más narcisista en el sentido romántico del término.

Iván Humanes Bespín

http://ivanhumanes.blogspot.com


domingo, 1 de marzo de 2009

Hermann Hesse. Cómo aprender a volar

http://www.lacoctelera.com/myfiles/davichof/hermann_hesse_montagnola-704033.jpg


MANUEL VICENT EL PAÍS 28/02/2009

Este escritor flaco, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa devastada

Hermann Hesse nació el 2 de julio de 1877 en Calw-Württemberg, pequeño lugar de la Suabia, hijo primogénito de un misionero báltico y de una madre, que era hija a su vez de otro misionero en la India, famoso lingüista y erudito. Amamantado en un hogar de pietistas fanáticos, el niño llegó a la adolescencia aplastado por la Biblia. Recibió la primera enseñanza en la escuela misional y en ella los salmos, el órgano y las plegarias constituían su principal sustento, al que se unían las correrías por la pradera donde hablaba con los pájaros, las zambullidas en el lago durante el verano, la verdad aprendida en los duendes del bosque y la amistad con el zapatero, el carnicero y otros sencillos menestrales del pueblo.

Desde el primer momento hasta el final de sus días, luchó para elegir la clase de ungüento con el que quería ser consagrado

Nunca olvidaría el esfuerzo que tuvo que realizar para liberarse de las propias ataduras; entre ellas, el nudo de la soga con la que intentó ahorcarse

Estas excursiones eran su única escapatoria con la que el niño llenaba la imaginación más allá de la férrea educación religiosa a la que estaba sometido. Entre la naturaleza virgen, apenas hollada, y el látigo de la conciencia transcurrieron sus primeros años. La vitalidad del muchacho pronto entró en conflicto con la vida oscura de su familia, que lo había destinado a la iglesia para ser ungido por el Señor; pero, desde el primer momento hasta el final de sus días, Hermann Hesse luchó para elegir la clase de ungüento con el que quería ser consagrado. "Samuel ungió rey a David, pero el óleo no puede convertirme a mí en rey".

Pese a todo, no pudo evitar la inercia clerical de sus padres. Tuvo que estudiar latín, griego, gramática y estilística para preparar el examen de estado de Württemberg con el que podía acceder a la formación gratuita como teólogo evangélico en el seminario de Tubinga. Hermann Hesse fue un pálido adolescente enclaustrado que, entre los húmedos paredones de Maulbronn, no hacía sino recordar la libertad que gozó en su niñez entre los álamos negros y los alisos del lago, el silencio de la nieve en los abetos, la magia de los juegos en la plazuela con otros compañeros, el conocimiento de los animales, las plantas y las estrellas. Después de un largo tiempo de encierro tomó la determinación de huir. Un día saltó la tapia del seminario y volvió a casa con un pequeño equipaje en el que ya no estaba incluida la Biblia, y cuando este adolescente levítico se creía libre, empezó la tortura. Hermann Hesse quería ser escritor o nada, pero esa elección no se alcanza impunemente. Los padres internaron al muchacho en un centro religioso de curación en Bad Boll y, en vista de que no sanaba de sus sueños, lo llevaron ante el afamado exorcista Blumhardt para que le sacara el demonio del cuerpo, como había hecho con otros posesos de la comarca. En medio de ese rito, lejos de echar espuma por la boca, el muchacho imaginaba la rama de abeto iluminada por el sol del verano de donde su cuerpo endemoniado pendería entre el canto de los pájaros o se veía ahogado en el seno del lago cuyas aguas en los días felices de vacaciones habían recibido gloriosamente sus alegres zambullidas coreadas por los gritos de felicidad de sus compañeros. Después de un intento de suicidio, sus padres lo pusieron en manos de un psiquiatra en una clínica de Steten, y la tortura siguió hasta que el joven encontró la salvación por sí mismo en la rebeldía.

No sería ungido por Dios, pero sería relojero, bibliotecario o librero, oficios que, bien mirado, también podían ser divinos. Tímido y enamoradizo siempre frustrado, Hermann Hesse comenzó a construirse por sí mismo a través de las lecturas de Heine y de Goethe hasta romper finalmente en poeta. Mientras trabajaba en una fábrica de relojes de Calw o hacía el aprendizaje en una librería de Tubinga o de Basilea, soñaba con saltar ahora la propia tapia y fugarse a Brasil, pero comenzó a escribir poemas, cuentos y novelas como otra forma de huir hacia dentro. Después viajó a Italia, se casó con María Bernoulli y convivió con ella en una casa campesina en Constanza junto al lago. De esa existencia libre en medio de la naturaleza extrajo la parte esencial de su literatura con el culto a los cinco sentidos. El hombre no está aquí para alcanzar la verdad. A este mundo se ha venido sólo a gozar y a sufrir, de modo que la formación del espíritu consiste en elegir los goces más sutiles y combatir los sufrimientos como una frontera. La libertad, el anti-intelectualismo, la sensualidad poética y la salida siempre irónica del escepticismo fueron sus conquistas literarias, y ante la hecatombe bélica que se avecinaba en Alemania en el año 14, Hermann Hesse adoptó también la rebeldía del pacifismo contra el espíritu belicista de sus paisanos.

Muchos adolescentes quemados por un ascua interior, que se enfrentaron al horizonte de escombros de la Europa asolada por la Gran Guerra, descubrieron a Hermann Hesse y lo adoptaron como guía espiritual. Desde entonces, este escritor flaco, de delicada estructura ósea, de ojos azules ardientes y pelo claro, tímido y recio a la vez, con una tensión de ave de presa en el rostro, se convirtió en un referente literario al que se han agarrado sucesivamente muchos jóvenes para iniciarse en el vuelo contra los valores de una moral burguesa también devastada.

En los años sesenta del siglo pasado, cuando los hippies inauguraron diversas rutas hacia los lugares iniciáticos de planeta, en su morral de apache, junto al pequeño alijo de marihuana, llevaban alguno de estos tres libros inevitables, Demian, Siddharta o El lobo estepario, muy manoseados por los vistas de aduanas, en los que Hermann Hesse daba las pautas para sobrevolar toda clase de ruinas sin excluir las que cualquiera lleva en el corazón. Por su parte, este escritor nunca olvidaría el esfuerzo que tuvo que realizar para liberarse de las propias ataduras; entre ellas, el nudo de la soga con la que intentó ahorcarse.

Viajó a la India, tal vez en busca de una nueva espiritualidad, tal vez para liberarse del doloroso vínculo con sus padres. De esos viajes no se trajo ninguna experiencia que no encontrara en el lago Constanza, una fuerza interior que le serviría para sobrellevar la esquizofrenia de su mujer, la grave enfermedad de uno de sus hijos, otros amores perdidos y el rechazo con que el patriotismo alemán quiso vengar su posición crítica ante la maldad de las guerras. Fue censurado. Su nombre desapareció de los periódicos. Escribió con seudónimo. Adoptó la nacionalidad suiza. Se estableció en Montagnola, condado de Tesino, y en su arduo combate por la libertad de espíritu se derrumbó algunas veces, de cuyo cataclismo nervioso lo sacó el doctor Lang, discípulo de Jung, y la amistad con Thomas Mann, con el que trabó una extensa correspondencia. Durante el nazismo, sus libros ardieron en una plaza de Berlín atizados por la Gestapo, pero al final de la II Guerra Mundial fue coronado por el premio Goethe y con el Nobel. Hermann Hesse murió en 1962 en Montagnola y allí está enterrado. Hasta allí acuden en peregrinación todos los lectores que en las páginas de sus libros aprendieron a volar.

Se ha dicho que Hermann Hesse fue viejo en la juventud y joven en su vejez. He aquí sus lecciones de iniciación: librarse de cualquier vínculo con los afectos dolorosos, disolverse en la ilusión del nihilismo, ser el creador de la propia alma, sintetizar en ella todas las fuerzas opuestas, absorber la magia de la naturaleza más allá de todas las patrias, agarrarse a un asa de viento para alcanzar todo aquello que deseábamos ser cuando, al salir de la adolescencia, le leíamos en verano tumbados en una hamaca a la sombra de los álamos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con ser como él un lobo estepario?

jueves, 26 de febrero de 2009

TESTIMONIOS: Victor Seidler: Identidades, familias y poder

Fuente: L A V E N T A N A , N Ú M . 2 2 / 2 0 0 5
http://publicaciones.cucsh.udg.mx/pperiod/laventan/ventana22/91-109.pdf

* La traducción es manifiestamente mejorable pero el texto tiene espacial interés

¿Acaso los jóvenes piensan en ellos mismos como “adolescentes” o
es un nombre que otros les han asignado? ¿De dónde surge este
término? Y, ¿tiene las repercusiones de una etapa fija con las mismas
características de crecimiento físico y emocional y que marca la
transición entre la infancia y la edad adulta? ¿Acaso esto la hace una
etapa de transición, una fase liminal en la que de alguna forma los
jóvenes se encuentran atrapados en su camino hacia la vida adulta?
¿Es esto lo que le permite fácilmente a los adultos decirles a los
jóvenes que por lo que atraviesan es “sólo una fase” y que pasará
antes de que se den por enterados? Esto nos indica que puede tra-
tarse de un periodo que puede ser complicado y lleno de dudas,
especialmente para los adultos, quienes pueden encontrar muy di-
fícil relacionarlo con sus hijos “adolescentes”. Los adultos creen con
frecuencia que la gente joven está “fuera de control” y sienten que
han perdido el contacto con la persona que ellos conocían, quien
podría haberse vuelto asertiva, exigente y que no se comunica.
En la Gran Bretaña, hay una comedia en particular escrita por
Harry Enfield, que ha llegado a simbolizar esta fase de la vida a
través de los personajes Kevin y su compañero Perry. Ellos existen
en un espacio propio completamente ajenos a las responsabilidades
y expectativas de la edad adulta.

Los primeros años de la adolescencia pueden ser difíciles de
superar, ya que los jóvenes atraviesan por cambios físicos y emocio-
nales. Llega el momento en el que ya no se experimentan en sí
mismos en relación con sus padres, sino como “individuos” en su
propio derecho. Ya no son el hijo o la hija que se sienten felices al
definirse a sí mismos en relación con la familia. Se resienten al ser
tratados como niños, porque como adolescentes saben que ya no son
niños. Quieren que se les den responsabilidades, pero, al mismo
tiempo, pueden estar tan absortos en sus propios procesos interiores,
que se retirarán del mundo social y de la familia contra el cual están
aprendiendo a definirse. Quieren saber “quiénes son”, lo cual puede
significar el rechazo a la forma en la que los demás los definen dentro
de la familia y un periodo de intensa experimentación por medio del
cual ellos exploran lo que necesitan y quieren para sí mismos. A
cierto nivel saben que no son adultos y que en realidad no quieren
formar parte del mundo adulto. Más bien están interesados en de-
finir sus propios valores y creencias por sí mismos.

Éste puede ser un periodo de emociones y deseos intensos, debi-
do tanto a los cambios hormonales como de sus cuerpos. A veces
puede ser difícil vivir con estos altibajos de humor. Aún puedo re-
cordar la emoción tan intensa que sentía cuando tenía alguna rela-
ción y lo aplastante que era cuando esta relación terminaba. Creía
que el mundo se había acabado y que nunca me volvería a enamo-
rar. Probablemente tenía catorce años en ese tiempo, pero el futuro
no contaba, ya que yo vivía inmerso en las intensidades del presen-
te. Los apegos y las relaciones emocionales eran absorbentes, ya
que rara vez las compartía con mis padres que vivían en un mundo
diferente. Nunca pensé que fuera posible compartir mis emociones
con ellos y más tarde me escandalicé al descubrir que algunos pa-
dres de hecho hablaban con sus hijos. Mis padres que habían llega-
do a la Gran Bretaña como refugiados, huyendo de la Europa
controlada por los nazis, habían crecido en un mundo muy diferen-
te al mío. Aunque mi madre podía ser comprensiva y estaba abierta
a que vinieran amigos a visitarnos, no me imaginé que podía com-
partir con ellos lo que me estaba pasando.

Fue a través de la familia que encontré un orden de género muy
particular, ya que mi madre trabajaba e insistía en conservar el
poder dentro de la familia, aunque difería de una manera ritual
con la forma de pensar de mi padrastro, y esto tenía una compleji-
dad muy particular. Mi madre había experimentado pérdidas con-
siderables en su vida y tras la muerte de mi padre ella no quería
arriesgarse de nuevo. Estaba preocupada por darles a sus hijos un
padre, debido a que en la década de los cincuenta había un fuerte
estigma hacia los niños que crecían sin padre. Pero ella quería ha-
cer esto de una manera en que no tuviera que ceder su propio
poder. Más bien se preocupaba por proteger a sus hijos y algunas de
las riñas que experimentamos sucedieron cuando sentía, alguna
vez de manera irracional, que los intereses de sus hijos estaban
siendo atacados de alguna forma. Pelearía como una fiera para de-
fendernos y su ira podría estar fuera de control con frecuencia.
Como niños, a menudo estábamos aterrorizados al presenciar estas
horribles escenas de ira. Todo lo que queríamos era que dejaran de
pelear y sentíamos la terrible injusticia de las humillaciones de su
marido. Ella echaría mano de cualquier poder que tuviera y fre-
cuentemente en total desproporción con la situación, mas cuando
queríamos intervenir bañados en lágrimas, nos decía: “no es de su
incumbencia”.

Desde entonces supimos cuán destructivas pueden ser las emo-
ciones cuando están fuera de control; creo que de adolescentes
éramos más controlados con nuestras emociones. Sé que con la
complejidad de las relaciones en el seno familiar, aprendí a distin-
guir las diferentes corrientes de la vida emocional.

De alguna manera, me era más fácil interpretar lo que les esta-
ba pasando a mis amigos emocionalmente, que decir de una forma
más directa lo que me estaba pasando emocionalmente. Al reflexio-
nar en el pasado, había en mis relaciones de tipo emocional una
profundidad e intensidad tal, que también me daban un mundo
diferente al que podía escapar. Éste era el mundo en el que yo
quería vivir, mientras que en diferentes formas me sentía ausente
en mi familia. Desde que mi mamá se casó y Leo se fue a vivir con
nosotros, sentí que me colocaba en una posición al margen de la
familia. En verdad, no sentía que podía pertenecer a este nuevo
arreglo ni tampoco compartir la necesidad de tener un nuevo padre
que mi hermano mayor sentía. Respondíamos a la nueva situación
familiar de diferentes maneras, y esto nos muestra una complejidad
que establece diferentes condiciones para nuestra experiencia como
muchachos adolescentes. Aunque pertenecíamos a la misma fami-
lia, teníamos necesidades y aspiraciones diferentes.

Mientras nos movíamos entre la familia y la escuela, le dábamos
forma a nuestras identidades de diferente manera. Yo era más so-
ciable, por lo menos en la superficie, y también me iba mejor aca-
démicamente en la escuela. Pero para Johnny, mi hermano mayor,
parecía que las cosas estaban en contra. Cuando fuimos a escuelas
diferentes, tuvimos que lidiar con realidades diferentes. Yo acepta-
ba las disciplinas de la escuela y usaba mi intelecto como una for-
ma de establecer una identidad en la escuela. Ya que existía una
inquietud hacia el judaísmo, en el sentido de que si se comprome-
tían las identidades de los hombres, había una presión para probar
que éramos “lo suficientemente hombres” al observar a otros mu-
chachos e imitando lo que se esperaba que se imitara. En la escuela
había un equilibrio incómodo entre los deportes masculinos, que
afirmaban de una manera más fácil, y la precaria masculinidad de
los que rendían bien académicamente. Algunos muchachos po-
dían probarse a sí mismos en ambas esferas y con frecuencia se les
otorgaron prioridades. Sin embargo, no había una masculinidad
dominante en particular o una “hegemonía”, ya que se encontra-
ban separados por relaciones de clase, “raza” y grupo étnico al que
pertenecían. Algunos eran más estigmatizados que otros.
Si bien había espacios diferentes en los que se podía afirmar la
masculinidad, también había una tensión entre la experiencia in-
terior como joven y las masculinidades a través de las cuales sen-
tíamos que teníamos que probárnoslo a nosotros mismos. En la dé-
cada de los cincuenta, con las imágenes de Charles Atlas en los
periódicos, había un sentido de que los “verdaderos hombres” no
tenían un cuerpo “raquítico” ni había lloriqueos que pudieran
mostrar su vulnerabilidad y sus emociones a los demás. Como mu-
chachos hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance para mejorar
nuestros cuerpos; mientras que leíamos acerca de masculinidades
heroicas en las historietas de moda, de aventuras, como “los famo-
sos cinco”, la que tenía y trataba de extender la promesa de pro-
veer formas de masculinidades imaginarias. Éstas eran fantasías con
las que nos podíamos identificar, aun cuando tuvieran muy poca
relación con las realidades de la vida diaria. De alguna manera,
estas fantasías establecieron estándares con los que nosotros mis-
mos nos juzgábamos y nos encontramos deseosos de ser como ellos.
Si no hubiéramos querido “ser como” los personajes que leíamos,
ellos establecieron los estándares que no fueron seriamente cues-
tionados hasta la llegada del feminismo.

Familias

La idealización del núcleo familiar, con el padre trabajando y la
mamá dedicada al cuidado del hogar y de los hijos, todavía tenía
un poderoso estatus mítico en los años cincuenta. Si tu familia no
encajaba con esta imagen, como nuestra familia sin padre, enton-
ces aprendías a “guardar silencio” sobre este asunto en particular.
Algunas veces fingías que había un padre en casa. Querías que tu
familia fuera normal y había un fuerte discurso acerca de la norma-
lidad, que estuvo mucho tiempo en boga hasta que en los años
sesenta se le empezó a cuestionar. Si tu familia no era “normal”,
querías que lo fuera y de forma inconsciente podías culpar a tus
padres por ello. El divorcio y la separación que se volvieron tan
comunes en 1980 y 1990 en muchos continentes, todavía era estig-
matizado cuando yo crecí en el noroeste de Londres en los años
cincuenta. Era muy difícil para las mujeres educar a sus hijos ellas
solas. A veces, las parejas las veían como amenazas y por este moti-
vo no las invitaban a las reuniones sociales. Con frecuencia se veían
forzadas a vivir en relativo aislamiento. En diferentes comunidades
étnicas, la pareja tenía que continuar unida, y si no encajaba con
el patrón de relaciones previamente establecido, podías sentirte
excluido.

Sin embargo, ha habido una transformación radical en el signi-
ficado de “la familia” en donde la normalización de una particular
forma de relaciones familiares se ha cuestionado ampliamente a
través de diferentes culturas. En parte, esto está relacionado con el
incremento del divorcio y la separación, pero se tiene que enten-
der también en el contexto de que las personas piensan diferente
acerca de los asuntos de género, sexualidad y poder. Esto está rela-
cionado con el cuestionamiento del movimiento de las mujeres de
los años setenta y de las formas en que se le vinculó a patrones de
cambio más extensos dentro del mercado laboral. Las mujeres jóve-
nes ya no estaban dispuestas a someterse a los hombres y no acepta-
ron que tenían una responsabilidad biológica determinada para el
cuidado de los niños y el trabajo doméstico. Al aprender sobre el
cuestionamiento del feminismo, aun sin identificarse con los movi-
mientos mismos, sentían que si trabajaban y aportaban dinero den-
tro del seno familiar, tenían que compartir la responsabilidad para
el cuidado de los niños y del trabajo doméstico. Pero para ellas
estaba claro también que si sus compañeros no estaban preparados
para entrar a una forma diferente y equitativa de contrato de gé-
nero, entonces ellas estaban listas para abandonar la relación y
vivir solas.

Las mujeres habían aprendido que la relación tenía que funcio-
nar para ellas o, de no ser así, no permanecerían en ella. Ya no acep-
taban que tenían que continuar una relación con tal de que
pudieran decir que tenían una. Reconocieron que tenían deseos
sexuales y necesidades emocionales propios y si sus parejas no los
conocían, ya no podían ver una razón para quedarse. En lo que
concierne a los hijos, las decisiones eran más complejas, pero las
personas ya no sentían que tenían que permanecer unidas para
siempre por el bien de los niños. Si ya no había amor en la relación
y si había enojo y hostilidad constante, entonces podría ser mejor
separarse. Ésta no es una decisión fácil de tomar, pero también es-
taban conscientes de cómo sufrían los hijos en donde no hay amor
ni comunicación.

Al entrevistar a hombres jóvenes que crecieron en los años cin-
cuenta en la Gran Bretaña, queda claro que sentían con frecuen-
cia que su futuro estaba trazado para ellos. Si tenían más sentido
de sí mismos como adolescentes del que tuvieron sus padres, por
haber tenido más dinero propio para gastar y más tiempo para sí
mismos, tenían la idea de que se casarían si eran heterosexuales y
poco después podrían tener hijos. Como las identidades masculinas
estaban ligadas a un trabajo asalariado, el llevar a casa el primer
pago se marcaba como signo de hombría en las familias dentro de la
clase trabajadora; también estaba relacionado con ser padre. Como
padre un hombre dejaba afirmada su masculinidad. A menudo, esto
venía después de un periodo del servicio militar nacional o con el
ejército que era otra forma en la que los jóvenes afirmaban su iden-
tidad masculina. Esto les producía un nivel de seguridad en rela-
ción con la identidad masculina que una generación que creció
después de una guerra no iba a experimentar de la misma manera.
Al nunca haber luchado por su país podían sentir que todavía te-
nían que probar su identidad masculina que nunca había sido pro-
bada de manera apropiada por medio de la guerra.

Así que cuando pensamos en los jóvenes, estamos pensando acer-
ca de condiciones en particular, que se comprometen de manera
histórica con el mundo social. Pueden llevar consigo diferentes
expectativas de sus padres y distintas ambiciones propias, depen-
diendo de las culturas y sociedades en que crecieron. Si de joven
viviste en el Chile de Pinochet, en los años después del sangriento
golpe de Estado en contra del gobierno de Unidad Popular de Allen-
de, las sombras del pasado ensombrecen tu vida. Hubo preguntas
que aprendiste a no hacer y silencios que te sentiste obligado a
respetar. Hombres jóvenes compartieron cómo al cerrarse el espa-
cio público se produjo una intensificación de su vida emocional
interior y del significado de la pornografía como una forma de ex-
plorar sus identidades sexuales. Ver vídeos con los amigos creó un
espacio privado de exploración que enseñó acerca de los deseos,
de los que no se puede hablar en público. Al ver los videos en secre-
to había un reconocimiento de los deseos, de los que de otro modo
no se les podía nombrar. Al mirar atrás, los jóvenes insisten en su
significado, a pesar de las degradantes imágenes de las mujeres.

Escuchar

¿Es difícil para los padres escuchar a sus hijos adolescentes porque
a los adolescentes no les interesa compartir sus ideas y creencias
con ellos? ¿Hay un abismo que divide a las generaciones, por lo
menos por un lapso, porque no hay un lenguaje común que permita
expresar las diferencias? Si reconocemos que los jóvenes encuen-
tran el mundo de los adultos dentro de contextos especiales histó-
ricos y culturales, también tenemos que reconocer que durante un
tiempo por lo menos a ellos no les interesaba comunicarse con el
mundo adulto, al que en gran parte rechazaban. A diferencia de
una generación anterior de muchachos y muchachas, no se sienten
tan seguros de lo que el futuro les depara. Podrían tener una vaga
idea de lo que ellos esperan de una relación de pareja, pero un
matrimonio en el futuro o la idea de ser padres ya no tiene el mismo
interés en sus vidas. Reconocen que el futuro está abierto para
ellos, incluso si la economía globalizada y el declive de las indus-
trias tradicionales ya no es el trabajo seguro que sus padres podían
haber dado por hecho. El futuro más bien se presenta a sí mismo
como un tiempo de riesgo e incertidumbres.
Como jóvenes, con frecuencia empiezan a explorar con sus pro-
pios deseos e identidades. Están en la búsqueda de un tipo diferen-
te de intimidad que les permita sentirse vulnerables y en intimidad.

A menudo, a diferencia de la política sexual de los años setenta,
los jóvenes no quieren que se les defina o se les catalogue como
heterosexuales o gays o bisexuales, en relación con su sexualidad. Ya no
creen que sea un problema que de alguna manera tenga que ver
con su experiencia dentro de las categorías preexistentes. De ma-
nera similar, los jóvenes ya no tienen el mismo tipo de creencia
segura de que hay formas de familia preexistente y que sólo es cosa
de escoger la forma que te acomode. Más bien hay un reconoci-
miento extendido dentro de las culturas urbanas posmodernas de
que el individuo tiene que explorar su propio cuerpo, deseos y sexua-
lidades. Es a través de esta autoexploración con la que ellos po-
drían negociar una relación de pareja para satisfacer sus deseos y
sus necesidades. Aprecian que esta negociación implicará un com-
promiso y respeto de las necesidades de los demás como ellos los
definen.

Dentro de estos cambios en el mundo, ha habido una pérdida
de comunicación entre las generaciones. Con frecuencia los adul-
tos piensan en la “adolescencia” desde el punto de vista de una
experiencia de adulto, así que a los jóvenes se les define a través
de lo que a ellos les falta, concretamente las responsabilidades de
adulto. Hay una conciencia extendida de que las nuevas tecnolo-
gías y el internet significan que los jóvenes se comunican entre sí
por medio de diferentes tipos de realidades virtuales. Hablan y se
escuchan uno al otro más allá de los límites del estado. Compar-
ten sus propios medios de información y a menudo son escépticos
acerca de lo que los adultos tienen que decir, a sabiendas de que
están creciendo en un mundo radicalmente diferente en el que la
experiencia del pasado parece tener menor peso. Con las incerti-
dumbres del mundo globalizado, los jóvenes pueden sentir que sus
padres tienen poco que enseñarles. Podrían sentirse más abiertos
acerca de las diferencias raciales, étnicas y homosexuales, aun-
que en cuanto a esto también pueden reproducir intolerancias
como en generaciones pasadas. Esto es especialmente cierto de los
jóvenes que todavía pueden definir su identidad masculina a tra-
vés del rechazo a la vulnerabilidad y a las emociones consideradas
como “femeninas” y tan relacionadas con un callado miedo a la
homosexualidad.

El discurso homofóbico con frecuencia es una forma de auto-
protección, dado que la identidad heterosexual se establece con
frecuencia a través de un rechazo interior del deseo homosexual.
Es a través del rechazo a la “suavidad” que los jóvenes todavía
afirman su identidad masculina heterosexual. Así, podemos reco-
nocer que la homosexualidad no es sólo una opción sexual más
para agregarse a otros espacios, sino que es parte integral en la
construcción de la dominante heterosexualidad. Sin embargo, dentro
de los entornos urbanos parece ser que existe una gran disposición
para escuchar más allá de los géneros y sexualidades. Pero esto no
puede decirse tan confidencialmente en relación con las diferen-
cias étnicas y raciales. Más bien, se enfocan sobre los problemas de
diferencias de género que pueden funcionar para acallar una con-
ciencia de etnias y razas diferentes. En Chile esto es evidente en
relación con el dominante grupo indígena mapuche. Mientras que
existe un reconocimiento de una identidad chilena y una amplia
cultura mestiza, existe el rechazo a la herencia indígena en el pre-
sente. Esto es muy diferente a México, en donde la población ge-
neralmente clama que todo el mundo es mestizo y existe una
glorificación de la cultura azteca en el pasado, también existe el
rechazo a las diferencias étnicas y raciales en el presente. A las
personas no les gusta que se les recuerde que la mayoría de quienes
sirven en los restaurantes tienen la piel más oscura.

Con frecuencia las personas crecen dando estas diferencias por
hecho, ya que reflejan relaciones dentro de sí, por ejemplo, la fami-
lia de clase media, en donde las sirvientas que provienen de ex-
tracción indígena cocinan, hacen la limpieza y cuidan a los niños.
A menudo existen relaciones emocionales ambivalentes, ya que los
jóvenes con frecuencia rechazan su relación con las mujeres que
los cuidaron. Así que necesitamos ser cuidadosos para especificar a
quién se le escucha y en qué circunstancias culturales se le escu-
cha. Algunas veces los jóvenes sienten que ellos “lo saben todo” y
que no tienen que escuchar a nadie. Años más tarde podrían la-
mentar el no haber escuchado más.

El poder y la autoridad

Con frecuencia, los jóvenes se resienten cuando se les dice qué
pensar. También quieren ser escuchados y quieren pensar por sí
mismos. Insisten sobre la libertad que el mundo adulto por tradi-
ción no les ha brindado. Quieren un espacio y tiempo para sí mis-
mos para poder explorar sus necesidades y deseos individuales y
colectivos. Esto ya constituye un reto para las formas tradicionales
y patriarcales de la autoridad familiar. Los jóvenes ya no están dis-
puestos a respetar a sus padres sólo por la posición que ocupan. Más
bien insisten en que el respeto se debe a que las personas se com-
portan de determinada manera. Han cuestionado la forma
paternalista británica en donde los hombres decían: “Haz lo que
digo, pero no lo que hago”. Ésta es una forma de obediencia que ya
no tiene vigencia, ya que los jóvenes detectan la hipocresía que se
niegan a tolerar. Todavía quieren estar cerca de sus padres y con
frecuencia están preparados para pagar el precio, pero también
quieren que cambien sus padres para acercarse a ellos.
Una cultura posmoderna reconoce la crisis en las formas jerár-
quicas de respeto. Los jóvenes ya no están preparados para aceptar
las culturas de deferencia que sus padres daban por hecho. Se ha
extendido una ética igualitaria dentro de la amplia cultura del con-
sumismo que alienta a los jóvenes a reconocerse a sí mismos como
ciudadanos iguales, como portadores de derechos y obligaciones.
No es que no quieran creer en las autoridades, sino que han cues-
tionado a las autoridades tradicionales que esperan ser obedecidas
sin cuestionar.

Quieren saber quién habla y con qué autoridad. Cómo se gana-
ron su posición de autoridad y con qué autoridad hablan en rela-
ción con sus propias experiencias. Tienen dudas del tipo de autoridad
que se consolidó a través de la relación especial entre la dominan-
te masculinidad blanca de Europa y el proyecto de modernidad
como progreso. Esto le permitió a la masculinidad dominante ha-
blar con la objetiva e imparcial voz de la razón. Ésta era una voz
impersonal que hablaba de ningún lado en especial, pero que asu-
mía una enorme autoridad en relación con la otra colonizada que
era considerada incivilizada o primitiva.

Un discurso de masculinidades hegemónicas no ha cuestiona-
do a esta voz, impersonal e imparcial, pero la ha hecho propia den-
tro de la teoría de la masculinidad como una práctica social en
medio de otras prácticas sociales.

En el documento de consulta sobre la masculinidad de Bob
Connell, tenemos una identificación implícita entre los hombres y
la masculinidad que hace difícil para ambos explorar cómo han
crecido los hombres en relación con las masculinidades especiales
y también la tensión y la inquietud que los hombres sienten en
relación con las masculinidades ya existentes. Connell todavía piensa en
las masculinidades como encerradas dentro de relaciones de poder
con los otros. Más que hablar desde una posición en
particular, Connell adopta la voz impersonal del racionalismo objetivo.
Si hay espacio para los cuerpos y la vida emocional dentro del marco teórico,
éste es tan subjetivo como las consecuencias de las estructuras objeti-
vas. Esto lo hace particularmente difícil para explorar las contra-
dicciones en su experiencia de hombre y las transiciones que pasan
durante sus años de adolescencia. Está encerrado más bien en un
pensamiento acerca de las confrontaciones diversas que los jóve-
nes tienen en relación con el mundo adulto.

La teoría estructural de Connell permanece dentro de los tér-
minos de una modernidad que por sí misma clasifica dentro de los
términos de una masculinidad blanca dominante. Al exponer los tér-
minos de un marco teórico que se establece sólo a través de la
razón, hay poco espacio para escuchar las voces de los jóvenes mis-
mos. Más que una diferencia que establece entre la vida emocio-
nal como “terapéutica” para contrastarla con la “política” que se
considera exclusivamente en términos estructurales, asume una
posición de autoridad que fácilmente funciona para desairar las
voces de los jóvenes que de otra forma también quisiera escuchar.
En forma más precisa, no hay espacio para un diálogo en el que los
jóvenes puedan explorar sus relaciones complejas con las masculi-
nidades complejas. Ni tampoco hay espacio para que ellos puedan
desafiar a las relaciones tradicionales de autoridad dentro de la
familia, en donde se espera que escuchen y obedezcan más que
oírse y respetarse a sí mismos.

Dentro de la visión jerárquica de respeto, se le debía obedien-
cia a aquellos que estaban en una posición de poder. Dentro de las
relaciones más democráticas de familia, el respeto se gana a través
de la experiencia y el comportamiento. A los jóvenes les preocupa
la cuestión de las jerarquías, incluyendo las jerarquías de las mas-
culinidades, las cuales cierran el diálogo y la comunicación. Ellos
no quieren que se les diga lo que tienen que hacer, lo que tienen
que creer, sino que insisten en la libertad para obtener sus propios
resultados en cuanto a sus creencias y valores.

Quieren espacio para sus propias relaciones y quieren que sus
padres los apoyen sin esperar demasiado a cambio. Esto puede resultar
difícil de aceptar por los adultos. Sin embargo, si queremos cuestio-
nar a las grandes narrativas de la modernidad, incluyendo a aquellas
enmarcadas en términos de las masculinidades, tenemos que abrir-
nos para escuchar lo que los jóvenes tienen que decir. Tenemos que
reconocer que no son necesariamente desafiantes todas las formas
de autoridad o la autoridad establecida en contraste con la libertad.
Más bien lo que quieren son “buenas” autoridades que no se basen
en la obediencia de aquellos que han sido obligados a guardar silencio.
De manera similar, pueden reconocer la necesidad de disciplina
en sus propias vidas, pero cuestionan las formas de obediencia que
se espera que sean automáticas. Quieren tomar parte en la forma-
ción de los nuevos estilos de las relaciones íntimas y familiares.
Reconocen que los modelos que heredamos del pasado ya no le
dicen nada al presente que vivimos. Quieren el respeto y la con-
fianza de sus familias, sabiendo que necesitan tiempo y espacio para
explorar sus propios valores y creencias. Si éste es un tiempo en el
que los jóvenes toman riesgos, también es un tiempo en el que exi-
gen honestidad y rectitud de aquellas personas que podrían traba-
jar con ellos.

Los jóvenes quieren ser capaces de ejercer el poder sobre sus
propias vidas. Han crecido con relaciones de género más equitati-
vas tanto en el hogar como en la escuela, y están menos preocupa-
dos con los problemas de igualdad de género que la generación
pasada. Como las mujeres jóvenes son escépticas al identificarse a
sí mismas con el feminismo, en parte porque no quieren limitar las
oportunidades abiertas a ellas; así los hombres jóvenes están menos
preocupados con la relación entre los hombres y el feminismo de lo
que están acerca de cómo vivir unas vidas significativas y abiertas
como hombres.
Quieren explorar “en dónde están” sin el moralismo
que todavía persigue mucho al feminismo, así como las visiones de
Connell sobre las “masculinidades hegemónicas”. Al mismo tiempo
esto tendrá una especial atracción en América Latina, por ejem-
plo, en donde hay tanta distancia social entre los intelectuales ra-
dicales y los movimientos sociales con que también se relacionan.

En este contexto es más fácil desairar a los grupos de hombres que
se preocupan exclusivamente de mejorar las vidas personales de los
hombres, mientras que la única preocupación del feminismo es
“cambiar al mundo”. Encontramos ecos de un marxismo sin rees-
tructurar, que todavía se tiene que replantear de manera lo suficien-
temente profunda, sobre su relación con un proyecto de modernidad
masculina.

Como jóvenes, no quieren ser identificados con el poder que
tienen en relación con las mujeres, porque saben que en muchas
áreas de sus vidas se experimentan por sí mismos alejados del po-
der. No quieren vivir las masculinidades de una generación ante-
rior, sino que quieren explorar “lo que significa ser hombres” en sus
propios mundos. No quieren tener que negar su amor, calor y ternura
para vivir una visión de masculinidad que ya no parece verdade-
ra para su propia experiencia y sus posibilidades.

lunes, 26 de enero de 2009

Valor, hombría y ritos de paso hombría


Fuente: http://www.natgeo.es/articulo/Muestrasdevalentia.htm

El tatuaje doloroso de las niñas Fulanis »


El prototipo de belleza de las mujeres fulanis consiste en unos tatuajes hechos con una Ahuja bastante dolorosos. La edad de iniciación son los 8 años.

Ver vídeo »

El club de la lucha »

Actualmente existen innumerables clubs donde se lucha voluntariamente sin premios ni reglas. Es una vía de escape del estrés cotidiano.

Ver vídeo »


El día del Pasola »

En una pequeña isla de Indonesia, se produce un combate entre pueblos que determina el valor de sus habitantes y las prosperas cosechas con las que serán premiados su valor.

Ver vídeo »


La paliza de los Fulanis »

En plena adolescencia, los jóvenes de la tribu de los fulanis, en Benin, han de azotarse entre ellos delante de miles de persona, para demostrar su hombría y la de su familia.

Ver vídeo »


http://www.terra.tv/templates/channelContents.aspx?channel=2129&contentid=87844





domingo, 18 de enero de 2009

"El hombre chino cree que la mujer es otra propiedad" ENTREVISTA: ALMUERZO CON... ZHANG YUE

JOSE REINOSO EL PAÍS 10/01/2009

Hablar sobre la mujer en China es como querer describir el universo y tan sólo conocer una estrella. China es un país inmenso, y la situación difiere mucho entre el campo y las ciudades. Y en éstas depende de su nivel de educación. Pero si hay alguien que conoce los sueños y los temores, las esperanzas y deseos del sexo del que Mao Zedong dijo que "sostiene la mitad del cielo" es Zhang Yue, presentadora del programa más popular y longevo de la televisión pública china (CCTV) dedicado a la mujer.

    China

    China

    A FONDO

    Capital:
    Pekín.
    Gobierno:
    República comunista.
    Población:
    1,330,044,544 (est. 2008)

Esta escritora de comedias presenta un programa estrella en pro de la igualdad

Zhang, de 43 años, soltera, ha vivido en primera persona las dificultades para labrarse un nombre en la pequeña pantalla cuando no se responde al canon de belleza. Hasta el punto de que un medio local llegó a titular sobre ella hace unos años: "¿Se han muerto todas las bellezas en China?".

"Cuando era niña, tenía tres sueños: ser escritora, cocinera y cantante de ópera. Así que estudié literatura, y, tras graduarme, comencé a dar clases y escribir comedias. Me encargaron una para CCTV, y les gustó. Luego fui guionista de un programa en el que encontré que las chicas querían ser modelos, actrices o azafatas. Pensaba que eran tontas, porque mi sueño era ser cocinera", dice.

Un sueño que pudo ver cumplido, en parte, gracias a la propia televisión, donde trabajó en un programa de cocina. Quizá debido a esta pasión por la comida, no duda mientras pasa las hojas de la carta y pide un abanico de platos de la provincia sureña de Yunnan, especialidad del restaurante.

El programa que dirige, La mitad del cielo, aborda temas como la educación y la salud femeninas, la mujer en la política o la defensa de sus derechos. Zhang ha viajado por todo el país para intentar retratar el universo femenino en el que, dice, siguen pesando las tradiciones, aunque la situación está cambiando. "Según la cultura tradicional china, la mujer es una propiedad más del hombre, como un adorno o una silla; no tiene sus propias opiniones, y debe decir lo que los demás le digan. Hoy día, la mujer no acepta esto, pero el hombre chino aún piensa así".

Zhang distingue entre zonas rurales y urbanas. "En el campo, las mujeres intentan ganar dinero para dejar atrás la pobreza; en las ciudades, buscan el sentido de seguridad, felicidad y autoestima. Pero muchas mujeres han emigrado, y la vida les está enseñando a luchar por sus derechos. La mujer china ha avanzado mucho más rápido que el hombre".

Pero ¿cómo es el hombre? "Vive también bajo la presión de la cultura tradicional, que le exige que sea un líder, que tenga éxito muy rápido. Así que ha olvidado sus sentimientos".

Asegura Zhang Yue que "la mujer occidental se dio cuenta de las desigualdades, quiso la independencia, y se produjo un movimiento desde abajo hacia arriba". "Pero la mujer china no quiere pedir algo por sí misma. La idea de igualdad ha venido desde arriba, por ley. No entiende la independencia de espíritu. Por eso, hacemos este programa", dice.

Y, ¿dónde ha quedado el sueño operístico de Zhang? "Cuando era joven, fui a ver a un profesor de canto. Tras la audición me dijo: 'Puedes irte". A pesar de los años transcurridos, no ha renunciado a esta pasión. Ha hablado con una famosa actriz de ópera, amiga suya, y está esperando a que le den un papel. "Pero no hablaré ni cantaré en la obra", afirma divertida.

sábado, 17 de enero de 2009

Literatura para hombres: Manfiction y Beta machos

Cuando leer es cosa de hombres

Ilustración de Joaquín Secall

Ilustración de Joaquín Secall


La manfiction (ficción de hombres) es la repuesta masculina a la chick-lit, la literatura por y para chicas que arrasa desde hace una década. ¿Podrá el arquetipo de macho de hoy irse de cañas con Bridget Jones?

JORDI COSTA EP3 EL PAÍS 16/01/2009

¿LEER es cosa de hembras? Hace unos meses, Stephen King intentaba encontrar una respuesta a tan espinosa pregunta en su columna de la revista Entertainment Weeklychick-lit (ya saben, la literatura escrita por ?y diseñada para? mujeres, preferentemente de la variedad que sueña con ser Carrie Bradshaw mientras la báscula del baño y el bajo índice de amigos solteros en Facebook les intenta decir, a gritos, que están mucho más cerca de Bridget Jones). después de que algunos profesionales del mundo de la edición le comentasen, con la boca pequeña, que la literatura para el lector masculino estaba tocada de muerte en los tiempos de la

Stephen King contraatacaba tomándole prestado un concepto a su hijo, el también escritor Joe Hill: la manfiction, lo que se podría traducir como literatura de consumo hecha a la medida del hombre moderno y que, en la mayoría de los casos, no deja de ser la puesta a punto políticamente correcta y liberada de sus aristas más broncas de la ficción hardboiled de toda la vida. El pulso entre la chick-lit y la manfiction subraya uno de los curiosos usos de la literatura de usar y tirar en la era del simulacro: la ficción como prótesis de la propia feminidad o masculinidad, la lectura como experiencia de autoafirmación para sentirse más mujer o más hombre. O el modelo de mujer y hombre que, al parecer, tiene más mercado:

a) la frivolona que puntúa sus polvos cuando charla con sus amigas, antes de seguir buscando a su príncipe azul recorriendo, sobre sus manolos, el sendero de baldosas amarillas de las tiendas de modas, y

b) el machote de corazón de oro que sueña con desfacer entuertos mientras vacía su mueble-bar, escucha jazz variante Starbucks y ojea una revista de armas.

'MANFICTION': MANUAL DE USO

Monógamo, gayfriendly y alérgico al equipaje. El nuevo arquetipo del género parece romper con el tipo duro de antaño. ¿O no tanto? Revisamos los antecedentes, autores imprescindibles, modelos básicos y hábitos del nuevo macho literario.

EL SPILLANE CHIC

"Yo no tengo fans. ¿Sabes lo que tengo? Clientes. Y los clientes siempre son tus amigos". Así resumía su poética literaria Mickey Spillane, creador del personaje Mike Hammer y tatarabuelo de la actual manfiction. En su ideario figuran otras perlas: "Mi trabajo puede ser basura, pero es basura de la buena". En suma, Spillane es el tipo de escritor capaz de provocarle viriles sueños húmedos a un hombre tan poco proclive a valorar las bondades del amor griego como Frank Miller, autor de Sin city. Spillane es, también, la coartada de todo hombre duro convencido de que si te pillan leyendo se te pude ir al garete tu fama de machote: leer una aventura de Mike Hammer, sin duda, no es ninguna mariconada, aunque la obra ilustrada del historietista homoerótico Tom de Finlandia también esté poblada de hombres de una pieza. En todo caso, si a usted le pillan leyendo a Spillane quizás puedan acusarle de sucumbir a la... garrulada.

En el desenlace de Yo, el jurado, primera novela protagonizada por Mike Hammer, el detective duro como una roca, llegaba a la conclusión de que la casquivana Charlotte había sido la asesina de su mejor amigo. Cuando Hammer llegaba a casa de la muchacha, ésta intentaba seducirle mediante la socorrida técnica del movimiento sexy, también llamado strip-tease. Después de que Charlotte terminase de desnudarse, Hammer no dudaba ni un momento en apretar el gatillo. Era uno de los finales más rudos y machistas en la historia de la literatura criminal, pero su poder para inflamar imaginarios masculinos sigue siendo considerable. La manfiction tiene esa escena como idea platónica, pero la clave es que nunca se atrevería a llegar a ella.

LOS EFECTIVOS

Stephen King elaboraba en un pispás su ranking particular de autores totémicos de la manfiction, aunque no parecía reparar en que en ella se combinaban alegremente el oro y la ganga. En concreto, una única onza de oro Michael Connelly y un porcentaje mayoritario de artesanos de la prosa autocombustible, cuando no directamente ortopédica.

Lee Child, el rey de la manfiction según King, es alguien que maneja la lengua como quien conduce un tractor: si, por ejemplo, se ve en el trance de describir la ciudad de Indianápolis no duda en recurrir al apunte en negativo, afirmando que "todas las ciudades son grises", pero, en un curioso acceso de singularidad cromática, "Indianápolis es marrón". En su novela Un disparo de la que se está preparando la adaptación cinematográfica, al lector puede crecerle la caspa, mientras Child se esfuerza por describir paso a paso a un francotirador tomando posiciones: "Alcanzó la base del muro y se extendió en el suelo, presionando con fuerza contra el hormigón. A continuación se incorporó hasta adoptar la posición de sentado. Luego se puso de rodillas. Dobló la pierna derecha contra el suelo...". ¿Ya están bostezando? No me extraña: la cosa dura unas líneas más antes de que suene el primer disparo.

Robert B. Parker que los fans del legendario escritor de novela negra Raymond Chandler consideran heredero del maestro, pues fue el encargado de completar su inacabada El misterio de Poodle Springs, Robert Crais, Richard Stark y Jonathan Kellerman son los otros nombres a tener en cuenta. El prestigio literario les está vedado, pero eso es de blandengues, ¿no?


LOS BETA MACHOS

Aseguran los cazadores de tendencias que a la idea de Macho Alfa le va a suceder la de Beta Macho, que podría tener en Nicolas Sarkozy uno de sus paradigmas. En la novela criminal de la era Playboy, un tipo duro como Travis McGee, creado por John D. MacDonald, se podía cepillar a 200 jacas (perdonen la expresión) en el curso de 21 novelas, pero ahora las cosas son muy distintas. Los tipos duros de la manfiction tienen sus matices: por ejemplo, Elvis Cole, el personaje creado por Robert Crais, viene a ser algo así como un Bogart para la era de la inmadurez, que no tiene rubor en reconocer su complejo de Peter Pan y en decorar su despacho con figuritas de personajes Disney. Y, bueno, la monogamia ya no figura en la lista de fobias del moderno matón: Spenser, el detective creado por Robert B. Parker, tiene incluso una novia marisabidilla que nunca se cansa de recordar que estudió en Harvard. En el fondo, todo lector de la serie desea matarla, pero se contiene... por si el Código Penal contempla alguna variante de la violencia de género aplicable al lector pasivo.

Spenser también tiene apadrinado a Hawk, un brutote afroamericano, y suele recurrir a los servicios de Teddy Sapp, un matón homosexual que pega como el hetero más asilvestrado. Alex Delaware, el personaje de Kellerman, también es un monógamo que puede presumir de amigo gay: Milo Sturgis. En suma, los chicos duros de hoy se preocupan mucho de que nadie les pueda acusar de misóginos, racistas u homófobos.

CÓMO SER UN HOMBRE DE VERDAD

Convendría recomendar algo al lector interesado en estos territorios: la mejor manera de no levantar sospechas sobre su rocosa masculinidad es no obtener el producto en esos antros de libertinaje y libre pensamiento que conocemos como librerías. Los quioscos de aeropuertos y los expositores de supermercados ya ofrecen con toda comodidad lo que un hombre alfabetizado necesita para leer como un hombre... de bagaje poco sofisticado. Habrá quien quiera emular a sus héroes: lo primero es olvidarse de eso que suelen llamar revistas masculinas Go, Men's Health, Gentleman y, en todo caso, nutrir el revistero con publicaciones dedicadas al armamento y a las artes marciales, por ejemplo.

Jack Reacher, el gañán inmortalizado por Lee Child, dibuja el mejor retrato robot del neomacho: ex militar y actual espíritu libre, recorre el país en autobuses de línea y compra su ropa de usar, sudar y quemar cuando ya huele mal en cada parada de varios días. Su única pertenencia es un cepillo de dientes. Por supuesto, Reacher, capaz de matar a un hombre con sus propias manos sin que los huesos de la víctima crujan de manera indecorosa, es alguien que no le hace ascos a las camisas hawaianas y que, en un momento dado, es capaz de conducir un furgón mientras suena un CD de Sheryl Crow a todo trapo. Uno intuye que, de ser español, sería de ese tipo de personas que añoran el Sepu. Sus oídos están familiarizados con el jazz cabe suponer que no en sus modalidades más abstrusas- y no suele utilizar las subordinadas en el registro conversacional.