jueves, 12 de febrero de 2009

La crisis del adicto al éxito

La dependencia del éxito profesional es una adicción muy peligrosa en los tiempos que corren, cuando la crisis no respeta a nadie. El paro puede ser la tumba psicológica de muchos triunfadores

ANNA GRAU | NUEVA YORK, Abc, 11 de Febrero de 2009

Primero se habló de los «workholics», los alcohólicos del trabajo. Ahora la patología de moda en Estados Unidos es la «adicción al éxito», eso es,la dependencia del éxito profesional como de una droga. Se trata de una adicción muy peligrosa en los tiempos que corren, cuando la crisis no respeta a nadie. El paro puede ser la tumba psicológica de muchos triunfadores.

Ser adicto al éxito parece un problema de gente sin verdaderos problemas. ¿Cómo se va a comparar una cosa así con no poder pagar la hipoteca, el seguro médico o la calefacción? Y sin embargo estudiosos de la conducta citados esta semana por «The Wall Street Journal» advierten del peligro de una cascada de graves depresiones en cadena en los niveles más altos de la pirámide profesional. El adicto al éxito no se enfrenta sólo a los dramas prácticos asociados a la pérdida del escalafón o del trabajo. La crisis se convierte para él en una crisis de identidad.

Brillantes periodistas

Esta patología golpea con particular dureza a personas que no se limitan a ganar dinero sino que desempeñan trabajos muy apasionados o creativos. Hace estragos por ejemplo entre brillantes periodistas de periódicos regionales que en los últimos tiempos se han enfrentado a salvajes reducciones de plantilla. Paul Wenske, reportero de investigación desde que tenía uso de razón,confiesa que se sintió en el limbo cuando los ajustes en el Kansas City Star lo dejaron en la calle. «De repente te miras al espejo y te preguntas: ¿quién soy yo?», cuenta.

«Es como tener todo tu dinero invertido en una sola acción, que es tu trabajo», describe Robert Leahy, director del Instituto Americano de Terapia Cognitiva de Nueva York. Los expertos insisten en que estas personas se identificaron «inmoderadamente» con su trabajo en parte porque les iba tan bien que a lo mejor eso les eximía de plantearse otros aspectos menos triunfales de su existencia.

Los consejos que dan los especialistas parecen verdades de Perogrullo: no cifrar la autoestima (o no sólo) en lo que uno hace sino en lo que uno es, no apostar el propio orgullo a glorias en el fondo efímeras (el éxito va y viene) sino en cualidades estructurales y permanentes, como la honestidad personal, la red familiar y social, etc. Abrir el foco de las amistades puede ser clave para personas que han vivido demasiado encerradas en un círculo donde tanto ganas, tanto vales.

Hay quien de repente se encuentra siendo víctima de sus propias trampas: por ejemplo, mostrar simpatía hacia los que sufren el paro pero pensar en el fondo que estar así es una vergüenza. La brusca cesación del éxito profesional obliga a enfrentarse a muchos fantasmas a cara descubierta.
El trago es amargo pero a veces cura. A Michael Precker, antiguo editor del Dallas Morning News, y a Steve Roman, que durante dieciocho años dirigió las relaciones públicas del banco más importante de Arizona, les costó mucho «divorciarse» de las marcas laborales que ya consideraban su segunda piel. Pero encontraron nuevos trabajos o fundaron sus propios negocios y ahora llevan una vida mucho más relajada, con los pilares del status mucho más repartidos.

Ser adicto al éxito parece un problema de gente sin verdaderos problemas.¿Cómo se va a comparar una cosa así con no poder pagar la hipoteca, el seguro médico o la calefacción? Y sin embargo estudiosos de la conducta citados esta semana por «The Wall Street Journal» advierten del peligro de una cascada de graves depresiones en cadena en los niveles más altos de la pirámide profesional.