jueves, 19 de julio de 2012

¿Cómo ser hombre hoy?

FUENTE:http://www.lavanguardia.com/opinion/temas-de-debate/20120715/54325284319/como-ser-hombre-hoy.html

En el pasado, los hombres y las mujeres tenían unos papeles asignados en la sociedad que estaban delimitados y claros. De un tiempo a esta parte, y gracias al avance del feminismo, los límites se están borrando y determinados roles pueden ser asumidos por uno u otra indistintamente. Pero mientras sobre la mujer se debate a menudo, no es así respecto del hombre.

La dignidad de ser hombre
Xavier Florensa
Director del área de Programación Neurolingüística (PNL) del Institut Gestalt de Barcelo
Los papeles y valores que nuestra cultura ha venido asignando a la mujer y al hombre ya no son válidos. ¿Cómo somos hombres hoy? ¿Cuál es el sentido de nuestra masculinidad? ¿Cuáles son los valores que han orientado y que orientan la masculinidad individual y colectiva? Muchos hombres tienen la sensación de no haber tenido un modelo masculino suficiente. El escritor y activista Robert Bly ya lo mencionaba en su libro Iron John: una nueva visión de la masculinidad hace más de veinte años. Esta sensación provoca una cierta desorientación y una difícil respuesta a la pregunta de qué es la masculinidad hoy en día.

¿Cómo aprendemos a ser hombres? Nos criamos en un entorno femenino, pero no hay un momento en el que pasamos a formar parte del mundo masculino con la ayuda de otros hombres y de nuestro propio padre. Sería distinto si los niños hicieran algún ritual, como siguen haciendo algunas tribus indígenas -naturalmente, adaptado a nuestra sociedad-, para determinar la entrada al mundo de los hombres y aprender de su forma de ser, con el consecuente compromiso de su parte de participar más intensamente en nuestra educación.

Es cierto que hasta el presente nuestros padres han estado muy ocupados en proveer a la familia y eso ha limitado el tiempo que han compartido con nosotros. Tal vez este hecho ha dificultado una parte de nuestros aprendizajes, y ahora no sabemos muy bien cómo actuar delante de situaciones dispares, con nuestros hijos, en la competencia con otros hombres, en la relación de pareja, en la toma de decisiones o delante de las pérdidas. Sólo son algunos ejemplos, aquí cada hombre puede añadir sus situaciones importantes y plantearse cómo han influido los modelos masculinos o la ausencia de ellos en su vida.

En cualquiera de esas situaciones vivimos emociones, y este es el otro gran tema que aparece en los encuentros de hombres en los que trabajamos la búsqueda de la masculinidad contemporánea de una forma experiencial. A menudo respondemos a cómo nos manejamos con las emociones con un "como podemos". Si las mostramos, podemos recibir juicios delante de los cuales no sabemos cómo responder.

No mostrar las emociones se convierte en un hábito que nos hace perder la consciencia de lo que sentimos. Cuando esto ocurre, no sabemos cuáles son nuestras necesidades y eso implica, a la larga, pagar un precio que puede ser la insatisfacción, la infelicidad u otros estados similares. Por este motivo incluimos en los encuentros trabajos con la ternura y la agresividad.

Está claro que sentimos ternura en muchas situaciones, pero nos desorientamos cuando los demás lo perciben. Parece que el aprendizaje es que los hombres no muestran eso salvo en contadas ocasiones y en muchas de ellas sólo a las mujeres. Con ellas es más fácil porque en general es de la madre de quien la hemos recibido y aprendido. Cuando mostramos y compartimos la ternura con otros hombres, sentimos cercanía, comprensión, pertenencia, una gran dosis de descanso y la prueba de lo bien que sienta mostrar emociones y desatender a los posibles juicios hechos por otro hombre, con el resultado final de sentirnos más libres y auténticos.

Cuando trabajamos con la agresividad, entendemos que es el motor que nos lleva a la fuerza, al dinamismo, a la creatividad, a la determinación, a la audacia, al atrevimiento, a poner límites... y podríamos seguir poniendo ejemplos en positivo. Es importante diferenciar esta definición de la que también viene en el diccionario y que tiene que ver con la tendencia a la violencia. Es importante hablar de agresividad porque desde pequeños escuchamos "los niños son agresivos" y sí, es cierto, pero ¿quién dice que eso sea negativo? Químicamente hablando, la testosterona, que producimos en muchísima más cantidad que las mujeres, conlleva agresividad. Entonces, aceptémoslo y mandemos mensajes positivos sobre este hecho natural y biológico a nuestros hijos.

Es interesante trabajar con estas dos emociones entre hombres: nos sentimos más libres, más claros, entendemos mejor nuestras reacciones, comprendemos que mostrar la ternura y sentir la agresividad es algo que nos libera. Dejando claro que nos reconocemos en la agresividad y no en la violencia, aunque a base de reprimir esa agresividad positiva, a veces, nos ponemos violentos.


Para mí, la masculinidad contemporánea implica mostrarse desde lo emocional, decidir qué quiero dejar como legado de mi paso por el mundo y seguir planteándome e investigando cómo quiero ser como hombre, dándome el permiso para cambiar de opinión y teniendo claro en cada momento o época de mi vida cuál es mi respuesta a cualquier input de mi entorno, y todo esto siendo fiel a mis valores.


Nuevas aportaciones

Sandra Carrau Pascual
A pesar de los progresos sociales de este siglo, aún parece difícil reconocer el concepto de masculinidad en el sentido amplio de la palabra. La visión predominante sobre la masculinidad sigue reduciéndose al papel patriarcal protector, o bien al que parece anacrónico macho dominante. Eso es una pérdida para la riqueza humana.

Hay que matizar que cuando hablamos de masculinidad nos referimos a la dimensión masculina de las personas, una dimensión que ha sido asociada tradicionalmente al papel de los hombres pero que también puede ser ejercida por mujeres. Tomemos como ejemplo el papel tradicional del padre ausente que el psicólogo James Hillman menciona en El código del alma. El padre ausente está tan pendiente –física o mentalmente– de la esfera pública que no presta atención a detalles básicos del cuidado del recién nacido. Esta actitud, asociada habitualmente al sexo masculino, es la que permite mantener conectada la familia con el exterior y contrarrestar la tendencia a concentrar la atención en la esfera interior, lo que está más asociado al sexo femenino. Como comprobamos en Innova acompañando a directivos y directivas en sus papeles, las capacidades mencionadas –ambas, igualmente necesarias– se están disociando cada vez más del sexo y son ejercidas indistintamente por hombres y por mujeres. Sin embargo, pesa todavía el inconsciente colectivo. El hombre tiene que cargar con características con las que no queremos o no podemos lidiar colectivamente. Por ejemplo, se le sigue aislando en su individualidad heroica, lo que nos permite creer –todavía– en su omnipotencia protectora, pero de este modo se le incapacita para reconocer cuándo necesita ayuda de otros.

Como decía el psicoanalista Wilfred Bion, la naturaleza humana es social. Desde que nacemos vivimos interdependientemente de otros. Aun así, sin darnos cuenta, podemos seguir esperando de los hombres una tarea imposible: que se comporten como si fuesen independientes del contexto, seguros de sí mismos en entornos ambiguos e inflexibles en sus decisiones y que innoven. Tomemos la política como ejemplo, tomemos la visión sobre papeles masculinos de poder, ¿qué político se atrevería a reconocer que no sabe cómo salir de la crisis solo, sin miedo a perder su autoridad frente a los y las votantes? Quizá este sería el inicio del reconocimiento de las capacidades de la nueva masculinidad y de la posibilidad de su contribución para generar conjuntamente nuevos modelos de relación más ricos e igualitarios.

jueves, 12 de julio de 2012

Para algunas hay un principio inamovible: los hijos son de las madres, convirtiendo así su naturaleza reproductora en ideología

Custodia partida

Joana Bonet http://www.joanabonet.com/2012/06/custodia-partida/

Desde hace años sigo con gran interés el debate acerca de la custodia compartida. Se trata de una fórmula aplicada en Francia —hace ya una década—, así como en Suecia, Noruega u Holanda, por lo que las sociedades más avanzadas se han ido amoldando a la vasta existencia de casas «de mamá» y casas «de papá», respetando un incuestionable modelo de corresponsalidad parental. En España, ahora que el PP va a promulgarla, ha sido reivindicada con la boca pequeña por grupos políticos y, con mayor vigor, por colectivos de padres y madres separados; mientras que sus detractores —varias asociaciones feministas de respetada trayectoria— mantienen el doble argumento de que «prima el interés particular de los padres» y que «se convierte en una instrumentalización contra las mujeres».
Cierto es que su aplicación podría entenderse como un «nos partimos al niño», cuando en realidad tendría que ser un «compartimos la responsabilidad». Pocos asuntos son tan vertebradores de una sociedad como la transferencia afectiva y educacional de padres a hijos. Uno de los sentimientos universales que nos habitan al perder al padre o la madre es el de una fría soledad, la de saber que te has quedado sin alguien que creía incondicionalmente en ti. En verdad, el mapa familiar condiciona, inhibe, proyecta, e influencia la construcción psicológica de un individuo casi tanto como su biología. Cabría preguntarse cuántos niños felices ven quebrarse su cristal de colores cuando sus padres se separan. Y los utilizan. Acaso no parece tan frontal como lo acabo de escribir, porque el arte de la manipulación es soterrado y psicótico, capaz de autoengañarse y usar al hijo para que acabe siendo más de uno que de otro. De una, en el 90% de los casos.

Las mujeres venimos reclamando desde el pleistoceno que el hombre se corresponsabilice de la educación y de la vida diaria de sus hijos. Para algunas, no obstante, hay un principio inamovible: los hijos son de las madres, convirtiendo así su naturaleza reproductora en ideología. Una lógica que olvida que el techo de cristal nunca se quebrará si los padres no ejercen tanto sus deberes como sus derechos.

De la misma forma que se firman acuerdos matrimoniales, debería existir un compromiso de responsabilidad personal cuando dos deciden tener un hijo. El amor a veces se desvanece, pero la necesidad de acompañar, proteger y querer a un hijo es para siempre, a cuatro manos. Porque una sociedad no será madura hasta el día en que puedan diferenciarse los asuntos afectivos (y a veces dolorosos) en una pareja de su compromiso irrenunciable, vital, arduo, hermoso, como padres. Ese es el contrato no escrito que nunca debería romperse.

Los antifrágiles: blindados al sufrimiento, menos sentimentales, escépticos



Joana Bonet
LA VANGUARDIA 9 de julio de 2012


Hay una constante en los lugares que decidió pintar Edward Hopper: la provisionalidad. También la vida que pasa de lado. En el Museo Thyssen, estos días la gente se amontona frente a sus raíles, que tienden hacia el infinito y producen tanta paz como desasosiego al plasmar cuán inalcanzable es el mundo. Pasa lo mismo con las habitaciones de hotel donde la claridad de la ventana neutraliza el olor a cerrado. No hay reconstrucción literal de la realidad en sus cuadros, sino recuerdo. Como si arrastrara hasta el lienzo edificios abandonados, moteles de carretera y estaciones de tren: los no-lugares de su tiempo que ejercen de cinta aislante.


Escucho a dos mujeres preguntarse qué le preocupa al autor, esa sensación angustiosa entre la incomunicación y la parálisis, dicen, y me interrogo acerca de la tan glosada soledad de sus personajes. ¿Por qué nos fascina tanto Hopper? ¿Por qué sus cuadros han ilustrado tantas portadas de libros? Aparte de su halo cinematográfico, nos atrapa la impasibilidad con la que sus protagonistas se acomodan a una vida sin certidumbres. Y a pesar de su aparente vulnerabilidad, se muestran antifrágiles, pues esperan sin esperar, miran sin ver, puede que incluso amen sin sentir. Tienen algo de indoloros. E incluso en la evocadora visión de una barca sobre azules merodea la sombra de un miedo latente que en cualquier momento puede estallar y partir la realidad en mil pedazos. «Por qué elijo determinados temas y no otros es algo que no sé, a menos que sea porque los percibo como el mejor medio para sintetizar mi experiencia interior», leo en sus escritos, recién publicados por Elba. Hopper alude siempre a la expresión de su subconsciente, a su mundo interior, más que a un proceso intelectual.


Vivimos hoy unos tiempos en los que se rehabilita la expresión «vida interior», tan asociada a la espiritualidad. Porque anida en ella el recogimiento y la identificación de emociones que a menudo escurren el bulto si no se diseccionan. A mi alrededor, la gente cuenta que practica la meditación, el bikram yoga, el jogging o el surf. Buscan desconectar del mundo para conectarse con ellos mismos. Escapar para aumentar su capacidad de resistencia. Acerados, más blindados al sufrimiento, acaso menos sentimentales, los antifrágiles serán los que mejor se adapten a los nuevos tiempos, asegura Nassim Taleb en el prólogo de su nuevo libro, Antifragile. Porque está cuajando una nueva sensibilidad, menos asertiva y más escéptica, decidida, fuerte y atractiva, que no sólo supera los golpes, sino que mejora con ellos. Y que apuesta por una visión de la vida como la obra de arte que ya adelantó Hopper hace casi un siglo.

lunes, 14 de mayo de 2012

¿Se enamoran igual hombres y mujeres?


Las razones que llevan a los hombres y las mujeres a enamorarse son distintas. Y los errores que cometen también. Durante años el modo de actuar tras el flechazo de Cupido dibujó una foto fija que empieza a cambiar

“las mujeres cada vez se fijan más en el físico y los hombres, en aspectos como la inteligencia o el estatus. Podríamos decir –completa– que ambos necesitan ingredientes parecidos para enamorarse y que lo que cambia son las proporciones”. Victoria Ferrer



LA VANGUARDIA ES | 11/05/2012 
JOSÉ ANDRÉS RODRÍGUEZ


Dicen los tópicos que los hombres se enamoran por los ojos y las mujeres por el oído; que ellos las prefieren jóvenes y ellas a alguien a quien admirar; que las mujeres dan mucha más importancia al amor que los hombres; que ellas son más enamoradizas; que ellos pueden desligar con más facilidad el amor del sexo… ¿Hay algo o mucho de verdad en estos tópicos?, ¿qué les motiva a enamorarse?, ¿tan diferentes son cuando pierden la cabeza por amor?

“Creo que el enamoramiento puede estar motivado por razones distintas en hombres y mujeres”, considera Antoni Bolinches, psicólogo y sexólogo y autor del libro El arte de enamorar (DeBolsillo, 2010). “El amor y el enamoramiento son construcciones sociales. Son una forma de canalizar el instinto sexual. Por eso, cuando se enamora, el hombre es muy pulsional y ve a la mujer más como un sujeto erótico”. Según una investigación de la Academia Internacional de Investigación sobre Sexo, los hombres se fijan más en el físico de ellas, que a su vez dan más importancia al estatus de ellos. “Para la mujer –apunta– siguen importando más, en general, los aspectos psicológicos”.
¿Existe algo parecido a un hombre ideal? ¿Cómo lo moldearían si pudieran elegir las piezas? Bolinches razona que, en general, “la mujer se fija primero en la inteligencia; luego, en la simpatía, si se divierte con él; y, por último, en la personalidad, en que sea un hombre maduro, magnético”. Pero también añade que con todo, la inteligencia masculina que enamora es “la constructiva, la que hace que una mujer se sienta bien, no la inteligencia que apabulla”.
¿Y los hombres?, ¿de qué se enamoran? “Al principio, se enganchan por el atractivo femenino, pero, con el tiempo, esa atracción disminuye. Y, entonces, necesitan que esa relación sea más o menos cómoda. Buscan una compañera de viaje que suponga un apoyo emocional”. Pese a seguir siendo así, las pautas están cambiando. Para Victoria Ferrer, profesora de Psicología Social de la Universitat de les Illes Balears, “las mujeres cada vez se fijan más en el físico y los hombres, en aspectos como la inteligencia o el estatus. Podríamos decir –completa– que ambos necesitan ingredientes parecidos para enamorarse y que lo que cambia son las proporciones”.
La mujer se ha incorporado al mercado laboral y no se conforma con los roles de madre y esposa. Por tanto, las formas de enamorarse e iniciar una relación también están cambiando. “Actualmente conviven el mito de la princesa, que ha imperado hasta hace poco, y la mujer autosuficiente”, explica Ferrer. Es decir, conviven el deseo de encontrar un príncipe azul “que te salvará y será el centro de tu existencia” y el deseo de encontrar un hombre que sea fuerte pero también “sensible, tierno, comprensivo…” con el que compartir la vida.
Vivimos en un único escenario en el que se pueden representar diferentes guiones. Por un lado, aún gozan de buena prensa el amor romántico y la pasión arrebatada. Pero, por otro, hay un enamoramiento regido por leyes contables, más pragmático, vinculado a las propias necesidades, a lo que uno quiere recibir y está dispuesto a dar. Y esta mescolanza entre tradición y posmodernidad, entre el mito de la media naranja y el individualismo que antepone lo personal al amor para siempre, es lo que despista a ambos sexos. 
Para Marina Subirats, catedrática emérita de Sociología de la Universitat Autònoma de Barcelona, “el desencuentro actual entre hombres y mujeres está vinculado a una diferente velocidad de cambio de los modelos de género. Las mujeres –ilustra– han cambiado muy rápidamente, han aceptado nuevos roles y responsabilidades. Y quieren que los hombres sean capaces de hacer lo mismo: que sean compañeros, que sepan cuidar de la familia, querer, compartir. Y, sin embargo, el ritmo de cambio del género masculino está siendo mucho más lento”.
Aun así, los expertos consultados señalan que el amor sigue siendo un aspecto más importante en la vida de las mujeres. Lo que explica, por ejemplo, “que ellas sean más enamoradizas”, señala Antoni Bolinches. “Por tanto, cuando son infieles se enamoran más de sus amantes que los hombres, que pueden desligar sexo y amor con más facilidad”. Y para estos “continúa siendo prioritario el reconocimiento social, mientras que el amor o la relación de pareja queda en un segundo plano”, añade Ferrer.
Mientras hombres y mujeres evolucionan, también cambian los motivos y las formas del enamoramiento. Pero, para ambos, enamorarse tiene mucho de proyectar deseos inconscientes que no se pueden dominar. Deseos diferentes en hombres y mujeres porque la socialización es diferente. Como señala Marina Subirats, “hombres y mujeres se enamoran de manera diferente, porque los modelos de género son diferentes. Socialmente, una mujer sin pareja ha sido desvalorizada durante muchos años, por lo que el amor es en muchos casos una necesidad vital para existir como persona”.
Tirando del hilo de esos deseos inconscientes llegamos a la infancia y a cómo nos han educado, a los cuentos que nos han explicado, a las carencias que hemos sufrido… “Al enamorarnos nos sentimos atraídos por aquello que nos va a ir bien con esos deseos inconscientes”, certifica Isabel Menéndez, psicóloga y psicoanalista y autora del libro La construcción del amor (Espasa-Calpe, 2010). Ese deseo se materializa, por ejemplo, en “la admiración hacia una persona de más edad, una forma más femenina de enamorarse”, explica Bolinches. El típico caso de la chica que se enamora de un hombre 15 o 25 años mayor que ella. ¿Qué veríamos si pudiéramos radiografiar su psique? “Suele ocurrir que ella necesita y busca más un padre que un hombre”, apunta Isabel Menéndez. “Y cuando una mujer joven dice que los hombres de su edad le causan inseguridad, quizás está hablando de su propia inseguridad, que quiere compensar con un hombre mayor”. Y, en principio, más maduro.
También es interesante plantearse por qué un hombre de 50 años se puede enamorar de una mujer de 25. Un motivo obvio puede ser el enganche por un cuerpo joven que promete una segunda juventud. Pero, ¿hay algo más? “Suele pasar que el hombre es incapaz de sentirse bien con una mujer de su edad porque ve amenazada su identidad masculina y busca una mujer más joven y, por tanto, más dominable”. Como remarca Antoni Bolinches, “los hombres suelen preferir que las relaciones sean cómodas. Las mujeres todavía realizan una mayor inversión emocional en el enamoramiento”.
Por eso, el estudio El concepto de amor en España, realizado por Victoria Ferrer y otros investigadores de la Universitat de les Illes Balears, muestra que los hombres prefieren el estilo de amor lúdico, caracterizado por interacciones casuales, con poca implicación emocional, ausencia de expectativas futuras y evitación de la intimidad y la intensidad. “Para los hombres todavía está menos penalizado ir de relación en relación –explica Victoria Ferrer– y muchas mujeres siguen creyendo que el amor es para siempre, que existe una persona predestinadapara ellas”. Otra conclusión es que hombres y mujeres de más edad valoran mucho el amor amistoso, un compromiso basado en los valores comunes y la amistad. Asimismo, las mujeres son más partidarias del amor pragmático, una mezcla de amor amistoso y amor lúdico. “Es la búsqueda racional de la pareja ideal, que cuadra con la idea de muchas mujeres del amor como refugio, aunque esto está cambiando y cada vez se ve menos”, recalca Ferrer. El amor se entiende como refugio, como centro de la vida y como principio y final de un proyecto vital. O “el amor como el opio de las mujeres”, considera Marina Subirats. En el sentido de que (parafraseando la famosa frase de Karl Marx: “La religión es el opio del pueblo”) muchas mujeres malviven en una relación de pareja, pero se aferran a la idea de que aman y son amadas para resistir. “El amor, como la religión, es una palabra transcendente. A menudo no es el afecto real a una persona, sino a un ideal alimentado por toda la sociedad y definido como lo más bonito que podemos vivir”.
Los expertos señalan que para muchas mujeres el enamoramiento es una culminación de su proyecto vital, una forma de establecer un vínculo estable, que les permita desarrollar su afectividad y construir su casa, su familia, sus afectos... En cambio, “para los hombres puede ser un momento de debilidad, de concesión ante la mujer, pero en general esto dura poco, y es más bien vivido como una conquista. De aquí una de las dificultades para entenderse, puesto que el horizonte temporal en el que se proyectan los enamoramientos es a menudo muy distinto para unas y otros”.
Con todo, y como considera Isabel Menéndez, “cuando muchas mujeres se dan cuenta de que el hombre no responde a lo que ellas necesitan o les gustaría se empeñan en cambiarlo porque se sienten fuertes, ya que él las quiere tanto”. Este es, a juicio de los expertos, uno de los errores más frecuentes que cometen las mujeres al enamorarse. Mientras que, para Antoni Bolinches, uno de los grandes errores de muchos hombres es su “tendencia a volverse como niños cuando inician una relación con una mujer, a dejarse llevar. Para un hombre, si la relación no está mal él ya está bien; para la mujer, si la relación no está muy bien, ella está mal. No hay que olvidar que el 80% de las rupturas de pareja se producen por iniciativa de ellas”. Y, como ellas suelen realizar una mayor inversión emocional, cuando las relaciones acaban suelen tardar más en enamorarse y emparejarse. “Si no han podido elaborar y resolver lo mal que lo han pasado en la relación –apunta Isabel Menéndez–, las mujeres prefieren la libertad de no emparejarse. Por su parte, los hombres prefieren estar acompañados, porque se permiten más libertad que ellas cuando están en pareja. No se sienten tan agobiados”.
¿Cuál sería entonces la manera correcta de enamorarse? Para Antoni Bolinches, sería necesario fundamentar ese enamoramiento “en las aportaciones recíprocas, no en lasdemandas recíprocas. Cada uno de nosotros somos tres: el padre, que dice lo que deberíamos hacer; el niño, que quiere hacer lo que le apetece; y el adulto, que es el intermediario entre ambos”. ¿Qué pasa cuando nos enamoramos? “En realidad, se enamora el niño. Pero es el adulto –concluye el psicólogo– el que debería gestionar ese sentimiento”.

Dime cómo besas y te diré de qué época eres

El arte en mayúsculas ha tendido muchas veces a reflejar la realidad de una época concreta para, acto seguido, ir más allá y ensayar la ruptura. Algo así como crear un espejo para luego hacerlo añicos. 

Las ilustraciones de este reportaje tratan de reflejar esa idea, ya sea por medio de la imagen simple y poderosa de la portada (el célebre Love de Robert Indiana), a la más nítida de una vasija griega o de la borrosa (visual y psicológicamente) de una pintura viñeta de 1963 de Roy Lichtenstein. 


Miradas divergentes en el lienzo `In the car´, de Roy Lichtenstein (1963) Roy Lichtenstein
De la armonía y recato de una pintura renacentista al canto a la carne y el volumen del barroco (en la imagen de abajo Zeus, convertido en fémina, corteja a otra mujer) pasando por el minimalismo avant la lettre de Constantin Brancusi con su escultura El beso. 
Dos besos cierran la lista, el de la pintura prerrafaelita en la que se mezclan romanticismo y aires artúricos y el beso sexual de Burt Lancaster y Deborah Kerr en De aquí a la eternidad (1953).

martes, 8 de mayo de 2012

Los científicos identifican la causa de la calvicie

El avance abre la vía a desarrollar nuevos tratamientos contra la pérdida de cabello

LA VANGUARDIA 21/03/2012 
Identificada la causa de la calvicie GYI

Científicos de la Universidad de Pennsylvania (EE.UU.) han identificado una proteína clave en la alopecia androgénica, la forma más común de calvicie, que afecta al 80% de los hombres europeos antes de cumplir 70 años. El descubrimiento, presentado esta semana en la revista Science Translational Medicine, abre la vía a desarrollar nuevos fármacos contra la calvicie.

“La proteína que hemos identificado parece ser la principal inhibidora del crecimiento del cabello” en las zonas de la cabeza afectadas por la calvicie, ha declarado George Cotsarelis, director de la investigación, en una entrevista por correo electrónico. “Pensamos que es la principal culpable”.

Cotsarelis y su equipo han analizado la actividad de más de 20.000 genes en el cuero cabelludo de cinco hombres de entre 40 y 65 años que se habían sometido a un trasplante capilar. Los investigadores han comparado los genes activos en la zona poblada de cabello con los de la zona despoblada. Esta estrategia ha permitido identificar una proteína mucho más abundante en la zona que había quedado calva: la prostaglandina D2 (PGD2).

Experimentos realizados en el laboratorio con folículos pilosos humanos han confirmado que la PGD2 inhibe el crecimiento del cabello. Un experimento posterior en ratones, a los que se ha aplicado esta proteína en forma de crema sobre la piel, ha mostrado que pierden el pelo. Y un análisis de diecisiete voluntarios con alopecia rampante ha comprobado que la calvicie progresa en las zonas del cuero cabelludo afectadas por un exceso de PGD2.

Los científicos han demostrado también –aquí es donde la investigación se pone interesante- que la PGD2 inhibe el crecimiento del cabello porque interactúa con un receptor llamado GPR44. El interés de este receptor radica en que ya existen una decena de fármacos experimentales, desarrollados por distintas compañías farmacéuticas, capaces de bloquearlo.

Estos fármacos se están investigando sobre todo con el objetivo de tratar el asma. Pero, según el razonamiento de Cotsarelis, aplicados como crema sobre el cuero cabelludo, podrían impedir que la proteína PGD2 se asocie con el repector GPR44 y bloquee el crecimiento del cabello.

En principio, estos fármacos “serían más efectivos que los dos que existen actualmente contra la calvicie”, el finasteride y el minoxidil, ya que actuarían de manera más específica sobre la causa de la pérdida de cabello, declara Cotsarelis. Además, al administrarse como crema, el riesgo de efectos secundarios sería bajo y restringido a la zona donde se aplicara.

El investigador admite que la PGD2 y el GPR44 no son las únicas moléculas involucradas en la calvicie. Estudios anteriores han demostrado que la hormona masculina testosterona es necesaria para que la alopecia androgénica progrese. Pero, entre los muchos efectos de la testosterona, está el de potenciar la proteína PGD2, lo que ayuda a explicar el papel central de la PGD2 en la calvicie y que la pérdida de cabello afecte más a hombres que a mujeres.

Falta ver, admite Cotsarelis, si las cremas que bloquean el receptor GPR44 serán útiles para prevenir la caída del cabello en hombres que se están quedando calvos, y si también podrán ayudar a que vuelva a crecer cabello en zonas que ya lo han perdido. En su opinión, “bloquear el GPR44 debería permitir estimular el crecimiento de cabello”, pero es algo que no se ha investigado por ahora.
También falta ver si el tratamiento podría ser útil para otras formas de alopecia. Según escriben los investigadores en Science Translational Medicine, “si las prostaglandinas están involucradas en la alopecia femenina, actuar sobre las prostaglandinas también debería beneficiar a mujeres con alopecia”.