lunes, 7 de junio de 2010

Fútbol y masculinidades.

Fuente: ES de La Vanguardia, 5 de junio de 2019




Pedro Zaballa era un delantero que se hizo un nombre en el Barca de los años 60. Era un extremo veloz, trabajador, buena, gente. La historia, no obs­tante, no iba a reservarle un lugar en la gloria por sus exhibiciones en el terreno de juego. Su nombre se inscribió por haber anotado el gol 2.000 de la historia, del club azulgrana y por una decisión que dio la vuelta, al mundo cuando jugaba en el Sabadell. El conjunto arlequinado disputaba un partido de Liga contra el Real Madrid en el Santiago Bernabeu. Era el 2 de noviembre de 1969. Se llevaban pocos minutos de juego cuando de repente en un lance el portero madridista Junquera choca con su compa­ñero Espildora. Ambos acaban tendidos en el cés­ped, lesionados, y en estas el balón le llega a Zaballa, que tiene la oportunidad de marcar a puerta vacía.. Pero no. El jugador cántabro se percata de la lesión de los dos jugadores y decide lanzar el balón fuera. La Unesco le premió con el distintivo al Fair Play y la acción de Zaballa fue conocida en todos los rinco­nes donde la gente se pirra por el fútbol. La verdad es que no es para menos. Imagínense ustedes tener caballerosidad.


El mundo aplaudió a Zaballa pero en el fuero interno del hincha siempre anidó la sensación de que el jugador quizás se excedió con el detalle. El fútbol está claro que es solamente un juego, pero su trastienda exhibe un auténtico mapa de los valores de la sociedad. Jorge Valdano, alto cargo del Real Madrid, ex jugador, entrenador y ex campeón del mundo con Argentina en 19S6 siempre ha desta­cado por acuñar sentencias trascendentes. Nadie definió mejor el juego del maravilloso Romario que él cuando en una frase concentró la magiadel brasileño: "Es un jugador de dibujos animados". Pues bien. Valdano le puso literatura a la idea de que el balompié es un auténtico tratado de la vida. "En ningún sitio aprendí tanto de mi y de los demás como en una cancha".

El egoísmo, la solidaridad, la envidia, los celos, el individualismo, la mezquindad, la generosidad... Todos los comportamientos posibles del ser humano-futbolista. Como si se tratase de una de las majestuosas tragedias de Shakespeare, el combate entre 22 jugadores permite descubrir que la gente juega, pelea y disputa conforme a su verdadera personalidad. Por ello, no debe extrañar que haya jugadores de corte aseado en su juego, tipos como Laudrup, Zidane, Netzer o Platini, que podrían haber jugado con un esmoquin en lugar de hacerlo con el pertinente pantalón corto y camiseta de su equipo. Estos jugadores destilan el componente de la elegancia. Ha habido jugadores mas grandes pero la cuestión es que ellos imitaban a Fred Astaire cuando embelesaba en las pistas de baile con el chic de su movimiento. Y eso no quiere decir que no tuvieran carácter, como se encargó de demostrar Zidanecon el desafortunado cabezazo al italiano Materazzi.


Existe también d jugador duro, e incluso el violen­to. Ti pus a los que la vi da ha culocadu en lates! tura de no poder perder ni un solo tren. Uno de esos ejemplos es Nurbert Stiles, alias el Desdentado, porque jugaba con una dentadura postiza a los veintitantos años. Stiles fue el terror del césped en la Inglaterra de los años 60. Su físico, rostro desagradable, cuerpo pequeño y desgarbado, no lo acompañaba. Nada que ver con el idealizado jugador tanque que reparte patadas a porrillo. Pero Stiles era un depredador. Recibía la orden de anular a un jugador y hasta que lo desquiciaba no paraba. Patadas, arañazos, pellizcos se sumaban a otras habilidades como insultar en varios idiomas y escu­pir en cualquier momento. Jugó en el Manchester United. Llegó y se fue sin gloria aunque su imperti­nencia le permitió a Inglaterra erigirse campeona del mundo en 1966. Su personalidad era oscura, quizás debido a que nació en una sala lúgubre de la funeraria que regentaba su padre en los suburbios de Manchester, según se encargó de informar en la época la prensa inglesa.


Hay jugadores violentos con los que uno ya comprueba que esa actitud no es sólo un asunto futbolístico. Hay caras de algunos jugadores que cualquier persona trataría de evitar en la calle cambiando de acera. Por ejemplo, la de los tres defensas sudamericanos que jugaron en el Granada de los primeros años 70. El trío de angelitos lo conformaban Aguirre Suárez, Montero Castillo y Fernández. "Cuando íbamos a jugar a Los Cármenes, el campo del Granada, nos despedíamos de la mujer y de los hijos de una manera especial. Era un campo temible", recuerda Amando Amaro, delantero del Madrid en la época. Es normal que Amando pensara así. En un partido en Granada, Fernández atisbó la pierna del jugador gallego y le rompió el cuadríceps de una patada. Tuvieron que aplicarle 150 puntos para salvar el músculo que quedó hecho fosfatina como si un toro le hubiera corneado la pierna. Ocurre también en el fútbol actual (por ejemplo con los mareajes férreos a Messi o a Cristiano Ronaldo), pero en los 60,70 y 80 el jugador sheriff contaba con un valor añadido: o no había partidos televisados o, cuando se retransmitían, no existía la proliferación de cámaras de hoy. Ahora no hay detalle que pase desapercibido, y antes, para entrar en el área, era necesario haber firmado un seguro de vida.


Algo de eso debió de oler Biri Biri, un jugador gambiano que triunfó en el Sevilla, cuando en un partido en el Bernabeu, harto de que Benito (santo y seña de los defensas que marcan la línea con un buen cacharrazo) le dejara las piernas bien señaladas, le espetó sobre el césped al jugador merengue: "Don Benito, por favor. No me pegue usted mas". Los buenos modales de Biri Biri se correspondían con el manejo exquisito de sus piernas ante la portería contraria. Esa manera de hacer le permitió llegar a ser ministro de Deportes de Gambia pero no a evitar las tarascadas en los estadios españoles.


 Fútbol artista o deporte viril. Elegancia o arrojo. Mano izquierda o apisonadora. Ambas actitudes forman parte de la vida y del fútbol. Es famoso el mareaje que sufrió Maradona en el mundial de España, en 1982, en el partido Argentina-Italia. Gentile se pegó al argentino y le cosió a faltas sin ver  ni la tarjeta amarilla. Su frase después del partido, cuando se le preguntó por el mareaje tan duro, fue categórica: "Esto no es una academia de baile, es fútbol".

Y qué decir del egoísmo. En el fútbol y en la vida es inevitable, e incluso conveniente, una porción de autoestima. Lo que ocurre es que si uno sobrepasa la dosis, el remedio se convierte en el divismo. Hay jugadores que, conscientes de sus limitaciones o por un encomiable sentido de la responsabilidad, piensan más en el lucimiento del grupo que en el individual Una estrella mundial de todos los tiempos como Alfredo Di Stéfano fue capaz de reconocerlo. "El mejor jugador del mundo es siempre peor que la totalidad del equipo". Pero hay posiciones en el campo que requieren un desparpajo individual imposible de domar. Los delanteros. Un jugador de área que no tenga el gol en la cabeza es como una Nochevieja sin granos de uva para dar la bienvenida al año nuevo. Puede verse en la actualidad (Eto'o, Villa, Messi, Diego Milito, Cristiano Ronaldo, Rooney) y así ha sido históricamente. Ese tipo de jugadores, cuando les llega un balón, o se han fabricado ellos la jugada, pueden ser generosos en un momento dado pero su ADN les coloca un visor militar en la retina para perforar la red. Un ejemplo de esa voracidad la encarnó Gerd Müller. Delantero centro de la selección alemana y del Bayern Munich entre los años 60 y 70, Torpedo Müller, como se le conocía, era un tipo bajo y poco proporcionado. Eso sí, su instinto dentro del área era demoledor. Pelota que llegaba, pelota que se alojaba en el interior de la portería. Años después de retirarse y de haber pasado múltiples problemas por el consumo de alcohol, un periodista preguntó a Müller qué pensaba cuando estaba dentro del área. El jugador respondió con el mismo estilo que utilizaba sobre el césped: "Yo no pensaba, sólo disparaba". Algo parecido es el caso de Hugo Sánchez, el artillero mexicano que triunfó en el Madrid. Fue un goleador excelente, pero cuando el balón le llegaba a él difícilmente volvía a otro jugador. Mas del 90 por ciento de SUS goles fueron al primer toque, de remate. Era el exponente mas claro del finalizador, de alguien que piensa "esta es la mía". Hugo Sánchez era capaz de orquestar cualquier tipo de situación, broncas, insultos, tretas, para alcanzar su objetivo. Y lo conseguía. Aunque para ello contaba también con dos elementos incuestionables: su carácter y su calidad.


Ese estilo de jugador indigna a muchos futbolistas, aficionados y entrenadores, pero casi siempre cuando están en el equipo rival. Uno de los grandes de la historia del fútbol europeo, el que fue entrenador y manager del Liverpool desde finales de los años 50 hasta el arranque de los 70, Bill Shankly, lo tenía claro: "Si estás en el área -les decía a sus delanteros- y no sabes qué hacer con el balón, mételo en la portería y después discutiremos las opciones". Shankly es el ejemplo del
entrenador o mánager estrella pero al servicio del colectivo. Provocador, ingenioso, irónico, verle funcionar en la gestión deportiva era un tratado de alta política. Este hombre del fútbol llevó al Liverpool desde la segunda división a lo más alto, y dejó el equipo encaminado para su brillante trayectoria en la Copa de Europa. Una vez, en un debate en el que alguien trataba de quitarle importancia al fútbol, él terció con una de las frases que todo el mundo recuerda de Shankly. "Efectivamente, el fútbol no es asunto de vida o muerte, es algo mucho más importante". Shankly es el ejemplo del líder total, de ser el centro de atención. Ahora que está tan de moda encumbrar a entrenadores cuya aureola de divos desata la indignación de los rivales y parece esconder sus virtudes (Mourinho podría parafraseado en los medios. En una ocasión, unos periodistas preguntaron al técnico inglés sobre el juego del Everton, rival ciudadano del Liverpool, y Shankly, ni corto ni perezoso, contestó que "Liverpool tiene dos grandes equipos, el Liverpool y los suplentes del Liverpool". Y otro día añadió: "Si el Everton jugara en el jardín de mi casa correría las cortinas".


El perfil de las personas como Shankly es reconocible en la sociedad. Es esa especie de tipos capaces de estar en misa y repicando. Esas personas que en la política, la economía, las áreas sociales, destacan por su capacidad de liderazgo. También en el fútbol, aunque la creencia generalizada de muchos aficionados es que en el deporte sea más difícil hallar mentes brillantes con capacidad para responder en un segundo con la lengua afilada. Un tipo que siempre ha tenido
rapidez mental para dar la respuesta chocante fue Alfredo Di Stéfano. En el funeral de Ladislao Kubala (el húngaro y el argentino eran amigos y se respetaban pese a la rivalidad) José Antonio Zaldúa, que fue delantero centro del Barca entre 1961 y 1971, se acercó a Di Stéfano y le dijo: "Míster, ¿se acuerda que jugué a su lado en el homenaje a Kubala?". Di Stéfano le miró y le espetó: "Che, no aprendiste mucho". Zaldúa fue un goleador aunque no un virtuoso y Di Stéfano le agradeció el cumplido con un latigazo.


EL EGOÍSTA NO SUELTA EL BALÓN, EL VIOLENTO REPARTE ESTOPA Y EL VIRTUOSO EMBOBA 


Otro hombre del fútbol con un verbo tan punzante como su juego fue
George Best. El internacional de Irlanda del Norte y estrella del Manchester United en los 60 fue un futbolista brillante pero polémico Sus adicción al alcohol le pasó una factura dramática en su carrera y en su vida (murió a los 59 años). Acostumbrado a hacer lo que siempre le vino en gana,
no tenia reparos en decir lo que pensaba. Incluso sobre otros futbolistas de su propio club. Con la eclosión futbolística de David Beckham en el United de sus sueños, Best demostró que el marido de una de las Spice Girls no era santo de su devoción. Le preguntaron qué le parecía Beckham y su respuesta no pudo ser mas demoledora: "No tiene pierna izquierda, no va bien de cabeza, no recupera el balón y no marca muchos goles. Por lo demás, es bueno".


George Best es uno de los mejores exponentes de la
persona que no sabe digerir la fama y el éxito. Era un tipo brillante pero que se perdió como otras muchas personas del fútbol y de cualquier disciplina de la vida por los andurriales del precipicio. "Mi vida habría sido mucho más feliz si hubiese sido feo", declaró en una ocasión haciendo repaso a su vida. Alcohol y mujeres fue el cóctel preferido en su existencia. De hecho, no tuvo reparos en admitir: "He gastado una fortuna en coches deportivos, alcohol y mujeres. El resto lo malgasté". La lista de jugadores que han sufrido serios percances por su mala cabeza es muy larga. Maradona es otro de los nombres ilustres. Nació en un potrero, fue rey del fútbol y transitó por el alambre de la autodestrucción durante mucho tiempo. Otra similitud de fútbol y la vida: llega el éxito y los amigos especiales, y con ellos la desaparición de determinados valores. Muchos de estos jugadores que han pasado de la gloria al desastre procedieron de ambientes muy humildes. Maradona bromeaba diciendo que él había nacido en un barrio privado, "privado de luz, aguay teléfono". Otro crack mundial que nació pobre y acabó mal fue Garrincha. El fabuloso extremo brasileño, el tipo al que nadie era capaz de arrebatarle un balón en un dribling, sufrió el rigor de la enfermedad en su infancia. Una poliomelitis le condenó a ser un niño diferente y ningún médico apostaba por que ese esmirriado menino pudiera siquiera caminar de mayor. La superación marcó su futuro. Sus pernas zamabas comenzaron a funcionar y pese a que tenia una extremidad seis centímetros más larga que la otra acabó convirtiéndose en un mago del balón. Pero el éxito le emborrachó, tanto como las copas que tomó. Murió con 59 años arruinado v enfermo.



Esas historias recuerdan a las de prominentes directivos u hombres de negocios incapaces de somatizar el triunfo de manera correcta. Afortunadamente, el fútbol también ha dado innumerables nombres que han sabido llegar y mantenerse. Jairzinho, estrella brasileña en los 60 y 70, sucesor de Garrincha en la canarinha, estuvo a punto de quedarse inválido por una doble fractura en la pierna derecha. Luchó, luchó y luchó y en 1970 fue el máximo goleador del Mundial de México, aquel que vio ganar el titulo a la máquina más perfecta que hasta entonces había pisado el césped de un estadio. Ya retirado, Jairzinho sentenció que "un gran jugador es aquel que nunca se perturba con nada". El ejemplo más claro del control mental, un canto a la selección natural. En la vida sólo triunfa de verdad el más fuerte.