domingo, 26 de abril de 2009

El peor enemigo de la mujer soldado, su camarada


Un libro publicado en EE UU revela violaciones y acosos en Irak y Afganistán

YOLANDA MONGE - EL PAÍS Washington - 21/04/2009

El Pentágono admite que el 90% de los ataques nunca se denuncian

La soldado estadounidense Mickiela Montoya no llevaba un puñal amarrado a su pierna para defenderse del enemigo, al menos no del enemigo iraquí. Lo llevaba para protegerse de sus compañeros. "¿Sabes qué? Podría violarte ahora mismo y nadie te oiría gritar, nadie sabría lo que ha pasado", le dijo un soldado una noche tras acabar su turno de guardia. "¿Qué harías?", le preguntó desafiante el soldado a Montoya. "Apuñalarte", respondió ella sin dudarlo. "No tienes un cuchillo", prosiguió la conversación el compañero. "Sí que lo tengo", dijo tajante la soldado.

Mickiela Montoya no tenía un puñal aquella noche. Pero lo tuvo y lo llevó pegado a su cuerpo todas y cada una de las siguientes jornadas de los 11 meses que vivió en Irak. "Llevaba el cuchillo para protegerme de los míos".

"Para los soldados una mujer es sólo una de estas tres cosas: un bicho, una puta o una lesbiana", explica Montoya. "Los hombres no nos quieren aquí". Uno de los militares que sirvió con Montoya le explicó la razón por la que había mujeres en el Ejército: "Envían chicas sólo para alegrarnos la vista", le dijo. La teoría es que en Vietnam había prostitutas, pero no las hay en Irak, así que esa función la suplen las soldados. "Ésa es la razón por la que hay mujeres en el Ejército", le dijo.

En Irak han luchado y han muerto más mujeres estadounidenses que en ningún otro conflicto desde la II Guerra Mundial. Más de 206.000 mujeres han servido en Oriente Próximo desde el inicio de la guerra en 2003. Este número representa cinco veces más mujeres que en la guerra del Golfo y 26 más que en Vietnam. Más de 600 han sido heridas y 104 han muerto en Irak.

Pero a pesar de crecer en presencia, las mujeres en Irak siguen muy solas: son una de cada 10 dentro de las tropas. En ocasiones, están solas en un batallón.

Cuarenta mujeres han relatado sus experiencias a la profesora de periodismo de la Universidad de Columbia Helen Benedict en el libro El soldado solitario: La guerra privada de las mujeres sirviendo en Irak. De esas 40, 28 fueron violadas, agredidas sexualmente o acosadas. No fueron una excepción. Diferentes estudios basados en cifras del Departamento de Veteranos de Guerra dicen que el 30% de las mujeres han sido violadas mientras servían en el Ejército por sus propios compañeros, el 71% han sido agredidas sexualmente y el 90% acosadas.

El Departamento de Defensa sabe del problema y en su informe anual de 2009 sobre agresiones sexuales reconoce que el 90% de los ataques nunca son denunciados. Y cuando lo son, las denuncias no suelen llegar a buen puerto. Bien lo sabe Marti Ribeiro, tercera generación en la familia que pertenece (o pertenecía) a la Fuerza Aérea. La historia que Ribeiro relata en el libro incluye una violación y varios ataques en Afganistán. Fue violada por un soldado mientras guardaba una posición, lugar que no abandonó hasta que acabó su turno para ir, sin ducharse (para no borrar las pruebas de la agresión) a presentar una denuncia. Entonces le dijeron que si la presentaba le podían acusar de haber dejado su arma abandonada (¡durante la violación!). "Dejé el Ejército. Soñaba con convertirme algún día en oficial, como mi padre y mi abuelo, pero debido a que soy mujer ese sueño nunca se hará realidad".

Terrible debe ser el acoso cuando una mujer declara lo siguiente: "Me daban menos miedo los morteros que caían a diario que los hombres con los que compartía mi comida". Ésa es la experiencia de Chantelle Henneberry, quien sufrió un intento de violación por parte de un compañero en Irak. Cuenta Henneberry en un capítulo del libro que a partir de media tarde nunca bebía nada, a pesar de que hubiera 40 grados de temperatura y se desmayara por deshidratación. "Tenía pánico de ir a las letrinas sola". Sabía lo que le esperaba.

Mayor interés de los padres, hijos con mejores notas



Un niño en su escuela

El 45,9% de los padres cree que los centros exigen poco a los niños.- PAULA VILLAR

La actitud familiar influye más que la política educativa en los resultados

CRISTINA CASTRO - EL PAÍS Madrid - 24/04/2009

Hablar de educación en España es hablar de fracaso escolar, de abandono y de malos resultados. Entre el 30% y el 50% de los alumnos que empiezan estudios universitarios no los terminan, y sólo el 40% consigue acabar la carrera en los años previstos. En la enseñanza obligatoria los datos tampoco son muy halagüeños (véase el informe PISA, que compara los países de la OCDE). Pero un estudio presentado ayer arrojó un dato positivo para la esperanza: los padres se implican más en los estudios de sus hijos, y es precisamente su actitud el factor más determinante en el éxito escolar.

La Fundación de Cajas de Ahorros presentó ayer el estudio Educación y familia: los padres ante la educación general de sus hijos en España, el resultado de una investigación realizada por Víctor Pérez-Díaz, catedrático de la Universidad Complutense; Juan Carlos Rodríguez, profesor de la misma universidad, y Juan Jesús Fernández, doctorando de la Universidad de Berkeley (EE UU).

Según el informe, (realizado a partir de 820 encuestas a padres y madres de alumnos en mayo y junio de 2008), el 56% de los adultos ayuda con frecuencia a sus hijos con los deberes escolares, un 17% más que en 2000. Y les acompaña más al teatro (del 235 al 34%) o a museos (del 19% al 48%). Los padres acuden, además, en mayor proporción que antes a las reuniones con los profesores (95%). Estos datos adquieren relevancia si se encuadran en la tesis de sus autores, que defienden que la solución a los problemas educativos pasa más por un cambio de actitud en padres, profesores y alumnos que por un manejo político/legislativo de la situación.

La profesora sueca Inger Enkvist, especializada en educación comparada, expuso los resultados de una investigación realizada en California (EE UU), que concluye que, más allá del nivel educativo, social y económico de los padres, es la actitud de la familia lo que más influye en la educación de los hijos.

Los padres, como responsables del aprendizaje de sus hijos, se dan a sí mismos una nota alta en implicación (4,1 de 5) y valoran el esfuerzo de los centros para inculcar hábitos de esfuerzo (3,9 de 5), urbanidad (4,1) y sentido de la responsabilidad (4,1). No obstante, el 45,9% de ellos cree que el nivel de exigencia es demasiado bajo, aunque otro 44,6% cree que es adecuado y el 5,5% lo ve demasiado alto. Para los padres, es más importante (lo cree el 63%) que el colegio inculque que "los estudiantes convivan entre sí y estén a gusto, evitando competencias" en vez de que "cada estudiante intente destacar en los estudios de modo que se acostumbre a dar el máximo de sí mismo" (29%). Por otro lado, crece la percepción de que aumentan los problemas de disciplina. Tres puntos más, hasta el 16%, mencionaron que sus hijos habían recibido amonestaciones, y el 12% declaró que su hijo se sentía acosado.

Aunque la sensación de los padres frente a sí mismos y los colegios es positiva en cuanto a educación, las cifras decrecen y se sitúan en un 3 sobre 5 si califican la calidad de la enseñanza.


Los adultos opinan

- El 39,7% de los padres cree que la información que le da el centro sobre el rendimiento de sus hijos es insuficiente.

- Sólo un 3,8% afirma que no les ayuda con la lección, frente al 21,8% de 2000.

- El 21,8% piensa que el sistema educativo debería ser sólo público. En 2000 esa cifra era del 51,9%.

- El 27,3% prefiere que sus hijos tengan mucho tiempo libre, frente al 21,6% de 2000.

Aumenta el número de adolescentes enganchados a juegos de rol por Internet


'World of Warcraft' y 'Tibia' son los juegos de rol a los que los jóvenes son más adictos - Los jugadores patológicos dedican al ordenador más de seis horas diarias, jugando de noche y durmiendo de día

ANA PANTALEONI EL PAÍS 23/04/2009


Jugaba de noche. Dormía de día. Metido en su cuarto, siempre sentado frente a la pantalla del ordenador. Sus padres quisieron poner fin al juego. Cortaron el ADSL. El chaval sufrió un cuadro de agitación y destrozó medio piso.

El número de jóvenes adictos a los juegos de rol online aumenta. Así lo confirman las dos unidades de conductas adictivas en adolescentes que hay en Cataluña, en el hospital Clínico y en Sant Joan de Déu. El perfil es el de un varón de entre 14 y 16 años, con una patología asociada, que dedica más de seis horas al día a jugar, siempre de noche. Poco a poco, el juego le genera conflictos en casa y agresividad hacia los suyos. Son juegos en red que transcurren en tiempo real, se practican en grupo y le exigen un compromiso diario.

Más de 25 horas semanales

"En España encontramos jóvenes y adolescentes adictos a los juegos de rol online, que sufren trastornos de conducta y otros efectos psicosociales negativos derivados de este problema y que requieren tratamiento", explica Rosa Díaz, psicóloga clínica de la unidad de conductas adictivas del Clínic. "Muchos de estos chicos dedican más de 25 horas a la semana al uso lúdico del ordenador y en algunos casos se presentan conductas propias de una adicción: negación del trastorno, pérdida del control, mentiras...". Hay quien roba o se hace con los datos bancarios de algún familiar para poder mantener el ritmo del juego.

Desde el inicio del programa de atención a adolescentes con trastornos adictivos, en 2005, los casos de adicción a videojuegos online o juegos de rol por Internet se han ido incrementando. En total, ya han pasado por la consulta del Clínico 15 pacientes, que suponen alrededor del 5% de las visitas. Los números son similares en Sant Joan de Déu. Todos ellos son chicos y todos tenían el ordenador instalado en su habitación.

"Adquieren un compromiso con el grupo, suben de nivel, se hacen más fuertes y deciden a quién ayudan. Construyen un patrón que algunas veces se traslada a la vida real", afirma el psicólogo Josep Lluís Matalí, quien, junto con el especialista en psiquiatria José Ángel Alda, ha escrito Adolescentes y nuevas tecnologías: innovación o adicción.

"El abordaje terapéutico principal en estos casos es la psicoterapia cognitivo-conductual individualizada. El objetivo será conseguir un uso controlado de esta tecnología, algo que en algunos casos no llega a ser posible, siendo preceptivo un periodo de abstinencia completa", explica Javier Goti, psiquiatra del Clínico. Durante ese tiempo, el chaval no tocará el ordenador.

La intención es que logren jugar con sentido común. Pero para llegar a ello hay que superar un tratamiento complejo. En el Clínico señalan que uno de los juegos más frecuentes es World of warcraft, que tiene 11 millones de suscriptores de pago y ha logrado que usuarios de medio mundo se den cita para colarse a la misma hora en este mundo de fantasía heroica. Otro de los juegos, según explican en Sant Joan de Déu, es Tibia.

"Coge a los chicos en edades muy difíciles, en muchos casos hay inmadurez", subraya Goti. La familia desempeña un papel clave para que el adicto supere la situación, coinciden los médicos. El psiquiatra del Clínico aclara: "No se deben demonizar. Estos juegos sirven a algunos chicos para desarrollar vínculos y mejorar habilidades cognitivas, pero hay un porcentaje que puede desarrollar adicción. El objetivo es enseñarles a jugar con sentido común, enseñarles a usar unas tecnologías que están ahí y son útiles".

Catalanes entre 30 y 35 años


Los sueños de una generación

ÀngelCastiñeira y Josep M. Lozano - LA VANGUARDIA 26/04/2009

Por razones coyunturales, últimamente se habla - y mucho nos tememos que se seguirá hablando-de la generación Bolonia. Sin embargo, fuera de los focos del espectáculo callejero, una generación está emergiendo silenciosamente.

  1. Tienen entre 30 y 35 años.
  2. Algunos de ellos son profesionales que ocupan niveles intermedios de responsabilidad y pronto, con un poco de suerte y el permiso de la crisis, asumirán cargos directivos.
  3. Son los hijos de la transición democrática y los primeros que no conocieron el franquismo. Por eso mismo, se autodefinen como no traumatizados (por los déficits, urgencias y complejos de sus padres).
  4. Forman parte de su normalidad la lengua catalana, TV3, el rock catalán, la referencia europea, la laicidad, las nuevas estructuras familiares o los viajes.
  5. No han padecido ni la mili ni la peor versión preconciliar del catolicismo.
  6. Han vivido un bienestar sin precedentes, están bien formados, valoran el confort y tienen capacidad de elegir.
  7. Viven el ritmo de la inmediatez y la aceleración, razón por la cual la gestión del tiempo y las prisas forman parte de su realidad cotidiana.
  8. También forma parte de su universo una cierta retórica de lo global, la interconexión en redes y el acceso a, y el consumo constante de, información.
  9. Comparten de manera difusa los nuevos valores del respeto a la diversidad, el pluralismo y la sostenibilidad, pero, a pesar de ello, adolecen de la falta de una causa común generacional.

Abusando de Buero Vallejo, podríamos decir que, a pesar de sus limitaciones, sus padres encarnaron la épica de "un soñador para un pueblo". Ellos, en cambio, se diría que viven generacionalmente "en la ardiente oscuridad". A lo peor, ni ardiente. ...

artículo incompleto

jueves, 23 de abril de 2009

La crisis y el el consumimo desenfrenado de los jóvenes

Niño, el dinero no salía gratis del cajero

La crisis abre la oportunidad de cambiar el patrón de educación: el consumismo desenfrenado termina, el deseo y el esfuerzo vuelven a tener valor y la satisfacción deberá ser menos material

ANA PANTALEONI 22/04/2009


Leopoldo Abadía: "Les diría que hay que plantearse gastar menos"

Roger, 11 años: "Estoy preocupado porque Islandia se empobrece"

Los expertos aconsejan hablar con los chicos, pero sin apabullarlos

"Me sorprende lo conscientes que son", afirma un padre

"Les enseñaremos a vivir, a estirar el brazo menos que la manga. Habrá menos regalos, pero más fantasía". El popular economista Leopoldo Abadía explica así lo que enseñará a sus nietos sobre la crisis económica, que también la sienten ellos en casa y en el colegio.


Ellos también sufren



¿Existe una oportunidad? ¿Servirá la crisis para cambiar el patrón de consumismo infinito que ha marcado a las últimas generaciones de adolescentes de clase media y alta? "Ésta es la expectativa que tenemos en el ámbito de la psicología, que la crisis económica sirva como modelo de aprendizaje de que los indicadores de bienes y marcas no pueden ser aspectos sobre los cuales el sujeto pivote su autoestima", explica Marina Romeo, doctora en Psicología Social de la Universidad de Barcelona. Romeo proyecta la idea de que la satisfacción se vuelva menos material, es decir, erradicar el "yo soy más porque tengo esta marca".

La crisis puede ver nacer una nueva generación de menores más conscientes del valor de las cosas y en los que el deseo vuelva a tener un papel. El psicólogo Enrique García Huete explica que la crisis es una oportunidad para transformar el deseo en motivación y esfuerzo.

Vivir con menos. Ésa parece ser la lección que deben aprender los escolares de clase acomodada y todos los demás. "La necesidad nos obliga a ser sobrios, aunque hay padres que todavía son inconscientes y no abren los ojos de los niños para que realmente vean lo que cuestan las cosas", dice Nuria Chinchilla, profesora del IESE y directora del Centro Internacional Trabajo y Familia.

"Los padres pueden aprovechar la crisis para educar a sus hijos, y los adolescentes pueden aprender a vivir como siempre. No es obligatorio tener un MP3", explica Abadía, sentado camino a Valencia para firmar libros. Su obra, La crisis Ninja y otros misterios de la economía actual, va por la novena edición.

¿Qué hay que contarle al niño? "Todo el rollo que yo cuento no se lo contaría, aunque sí le diría que tenemos que plantearnos gastar menos; que es un momento en que las cosas en todo el mundo van peor, que en todos los países hay menos dinero que antes", dice Abadía.

La mamá le enseña un precioso camisón que se acaba de comprar. Su hijo Pepe, de cinco años, que últimamente no para de oír en casa palabras como alquiler, hipoteca, créditos o propiedad, le salta: "Mami, ¿pero es tuyo o es de alquiler?".

A los 11 años, Roger sabe mucho sobre la crisis económica. Se lo lee todo, lo escucha todo. "Estoy muy preocupado por Islandia", explica el niño. "Era uno de los países más ricos y ahora ya no. Se está empobreciendo". Roger quiere ser astrónomo, lee los periódicos diariamente y ve los informativos de las televisiones. Sus amigos, no. Pese a la hondura de la crisis, Roger, sin embargo, está contento. "Tengo la hucha superllena. Casi no gasto".

La crisis económica ha llegado a las aulas de las escuelas, a la ESO y hasta el parvulario. Los niños sienten la crisis, la dibujan, la escriben y la sufren. Si el tema no sale en casa, lo ven en la televisión o lo escuchan en el patio del colegio; pero la mayoría vive la crisis en el hogar.

"Muchas veces no pensamos que el niño forma parte del núcleo familiar. Los adultos, en ocasiones inconscientemente, les dejamos a un lado", critica Encarna Salvador, secretaria general de la Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (Ceapa). "Hay que contarles la verdad, pero también intentar que el clima en casa no resulte irrespirable".

Con una tasa del paro del 13,91%, muchos niños ven que algún familiar está desempleado, que su padre o su madre se han quedado sin trabajo, o los dos (en un año hay 385.500 hogares más con todos sus miembros desempleados, de un total de casi un millón). Todos los niños han oído que hay que apretarse el cinturón.

"Sanitariamente esta crisis afectará poco porque estamos en un país que tiene las necesidades cubiertas", dice el médico de familia Pedro Cañones. "Lo que sí que hay es un cierto problema sociosanitario. Estamos en una sociedad con muy poca tolerancia a la frustración y los adolescentes son el vivo ejemplo. Muchos de estos chavales, ante la frustración de no tener lo que podían tener antes, les puede llevar a comportamientos anómalos".

La asignatura de Historia del Mundo Contemporáneo se salta hoy el temario del libro. Josep Maria Pérez, profesor de primero de Bachillerato y director del instituto Infanta Isabel de Aragón, de Barcelona, anuncia: "Hoy hablaremos de la crisis". Silencio. "Queremos saber qué pensáis de la crisis que estamos viviendo". Silencio. "La crisis también la vamos a sufrir aquí. No lo notaréis en la calefacción, pero puede ser que el año que viene se supriman algunos grupos de asignaturas minoritarias". Ahora les toca el corazoncito. "Mi madre no me dice tanto que vayamos de compras", cuenta Irene sentada en la tercera fila de la clase. "Para ir al cine te dejas 20 euros", se queja Lorena. "La crisis es una putada", susurra una compañera. Albert da argumentos académicos y todos escuchan: "Los bancos dieron hipotecas y préstamos a gente que sabían que no podían pagar y éstos se hicieron casas que no podían pagar". Es la tesis Ninja.

Con crisis o sin ella, un hijo es una fuente inagotable de gasto. Así lo refleja el estudio Lo que cuesta un hijo (2006), de la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios. Un ejemplo: la compra de pañales y productos cosméticos para el bebé representaba en el año 2000 un coste medio anual de 102.000 pesetas (613 euros). Si aplicamos el incremento del IPC, el gasto actual debería ser de 766 euros; sin embargo, lo que ahora destinan las familias por esos mismos productos son 1.200 euros. Eso es sólo cuando es un bebé. Se calcula que un hijo cuesta desde que nace hasta que cumple 18 años entre 100.000 y 300.000 euros.

No hay que salir de casa para palpar la situación. Los progenitores han aplicado el efecto euro a partidas más o menos voluntarias. En la paga es donde más notan la crisis los adolescentes. Francisco Iniesta accede a hablar como profesor de la escuela de negocios IESE, pero acaba hablando como padre de seis hijos: "Me sorprende lo conscientes que son; es un tema diario de conversación, aunque por supuesto también les aburre. Los hijos mayores son capaces de entender el esquema de las hipotecas basura".

Los niños, según Iniesta, han visto en los últimos tiempos cómo se les reducía la lista de gastos, cómo se aplazaba la reforma de la casa, de qué forma se alargaba la vida de la ropa y se pasaba a consumir alimentos más sencillos.

Desde comienzo de curso, sólo en Cataluña, uno de cada cinco niños de guarderías privadas ha dejado de comer en el centro. La comida y la merienda en casa les supone a los padres un ahorro de aproximadamente 150 euros mensuales.

Dolors Petitbo, jefa de sección del Departamento de Psicología del hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, explica que de momento no llegan consultas específicas sobre el tema porque la sociedad es suficientemente madura para afrontar la situación. "Probablemente habrá una bajada a la realidad que será positiva. Los adolescentes lo ven como un toque de alerta, y se quejan porque los padres les dan menos dinero", explica esta doctora.

La televisión es la principal fuente de información que tienen los jóvenes sobre la crisis, aunque también Internet. "Es de aquellas cosas que oyen continuamente, pero internamente no tienen resonancia de tragedia". Hasta que el desempleo entra en casa. "Lo que hemos notado es que muchos progenitores están en paro. Hay chicos con inquilinos en casa, con dificultades para pagar el material escolar, aunque la crisis no es un tema de conversación entre ellos", afirma Alejandra Calvo, monitora de integración del instituto Pío Baroja de Madrid. "Si la familia se desestructura es cuando repercute en el rendimiento escolar del niño", añade Jacinta Herreros, profesora técnica de servicios a la comunidad del mismo centro.

De momento, no hay ningún estudio que muestre cómo afecta la crisis a los escolares. "Aunque no es el único, el factor económico es fundamental para el bienestar de los niños. Cuando uno de los padres se queda en paro genera una situación de incertidumbre. Las familias se reajustan y el clima familiar también se ve afectado", explica Juan Ruiz-Canela, presidente de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria.

Crisis es oportunidad. No todo el mundo está de acuerdo con la frase o, como mínimo, hay expertos que apuntan que no se está aprovechando. "La crisis lo que acaba planteando es que va a ser una situación para apretarse el cinturón, pero eso no hay que confundirlo con una voluntad de vivir con una cultura de consumo diferente", opina Víctor Renes, responsable del Servicio de Estudios de Cáritas.

Para Cañones, los adolescentes no son conscientes de lo que está pasando. "Tampoco creo que funcione como idea colectiva; mis padres vivieron la posguerra y todas las estrecheces del mundo y la generación de mis hijos ya se ha olvidado. El ser humano no aprende de estas cosas". La profesora Chinchilla considera que la época de la posguerra no es comparable a la situación actual: "Entonces la gente sufrió hambre. Ahora seremos pobres, pero no miserables".

La psicóloga Petitbo y el economista Abadía coinciden en pronosticar que la crisis es un regulador que servirá para dar valor a las cosas. "Hay niños que siguen pensando que el dinero sale del cajero automático con sólo apretar un botón. Antes los niños sabían qué hacían sus padres y el esfuerzo que les suponía el trabajo. Ahora se habla poco de ese esfuerzo, sólo en las familias separadas se oye hablar de gastos y dinero", explica la psicóloga.

"En muchas conversaciones entre adolescentes hablan de la crisis como algo alejado de ellos, pero que tienen que soportar como tantas otras cosas de los adultos", argumenta el psicólogo y escritor Xavier Guix. "Hay que explicarles la realidad familiar pero sin dramatismos ni culpabilidades. Eso no significa ahorrarles la preocupación y hacer ver que no pasa nada". Abadía rompe una lanza en favor del optimismo recalcitrante: "De la Guerra Civil española tengo un buen recuerdo gracias a mi padre. Cuando sonaban las sirenas de los aviones me cogía a caballito y bajábamos al refugio cantando. Para mi padre seguro que era un momento amargo".

Carol es de las madres que "machacó" a sus niños con el tema. Tiene dos hijos que son dos polos opuestos. Pepo, de 10 años, "introvertido, nada consumista, nunca pide nada". Violeta, de ocho años, "nació consumista". Y Carol aprovechó la crisis para rebajar esas actitudes consumistas. La respuesta de Carol era siempre "pídeselo a los Reyes".

A la vuelta de las vacaciones de Navidad, la madre de Violeta recibió una llamada del colegio. Su hija Violeta había escrito una redacción sobre la noche del 24 de diciembre con el título ¿Llegará la Navidad? Contaba la historia de tres hermanas que se iban a dormir muy preocupadas porque, por culpa de la crisis, Papá Noel probablemente pasaría de largo.


Ellos también sufren

LOURDES GAITÁN EL PAÍS 22/04/2009

En un mundo globalizado todos estamos afectados por los fenómenos globales. También los niños. En el aspecto objetivo, dos factores influyen en el bienestar material de los niños: la existencia y la generosidad de los paquetes de beneficios sociales y la capacidad económica de sus padres para cubrir sus necesidades. Esta capacidad depende, a su vez, de su edad, nivel de formación, tipo, características y condiciones de trabajo.

Los últimos estudios sobre pobreza infantil en España (Cáritas, 2006, Caixa de Catalunya, 2008) señalan que el 23% de los niños españoles se encuentran por debajo del umbral de pobreza. Dentro de la población infantil, los niños en edad escolar presentan los niveles de riesgo más elevados. Los hogares que presentan mayores tasas de pobreza son aquellos donde ninguno de los progenitores trabaja, así como los monoparentales cuando la madre no trabaja. La pobreza también aumenta cuanto mayor es el número de niños en el hogar.

A la vista de estos datos, y de las informaciones de las que todos disponemos sobre la situación del desempleo en nuestro país, no es difícil concluir que, con motivo de la crisis, más niños españoles están cayendo por debajo del umbral de pobreza, y que los paquetes de beneficios sociales no están compensando los déficits.

En el aspecto subjetivo se podría señalar que los niños, por su gran capacidad de empatía con sus padres, sufren y se identifican fuertemente con las dificultades económicas o de otro tipo que tienen estos y también que son capaces de generar fuertes mecanismos de defensa para superar situaciones complicadas. Las pautas de consumo de los niños tienen que ver con las que detentan sus padres, pero también son una forma de compartir e integrarse con su grupo de edad. Cabe suponer que la rebaja en expectativas de consumo también será algo compartido ahora por los niños.

Si las crisis representan oportunidades, también será así para nuestros niños, niñas y adolescentes, siempre que se les permita participar de la información, de la preocupación, de la búsqueda de estrategias personales, familiares, locales, globales, de la aplicación de soluciones. La crisis puede ser una oportunidad para cambiar la imagen de los niños actuales como consumidores insaciables e irreflexivos y verles como a las demás personas: seres humanos que viven la vida conforme a los patrones que rigen en el momento concreto, sin por ello dejar de preguntarse por las razones de que el mundo sea como es.

Lourdes Gaitán es socióloga de la Infancia.

martes, 21 de abril de 2009

Alcanzar la condición de adulto

Límites y fronteras de la madurez

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Criterios de la condición adulta

Manuel Cruz - LA VANGUARDIA 19/04/2009

Un rasgo significativo de la condición adulta o madura es que no se obtiene ni se consigue, sino que es atribuida o recibida

¿Cuándo decimos que una persona joven ya ha entrado de lleno en la edad adulta? Antaño ese tránsito estaba claro y unívocamente señalizado a través de determinados ritos de paso. Del servicio militar, por ejemplo, se decía - con un convencimiento que hoy sin duda nos hace sonreír-que los chicos volvían hechos unos hombres. La desaparición - o la devaluación-de tales ritos ha desdibujado las fronteras y emborronado los límites, de manera que plantear hoy la pregunta inicial obliga a una mínima definición previa de lo que queremos decir en cada caso. Si identificamos, como suele hacerse en el lenguaje ordinario, edad adulta con pleno desarrollo de todas las esferas del individuo (física, psicológica, emotiva...), de inmediato comprobamos que no resulta fácil dibujar hoy aquellas líneas de demarcación, de la misma forma que se hace francamente difícil establecer el grado de madurez de una generación en comparación con otra. Así, se suele afirmar que los varones de las generaciones anteriores solían empezar a trabajar a los catorce años, mientras que las mujeres acostumbraban a casarse con veintipocos y empezaban a tener hijos de inmediato. .

La generación actual, en cambio, se incorpora mucho más tarde al mercado de trabajo (no son pocos los que lo hacen cerca ya de la treintena), abandonando el domicilio familiar, contrayendo matrimonio y asumiendo responsabilidades como padres bien entrada esa década. Si se atiende únicamente a estos elementos, se tendría entonces la tentación de concluir que la madurez de la condición adulta se alcanzaba antes mucho más deprisa que ahora. Pero, a poco que uno amplíe los elementos que considerar e introduzca, por decir algo a voleo, datos como el de que muchos mozos no habían visto el mar hasta que habían ido a la mili, o que muchas mujeres no habían conocido varón hasta que se casaban, en seguida se deja ver que el signo de la comparación está lejos de ser inequívoco.

Pero probablemente no baste con concluir, a partir de lo precedente, que lo que consideramos edad adulta es algo que varía a lo largo del tiempo y según las sociedades. Sin duda parece ser así, pero no habríamos avanzado gran cosa con la constatación (a fin de cuentas, ¿qué hay que no varíe a lo largo del tiempo y según las sociedades?) si no fuéramos capaces de mostrar a través de qué mecanismos se produce la variación. Y es al llegar a este punto cuando se nos aparece un rasgo particularmente significativo de la condición adulta o madura, a saber, que ella no se obtiene ni se consigue, sino que es atribuida o recibida. En concreto por las generaciones anteriores, que son las que establecen los procedimientos o, en todo caso, los criterios para la atribución.

Importa subrayar esto porque no siempre están claros tales criterios. Hay algo profundamente inquietante en la forma como las generaciones ya instaladas en la madurez tienden a considerar a las que vienen detrás. Así, llama la atención la reacción - a medio camino entre el estupor y el escándalo-que, con tanta frecuencia, tienen ante los más jóvenes.

Llevo toda mi vida escuchando la frase “los jóvenes de hoy saben muchísimo más que nosotros”, frase que, a menudo, se refuerza con aquella otra, igualmente repetidísima, “yo a su edad era muy inocente”.

La cosa no daría mucho de sí a no ser porque la pronuncian incluso aquellos que no lo eran en absoluto, lo que mueve a pensar en el motivo profundo por el que los individuos, a partir de una cierta edad, necesitan proyectar inocencia con efectos retroactivos sobre su biografía.

Quizá sea una forma indirecta de intentar descargarse de responsabilidades, de protegerse por anticipado de los reproches que precisamente los más jóvenes les podrían lanzar por la trayectoria que han seguido o por la forma en que han vivido. Acaso nada deje más en evidencia el radical artificio de eso que llamamos condición adulta - y ya no digamos madurez-que la confrontación con aquellos que optan por vez primera a ella. Probablemente, la desaparición - o la devaluación-de los ancestrales ritos de paso a la que empezábamos aludiendo haya sumido en una profunda confusión a esos mayores encargados de gestionar el relevo. En todo caso, la confusión nunca es un buen lugar para quedarse a vivir.

Y resulta un poco preocupante que los mismos que con tanta frecuencia son capaces de sobreproteger a los más jóvenes hasta extremos casi ridículos, también lo sean de reaccionar, nerviosos, cuando se sienten amenazados por esa misma franja generacional, exigiendo, pongamos por caso, el más duro de los castigos para ciertos delitos, con independencia de la edad del delincuente. Poca madurez, desde luego, parecen demostrar quienes tienen criterios tan volubles.

M. CRUZ, catedrático de Filosofía de la Universitat de Barcelona (UB)

Un término polisémico

Josefa Pérez Blasco - 19/04/2009

La tendencia continúa: convertirse en adulto es un proceso cada vez más lento, progresivo y fragmentado

El término adultez designa realidades muy diversas incluso dentro de un mismo marco temporal y geográfico. Obviamente, la diversidad se multiplica cuando comparamos distintas generaciones o grupos culturales. Desde la segunda mitad del siglo XX se viene definiendo la adolescencia como un periodo de transición en el desarrollo humano propio de las sociedades occidentales complejas, y por tanto, inexistente en entornos menos sofisticados y evolucionados tecnológicamente, en los que el paso de la infancia a la adultez es más temprano - cercano a la pubertad-, rápido y ritualizado. Esta tendencia continúa: convertirse en adulto es un proceso cada vez más lento, progresivo y fragmentado. Las últimas teorías sobre el desarrollo describen una segunda transición, aproximadamente entre los 18 y los 30 años, denominada adultez emergente, con características específicas que la diferencian de la adolescencia y de la vida adulta propiamente dicha. Así, aun cuando este grupo de edad goza de mayor libertad que grupos más jóvenes, quienes lo integran siguen, total o parcialmente, dependiendo y conviviendo con su familia, mientras continúan explorando en las esferas afectivosexual y vocacional y construyendo su visión del mundo. ...


J. PÉREZ BLASCO, profesora titular de la Universitat de València

(artículo todavía incompleto hasta que pueda consultarse en la hemeroteca de LA VANGUARDIA pasado un mes)


Aburrimiento y creatividad


EL PAÍS 19/4/2009

Los psicólogos critican la obsesión de los padres por ocupar el tiempo de sus hijos

 Dos pequeños barceloneses en un momento de aburrimiento extremo, la semana pasada. Foto:  IMMA COY
Dos pequeños barceloneses en un momento de aburrimiento extremo, la semana pasada. Foto: IMMA COY
MAURICIO BERNAL
BARCELONA

Elogio del aburrimiento infantil: importa que el hijo no tenga nada que hacer. Importa ese momento de la jornada en que no está en el colegio, no tiene clase de fútbol o ballet, no está aprendiendo a tocar el piano ni la flauta ni el oboe, tiene los deberes hechos y la consola apagada, el ordenador está en manos del padre o de la madre y todo tiene un aspecto que tiende al vacío. Importa entre otras cosas porque es cada vez más raro, y porque ante esa especie de obsesión paternal por tener unos hijos con algo parecido a una agenda, es decir unos hijos ocupados, o bien porque se entretienen o bien porque estudian, los psicólogos han acabado por pedir que vuelva el aburrimiento. Que se aburran los niños, por favor. Que se aburran, a ver si de golpe, quién sabe, se les ocurre algo.


"Al niño siempre le están diciendo lo que tiene que hacer --explica Mónica Dósil, psicóloga de ISEP Clínic--. Hay tanta conciencia pedagógica sobre los menores y tanta información sobre lo que hay que hacer con ellos..., y los padres la ponen en práctica. Inconscientemente, fomentan la dependencia. Siempre le están diciendo al niño cómo emplear su tiempo, se lo dan todo masticado y así le roban le autonomía".


Puede que sea la generación de los niños que carecen de tiempo libre, la que se está perdiendo el placer de no hacer nada o, al menos, de hacer lo que les venga en gana. Pero no: vuelan de un lado a otro los consejos sobre lo que hay que hacer con ellos, cómo educarlos mejor e incluso cómo mantenerlos ocupados. Y el efecto, según advierten los profesionales del ISEP, es nefasto: algo que llaman "la inteligencia anestesiada".


"Se les anula la inteligencia porque no tienen nada en qué pensar, porque ya todo está pensado. Los padres se asustan mucho cuando advierten que sus hijos se aburren, pero lo ideal es que el niño tenga ese hueco, que en realidad es un hueco en su cabeza, en su tiempo, un espacio para pensar, para decir: '¿Qué hago? ¿Qué puedo hacer?'. Igual empieza simplemente deambulando por ahí, pero igual acaba cortando papeles, como antes --explica Dósil--. La diferencia con el pasado es que antes el menor estaba desprotegido, pero ahora hay tanta atención que sin duda acaba sobreprotegido".

EL PROBLEMA DE LA INICIATIVA


El problema está directamente relacionado con la creatividad. "No se trata de decir a los niños: 'Siéntate y abúrrete', claro. Se trata de que se aburran para pensar, que tengan tiempo libre para que se les ocurran cosas". No existe constancia de que Dalí haya sido un niño aburrido, pero a nadie le cabe duda de que tuvo mucho tiempo para pensar, en la niñez o en la adolescencia o en la juventud: en algún momento (y más tarde, por descontado, en su excéntrica vejez).


"Vemos cada vez más casos de menores que padecen una cierta pérdida de la autonomía --dice la psicóloga--. Y no hablamos de niños muy pequeños, hablamos de que tienen entre 8 y 10 años. Creo que los padres deberían pensárselo dos veces cuando, por ejemplo, se suben todos en el coche y a los niños les ponen una película para entretenerlos. O les dan una revista. Su tiempo está completamente rellenado, incluso ese, porque los padres lo rellenan con todo lo que ven y oyen por ahí".


La estrategia es sencilla: menos fútbol, menos ballet, menos flauta, menos televisor, menos ordenador... menos algo, lo que sea, a ver si el niño en el ocio piensa, tiene ideas; alguna iniciativa; algo solo suyo.