miércoles, 7 de enero de 2009

CHICOS Y CINE: THIS IS ENGLAND

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Fuente: http://www.labutaca.net/films/58/thisisengland2.php

Dirección y guión: Shane Meadows.
País:
Reino Unido.
Año: 2006.
Duración: 98 min.
Género: Drama.
Interpretación: Thomas Turgoose (Shaun), Stephen Graham (Combo), Jo Hartley (Cynth), Joe Gilgun (Woody), Andrew Shim (Milky), Vicky McClure (Lol), Rosamund Hanson (Smell), Andrew Ellis (Gadget), Kieran Hardcastle (Kes), Jack O'Connell (Pukey Nicholls).
Producción: Mark Herbert.
Música: Ludovico Einaudi.
Fotografía:
Danny Cohen.
Montaje: Chris Wyatt.
Dirección artística: Mark Leese.
Vestuario: Jo Thompson.
Estreno en Reino Unido: 27 Abril 2007.
Estreno en España: 4 Enero 2008.



SINOPSIS

“This is England” está ambientada en la Inglaterra de principios de los ochenta. Shaun, que tiene 12 años, es un niño solitario que crece en un pueblo costero muy gris, cuyo padre ha muerto en combate en la guerra de Las Malvinas. En el transcurso de esas vacaciones, encuentra nuevos modelos masculinos cuando le “adoptan” los cabezas rapadas locales. Con sus nuevos amigos, Shaun encuentra un mundo de fiestas, conoce su primer amor y descubre los encantos de las botas Dr. Martins. Es entonces cuando conoce a Combo, un skinhead racista, mayor que él, que acaba de salir de la cárcel. Mientras la banda de Combo acosa a las minorías étnicas locales, todo parece preparado para el arranque de un proceso de maduración que llevará a Shaun de la inocencia a la experiencia.


CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Jóvenes heridos en su corazón

No es posible que esto sea Inglaterra, aunque parece que sí corresponde a lo que el director Shane Meadows vivió en su infancia. Una durísima imagen de un barrio obrero de la década de los ochenta, con Margaret Thatcher en el gobierno, donde los grupos skinhead intentan hacer valer violentamente sus ideas nacionalistas, en un clima de tedio y rabia, de racismo y de droga. En ese infierno de vacío existencial y eslóganes maniqueos, sin trabajo y con una guerra de las Malvinas que se ha cobrado inútilmente vidas humanas, se sitúa un niño de 12 años, Shaun, que ha perdido a su padre en el frente y que se siente huérfano ante las humillaciones del colegio. En la soledad de las vacaciones, Shaun entra en contacto con el círculo de los “cabezas rapadas” de Woody, que le defiende y protege a la vez que le inicia en el mundo de la calle, con unas primeras experiencias de libertad con droga, chicas y aventuras excitantes. La salida de la cárcel de Combo y la derivación del grupo hacia posiciones más extremistas en su racismo y acción violenta arrastran a Shaun por la implicación emocional que supone, y comienza así su difícil camino hacia la madurez.

La historia social y personal que Meadows nos cuenta es durísima en sí misma —sobre todo atendiendo al pequeño Shaun—, como también lo es su factura hiperrealista y la crudeza con que se acerca a la realidad de los skinheads. Diálogos pobrísimos y plagados de expresiones soeces y salidas de tono repetidas hasta la saciedad, vestuario estrafalario y tatuajes de marcada simbología tribal, actos de violencia callejera y perversiones de lo más variado... sordidez que no es, sin embargo, gratuita porque permite recrear fidedignamente un ambiente marginal y mostrar lo que alienta a estos grupos en su violenta huida hacia delante, atropellando todo lo que se ponga por medio. La misma fotografía de grano grueso, una cámara nerviosa y planificación descuidada, y una banda sonora magníficamente incorporada a la historia hablan de esa misma lúgubre realidad interior, donde las notas de piano dejan entrever en ocasiones sentimientos y anhelos que han sido sofocados, entre los afectos perdidos y el amor no correspondido.

Como se ha dicho, la película se sitúa en unos momentos concretos de la Inglaterra de Thatcher, con la guerra de las Malvinas de fondo —con sus imágenes documentales en prólogo y epílogo— y una política de elevadas cotas de paro e inmigración, circunstancias que quizá propiciaran el surgimiento de grupos neonazis, utilizados a su vez por políticos de posiciones extremistas y nacionalistas. Sin embargo, no parece esa la clave inmediata de la historia contada, sino más bien una llaga abierta desde la infancia, que sangra y se transforma en rebeldía y rechazo de todo lo que la vida ofrece. En la primera escena, vemos a Shaun que se despierta por la mañana y su mirada se dirige a una foto de su padre vestido de militar: resulta evidente cómo su pérdida le ha marcado esos años, y también cada uno de sus pasos que dará en su camino de búsqueda de refugio y de un sentido a esa muerte; vemos cómo salta como un resorte en el colegio y frente al matón Combo cuando sacan a relucir el tema, y cómo en su orgullo enarbola la bandera de San Jorge y la causa nacionalista. Pero es que algo semejante ha debido sucederle a Combo en su pasado, según se vislumbra —avanzada ya la cinta— cuando arremete violentamente contra todos los del grupo tras un comentario sobre la figura paterna que le hiere, y cómo después, en la soledad, se le escapan unas lágrimas de tristeza y añoranza: tras su aparente dureza y años de calabozo se esconde un ser frágil, de evidentes carencias afectivas, tanto en su infancia como en su juventud —la que creía su novia le acaba de rechazar en un golpe mortal—, y su vida va dando tumbos a la deriva. Son almas paralelas, aunque con veinte años de diferencia, y por eso sintonizan y se entienden en su desgracia.

Ahí, en la falta de cariño, en la soledad y en la huida de sí mismos está la principal dureza de esta cinta, y no en la palabrería o en los golpes. Y ese mundo interior lo sabe recoger y transmitir con extraordinaria veracidad —y sensibilidad— el director. Capítulo aparte es la impresionante y sorprendente interpretación de su pequeño protagonista, Thomas Turgoose, tanto en las escenas callejeras “de adultos” como en los momentos de ingenuo romanticismo: su espontaneidad y veracidad, su mirada y gestos sin doblez dejan ver las heridas causadas por el padre perdido, la necesidad de un afecto sincero y noble, la inocencia del presente y la esperanza del futuro. Un plano final frente al mar recuerda al mítico de Antoine Doinel en “Los cuatrocientos golpes” en su descubrimiento de la verdad y la libertad de la vida. Habrá que ver si este “niño de la calle” es capaz de asumir papeles alejados del aquí interpretado, porque en ese caso estaríamos ante una joya en bruto que nos dará importantes momentos de cine.

Radiografía social y humana llena de dramatismo, con un fuerte y crudo panorama de la Inglaterra de los años ochenta pero que bien podría hacerse extensible a otros países donde han proliferado grupos semejantes, y así indagar en lo que hay detrás de su comportamiento. Excelente ambientación, música e interpretación para una cinta que no aguantará un determinado público por su violencia y tono “mal hablado”, pero que gustará a los interesados por las cuestiones sociales y su trasfondo humano, pues no deja de ser un acercamiento matizado y comprensivo, a la vez que claro y sin ambigüedades, a estos jóvenes heridos en su corazón.

Calificación:



Así, la primera media hora de metraje tiene una carga a caballo entre la ironía y la nostalgia (no resulta difícil ver los paralelismos entre el nombre del director y el de Shaun Fields, su pequeño protagonista, que parece tener no poco que ver con su creador). El mundo de los skins ingleses, pues, se nos presenta a priori bajo ese contraste entre las sugerencias de la banda sonora y las de las imágenes, intermitentemente susceptibles de ser interpretadas ora como irónicas, ora como nostálgicas. Meadows no disculpa la filosofía de esta tribu urbana, desde luego, pero observamos que sí se esmera por marcar distancias (o, cuanto menos, por trazar matices) con las facciones más trágicamente conocidas de la misma, que no son sino las protagonistas y catalizadoras del resto de metraje.

Las vicisitudes de Shaun Fields (Thomas Turgoose), huérfano tanto real como metafóricamente (circunstancia que lo vincula a muchos otros niños ingleses de su generación), y su incursión en un determinado submundo al margen del orden imperante —cuando no fuera de la ley— puede recordarnos a otros relatos de características similares, como "Los 400 golpes" de François Truffaut, sin ir más lejos, de no ser porque la vigencia de los temas en ella tratados, pese a circunscribirse en un momento muy específico de la Historia, siguen teniendo una relevancia de sangrante actualidad. La tensión latente desde las primeras escenas no es lo único que va in crescendo, hasta ese desenlace no por esperado menos contundente, sino también la gravedad de la posición adoptada por el propio Meadows, que evoluciona de la ironía/nostalgia inicial a una elocuente reflexión, inequívocamente triste y casi dolida, aunque al mismo tiempo esperanzada, que la aleja del cine social en el que podía haber caído, para reubicarla en un terreno un tanto más complejo.


CRÍTICA por Javier Quevedo Puchal

Bajo su sugerente título, "This is England" esconde esa ironía tan profundamente inglesa de la que, a día de hoy, tan poco hemos aprendido los españoles (sin duda, más dados al esperpento, que no es sino una forma de ironía llevada quizás al extremo y, por consiguiente, un tanto más desvinculante, menos comprometida). Y es que ésa es una de las mejores características del espíritu inglés, que más que burlarse de sus cosas, prefieren reírse de ellas para, de paso, reflexionar al respecto. Esa es la sensación que nos da el último film de Shane Meadows ya desde sus títulos de crédito, no en vano construidos sobre un montaje de imágenes de archivo que parecen recoger algunos de los momentos más representativos de la Inglaterra de los 80 en que se ambienta el film (la del gobierno de Margaret Thatcher, la de la crisis de las Malvinas y los disturbios raciales), todo ello punteado por un relajado tema de raíces reggae, que por supuesto contrasta casi violentamente con las imágenes presentadas.

Quizás lo que más se pueda reprochar a la cinta sea su tendencia a dispersar personajes, hasta llegar en algunos casos directamente a prescindir de ellos (el ejemplo más gráfico sería el de Woody, el “buen” skin, cuyo contrapunto se echa de menos llegados al último tercio de la historia), así como su preferencia por no ahondar en el calado emocional de algunas ramificaciones (en particular, la relación entre Combo y Lol). Aun con todo, "This is England" se revela como una grata sorpresa en la cartelera, tan entretenida como reflexiva, y que se beneficia sobre todo del buen trabajo de sus intérpretes, con especial mención a Thomas Turgoose y Stephen Graham, cuya indudable (si bien extraña) química nos proporciona algunas de las mejores escenas del film.

Calificación:

CRÍTICA por Manuel Márquez

Con un retraso bastante considerable, llega a nuestras pantallas, con el comienzo del año, la enésima demostración de que la cinematografía británica aún no terminó de apurar un filón que, lejos de denotar signos de agotamiento, todavía mantiene una vitalidad envidiable: se trata de ese retrato social de un entorno urbano deprimido y azotado por la marea thatcherista que, desde comienzos de los ochenta del pasado siglo, en un proceso que aún ofrece a día de hoy sus últimos coletazos, ha hecho del otrora imperio británico un gigante en horas bajas, que ha constituido un excelente caldo de cultivo para que un buen puñado de cineastas, con Ken Loach a la cabeza, se ceben de manera inmisericorde en una crítica feroz que ha terminado convirtiéndolos en una suerte de su “contra-azote” vía celuloide. A los comienzos de esa época, primeros de los ochenta, se remonta esta más que estimable pieza de Shane Meadows, "This is England", para ofrecernos una visión descarnada, dura, contundente de una realidad social y económica nada amable ni complaciente.

Para ello, Meadows articula una historia que se basa en el viaje iniciático de un preadolescente, Shaun (encarnado por Thomas Turgoose, jovencísimo actor —cuya presencia física evoca tremendamente el recuerdo del Oskar de "El tambor de hojalata"— que raya a una altura inconmensurable; atención a este crío, llamado a hacer grandes cosas en un futuro inmediato), marcado por una vivencia personal (la muerte de una persona muy cercana) y social (su entorno de relaciones y el ambiente deprimido de su localidad de residencia), que le abocan a adentrarse en experiencias que le exceden en mucho: vivencias de corte seudopolítico, asociadas a un grupúsuculo de skinheads encabezado (valga la contradicción) por un descerebrado de comportamiento psicopáticamente violento. No es un tipo de planteamiento novedoso, evidentemente, pero Meadows consigue que, a través del poderoso y vivísimo retrato de ese universo alrededor del cual gira la vida del protagonista, el mismo cobre un aire de credibilidad y consistencia que nos lo haga muy, muy atractivo.

Atracción que gira alrededor de un ritmo narrativo vigoroso, tenso, que da desarrollo a la historia con una energía acorde con su trasfondo temático; y que se sustenta, igualmente, en el punto de equilibrio obtenido entre el peso de un protagonista, alrededor del cual pivota el desenvolvimiento de la trama (no estamos, pues, ante una película, ni muchísimo menos, coral), y el núcleo de personajes, juveniles en su gran mayoría, que, aunque bosquejados en gran parte de los casos sobre la base de meras pinceladas —un bosquejo tan frágil y tenue como el de las relaciones que entre los mismos se entablan: superficiales, huecas, más basadas en la asunción compartida de códigos de imagen que en procesos más reflexivos y/o emocionales—, transmiten también intensidad y sirven para cohesionar y compactar el paisaje humano sobre el que se erige la historia. Si a eso le añadimos el acierto innegable que constituye un tratamiento fotográfico un tanto “sucio”, con un granulado grueso que acerca al film a un aparente documental; o el intercalado de imágenes reales de la época en que se despliega la acción con una frecuencia y volumen muy medidos; o la introducción, también muy mesurada, de piezas musicales de impacto, terminamos completando un producto cinematográfico de calidad más que estimable.

Siempre habrá quien pueda reprochar (¿y por qué no?) a Meadows el hecho de que haya recurrido a un tema tan manido y ya transitado como el del fresco social de esa Inglaterra deprimida al que permanentemente acuden tantos y tantos cineastas de las islas. Estaríamos ante ese reproche bien conocido para los seguidores del cine español, que, durante bastantes años —ahora ya, afortunadamente, algo menos—, tuvimos que soportar estoicamente aquella vieja cantinela con que sus detractores nos martilleaban los oídos día sí, día también: “otra de la Guerra Civil”… Pero se trata de una objeción fácilmente rebatible: siempre hay que dar la bienvenidad a una mirada poderosa y a una factura de calidad a la hora de contar una historia, aunque se trate de una historia mil veces contada. ¿De qué manera, si no, vienen funcionando las estructuras del cine comercial desde la noche de los tiempos? Bienvenida sea, pues, la propuesta de Meadows, y ojalá sólo sea un esperanzador augurio de todo cuanto haya de traer a nuestras carteleras el cine europeo a lo largo de los próximos meses. Y ustedes, y yo, que lo veamos…

Calificación:




Imágenes de "This is England" - Copyright © 2006 FilmFour, UK Film Council, EM media, Screen Yorkshire, Warp Films y Big Arty Productions. Distribuida en España por Festival Films. Todos los derechos reservados.

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