miércoles, 16 de marzo de 2011

Apoteosis de mujer 'velina'

Cuando la piel cae o la grasa se concentra en los muslos, Eva se cree indigna de pasear por el paraíso

Artículos | 14/03/2011 - 00:31h

Al margen de la extravagante polémica sobre la tribuna femenina del Barça, en la pasada semana del 8 de marzo se ha hablado de los típicos temas que preocupan a las mujeres universitarias. De la no equiparación de los sueldos o del techo de cristal de las mujeres. Todo lo que hace referencia a la subordinación de la mujer se reclama con énfasis cada 8 de marzo. Pero la reflexión sobre el poder eclipsa otros aspectos no menos preocupantes de la condición femenina actual.

Los asesinatos de mujeres causan ciertamente una gran inquietud. Las leyes del Estado han llegado al extremo de discriminar con penas más duras la violencia ejercida por los hombres, pero la alarma no ha servido para frenar a los bárbaros. Por fortuna –nos decimos– estamos lejos de la misoginia que avanza en otras latitudes: en México, matar a mujeres se ha convertido en un deporte. Por fortuna, estamos lejos de la tiranía masculina que soporta la mujer en los países musulmanes o en aquellas zonas de África en las que se practica la ablación. En Catalunya se va a prohibir el burka, y el otro día leímos que una ONG del Vallès ha conseguido, al parecer, erradicar la ablación de un territorio del Senegal. Somos muy sensibles a las problemáticas exóticas, pero nuestras vergüenzas de toda la vida siguen sin resolverse: no disminuye la cifra de mujeres muertas, y nuestras carreteras siguen llenas de jóvenes desvalidas en minifalda (la crisis no hace mella en el comercio carnal: seguimos siendo el prostíbulo de Europa).

Cuando nos referimos a la problemática femenina siempre la vinculamos a los mecanismos de poder. Me pregunto por qué nunca la relacionamos con el claro progreso en nuestro entorno del modelo de mujer que en Italia han dado en llamar velina.

Me refiero a las chicas que predominan en televisión, cortadas por el patrón de la cirugía estética, armadas con formidables tacones, exhibidoras de vertiginosas curvas. Todas adoptan la identidad decorativa, aunque unas muestran, a la manera tradicional, sonrisa perenne y esforzada simpatía, mientras otras exhiben, a la manera moderna, agresividad de camorrista y lenguaje tabernario. Atraen por su belleza, pero nunca son protagonistas de nada, pues su función es la de acompañar, alegrar, agradar, provocar o animar a los hombres que las contemplan. ¡Curiosa paradoja! Discutimos hasta la saciedad sobre si hay que felicitar o condenar al Barça por su iniciativa de considerar a las socias reinas de la tribuna por un día, pero aceptamos sin rechistar el progreso de las velinas en los medios, creadores de pautas de conducta.

Es verdad que, en determinados ámbitos universitarios y mediáticos, la mujer ha conquistado, si no el liderazgo, sí la razón moral. Es verdad: ya nadie se atreve a discutir las reivindicaciones del feminismo. Nadie se atreve a discutirlas, pero, como sucede en general con la retórica del politically correct, la cruda realidad enmienda sin descanso la retórica feminista. Si algún modelo de mujer progresa es el de la mujer objeto: moda, publicidad, medios e internet se alían para propagarla. No es extraño que la expresión haya perdido actualidad y suene a anacrónica o carca: la mujer como objeto decorativo, como objeto de compra y de uso. La mujer como kleenex de usar y tirar.

Dos mundos paralelos se reparten la condición femenina. En uno se discute hasta el bizantinismo (incluso sobre el machismo de la gramática). En otro, más popular, progresa la visión de la mujer como figura decorativa. Un tipo de mujer que puede, curiosamente, aparecer como muy liberada, pues su capacidad de seducción es enorme y su sexualización le concede un aparente poder sobre el macho.

La velina funde tradiciones: de la donna de los trovadores a la dómina de Sacher- Masoch, de la prostituta de arrabal a la coqueta de los escenarios burgueses. El supuesto poder sexual que este modelo de mujer encarna permite sublimar el mito de Eva corruptora, origen de todos los pecados. Puesto que en nuestra sociedad nada tiene más prestigio que lo que antes se llamaba pecado (sinónimo ahora de placer), la que en el mundo tradicional era causa de la expulsión del Edén cree ser ahora una Eva triunfante. Cierto feminismo se funde aquí con el velismo.

La belleza de la nueva Eva liberadora se degrada con el tiempo. Su atractivo se deforma, su apariencia se arruga. Ha roto las viejas contenciones carcas y se ha liberado gracias al feminismo de la pose sumisa, pero las esclavitudes a las que se somete le causan un dolor indecible, aunque silencioso. La mujer contemporánea se ha liberado de viejos límites y represiones, pero ha sido atrapada por la tiranía del espejo. Tiene que supeditarse al imperio de la belleza, al canon de las medidas. Cuando su papel decorativo flaquea, cuando el atractivo mengua, Eva, para no ser expulsada del Edén, combate desesperadamente contra el tiempo y la genética. Ya nadie se atreve a culparla, como en la versión tradicional, de los males de la humanidad. Ahora es ella la que se cree culpable. Cuando la piel cae o la grasa se concentra en los muslos, se cree indigna de pasear por las pasarelas del paraíso.

No le queda más remedio, me dice una amiga cáustica, que esperar a que al macho le pase tres cuartos de lo mismo. También el hombre metrosexual, e incluso el clásico cachas, empieza a ser víctima de la tiranía del espejo.

1 comentario:

Nacho dijo...

Buenas Enrique, necesito preguntarte unas cosillas sobre la entrevista de genero que tienes, me podrias enviar tu correo o alguna forma de ponerme en contacto con usted. Estoy escribiendo mi tesis ahora y me encantaría poder validar la encuesta y pasarte los resultados.