martes, 17 de agosto de 2010

El severo Dante y los mirones

Fruta tan perfecta como las vértebras de Naomi, pero tan vacía como sus sesos

Antoni Puigverd  LA VANGUARDIA 17/08/2010 Ciudadanos
 
Las papilas gustativas maldicen el día en que la televisión concedió a la vista primacía sobre el resto de los sentidos. En tiempos del Homo videns, las frutas se han amanerado como el pan. Depiladas de toda fealdad, maquilladas como un travesti, evocan la carnalidad de Ava Gardner y compiten con las curvas de Jennifer López. Perfectas como la columna vertebral de Naomi Campbell, pero tan vacías como los sesos de dicha modelo. Sin necesidad de apoyarse en la vieja serpiente bíblica, invitan las frutas de hoy al mordisco más sensual. Pero cuando los dientes del deseo se clavan en sus carnes, la decepción es tan intensa que suena a bofetón.

De la misma manera que David y Victoria Beckham, patronos del vacío escenográfico de nuestro tiempo, dejan todo su encanto personal pegado en sus espejos, las frutas actuales dejan todo el sabor en la mirada. Tan apetecible como mentirosa, la fruta es teatro, puro teatro. ¿Existe, por ventura, un cutis más besable que el de un melocotón de viña, cuyo color retiene el sol de media tarde? Y sin embargo, ¡cuán difícil es encontrar en el súper uno que pueda prescindir de la ayuda del almíbar! Lo mismo puede decirse de cualquier otro de sus engañosos compañeros de frutería. Atraen todas las miradas, pero niegan todas las expectativas. Invitan al festín, pero niegan toda esperanza. Y puesto que acabamos de citar involuntariamente a Dante: es evidente que aquel tremendo poeta, de haber existido en los huertos de su tiempo frutas tan falsas como desaboridas, las hubiera enviado sin contemplaciones al segundo círculo infernal. Y allí, "como las grullas entonando sus lamentos", vagarían junto con Helena, Cleopatra y otras mujeres que, por su engañosa belleza, causaron colosales enredos y decepciones. Naturalmente, si aquel colérico poeta florentino llega a conocernos, también nosotros, beatos consumidores, hubiéramos acabado con nuestros huesos en aquel segundo círculo infernal, pues nuestro vicio es el de los voyeurs o mirones, que "la razón someten al talento".

Talentosa es, ciertamente, esta reducción actual de los sentidos a uno solo. Cuidar a la vez de la forma, el sabor, el olor, el tacto y la textura no es rentable. Lo más económico era convertir al consumidor en un niño que come por los ojos.

Por fortuna, sin embargo, llega el verano; y en cualquier rincón del país es fácil encontrar hortelanos vocacionales, que aman el surco más que el bolsillo. Gracias a ellos, he probado este año melocotones que me han llevado al paraíso. Y unos tomates de cor de bou que, aliñados con aceite de Belianes, dulce y dorado, me dejan sin palabras. Y unas cardenalicias berenjenas que saben a gloria. Por cierto, tomates, berenjenas y calabacines, ¿qué son: frutas o verduras? He aquí un dilema veraniego que algún día continuaremos, si les parece bien.