jueves, 12 de agosto de 2010

ÚLTIMOS MODELOS DE LA VIRILIDAD EN EL CINE. Don Draper, Mad Men y el anhelo de masculinidad clásica










DANIEL V. VILLAMEDIANA
LA VANGUARDIA, Culturas, Miércoles, 26 de mayo de 2010


Don Draper es el último gran personaje del cine americano. Protagonista de la serie Mad Men, representa esa tradición de cine viril cuyos atributos no son los de la violencia o la musculatura, sino la presencia y la fuerza masculina, en un momento histórico en el que la virilidad parece seguir sumida en la crisis en la que entró allá por la década de los sesenta. Más allá de los clichés al uso, no pretendo hablar aquí de metrosexualidad ni de neomachos, sino de cómo algunos directores han querido plasmar su idea de lo viril y de la fuerza a través de los cuerpos de los personajes masculinos. Actores-presencia que se describen tanto por sus miradas y sus gestos, como por sus acciones y palabras. Esta tradición de la virilidad materializada en imágenes, de la virilidad puesta en escena, sin duda tiene un claro referente en el cine de género, tanto en el western como en el cine negro. De ahí proceden muchos de esos tipos violentos, bruscos y atractivos que van desde Humprhey Bogart, James Cagney o Robert Mitchum hasta Lee Marvin, y cuyo último eslabón sería Clint Eastwood. Pero, sin duda, el gran referente masculino del cine clásico ha sido John Wayne, especialmente en películas como El hombre tranquilo (John Ford, 1952) o La taberna del irlandés (1963).




Una gran pregunta que pocos directores se han hecho es cómo filmar la fuerza. La fuerza de un rostro, de una vida, de un cuerpo, de un gesto, de una mirada. Algo terriblemente complejo de encontrar. Y no me refiero a la violencia, al músculo ni al ejercicio, sino a la fuerza que emana de una presencia, en este caso masculina (porque todo lo anterior no quiere decir que no existan presencias y fuerzas femeninas). Tratando de responder a esta cuestión, en los últimos años, la representación de los modelos tradicionales de lo viril se ha ido transformando, tanto en el cine de autor como en el género norteamericano. En algunos casos se trata de filmes que tienen prácticamente como únicos protagonistas a hombres, que en su soledad o en amistad, exploran la masculinidad en términos no sexuales o violentos, muchas veces por la simple relación del hombre con su entorno. Fuera del ámbito hollywoodiense está, entre otros, el cine de Lisandro Alonso, Claire Denis (la más viril de las directoras) y Jim Jarmusch (también estaría la directora Kelly Reichardt con su Old Joy, 2006). Estos cineastas han trazado tres caminos diversos para el retrato del cuerpo masculino.



Lisandro filma a hombres aislados y sin apenas relación con la sociedad, pero sí con un paisaje, que se bastan a sí mismos gracias a su sabiduría “natural”, una reivindicación de la búsqueda de lo primitivo en el hombre. Claire Denis, con su culto al cuerpo masculino y con una mirada de mujer que desea esos cuerpos, crea personajes que son cultivadores de la fuerza (Beau Travail, 1999) y de la individualidad (L´intrus, 2004)), gracias a rostros como los de Alex Descas y Michel Subor. Jarmusch, especialmente con su último filme, The Limits of control (2009) da una deriva cool-samurai a una masculinidad pétrea, solitaria, profunda e incognoscible, perfectamente encarnada por Isaach de Bankolé.

En Estados Unidos, los dos grandes referentes de los últimos años del cine masculino americano son (dejando de lado Miami Vice de Michael Mann) la película Master and Commander (Peter Weir, 2003) y la serie creada por Mattew Weiner Mad Men. Estas obras presentan a dos personajes-presencia que han renovado y refinado la imagen de lo viril que procedía del cine norteamericano de los sesenta y especialmente de los setenta, más brutal y obsesiva. Un cine que exploró la violencia en una reivindicación de una masculinidad cuestionada por los acontecimientos históricos (liberación sexual de la mujer, guerras perdidas como la de Vietnam, conciencia y cuestionamiento del machismo), que también dio lugar subgéneros más amables como las buddy movies.

El filme de Peter Weir supone una de las escasas películas americanas en las que no aparece una sola mujer (únicamente una bella indígena de forma fugaz) y que crea un personaje contundente, duro y militar, pero intelectualizado y con sensibilidad para la música y para la vida, alguien con capacidad de reflexión y refinamiento. Lo extraordinario de este filme, con una gran dirección y una increíble tensión narrativa, es la creación de dos personajes complementarios: el científico ilustrado que luego sabe luchar cuando toca, y el capitán guerrero que saber tocar el violín también cuando toca. Dos humanistas de finales del XVIII, que aúnan las características de la sensibilidad y la fuerza, la de la moral y la de la amistad, pocas veces reunidas y sobre todo inteligentemente tratadas en un filme. Master and Commander supone un hito en el cine de acción por su capacidad para hacer cine histórico, cine fuerza, cine intelectual, dentro de una compleja producción hollywoodiense.

Por otro lado, la serie Mad Men retoma la figura ya conocida del americano triunfador con pasado oscuro, un individuo hecho a sí mismo, incluida una nueva identidad (es alguien que reniega de la fuerza bruta de sus antecesores para transformarla en fuerza creativa y, bueno, también sexual), y que está inmerso en una sociedad profundamente machista. Un personaje con un carisma y una presencia que le hace ser sin duda uno de los grandes personajes de la entrante década. Donald Draper (Jon Hamn) es un tipo que no se conoce a sí mismo. Un misterio dentro de un misterio que al mismo tiempo es un hombre refinado, de gestos y apariencia impecables, pero nunca simpático o gracioso. Su mirada es siempre dura y su inteligencia se desprende de cada uno de sus movimientos y palabras. Hijo de prostituta, hombre infiel, triunfador y pionero en el mundo de la publicidad, es el nuevo icono del cine americano. Incluso los silencios de Donald Draper, sus miradas, su forma de estirarse las mangas, de vestirse, de fumar, de beber, son absolutamente impecables, únicas, terriblemente atractivas. Es alguien que, sin un solo gesto violento, solo con su presencia en escena, representa una fuerza inquietante y al mismo tiempo subyugadora. Lograr filmarla, sin duda es uno de los grandes misterios del cine.

Entre la identidad y el deseo

JUAN TREJO

LA VANGUARDIA, Culturas, Miércoles, 26 de mayo de 2010

Empezar a hablar de la seriede televisión Mad Men diciendo que sus protagonistas son los trabajadores de una agencia de publicidad neoyorquina de principios de los años sesenta puede resultar contraproducente. Como introducción, no resulta todo lo prometedora que a uno le gustaría. Sin embargo, una vez superado el problema de las etiquetas, la serie creada por Matthew Weiner para la cadena AMC parece defenderse muy bien sola, como lo demuestra el hecho de que haya sabido hacerse un hueco,por méritos propios,en el olimpo de la actual ficción televisiva norteamericana; de lo que dan fe no sólo las audiencias, sino también la cantidad de premios que las tres temporadas emitidas han recibido hasta el momento.

Por otra parte, una vez superado el escollo de la primera pista, se hace imprescindible aclarar un detalle fundamental: su mayor virtud puede entrañar, a la hora de acceder a ella, su principal desventaja. Se trata de un drama adulto en el que todo lo que realmente importa ocurre fuera de campo, en el interior de los personajes, y sólo tenemos noticia de ello mediante elipsis significativas o extraños momentos epifánicos de un simbolismo puro. Pero Mad Men tiene también un llamativo componente externo, superficial si se quiere, que tanto Weiner como los encargados de marketing de la cadena AMC han sabido explotar con gran acierto para vender su producto: el factor provocador,su esencia políticamente incorrecta. En la primera temporada de Mad Men,sin ir más lejos, los personajes no sólo fuman como carreteros en cualquier situación imaginable (incluida la consulta de un ginecólogo) o beben alcohol a todas horas, sino que se trata, sin recurrir a subterfugio alguno, el adulterio, o la homofobia y el racismo propios del momento.

Destacando por encima del resto de los detalles que conforman la panorámica de la época uno especialmente conflictivo: el salvaje machismo imperante, retratado aquí sin sátira ni ironía ni crítica. Semejante dosis de materialismo sociológico, sin embargo,sólo podía resultar digerible a ojos de los televidentes del siglo XXI añadiéndole una cuota de belleza física, unas gotitas de nostalgia y una buena parte de estilo. Por decirlo de otro modo, convirtiendo ese mundo del pasado no sólo en un lugar habitable, sino en un estético paraíso de oportunidades perdidas. El tremendo hueco de significación que separa nuestra volátil era digital de ese mundo perdido de sólidos valores, aun siendo problemáticos, lleva a suspender el juicio, lo cual permite el rescate y traslado a nuestro presente de dos aspectos clave en el éxito de la serie: la moda chic de los años sesenta (detalle no sólo comprensible sino casi inevitable) y cierto anhelo de la masculinidad clásica (algo bastante más sorprendente).

Habida cuenta del éxito, los productores de la serie repitieron fórmula publicitaria al lanzar la segunda temporada, prometiendo “más alcohol, más tabaco y más sexo”. El gancho, sin embargo, ya no resultaba necesario con los fieles de Mad Men, que no habían tardado en descubrir que bajo el aderezo de todo lo comentado arriba, se escondían los verdaderos pilares de la historia: la evocadora profundidad de los personajes y la solidez de la trama. Ahí es, precisamente, donde más se ha notado que Matthew Weiner fue con anterioridad guionista y productor de Los Soprano; ese monumento de la cultura popular norteamericana. Igual que sucedía con los mafiosos de Nueva Jersey, Weiner ha sabido dotar a todos sus protagonistas de un matiz trágico, que aparece como en sordina en primer término pero que, poco a poco,va adquiriendo la ronca relevancia de un trueno que anuncia, como no podía ser de otro modo, la tempestad. Un matiz trágico encarnado, a modo de columna vertebral, en el conflicto entre la identidad y el deseo en el que vive instalado Don Draper (interpretado por un John Hamm de ademán impasible), pero también en las necesidades más ocultas de su esposa, Betty (una contenida January Jones que recuerda ala mejor Grace Kelly), o en la freudiana ambición de Pete Campbell (Vincent Karheiser), o en el ambiguo feminismo avant la lettre de Peggy Olson (Elisabeth Moss). Pero es que Weiner además ha sabido llevarse consigo la pátina de calidad cinematográfica a la que nos tienen acostumbrados las grandes producciones de la cadena de pago HBO.

Otro de los aciertos de Mad Men en su tercera temporada es la sutil y efectiva imbricación de los grandes acontecimientos históricos y los decisivos momentos íntimos de los protagonistas. Al contrario de lo que sucede en la serie española Cuéntame, con la que comparte cierta voluntad de redimir el pasado, en Mad Men los momentos históricos están elegidos con total intención, aparecen a modo de carga de profundidad, no como simple telón de fondo para indicar el paso del tiempo. La guerra de Corea, esaguerra olvidada en la que da comienzo la escisión identitaria en la que está instalado Don Draper; la batalla electoral entre Nixon,un americano digno de confianza, y Kennedy, un joven advenedizo, reflejo del sentido común al que da voz la agencia de publicidad Sterling-Cooper; la crisis de los misiles en Cuba, que coincide con la crisis matrimonial de Don y Betty y que recuerda poderosamente el final de El Padrino por su estructuración narrativa, o el magnicidio de Dallas, con su doloroso despertar a la realidad, son detalles temporales que no hacen sino espesar el marco sentimental de los personajes, llevando a que sus vivencias personales y las del país al completo apunten en una misma dirección.

No deja de ser curioso que el éxito de Mad Men coincida con la presidencia de Obama: debido principalmente a las comparaciones entre este y John F. Kennedy, basadas en la capacidad de ambos para infundir esperanza.

Haría muy bien el reciente premio Nobel en tomar nota de lo que le ocurre a los personajes de la serie. Por una parte, para no olvidar que no existe hoy en día diferencia alguna entre historia e intimidad. Y por otra,para tener presente que cuando se intenta acallar el deseo individual, incluso los momentos de mayor ilusión colectiva pueden convertirse de la noche a la mañana en la peor de las pesadillas.




Don Draper, de Mad Men, el hombre más influyente de 2009

Fuente: http://www.dentrotele.com/2009/10/08/don-draper-de-mad-men-el-hombre-mas-influyente-de-2009/


Una encuesta realizada a través del portal www.AskMen.com en el que se preguntaba a los internautas cuál era el hombre más influyente de este año ha dado como resultado que el elegido haya sido Don Draper, el personaje de ficción que interpreta John Hamm en la serie Mad Men.

El estudio realizado por www.AskMen.com, una página dedicada a los hombres y sus estilos de vida, da por ganador, es decir, como hombre más influyente del año, a Don Draper que supera incluso al presidente Obama o al atleta Usain Bolt.

El personaje es uno de los “jefazos” de una agencia de publicidad en los años 60, está casado y con hijos aunque tiene varias amantes y un pasado que ocultar. Algo que no le hace perfecto ante los ojos del público pero sí un referente porque representa valores clásicos que ahora por lo visto, entre los hombres, están de nuevo en alza.

En segundo lugar del ránking se sitúa el velocista Usain Bolt, seguido del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el presidente ejecutivo de Facebook , Mark Zuckerberg. Le siguen el juez de American Idol y gurú musical Simon Cowell, el Rey del Pop, Michael Jackson, el presidente ejecutivo de Apple, Steve Jobs, y el tenista Roger Federer.

La lista completa se puede ver en http://www.askmen.com/specials/top_49_men/

También:

http://www.vayatele.com/cuatro/mad-men-diez-razones-para-no-perdersela