miércoles, 5 de noviembre de 2008

A PUÑO LIMPIO: Union Square Spartans. El club de la lucha continúa:

REPORTAJE: A PUÑO LIMPIO

La plaza de los gallos de pelea

Fuente: EL PAÍS 02/11/2008

QUINO PETIT

Pelean uno contra uno. A pecho descubierto y con los nudillos al desnudo. Por el placer de exhibirse. Son aficionados al boxeo y a las artes marciales. Se les conoce como Union Square Spartans. Han tomado una de las plazas más concurridas de Nueva York.

Legend tiene 23 años, está macizo como un roble y parece dispuesto a patearle el culo al primero que se le ponga por delante.

Para encontrarle sólo hay que dejarse llevar por Broadway hasta el cruce con la Calle 14 y esquivar el enjambre de patinadores, jugadores callejeros de ajedrez, practicantes de taichi, sospechosos habituales y turistas despistados que abarrotan las inmediaciones de Union Square, una de las plazas más concurridas de Nueva York. En el centro de ese corrillo formado a los pies de la estatua ecuestre de George Washington, Legend y otros buscavidas como él se dan cita en las tardes calurosas para batirse a puño limpio.

Estos gallos de pelea se hacen llamar Union Square Spartans, en honor a los guerreros espartanos, que jamás osaban retirarse de un combate cuerpo a cuerpo. Hijos del sofocante verano en la Gran Manzana, se han convertido en otra atracción más de sus calles. Luchan uno contra uno. A pecho descubierto, con los nudillos al desnudo. Porque les gusta. Son aficionados al boxeo y a las artes marciales. Algunos son homeless y no tienen dónde caerse muertos. El asfalto es la arena de estos gladiadores de nuestro tiempo. Como Legend, ostentan apodos al estilo Científico, Araña o Chucky, y tienen entre veinte y treinta años. No confiesan su verdadero nombre. Sólo les vale ganar por KO.

Ha pasado ya más de una década desde que a Chuck Palahniuk le dio por escribir la novela ultraviolenta Fight club (El club de lucha, El Aleph Editores), cuya adaptación cinematográfica de la mano de David Fincher, con Edward Norton y Brad Pitt como protagonistas, se convirtió en objeto de culto para las hordas de occidentales rebosantes de testosterona y desencantados con su existencia que empezaron a descargar sus malas pulgas en locales underground de peleas y apuestas ilegales. En antros de este calibre repartidos por Chinatown han curtido sus puños algunos espartanos de Union Square. La diferencia es que, si en esos foros se partían la cara de manera clandestina por un puñado de dólares, en esta plaza dan rienda suelta a su agresividad por puro placer. Y tampoco tienen nada que ocultar. Aquello de "La primera regla de El Club de la Lucha es no hablar de El Club de la Lucha" que proclamaba un descamisado y fibroso Brad Pitt en la gran pantalla carece de sentido para ellos. Su duelo tiene lugar a pleno sol, con luz y taquígrafos.

El detonante final que convirtió esta plaza en un ring improvisado fue el estreno, en la primavera de 2007, de la película 300, dirigida por Zack Snyder y basada en la novela gráfica de Frank Miller sobre la Batalla de las Termópilas. Contagiado por el aguerrido espíritu del rey Leónidas y sus hombres, Legend convenció a Scientific y Spider, junto a quienes practicaba artes marciales al aire libre cerca de una discoteca donde se ganaba los cuartos como portero, para tomar prestada la denominación de origen espartana y fundar una congregación de aficionados a zurrarse al aire libre. El trío se presentó en Union Square y propinó una buena paliza a otros tipos disfrazados como los protagonistas de 300, capas y escudos incluidos, que nunca volvieron a aparecer por allí. A partir de entonces echó a andar una leyenda que ahora campa a sus anchas por la Red. Tras acumular adeptos durante meses, el trío fundador, autodenominado El Triángulo, decidió en abril de este año colgar sus hazañas en Internet. Como reconoce Scientific en su perfil del portal Myspace, "nuestra ocupación es el porno: lo que hacemos por diversión es patear culos a nivel profesional".

Suena de fondo Simon Says (Get the fuck up). Pharoahe Monch escupe sus rimas con ritmos sincopados de hip hop. El combate está a punto de comenzar. Tres rondas de cinco minutos cada una. Nadie va a parar esto. Dos contendientes a cara de perro. Torsos desnudos como tabletas de chocolate. Pantalones vaqueros de cintura baja con bra-slip sobresaliente. Sucesión de puñetazos y llaves jaleadas por el público que les rodea. Triceps en tensión, a punto de reventar. Hay que noquear al rival. Una zapatilla Nike Air se estampa contra el rostro del enemigo como remate de una espectacular patada voladora. Al principio, estas refriegas carecían de reglas, hasta que El Triángulo prohibió los golpes en la cara; aunque eso es un decir, a tenor de vídeos como éste de los Union Square Spartans colgado en You Tube. También se ha establecido que si uno de los contendientes se rinde, termina el combate. No corre la sangre, a pesar de la brutalidad de los golpes. Pero sí hay un vencedor por KO. Los luchadores se funden en un abrazo.

"Se trata de una violencia simbólica, de tipo performativo -de performance-, para ser exhibida; cuando la sangre llega al río no suele estar tan a la vista", reflexiona Carles Feixa, antropólogo y autor, entre otros, del libro De jóvenes, bandas y tribus (Editorial Ariel). "Las batallas a pedradas en el espacio público ya formaban parte del paisaje de la España de posguerra en ciudades como Madrid o Barcelona. Se trataba de una especie de deporte. Lo que ha cambiado es la mediatización de la agresión, que se cuelga en Internet a los cinco minutos de ser presenciada. Estas peleas refuerzan a los contendientes su identidad como jóvenes y les autoafirma como grupo. Es una manera de decir: 'Estamos aquí'. Y también fomentan el mito de Nueva York como urbe repleta de violencia, cuando realmente su intensidad ha bajado considerablemente".

Una mera puesta en escena; eso sí, de violencia gratuita. Influenciada por fantasías cinematográficas como las que han nutrido a generaciones enteras de jovenzuelos deslumbrados por películas como La naranja mecánica, de Stanley Kubrick, o incontables pasajes de los filmes de Quentin Tarantino. La intención de estos muchachos cuando decidieron mostrar al mundo sus combates desde la Red era que sus vídeos actuasen como reclamo para ganarse unos centavos impartiendo clases callejeras de artes marciales. Pero lo que provocaron fue la proliferación de luchadores experimentados, ansiosos por medirse en Union Square. "Algunos de ellos no tienen oficio ni beneficio, y sueñan con conseguir un sponsor que les permita ganarse la vida peleando en espectáculos al estilo Pressing Catch como los que salen por la tele", apunta desde Nueva York Benjamin Lowy, autor de las fotografías que ilustran estas páginas. "El problema", advierte Carles Feixa, "es que la violencia simbólica puede llegar a convertirse en realidad, como ocurrió con la quema simbólica de coches en la Banlieue parisiense".

De hecho, si de algo está el espacio internauta repleto es de vídeos cargados de violencia tan insoportablemente real como el de las chicas menores de edad que recientemente propinaron una paliza en Colmenarejo (Madrid) a una adolescente de origen ecuatoriano, mientras inmortalizaban el ataque con la cámara de un teléfono móvil. Una grabación lamentable donde puede escucharse a una de las ilustradas agresoras gritando "¡Dala fuerte!" o "¡Písala la cabeza!". "Hoy estamos evolucionando del erotismo de la violencia a esa pornografía de la violencia de la que habla Phillip Bourgeois", concluye el antropólogo Carles Feixa. "Esta transición no se debe tanto a lo que se hace sino al ojo de quien contempla esos vídeos".

Como claro ejemplo de este tipo de fascinaciones sólo hay que reparar un poco en las instantáneas de Benjamin Lowy y descubrir a las multitudes que rodean cada contienda de los Union Square Spartans. Entre los asistentes no resulta difícil encontrar a turistas empuñando sus videocámaras, encantados ante lo que consideran como una más de las delicias de la gran ciudad. "A veces han llegado a congregarse hasta 300 personas", explica el fotógrafo que más horas ha pasado en esta plaza durante el verano de 2008. "Por eso, la policía, que al principio se mostraba indiferente, ha comenzado a pararles los pies. Ellos argumentan que no hacen nada ilegal; no hay dinero de por medio ni apuestas de ningún tipo. Sólo son chicos -aunque conozco la existencia de chicas que pelean en clubes clandestinos de lucha, yo no he visto a ninguna en Union Square- que combaten por mutuo consentimiento". Como explica Scientific en uno de los vídeos de su societé del guantazo: "Lo único que hacemos aquí es entrenar, poner en práctica los conocimientos que poseemos".

Desde que el frío se ha instalado en Manhattan, casi no frecuentan los alrededores de Union Square. Sus enfrentamientos tendrán que esperar a la llegada de tardes soleadas. Pero, si les dejan, piensan seguir citándose en este mismo cruce bullicioso de Broadway con la Calle 14. Porque disfrutan liándose a mamporros en esta plaza. Y porque no tienen otro sitio mejor donde hacerlo. Ni más ni menos. "Aunque si pudiéramos salir de aquí, también sería genial", reconocía Legend el pasado verano a Stephen Rodrick, de la revista New York Magazine.

¿Quién dijo que la vida fuera fácil, muchacho? Como colofón a su libro autobiográfico Fight the power (traducido al castellano por Numa Editorial), el rapero Chuck-D, alma mater de Public Enemy y eminente cronista de la violencia en las calles de Nueva York, cita: "Me levanto después de que me pateen el culo, así que me levanto para patear unos cuantos culos".